Quería que nuestra primera vez fuese especial. No es que yo fuese a ser su primera vez, pero sus anteriores amantes, bajo el prisma que, del amor tenia Nerea, habían sido una decepción. Conmigo quería que fuese diferente, no quería precipitarse. Deseaba que conmigo sus perspectivas se vieran cumplidas y yo estaba dispuesto a colaborar. La visión del amor, y del sexo, de Nerea se había forjado en su fantasía alimentada, desde bien joven, por libros de corte romántico, películas empalagosas y, en los últimos tiempos, literatura erótica edulcorada tipo 50 sombras. En su cabeza el ambiente, el momento y, sobre todo, el amante era perfecto y eso, en la realidad, pocas veces ocurría.

Fantaseamos juntos muchas veces, construyendo poco a poco entre los dos, bueno, más por ella que por mí, cual sería el escenario de aquel primer encuentro intimo que tendríamos y que a mí se me antojaba cada vez más lejano en el tiempo. Pero aguante y al fin llego el día. Me llamo por teléfono y con un escueto: “ha llegado el momento, Juan, ven a mi casa, lo tengo todo preparado” encendió todas las ganas y el ansia que llevaban semanas acumulándose.

“no tardes” fue su despedida y temeroso que si me retrasaba se lo pensara mejor y se echara atrás, baje las escaleras como una exhalación, casi arroyando a mí pasó a la Sra. Rosa, mi vecina, dejándole con un saludo en la boca.

Corrí hasta el coche y, he de admitir, me salte alguna norma de tráfico, lo cual no me sirvió para que pillara todos los atascos, coches en doble fila, furgonetas descargando y viejecitas cruzando a paso de tortuga del mundo. Llegue ya tarde a su calle, desesperado e impaciente, no había aparcamiento, di una vuelta, otra más, y luego otra, callejee una y otra vez, pero donde no estaba prohibido no había ningún hueco. Estaba de los nervios, maldecía, rumiaba, sudaba y me desesperaba. La tercera vez que pase por su calle a pocos metros de mí, justo delante de su puerta, vi el intermitente de un coche haciendo la maniobra de salir de un aparcamiento. Rece, no soy creyente, pero rece a todos los dioses habidos y por haber para que el coche que iba delante de mí no aparcara. Maldecí mi mala suerte cuando se paró justo delante del hueco, pero pasados unos segundos, siguió su camino, extraño, pero al colocarme yo me di cuenta porque. Era un vado, maldita sea! Un momento, la placa era vieja, la persiana del local parecía que hacía mucho tiempo que no se usaba… además, había un coche aparcado. En parte por mi desesperación, las ganas y la impaciencia, decidí aparcarlo allí, seguramente no pasaría nada.

Me abrió la puerta vestida con un albornoz, me beso tiernamente, se había maquillado y estaba guapísima. Me indico que la siguiera hasta la habitación, Bajo el blanco albornoz se veían unos tacones de vértigo y unas medias negras. La habitación olía a incienso, una multitud de velas colocadas en cada mueble, en cada repisa iluminaban la estancia. Se volvió hacia mí y se quitó el albornoz, bajo aquella prenda llevaba los zapatos que ya había visto, las medias que ya había intuido y nada más. Era preciosa, un deseo irrefrenable se apodero de mí, quise abalanzarme sobre ella pero me detuvo con un gesto. Se tumbó en la cama y me mostro unas cuerdas que había anudado al cabecero. –Átame- me dijo en un susurro. Obedecí, sujete sus muñecas firmemente, ella gimió con la presión de sus cuerdas sobre su piel. La espera estaba empezando a valer la pena, estaba muy excitado, el juego me gustaba y la tarde prometía. La bese, ella me devolvió el beso con menos dulzura que antes, con más ganas, con más pasión, su respiración se había acelerado y al acariciarla notaba como se le erizaba la piel. Bese sus pechos, su vientre, su cuello, era delicioso. –Tápame los ojos- me pidió señalando con la mirada un pañuelo de raso que descansaba preparado sobre el cabecero, lo hice, con un punto de violencia, aquel juego de sumisión le excitaba y a mí, he de reconocer, también. La acaricie con ternura pero con ganas, recorrí su cuerpo que respondía a mis caricias con temblores y pequeños gemidos ahogados. Mi mano bajo hasta perderse entre sus piernas, note la humedad, se abrió para mi ofrecida, acaricie, explore, invadí hasta que conseguí que ella llegara al primer clímax con un gemido que se tornó un aullido de placer. Me quite la camiseta, y al girarme para dejarla a los pies de la cama una luz en la ventana llamo mi atención. Me asome temiendo lo peor para comprobar que, efectivamente, una grúa municipal iniciaba la maniobra para llevarse mi coche.

-Mierda, mierda, mierda- atine a decir mientras volvía a pasarme la camiseta por la cabeza. –Qué ocurre?- me pregunto asustada –La grúa, cariño, no te muevas, vuelvo enseguida.

Como se iba a mover, atada como estaba a la cama. Baje las escaleras de tres en tres y llegue justo en el momento en el que enganchaban mi coche. Con un gesto de fastidio en encargado de la grúa aborto la maniobra exonerándome a que retirara el coche inmediatamente. Los dioses que antes me habían ignorado al parecer se apiadaban ahora de mí, un hueco justo al lado, seguramente no ocupado ya que la grúa había taponado el tráfico mientras intentaban retirar mi vehículo. Aparque en el nuevo sitio con tres precisas maniobras y volví raudo al piso de mi amada.

No fue hasta empezar a subir d nuevo las escaleras cuando me di cuenta de mi error. Había salido con prisas, sin pensar, había cerrado la puerta tras de mí y no había cogido ninguna llave. Nerea estaba atada a la cama, así que ella no podía abrirme. –Mierda, mierda, mierda- repetí por segunda vez aquella tarde. Empuje la puerta con la vaga esperanza de que no estuviera cerrada, que por supuesto si lo estaba. Di vueltas por el descansillo agarrándome el pelo desesperado. Piensa, piensa, me repetía, pero no se me ocurría nada. No solo es que Nerea estuviera atada a la cama, sino que además estaba rodeada de una ingente cantidad de velas encendidas, aquello era un peligro. Idiota de mí, que he visto muchas películas, saque una tarjeta de crédito de mi cartera he intente forzar la cerradura. Seguramente en las películas no tenían que enfrentarse a una puerta blindada, por lo que lo único que conseguí fue romper la tarjeta y desesperarme aún más. Entonces la puerta de justo al lado se abrió, un hombre con cara de pocos amigos con una mujer menuda y de mirada temerosa tras de le me pregunto que pasaba. Habrían oído ruidos y por la mirilla habían visto a un extraño haciendo maniobras sospechosas.

-Soy amigo de Nerea-Conocer el nombre de la propietaria del piso parece que les tranquilizo algo- me he dejado la llave dentro.

-Vaya-contesto con cara de que torpe eres y empujo la puerta para comprobar que no estuviera cerrada, como si yo no lo hubiera hecho.

-No se podrá saltar por el balcón?- pregunte con una súplica de esperanza

-Que va, está muy lejos, te ibas a matar- y empezó a golpear con el hombro la puerta que no cedía ni un ápice.

-Que pasa Paco?- otro vecino del rellano abrió la puerta alertado por el jaleo

-Aquí, el amigo de la chica del segundo, que se ha dejado las llaves dentro

-Habéis probado a empujar?- otra vecina opinaba desde el descansillo del piso superior

-Que es ese jaleo?- otra desde el rellano de abajo- Que se han dado las llaves dentro- contesto la mujer de mirada temerosa.

A los pocos momentos un grupo de vecinos se habían congregado en el descansillo dando su opinión, aconsejando soluciones o, simplemente, contando anécdotas similares que les habían pasado a ellos o a conocidos suyos.

-Y no tienes una copia?- me pregunto alguien.-Es que me he dejado el fuego encendido- atine a decir- Madre del amor hermoso- Exclamo una de las vecinas- a ver si se va a meter fuego el edificio.

No sé si era por mi desesperación o nerviosismo, pero cada vez había más gente en aquel rellano. De pronto, subiendo por las escaleras, se unió a la fiesta una pareja de la policía municipal, al parecer algún vecino les había avisado. Yo cada vez estaba más nervioso, más desesperado, me preocupaba Nerea, explique a los policías que había bajado a mover el coche y que no había caído en coger las llaves.-Y se ha dejado el fuego encendido, es un peligro!- Exclamo una vecina- Vamos a salir ardiendo!

El policía aviso por radio y a los pocos minutos una dotación de bomberos -Exclamo una vecina- Vamos a salir ardiendo!

El policía aviso por radio y a los pocos minutos una dotación de bomberos persono en el rellano. Yo ya no sabía dónde meterme. Entre policías, bomberos y vecinos habían más de 30 personas en aquel reducido espacio, todas hablando a la vez. Yo sudaba copiosamente y mi garganta se secó hasta el punto de no poder articular palabra.

Cuando los bomberos se disponían a forzar la puerta, una pareja mayor se unió a aquel aquelarre- Espere, espere, que son los padres de la chica, que tienen llave!- Dijo alguien y efectivamente, el hombre saco un manojo de llaves y se dirigió hacia la puerta seguido por una mujer que me miraba con cara de asesina.

Sé que los galanes de las novelas de Nerea siempre sabían estar, eran seguros de sí mismos, decididos, audaces y valientes, pero yo, agobiado, justo en el momento en el que el padre abría la puerta y entraba en el piso el, su mujer, la pareja de la policía local, los cuatro bomberos y una buena parte de los vecinos congregados, encontrándose a Nerea atada a la cama, con los ojos vendados, vestida con unas medias y unos zapatos de tacón, yo me escabullí. Baje las escaleras, me monte en el coche y me marche de allí sin mirar atrás.

Todos los amantes de Nerea habían sido una decepción… me pregunto algo parecido a aquello salía en alguno de sus libros.

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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1 comentario

  1. Madre mía!!! Jajaja ha sido el primero que he leido al azar y me he partido de la risa… me gusta tu escritura, amena y capaz de hacer que te metas en la historia…eso sí, la próxima desata a la chica, 😉

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