La vecina de mi primo

La primera experiencia con chicas de mi vida fue el verano de 1986. Hasta ese momento reconozco que no me había interesado casi nada por ellas, yo era un adolescente retraído e imaginativo que gustaba de la introspección y bastante retrasado en el tema del despertar sexual comparado con los de mi quinta, vamos, que aun no me mataba a pajas como es de esperar en un mozo larguirucho y desgarbado como era yo por aquel entonces.

Me habían propuesto ir a la playa con la pandilla de amigos, casi todos vecinos, de mis primos donde he de reconocer que me lo pase de fabula, no solía salir en pandilla y aquella jornada fue una maravilla. Hice buenas migas con una vecina de mis primos a la conocía de vista desde que eramos pequeños, y me pase todo el día jugando con ella, haciendo ahogadillas, haciendo guerras en el agua, subiéndola sobre mis hombros, era simpática y divertida.

Hablamos de mil cosas, yo hablaba y hablaba de mis fantasías, mis anhelos y ella escuchaba embelesada con una media sonrisa. Nunca había tenido una amiga y era muy agradable.

Volvimos de la playa y mis primos propusieron ir a su casa a comer, me apetecía no acabar aquel día tan divertido así que me pareció un plan genial.

Entre risas y juegos cocinamos en una freidora inmunda unas croquetas grasientas y requemadas, las cuales solo tenian un pase por, primero el hambre que teniamos de toda una mañana de juegos y carreras y segundo, porque mis tios tenian un bar, lo que hacía que en su casa hubieran siempre buenas cantidades de Mirindas de naranja que eran mi perdición, acompañe las hediondas croquetas con cuatro de aquellas botellas no muy frescas pero que para mi, eran el cielo. Acabados de comer empezamos un juego, el cual no recuerdo muy bien cual era su propósito en el que nos metíamos en la habitación de mis primos y apagamos la luz.

Los pisos de mi barriada, donde vivíamos tanto yo como mis primos, son los típicos pisos de los barrios del tardío franquismo, pisos de tres habitaciones de 60m² en los que vivían mis tíos y sus 5 hijos, dos chicas y tres chicos. La minúscula habitación donde dormían mis tres primos, de 18, 16 y 14 años era un zulo donde se encajonaban una litera con dos camas, una cama nido, una pequeña mesa de estudio debajo de una montaña ingente de ropa limpia y sucia mezclada y el olor de tres adolescentes, a eso sumale que cerrábamos la ventana a cal y canto para conseguir la oscuridad que buscaban, en un juego que yo no entendía muy bien pero que, me daba la impresión que los demás jugaban a menudo.

En un momento dado, por el avatar del juego aunque creo que provocado por la vecina de mis primos, acabe en el rincón de la litera de abajo, tumbado bocarriba con la vecina sobre mi. La oscuridad era total, pero estábamos tan cerca el uno del otro que la luz no era necesaria, note su pecho bajo la camiseta pegado a mi, note sus caderas apretándose contra mi entrepierna, note sus manos acariciandome, note su aliento en mi cara…. Dude un segundo y me lance, le bese tímidamente en la comisura de los labios, fue un beso húmedo, caliente, senti el sabor del mar aun sobre su piel,me gusto, repetí el beso esta vez en la boca, y entonces ella me devolvió el beso, sus labios rozaban los míos, estaba en el cielo, los pies se alejaban de mí, estaba flotando, y entonces ella metió su lengua dentro de mi boca, de golpe, hasta el fondo, una lengua mojada, blanda y caliente que violo mi boca hasta dejarme sin respiración, eso, sumado al axfisiante calor de la estancia, al nauseabundo olor a pies de la habitación, a la excitada muchacha apretando su cadera sobre mi estómago,hizo que las croquetas y sobre todo al litro y medio de dulzona y calentorra mirinda salieran disparados de mi boca como un torrente cuando ella aún estaba acoplada a mi, ella chillo, su amiga chillo, mis primos chillaban, y yo los regaba a todos en la más absoluta oscuridad, la vecina se cayó de la cama golpeándose la nariz que empezó a sangrar copiosamente, mi primo se dio un fuerte golpe contra la pared en aquel infierno en el que se convirtió la habitación, por fin, después de lo que pareció una eternidad, alguien atinó a encender la luz, lo la garganta ardiendo por la bilis y con los ojos llorosos vislumbre a mis dos primos chorreando de vómito, las camas,la montaña de ropa, las paredes pérdidas de porquería y en un rincón, la amiga de la vecina intentaba consolarla mientras su nariz sangraba copiosamente…. Nos miramos perplejos durante unos segundos y sin mediar palabra salí corriendo de aquella habitación y aquella casa, sin dar explicaciones, corrí hasta mi casa y tardé un buen tiempo en volver a casa de mis tíos.

Veinticinco años después me cruzo a veces con la vecina de mis primos, su hijo va al colegio de mi hija. A veces me siento tentado a explicarle que, no volví a probar una mirinda en mi vida…

Lucia

Existe el amor a primera vista, lo comprobé el verano del 87, en cuanto mis ojos se cruzaron con los de Lucia, todo se detuvo como en las películas, ella se atusó el pelo a cámara lenta mientras sonaba la música y todo se volvió mucho más brillante, detrás suyo unas palomas alzaron el vuelo y al sonreír brillo un destello cegador… o eso me pareció a mí.

El caso es que nos gustamos desde el primer momento, y nos comportamos cómo se comportan dos adolescentes tardíos cuando se gustan, como dos perfectos gilipollas, miraditas, sonrisas tontas, yo hacerme el gallito, ella hacerse la tímida… lo normal.

Estaba siendo un buen verano, siempre estábamos montando alguna, una noche propusieron ir a la playa, una pequeña hoguera (por aquel entonces, allá por el jurásico aún se permitía) unas litronas, patatas fritas y mi amigo Carlos con su guitarra, que solo se sabía una canción, La bamba, pero oye, que bien se la sabia. Un plan perfecto, sobre todo para mí, que aquel día estuve arrebatador, el alma de la fiesta, ameno, divertido, locuaz, y acertado por las miradas que Lucia me echaba de vez en cuando.

Ella estaba para comérsela, un vestido blanco ceñido con falda al vuelo que acentuaban aún más sus curvas, el pelo largo hasta el nacimiento de la espalda, y aquellos ojos, ay qué ojos…

En un momento dado anuncie que necesitaba estar solo, muy teatralmente y me fui paseando por la arena melancólicamente, manos en los bolsillos, el pelo mesado por el viento y la mirada perdida en el horizonte, patético, lo sé, pero funcionó. En nada Lucia estaba a mi lado preguntándome que pasaba.

-Es obvio, no crees?- Conteste engolando la voz

-No, explicate mejor – Os he dicho ya lo guapa que se ponía cuando se hacía la tonta?

-Me gustas, más de lo que me gustaría (ahí, melodramático)

-Tú también me gustas a mí

-Voy a besarte

-(silencio)

Y la bese, y en ese momento, en el horizonte empezaron a explotar fuegos artificiales, porque son mis recuerdos y en mis recuerdos era fiesta mayor, que  pasa? Y ella me devolvió el beso, con ansia, con ganas, la agarre de la cintura y la atraje hacia mí, y ella no sólo no se resistió sino que se apretó a mi cuerpo más de lo que yo había guiado, siendo imposible que ella no notara mi erección y lejos de rechazarla, se rozó con ella hasta que los fuegos artificiales subieron de intensidad, mi mano se aferró a su culo sorprendiéndome de lo duro y terso que lo tenía, ella metió su mano bajo mi camiseta haciendo que saltaran chispas de estática en mi vientre, tire de la falda hacia arriba para notar como ella se pegaba más a mí, yo la besaba en el cuello, ella gemía en mi oído, la empuje entre unas barcas sin dejar de besarnos y acariciarnos y allí, a resguardo de miradas indiscretas, la tumbe sobre la arena, románticamente, como un galán de película y entonces ella se puso tensa, se apartó de mí, -Qué pasa?- pregunté mientras observaba su cara de, primero sorpresa, después asco y más tarde, simple pánico.

Aquel rincón entre las barcas era un lugar íntimo y a salvo, como he dicho, de miradas indiscretas, tanto para unos fogosos amantes como para el pescador que, poco antes había aliviado un apretón dejándonos de regalo un, perdón por la palabra, no se me ocurre otra mejor que sea tan gráfica, un zurullo calentito de considerable tamaño sobre el cual, tan románticamente había recostado yo a mi Julieta el cual había untado su cremosa consistencia y su penetrante olor (que narices habría comido aquella persona?) por la espalda del inmaculado vestido y la frondosa melena. La chica empezó a chillar en un tono agudo que dolía en los tímpanos mientras daba círculos alrededor mio dando saltitos y haciendo aspavientos en plan, quitármelo, quitármelo, mientras yo, pasmado y sin saber muy bien qué ocurría que qué debía hacer, miraba la escena blanco como un papel. De pronto sus amigas acudieron al rescate y, pensándose que yo, depravado, le había hecho algo inimaginable, la abrazaron para consolarla, así que en un santiamén tuve no una, sino tres Gritonas dando saltitos a mi alrededor.

Lucia no volvió jamás a salir con la pandilla, una vez la llame para disculparme y no quiso ponerse. Han pasado muchos años, y a día de hoy, aún compruebo, aunque sea en mi propia cama, antes de recostar a una mujer…

Aurora

Pocas personas me han provocado tanto como me provocaba Aurora, Era(es) descarada, pizpireta, provocona, tentadora y una loca de mucho cuidado.

Me calentaba tanto que terminaba perdiendo las pocas luces que por aquella época tenía y eso que nunca llegue con ella a “consumar”, éramos unos críos y era otra época, y aparte de un torpe y patético intento de estreno, que explicaré en otra ocasión, lo nuestro se quedaba en magreos, juegos y tocamientos, pero fue una época de descubrimientos que recuerdo con cariño.
Estaba loco por aquella loca Canija.

El padrastro de Aurora y su madre trabajaban de pintores, y la dejaban al cargo de sus hermanos pequeños por la mañana, yo iba a su casa bien temprano y esperaba escondido frente al portal a que salieran, entonces yo subía, a poca cosa, los dichosos niñatos eran de poco dormir y tenían una fijación en no dejarnos un segundo de intimidad. Pero bueno, pasaba la mañana con ella y era suficiente, os recuerdo que estaba enamorado.

Un dia anuncio, para provocarme, de una manera muy teatral que se iba a duchar, admito que intente colarme en aquel cuarto de baño, pero, entre risas y forcejeos fue mas rápida. Así que me quede en el sofá del salón viendo el canal de televisión que los monstruos de sus hermanos, sentados en cojines a mis pies, decidían poner en el televisor.

Entonces salio del baño, con el pelo mojado y vestida únicamente con una toalla que, estoy seguro, recuerdo mucho mas pequeña de lo que era. Se dedico a su deporte favorito que era calentarme hasta que perdía el control, paseandose por delante mio, fingiendo ir a buscar su ropa, coger el secador, abriendo astuta de vez en cuando la toalla para recolocarsela y dejando ver de refilón su cuerpo aun mojado, provocando la protesta de sus hermanos cuando les tapaba la visión del televisor y, a pobre de mi, una redistribución de la presión arterial de la que mi cuerpo disponía.

En ese momento, el televisor empezó a sonar, a un volumen típico cuando son niños los que controlan el mando, la reconocible sintonía de inicio de la serie “El equipo A” , se recolocó una vez mas la toalla exclamando un “dejalo ahí, que me encanta” el cual no levanto ninguna protesta en sus hermanos y se sentó, pizpireta y traviesa, en mi regazo, teniendo el detalle de, separar ligeramente la tela para que, fuese su piel, y no la toalla, la que se entrara en contacto con mis piernas, provocando que mi corazón se parase durante un instante solo para empezar a galopar desbocado un momento después.

Así que, mientras ella fingía interesarse por las penurias que unos matones a sueldo del terrateniente local infligían a un pobre granjero y a su despampanante hija, mi mano se coló bajo la toalla para, primero de una forma tímida y delicada, y después mas osada y aventurera, mis dedos hicieran un preciso mapa de todos y cada uno de los pliegues, huecos y recovecos de la intimidad de aquella tentación. Me recibió con facilidad, espectante y húmeda, suave, receptiva, llegando un momento en el que mi trabajo era mínimo, siendo ella la que, moviendo disimuladamente sus caderas, buscaba su propio placer y mi perdicion, mientras a menos de un metro de nosotros, sus hermanos miraban embelesados las peripecias de un grupo que, acusados injustamente por un crimen que no habían cometido, sobrevivían como soldados de fortuna.

A medida que avanzaba el episodio y empezaba a perfilarse el plan de los héroes, los movimientos de ella fueron acelerándose, yo hacia todo lo posible para que mis dedos estuvieran lo mas dentro de ella mientras su humedad resbalaba por la palma de mi mano y ella ahogaba gemidos, cada vez mas descarados, los cuales no llamaron la atención por el alto volumen del televisor, aunque llego un momento en el que, la prudencia desapareció y prácticamente cabalgaba sobre mi mano, ojos en blanco, cabeza atrás y la toalla abierta mostrando aquel delicioso cuerpo que me volvía loco, de pronto se tenso, parecía estar a punto de romperse en dos, la boca abierta en un rictus dirección al techo, el vientre duro, sus uñas clavadas hasta hacer sangre en mi hombro y sus caderas apretando inmisericordes empeñadas en hacer desaparecer mi mano dentro de ella, y justo cuando una gran explosión desbarataba los planes del malvado cacique local, ella elevo un aullido que animo a sus hermanos a vitorear la azaña de aquellos héroes proscritos y, justo después de que un torrente de humedad mojara mi mano, mi antebrazo y la pernera del pantalón, cayo sobre mi, desmadejada como una muñeca de trapo, jadeando sin aliento mientras escuchaba como mi corazón intentaba, con verdadero ahinco, salirse de mi pecho.

Acabado el episodio, y mientras sus hermanos iniciaban una discusión encendida sobre que programa verían a continuación, ella se sentó a horcajadas sobre mi, con la toalla ya olvidada en el suelo, su pelo mojado sobre la cara, el pecho desnudo intentando volver a una cadencia normal y esa expresion en la mirada que solo una mujer tiene después del sexo, me beso de la forma mas cariñosa y húmeda que me habian besado hasta aquel momento y me susurro al oído un, me consta que sincero, te quiero.

Aquella relación, como pareja no cuajo, pero he tenido la suerte de que Aurora se convirtiera en una de mis mas grandes amigas, la adoro y es caso una hermana para mi, pero después de todos estos años, no puedo evitar cada vez que reponen algún episodio de El equipo A en televisión, este me provoque una indiscreta erección y, curiosamente, se me duerma la mano.

Tina

Todos los veranos pasábamos unos días en un pueblo de Cadiz llamado Conil de la frontera, tengo entendido que ahora se ha convertido en el típico pueblo para turistas, pero en aquella época era el paraíso.

Salias hasta tarde, te levantabas a las tantas y hacías vida en el chiringuito, que era una especie de cuartel general. Las playas del sur son de ensueño, la luz, las casas blancas, el pescado…. Ay…

Aquel año, la moda de la pandilla era que había que tener novia, si o si,así que todos estaban con alguien y a mi me toco con Tina Estrella…. Una rubia altísima de obtuso padre español y valkiria madre alemana. Se que todos os habréis hecho una imagen de la muchacha y habréis pensado: una alemana, que suerte… Nada mas lejos de la realidad. Tina había sacado de su madre la altura, me sacaba una cabeza y eso que yo soy alto, un pelo rubio precioso, una tez blanca moteada de pecas por el sol…. Y ya esta, el resto de atributos los había sacado de su padre, ceño fruncido, espaldas anchas y brazos de camionero, mas que una valkiria era un vikingo con tetas, enormes, eso si, tenia unas tetas descomunales para una chica de su edad. Además no hablaba ni una palabra de español, y eso que tenia un padre de Cadiz, pero claro, aquel zopenco tampoco se le entendía cuando hablaba. El caso es que, aunque no entendía ni una puñetera palabra de lo que me decía aquel cachalote, eso no le impedía hablar por los codos, me hablaba a todas horas, de una manera decidida y enérgica, a lo cual yo respondía asintiendo con tímidos movimientos de cabeza. Cuando oyes hablar a un extranjero y no entiendes su idioma, hay momentos en los que, por la expresión, los gestos o alguna palabra o entonación que te suene puedes llegar a entender en parte lo que aquella persona quiere decirte, pero con Tina no me pasaba eso, no le entendía ni una puñetera palabra, nada, absolutamente nada, pero me hablaba como si yo fuese del mismo pueblo que ella.

Me hablaba, me gesticulaba, y de vez en cuando, se callaba de pronto y me besaba, no me gustaba como besaba, era… Ansioso, bruto… No se… Pero como narices le decía yo a eso que no? Me daba miedo… Así que me dejaba hacer.

Una noche, casi al final de las vacaciones, estábamos la pandilla sentados en el paseo marítimo comiendo un helado y viendo pasar a la gente cuando de pronto Tina de puso en pie, soltó una de sus parlotadas que acabo con una entonación como de pregunta, a lo que se quedo en silencio mirándome, como esperando una respuesta… Dude sin saber que coño me estaba diciendo y al final, tímidamente, asentí con la cabeza y susurré un “Aha”, que era mas una pregunta que una afirmación. Parece ser que aquella era la contestación que esperaba porque de pronto su cara se ilumino, sonrió con una expresión parecida al gato de Alicia en el país de las maravillas y me agarro de la mano y empezó a tirar de mi en dirección a la playa. Hablaba de una manera apresurada y y caminaba deprisa, decidida, la gente se apartaba al ver venir a aquel tren de mercancías conmigo detrás, apenas tocando el suelo y con cara de susto. Llegamos a una zona donde hay unos locales comerciales que están a pie de playa, me arrastro hasta la parte de atrás donde un entramado de pilares mantenían aquellas edificaciones a un par de metros sobre la arena, me empujo a la oscuridad de aquella cueva artificial y allí empezó a besarme con aquel ansia característico. Yo me dejaba hacer con cara de susto y sin atreverme a cerrar los ojos, miraba por el rabillo hacia la parte iluminada de la arena con la esperanza de ver aparecer a alguien que nos reprendiera por estar allí, nadie se apiado de mi.

Me agarro las manos y me las puso sobre su pecho mientras, la palabra exacta era, me magreaba. No se como me encontré sin camiseta y con el pantalón medio bajado, cuando se separo de mi y volvió a preguntarme algo, creo, y quedo a la espera de una respuesta… Asentí otra vez sin saber que narices debía contestar mientras me sujetaba los pantalones para evitar que cayeran a mis tobillos. Por su expresión, la respuesta era la esperada y, con un diestro movimiento se quito el vestido, después se desabrocho el sujetador y yo me quede con la boca abierta y los ojos de par en par, como un conejo cuando un coche le hace luces, eran mis primeras tetas, bueno, había visto algunas en la playa, pocas la verdad, porque el topless aun no estaba bien visto en la España de aquellos días, así que aquello me hipnotizo, eran enormes, con una aureola que oscura y grande. El momento mágico duro poco, se abalanzo sobre mi con una expresión feroz en su cara y de un empujón me tiro sobre la arena, mi cabeza golpeo con algo duro y una punzada de dolor me hizo encojerme mientras veía como se despojaba de sus bragas y se subía sobre mi, cerré los ojos con la imagen de aquella mata de vello púbico rubio grabada en mi pupila.

Hubieron momentos de placer, no lo negare, pero fueron ínfimos, en algún momento mis pantalones y mis calzoncillos hicieron compañía a la ropa de ella y me encontré con un enorme montón de carne pálida, que brillaba a la luz de la luna, restregandose sobre mi, resoplado como una marsopa varada en la arena. No se si estuve dentro de ella en algún momento, todo era carne, pliegues, bultos, sus enormes tetas sobre mi pecho, su cara sobre la mía, colorada como un tomate y con la expresión contraída que recordaba mas al esfuerzo que al placer. En un momento dado acelero sus embistes y empezó a jadear alto, demasiado alto, elevando el tono y la velocidad de sus movimientos hasta que se convirtió en un verdadero aullido que, de no ser por el ruido de la feria y las cercanas y abarrotadas terrazas, habrían llamado la atención de alguien. Entonces su cuerpo dio un par de estertores y se derrumbo exausta sobre mi.

Yo no podía respirar, tenia calor y ganas de llorar, en serio, pasado lo que a mi me pareció una eternidad ella se separo ligeramente de mi, miro hacia abajo y agarro mi miembro que, increíblemente, se mantenía erecto y me volvió a preguntar otro galimatial al cual, tras la pausa de duda de rigor, tal vez por su expresión esta vez conteste negativamente moviendo la cabeza de lado a lado. Ella sonrió y me dijo algo, tras lo cual bajo para, he de reconocer, hacer que viera el cielo.

Al día siguiente me entere que la familia de tina habían regresado esa misma mañana a Alemania, tal vez era lo que me decía en alguna de sus locuciones, no lo se. Pocos días después nosotros también regresamos a Barcelona.

Después de aquello, durante un buen tiempo, cuando me preguntaban si yo era virgen, contestaba con un “la verdad, no estoy seguro”…

Quequé

El servicio militar lo hice en Colmenar Viejo, en Madrid, y por las tardes, una vez acabados nuestros haceres, bajábamos al pueblo y frecuentábamos un bar musical que no estaba mal del todo, las bebidas eran económicas, la música buena y las chicas…

Yo estaba medio liado, medio ennoviado, siempre peleado con Queque, una rubia con alma de artista y bonitas tetas, a la que odiaba y necesitaba a partes iguales. Y con la que pasaba la mitad del tiempo en aquel bar y la otra mitad en una pensión que hacían la vista gorda si subías a una chica menor de edad (yo tenía los 18 recién cumplidos, no penséis mal)

Cada vez que teníamos ocasión, cogíamos una habitación concreta, nuestra favorita, tenía una cama enorme, cuando digo enorme, es enorme, podían dormir 5 personas sin molestarse mucho, y otra cama, esta ya normal, pegada a la pared. Lo malo es que, había que pagar, como es lógico, el triple, así que solíamos alquilar entre varios y nos la íbamos turnando.

La mayoría de las discusiones que Queque y yo teníamos eran, casi siempre por el mismo tema, Rosa. Rosa era la muy amiga querida casi hermana de Queque, su inseparable escudera, callada e introvertida, huraña y poco amigable, un coñazo, vamos. No se separaban nunca, era una pesadilla, era un tormento buscar un momento de intimidad con Queque, siempre estaba Rosa para fastidiar el plan, no se despegaba ni con agua caliente, lo que desarrolló una aversión por ese mal bicho que era correspondida, nos llevábamos a matar, y Queque siempre se ponía de su parte.

Eran las fiestas mayores del pueblo y teníamos permiso de fin de semana, así que en vez de volver a casa decidimos entre tres alquilar la habitación y pasárselo bien. La verdad es que el ambiente erabuenísimoo, la gente se agrupaba en peñas, todos con la misma camiseta, y competían para ver quien montaba el sarao mas loco, había musica y bebida por todos lados, una orquesta bastante buena en la plaza del ayuntamiento y autos de choque y casetas de tiro en la alameda. Me lo estaba pasando de muerte y Queque estaba pillando con la sangría un puntito muy cariñoso. Justo cuando la tenía casi convencida para irnos a la habitación, nos avisaron de que Rosa no se encontraba bien, lógicamente el pedo cariñoso de mi chica no pudo con la relación de dependencia que tenía con aquella revienta planes y salió rauda al rescate, yo no tuve más remedio que seguirla.

El “no se encuentra bien” era un eufemismo, la susodicha llevaba cogorza descomunal, estaba en el suelo desmadejada frente a un charco de vómito rojizo, blanca como la leche, mientras una amiga le sujetaba el pelo, otra le daba friegas en la espalda, otra le daba golpecitos en la espalda, otra decía que la levantaran y la hicieron andar, otra que no la movieran y el resto de la congregación aconsejaban un café con sal, agua fresca y mil remedios más. Lo que necesitaba aquella chica era, después de haber vomitado toda la ingesta como había hecho, dormir la mona. Eso y la preocupación de Queque de que alguien conocido la viera en ese estado y llegara a oídos de sus padres nos hizo decidir el subirla a la habitación de la pensión. Allí la sometimos a una ducha fría medio vestida, que más que espabilarse la hizo amodorrarse más. Pedro, el compañero con el que había alquilado a media el picadero me miraba con cara de “se nos ha jodido la fiesta, y es culpa tuya” al que yo respondía con mirada de “pero que quieres que haga?”, así que dando por perdida la noche en lo que encuentros románticos se refieren, los dos nos marchamos de la pensión mientras mi chica y la de el desnudaban, secaban y vestían con una de mis camisetas a la infame aguafiestas para meterla en la cama a dormir la mona, dispuestos a, por lo menos, terminar de aprovechar la noche con otras diversiones.

Estábamos tomando algo en la verbena que una de las peñas había montado en una plaza cuando se presentó la chica de mi compañero para explicarnos que tanto mi chica como su amiga roncaban como marmotas, dando por hecho mi compañero que, la su parte de la pensión me tocaba pagar a mi y que él ya se buscaría la vida para ver donde dormir, mientras miraba pícaro a su chica.

Con las ganas de fiesta apagadas por el panorama y viendo que molestaba en lo cariñosos que se ponían mis acompañantes, decidí dar por terminada la fiesta mayor e irme a dormir. Entre en la habitación sin encender la luz y una vez mis ojos se acostumbraron a la penumbra pude distinguir el bulto que era la amiga de mi chica en la cama supletoria y a Queque en la grande, me desvestí rápidamente y me metí en la cama para recibir un desaire malhumorado y un dejame que tengo sueño, cuando intente buscar algo de cariño por parte de mi chica, así que me concentre en la difícil tarea de conciliar el sueño con un dolor de escroto considerable y el ruido que desde la calle hacían los juerguistas supervivientes.

A los que les han empezado a hacer el amor cuando aun están dormidos sabrán esa sensación en la que la realidad y el sueño se mezclan pasando de un estado a otro despacio y poco a poco, así que cuando salí del sueño en el que mi chica había decidido que dormir no era la mejor opción y que era hora de divertirse me costo un tiempo reconocer plenamente la realidad que no era otra que la amiga de mi chica se encontraba desnuda a horcajadas sobre mi, moviéndose lentamente y con la mirada perdida mientras hacia que yo entrara y saliera de ella. Intente zafarme de ella apartándola de mi sin el mas mínimo éxito, mezcla de su férrea intención y el poco empeño que yo había puesto en la protesta, pues, si bien es cierto que era consciente de que aquello no estaba bien, estaba medio dormido, la sangre no estaba precisamente en mi cabeza y, que coño, tenia 18 años y Rosa, pese a ser una imbécil de cuidadosa, me di cuenta de que tenia un cuerpo muy apetecible.

Gire mi cabeza para comprobar que Queque dormía profundamente de tumbada de lado junto a mi, ajena a que su intima amiga y su chico estaban buen unidos a menos de medio metro de ella. Me deje llevar rindiendome al placer que, pese a la cadencia pausada y cansina de mi amazona, esta me estaba provocando, concentrándose en intentar acallar los suspiros y gemidos que pugnaban por salir de mi boca. Mi vista saltaba una y otra vez de la increíble visión de los pechos subiendo y bajando de rosa frente a mi y la plácida cara de Queque en brazos de Morfeo a la que miraba con el temor de que, en cualquier momento despertara. Aquello no duro mucho, en aquella época yo podía presumir de ser un arma de repetición, pero de ráfagas cortas, así que, cuando poco después Rosa se puso rígida sobre mi, y puso los ojos en blanco con una expresión de puro placer en su cara, señal de que llegaba al clímax y aun así, sin proferir ni el mas mínimo sonido por su parte, me rendí a lo inevitable descargando de una manera casi dolorosa y no pudiendo evitar que escapara un quejido de mi garganta. Mientras intentaba salir de ese estado entre excitado y rendido en el que entramos los hombres después de corrernos, Rosa me saco de dentro de si con la misma asepsia e impasividad que había derrochado durante todo el acto, alejándose de mi sin decir ni una sola palabra y regresando a su cama en la que se acostó desnuda dándonos la espalda. Yo me gire hacia Queque una vez mas para descubrir, dándome un vuelco el corazón que tenia los ojos de par en par y me miraba fijamente. Cuando mi boca estaba decidiendo que clase de excusa o explicación y disculpa soltar, me di cuenta que sonreía, una extraña expresión antagónica al enfado que yo hubiera esperado. Se acerco a mi y acalló cualquier tipo de comentario por mi parte con un cariñoso beso, se acurrucó abrazada a mi y se quedo dormida.

Duramos como pareja bastantes meses mas, pero jamas salio el tema, no vi pie para sacarlo y algo me decía que era mejor así. Mi relación con Rosa no cambio ni un ápice, seguía comportándose conmigo como la imbécil que era y nunca note diferencia en ella después de aquella noche. No se si aquello fue algo pactado, premeditado o esperado, jamas supe cuanto tiempo despierta mi chica y la razón de porque su amiga hizo lo que hizo. Pero hay cosas que es mejor no saber.

Nerea

Quería que nuestra primera vez fuese especial. No es que yo fuese a ser su primera vez, pero sus anteriores amantes, bajo el prisma que, del amor tenia Nerea, habían sido una decepción. Conmigo quería que fuese diferente, no quería precipitarse. Deseaba que conmigo sus perspectivas se vieran cumplidas y yo estaba dispuesto a colaborar. La visión del amor, y del sexo, de Nerea se había forjado en su fantasía alimentada, desde bien joven, por libros de corte romántico, películas empalagosas y, en los últimos tiempos, literatura erótica edulcorada tipo 50 sombras. En su cabeza el ambiente, el momento y, sobre todo, el amante era perfecto y eso, en la realidad, pocas veces ocurría.

Fantaseamos juntos muchas veces, construyendo poco a poco entre los dos, bueno, más por ella que por mí, cual sería el escenario de aquel primer encuentro intimo que tendríamos y que a mí se me antojaba cada vez más lejano en el tiempo. Pero aguante y al fin llego el día. Me llamo por teléfono y con un escueto: “ha llegado el momento, Juan, ven a mi casa, lo tengo todo preparado” encendió todas las ganas y el ansia que llevaban semanas acumulándose.

“no tardes” fue su despedida y temeroso que si me retrasaba se lo pensara mejor y se echara atrás, baje las escaleras como una exhalación, casi arroyando a mí pasó a la Sra. Rosa, mi vecina, dejándole con un saludo en la boca.

Corrí hasta el coche y, he de admitir, me salte alguna norma de tráfico, lo cual no me sirvió para que pillara todos los atascos, coches en doble fila, furgonetas descargando y viejecitas cruzando a paso de tortuga del mundo. Llegue ya tarde a su calle, desesperado e impaciente, no había aparcamiento, di una vuelta, otra más, y luego otra, callejee una y otra vez, pero donde no estaba prohibido no había ningún hueco. Estaba de los nervios, maldecía, rumiaba, sudaba y me desesperaba. La tercera vez que pase por su calle a pocos metros de mí, justo delante de su puerta, vi el intermitente de un coche haciendo la maniobra de salir de un aparcamiento. Rece, no soy creyente, pero rece a todos los dioses habidos y por haber para que el coche que iba delante de mí no aparcara. Maldecí mi mala suerte cuando se paró justo delante del hueco, pero pasados unos segundos, siguió su camino, extraño, pero al colocarme yo me di cuenta porque. Era un vado, maldita sea! Un momento, la placa era vieja, la persiana del local parecía que hacía mucho tiempo que no se usaba… además, había un coche aparcado. En parte por mi desesperación, las ganas y la impaciencia, decidí aparcarlo allí, seguramente no pasaría nada.

Me abrió la puerta vestida con un albornoz, me beso tiernamente, se había maquillado y estaba guapísima. Me indico que la siguiera hasta la habitación, Bajo el blanco albornoz se veían unos tacones de vértigo y unas medias negras. La habitación olía a incienso, una multitud de velas colocadas en cada mueble, en cada repisa iluminaban la estancia. Se volvió hacia mí y se quitó el albornoz, bajo aquella prenda llevaba los zapatos que ya había visto, las medias que ya había intuido y nada más. Era preciosa, un deseo irrefrenable se apodero de mí, quise abalanzarme sobre ella pero me detuvo con un gesto. Se tumbó en la cama y me mostro unas cuerdas que había anudado al cabecero. –Átame- me dijo en un susurro. Obedecí, sujete sus muñecas firmemente, ella gimió con la presión de sus cuerdas sobre su piel. La espera estaba empezando a valer la pena, estaba muy excitado, el juego me gustaba y la tarde prometía. La bese, ella me devolvió el beso con menos dulzura que antes, con más ganas, con más pasión, su respiración se había acelerado y al acariciarla notaba como se le erizaba la piel. Bese sus pechos, su vientre, su cuello, era delicioso. –Tápame los ojos- me pidió señalando con la mirada un pañuelo de raso que descansaba preparado sobre el cabecero, lo hice, con un punto de violencia, aquel juego de sumisión le excitaba y a mí, he de reconocer, también. La acaricie con ternura pero con ganas, recorrí su cuerpo que respondía a mis caricias con temblores y pequeños gemidos ahogados. Mi mano bajo hasta perderse entre sus piernas, note la humedad, se abrió para mi ofrecida, acaricie, explore, invadí hasta que conseguí que ella llegara al primer clímax con un gemido que se tornó un aullido de placer. Me quite la camiseta, y al girarme para dejarla a los pies de la cama una luz en la ventana llamo mi atención. Me asome temiendo lo peor para comprobar que, efectivamente, una grúa municipal iniciaba la maniobra para llevarse mi coche.

-Mierda, mierda, mierda- atine a decir mientras volvía a pasarme la camiseta por la cabeza. –Qué ocurre?- me pregunto asustada –La grúa, cariño, no te muevas, vuelvo enseguida.

Como se iba a mover, atada como estaba a la cama. Baje las escaleras de tres en tres y llegue justo en el momento en el que enganchaban mi coche. Con un gesto de fastidio en encargado de la grúa aborto la maniobra exonerándome a que retirara el coche inmediatamente. Los dioses que antes me habían ignorado al parecer se apiadaban ahora de mí, un hueco justo al lado, seguramente no ocupado ya que la grúa había taponado el tráfico mientras intentaban retirar mi vehículo. Aparque en el nuevo sitio con tres precisas maniobras y volví raudo al piso de mi amada.

No fue hasta empezar a subir d nuevo las escaleras cuando me di cuenta de mi error. Había salido con prisas, sin pensar, había cerrado la puerta tras de mí y no había cogido ninguna llave. Nerea estaba atada a la cama, así que ella no podía abrirme. –Mierda, mierda, mierda- repetí por segunda vez aquella tarde. Empuje la puerta con la vaga esperanza de que no estuviera cerrada, que por supuesto si lo estaba. Di vueltas por el descansillo agarrándome el pelo desesperado. Piensa, piensa, me repetía, pero no se me ocurría nada. No solo es que Nerea estuviera atada a la cama, sino que además estaba rodeada de una ingente cantidad de velas encendidas, aquello era un peligro. Idiota de mí, que he visto muchas películas, saque una tarjeta de crédito de mi cartera he intente forzar la cerradura. Seguramente en las películas no tenían que enfrentarse a una puerta blindada, por lo que lo único que conseguí fue romper la tarjeta y desesperarme aún más. Entonces la puerta de justo al lado se abrió, un hombre con cara de pocos amigos con una mujer menuda y de mirada temerosa tras de le me pregunto que pasaba. Habrían oído ruidos y por la mirilla habían visto a un extraño haciendo maniobras sospechosas.

-Soy amigo de Nerea-Conocer el nombre de la propietaria del piso parece que les tranquilizo algo- me he dejado la llave dentro.

-Vaya-contesto con cara de que torpe eres y empujo la puerta para comprobar que no estuviera cerrada, como si yo no lo hubiera hecho.

-No se podrá saltar por el balcón?- pregunte con una súplica de esperanza

-Que va, está muy lejos, te ibas a matar- y empezó a golpear con el hombro la puerta que no cedía ni un ápice.

-Que pasa Paco?- otro vecino del rellano abrió la puerta alertado por el jaleo

-Aquí, el amigo de la chica del segundo, que se ha dejado las llaves dentro

-Habéis probado a empujar?- otra vecina opinaba desde el descansillo del piso superior

-Que es ese jaleo?- otra desde el rellano de abajo- Que se han dado las llaves dentro- contesto la mujer de mirada temerosa.

A los pocos momentos un grupo de vecinos se habían congregado en el descansillo dando su opinión, aconsejando soluciones o, simplemente, contando anécdotas similares que les habían pasado a ellos o a conocidos suyos.

-Y no tienes una copia?- me pregunto alguien.-Es que me he dejado el fuego encendido- atine a decir- Madre del amor hermoso- Exclamo una de las vecinas- a ver si se va a meter fuego el edificio.

No sé si era por mi desesperación o nerviosismo, pero cada vez había más gente en aquel rellano. De pronto, subiendo por las escaleras, se unió a la fiesta una pareja de la policía municipal, al parecer algún vecino les había avisado. Yo cada vez estaba más nervioso, más desesperado, me preocupaba Nerea, explique a los policías que había bajado a mover el coche y que no había caído en coger las llaves.-Y se ha dejado el fuego encendido, es un peligro!- Exclamo una vecina- Vamos a salir ardiendo!

El policía aviso por radio y a los pocos minutos una dotación de bomberos -Exclamo una vecina- Vamos a salir ardiendo!

El policía aviso por radio y a los pocos minutos una dotación de bomberos persono en el rellano. Yo ya no sabía dónde meterme. Entre policías, bomberos y vecinos habían más de 30 personas en aquel reducido espacio, todas hablando a la vez. Yo sudaba copiosamente y mi garganta se secó hasta el punto de no poder articular palabra.

Cuando los bomberos se disponían a forzar la puerta, una pareja mayor se unió a aquel aquelarre- Espere, espere, que son los padres de la chica, que tienen llave!- Dijo alguien y efectivamente, el hombre saco un manojo de llaves y se dirigió hacia la puerta seguido por una mujer que me miraba con cara de asesina.

Sé que los galanes de las novelas de Nerea siempre sabían estar, eran seguros de sí mismos, decididos, audaces y valientes, pero yo, agobiado, justo en el momento en el que el padre abría la puerta y entraba en el piso el, su mujer, la pareja de la policía local, los cuatro bomberos y una buena parte de los vecinos congregados, encontrándose a Nerea atada a la cama, con los ojos vendados, vestida con unas medias y unos zapatos de tacón, yo me escabullí. Baje las escaleras, me monte en el coche y me marche de allí sin mirar atrás.

Todos los amantes de Nerea habían sido una decepción… me pregunto algo parecido a aquello salía en alguno de sus libros.