La desee desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron, y podría jurar que a ella le ocurrió lo mismo. El plan para aquella noche me apetecía, mucho, llevaba días esperando que llegara el momento, las fiestas en la terraza de mi amigo Jordi eran antológicas y la gente que acudiría me apetecía mucho estar con ella, pero todo aquello desapareció en el momento en que la vi.

Nos presentaron de una manera informal, dos besos de rigor y en resto de la noche ignorando absolutamente todo lo que pasaba a nuestro alrededor. Hablamos, reímos, coqueteamos y poco a poco fuimos acercándonos el uno al otro, un roce aquí, una mano apoyada inocentemente allá.

Me ofrecí a llevarla a casa, pero a medio camino su expresión cambio. Tu rostro se torno triste, apesadumbrado. Al final, desconcertado la deje en su portal, se despidió de mí con un beso en la mejilla, más cerca de la boca y más largo y dulce que el que se darían dos simples amigos pero infinitamente inferior al que esperaba. La vi alejarse de mi coche en dirección al portal, preguntándome en qué narices me había equivocado, en qué momento había metido la pata, cuando se paró en seco, volvió corriendo hacia el coche, abrió la puerta, se metió dentro y, sin sentarse, me beso, con uno de esos besos largos, tiernos, maravillosos…

-me muero de ganas de que subas- me dijo mirando mis ojos perplejos- pero hoy no puede ser, lo siento -notó la decepción en mi mirada- te llamo mañana y preparamos otro día, vale?

Volvió a besarme, salió del coche y esta vez corrió hasta su portal .

Ya podéis gustarle a una chica, ya puede estar los por vosotros, ya puede estar tan cachonda que no piense con claridad, si no esta preparada, al menos las primeras veces, si no lleva ropa interior bonita, si no esta depilada o cualquiera de esas manías que las mujeres tienen, en esa ocasión no visitaréis su alcoba, os lo aseguro. Eso fue lo que había pasado, de nada sirvieron mis protestas después, diciendo que no importaba, que la deseaba y con eso bastaba, aquella noche no pudo ser.

Decidimos quedar el fin de semana siguiente, el viernes por la noche, alquile una habitación en un buen hotel de Barcelona y pasamos la semana hablando, hablando mucho, de las ganas que teníamos, del deseo que nos consumía, de lo despacio que pasaba el tiempo hasta que, el viernes, me registre en el hotel, prepare la cama con pétalos, puse velas por todos lados y recibí una llamada de ella comunicándome que le acababa de venir la regla, que lo sentía mucho y que aún me deseaba.

Fijamos la fecha al fin de semana siguiente, esta vez en su casa, donde seguro, seguro, esta vez nada impediría que nos amasemos. Y de nuevo la semana se hizo eterna, hasta que llegó el sábado, a la hora fijada, tal vez un poco antes, me planté en la dirección indicada, nervioso, temblando como un flan y encendido de deseo, llame al timbre y me abrió, guapa, bella, con un sencillo vestido que marcaba sus curvas, me invitó a entrar, la contemplé, lleno de pasión, de deseo, la bese, primero lento, tímido, pero después, viendo que ella respondía a mis caricias, dejándome llevar hasta que un sonoro y estridente zumbido cortó nuestra pasión. Era el interfono, ella contestó extrañada para descubrir, azorada que eran sus padres, que habían venido de visita, me pidió, sonrojada que me escabullera por las escaleras, me despidió con un furtivo y rápido beso mientras observaba como la luz del ascensor se ilumina indicando la inminente presencia de sus progenitores, oriundos de un pequeño pueblecito de Girona, que venían por sorpresa, a pasar el fin de semana en casa de su amada (no por mi) hijita.

La siguiente semana decidí que el encuentro se celebrase en mi casa, en un terreno que yo pudiese controlar, donde nada ni nadie pudiese dar al traste con el deseo que me consumía ya de una forma casi insoportable.

Prepare una frugal cena de picoteo, algo de vino, música suave y cuando sonó el timbre, encendí unas velas en la mesa antes de abrir. El timbre insistió, con más urgencia de la esperada, consulte el reloj y me extrañe de que aún era pronto, faltaba casi media hora para el momento fijado, volvió a insistir, con una urgencia poco halagüeña, casi impertinente, acompañado de unos aporreos con el puño en la puerta. Abrí extrañado y un poco molesto, lo admito, para encontrarme a mi vecino de al lado, con los ojos desorbitados que me comunicaba que el piso de la señora rosa, una anciana que vivía en el entresuelo, estaba ardiendo y debíamos desalojar el edificio. Para corroborar su alarma, por si el pestilente humo que subía por el hueco de la escalera no fuese suficiente, vi detrás suyo a la familia china que vivía justo encima mío bajar atropelladamente con urgencia.

Allí mismo, delante de mi edificio, al que no pude volver en varios días, mientras los bomberos sofocaban las pertenencias que la señora Rosa había atesorado durante su longeva vida, Tania, vestida de una manera que, en otra situación, me habría excitado sobremanera pero que, viendo peligrar mi casa, no tenía yo el horno para bollos, y yo, decidimos que de aquella semana no podía pasar, que era imperativo que nos acostaremos, que diéramos salida a aquella pasión que nos consumía, a aquel deseo que eclipsaba todo lo demás. Y así lo hicimos, pocos días después, en casa de una amiga suya, con los móviles apagados, cancelando todos los compromisos, dándonos prioridad el uno al otro, por fin, después de tanto esperar, pudimos hacer el amor, poseernos el uno al otro… y sabéis que?… No fue para tanto, más bien fue un polvo pésimo.

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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