Un amigo me pidió una vez un favor peculiar, sencillo de realizar pero que me trajo quebraderos de cabeza. El encargo era bien simple, ir a casa de su chica e instalar una impresora al ordenador. Ante mi extrañeza de porque no lo hacía el mismo, algo de lo que me consta era más que capaz, me contestó con evasivas, excusas tontas y respuestas vagas. No le di importancia y valorando que no tenía nada mejor que hacer aquella tarde me ofrecí encantado.

Yolanda vivía en un barrio del cinturón de Barcelona. Me abrió la puerta vestida con una bata ligera de estar por casa, la cara sin maquillaje y el pelo recogido de cualquier manera. No me pareció fea en un primer momento, pero tampoco guapa. Era menuda, delgada, muy delgada, de facciones duras y mirada alegre, vamos, lo que se dice una belleza peculiar.

Me recibió con una amplia y franca sonrisa que hizo que me cayera bien desde el primer momento. Después de una banal conversación de cortesía me mostró donde estaba la impresora y el ordenador. Me dejó con un, tú mismo, eres el que sabe de esto y se sumió en su smartphone olvidándose de mi presencia.

La instalación fue sencilla, casi plug&play, limitándose yo a clickar “yes” en alguna ocasión y esperar a que la barra de progreso terminara de cargar. Cuando la instalación acabó, pulse la opción para imprimir una página de prueba y observé cómo se cargaba en la cola de impresión. Levanté la vista buscando a Yolanda para decirle que el trabajo estaba.terminado y las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Allí estaba ella, apoyada en el dintel del ventanal del balcón, mirando distraídamente a la calle, y el sol, ese sol de julio que tiene Barcelona, transparentaba su ligera bata dibujando al contraluz su cuerpo menudo, sus pechos pequeños, su vientre plano, su generosa cadera, sus piernas torneadas.

Allí seguiría,  embelesado con aquella visión si la impresora no hubiera empezado a funcionar y,  con un graznido mecánico,  escupiera la típica página llena de caracteres.

Yolanda reparó en mí,  y con un cantarín: anda!  Si ya funciona! Que bien! – vino al trote hacia mi y observó la pantalla sobre mi hombro.

Al alejarse del sol,  las transparencias desaparecieron,  pero la magia ya había empezado. Reparé en sus curvas,  en como la tela estampada las contorneaba,  en la ausencia de sujetador,  en la goma de las braguitas desdibujádose en el vestido, el olor de su piel, la forma en que apoyó su mano sobre mi hombro, como uno de sus dedos rozó la piel de mi cuello, haciendo que saltaran chispas, como reparó en mi sobresalto y aún así se quedó allí, mirando distraídamente mi cuello, como me volví lentamente hacia ella hundiendo mi nariz en su melena rizada, como ella no se apartó y siguió fingiendo que observaba la pantalla, como su roce se volvió caricia, como mi mano subió por su pierna adentrándose en terreno prohibido, como ella abandonó la pantalla para besarme, primero tímidamente, después con ansia, con pasión, como podría reconocer el instante exacto en el que perdimos el control, en el que nos desnudamos el uno al otro sin la más mínima amabilidad, casi arrancándonos la ropa, como ella se sentó a horcajadas sobre mí, como forzó mi entrada, como me sentí en la gloria dentro de ella, como nos abandonamos al placer, jadeando y resoplando como animales hasta llegar a un clímax casi simultáneo, como intente recuperar la compostura, como poco a poco recuperamos la respiración, los corazones se calmaron y nos miramos avergonzados y con un halo aún de deseo. Cómo me vestí a trompicones, me despedí  torpemente y salí a la carrera con la cabeza dando vueltas y el corazón a 100.

En qué narices estaba yo pensando? Era la chica de un amigo! Si, vale, tal vez no de un amigo íntimo, pero un amigo al fin y al cabo, y aquello, al menos hasta ese momento, había sido dogma para mi.

Estuve dándole vueltas el resto del día, toda la noche y la mitad de la mañana siguiente, al final, decidí ir a casa de Yolanda, disculparme y aclarar el malentendido.

Me abrió sorprendida, vestida con una bata similar, con el pelo recogido de cualquier manera y tan sexy como el día anterior. Le dije que lo sentía mucho, que el calor me había afectado, que yo no era así, que la respetaba, que respetaba su relación como amigo, que había traicionado la confianza de ambos con mis actos, que jamás volvería a ocurrir, que podía confiar en mí, que me mantendría firme y no volvería a caer en la tentación… al menos mentalmente se lo dije, en la realidad dudo mucho que de mis labios saliera un simple hola teniendo en cuenta el poco tiempo que pasó desde que ella abrió la puerta de su casa y mi lengua exploraba, con un ansia atroz, las humedades de su entrepierna, descubriendo su falta de ropa interior, el sabor ocre de su sexo y el agudo tono que era capaz de emitir en el momento en el que, con un violento espasmo se corrió salvajemente en mi boca casi ahogándome en humedad y deseo.

Apenas pensé el resto de la mañana en la que hicimos el amor en cada uno de los rincones de su casa. Pero al despuntar el mediodía, y ya agotado escocido y dolorido, volví a tomar consciencia de mis actos y, avergonzado, aprovechando que Yolanda dormía agotada, salí de su piso en silencio carcomido por los remordimientos.

Tarde un par de días en volver a verla, en los cuales me volví loco de culpa, en los cuales evite cualquier contacto con mi amigo, muerto de vergüenza como estaba. Decidí que debía aclarar las cosas, pero esta vez fui más precavido. Llegue a su casa y en vez de subir, pulse el interfono y le pedí que bajara a hablar conmigo. Ella se extraño, insistió en que subiera pero yo me mantuve firme, había ido allí a poner fin a aquella ignominia, y firme me mantuve hasta que la vi bajar,q esta vez maquillada, con el pelo suelto y brillante y un vaporoso vestido veraniego que dejaba sus piernas al aire y el cual no me ofreció mucha resistencia cuando, pocos minutos después, apartaba sus bragas para penetrarla resoplando en su cuello, escondidos precariamente en el recodo que el hueco del ascensor que nos apartaba precariamente de las miradas de la gente que paseara por la calle en aquel momento.

Aquello tenía que terminar, no estaba bien, pero era más fuerte que yo. Mis principios eran firmes, pero una pasión descontrolada me poseía en cuanto la veía. Intente cortar con ella en un parque y acabe con las piernas destrozadas de arañazos de las espinas de un arbusto tras el que nos escondimos para poseernos. Intente cortar con ella cenando en un bullicioso restaurante al que solía ir mucho y al cual no podré volver después del bochornoso espectáculo que dimos en los lavabos de señoras. Intente cortar con ella en una discoteca, un paseo marítimo e incluso en una discoteca, pero siempre encontrábamos un rincón, más o menos discreto en el que dar rienda suelta al deseo.

Al final hice lo único que pude hacer, quede con ella en su casa y le pedí a un amigo que fuese en mi nombre a cortar con ella. A día de hoy aún se acuestan en los rincones más insospechados, al menos hasta que encuentre el a alguien que le sustituya…

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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1 comentario

  1. Bonita historia.
    A final el se quedó prendido de sus encantos…y para ella, sólo era un amante más. Como dice el refrán:
    A REY MUERTO, REY PUESTO.
    Un saludo!

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