La chica de la cama

Mire por la ventana mientras terminaba de vestirme, el día seguía gris, amenazante de una lluvia que no terminaba de llegar, cubría la calle con una pátina que apagaba hasta los colores más vivos, dándole una apariencia enfermiza, triste, descorazonadora.
Ella se revolvió en sueños tras de mi, enredándose aún más en la maraña en la que la pasión de la pasada noche había convertido la ropa de cama, la cual, no daba para tapar la insinuante desnudez que me ofrecía.
Nos habíamos conocido apenas unas horas antes, lo típico, noche de fiesta, amigos comunes, copas, música, miradas, mentiras y halagos que se aceleraban como un coche sin frenos en una calle empinada hasta acabar besándonos apasionadamente en el rincón menos discreto del local, con las manos desenfrenadas, ansiosas, locas de curiosidad para encontrar el mínimo resquicio por el que asaltar la coraza de la ropa. Un “vivo aquí cerca” con una súplica en la mirada, una sonrisa y un beso como simple respuesta, un camino que se hace eterno interrumpido en cada oscuro portal que nos ofrecía una ilusión de intimidad para nuevos conatos de pasión que, lejos de apagarse, no hacían más que avivar el incendio que nos consumía.
Subir las escaleras, nerviosos, ansiosos, con prisa, un último esfuerzo, unas llaves que no atinan, unas risas nerviosas, abrir la puerta, entrar sin dejar de abrazarse, entrelazados, cerrar la puerta de un portazo, la llaves caen al suelo, tropezar con algún estante traicionero en la oscuridad, el sonido de algo hueco al caer, una disculpa apagada con un “no pasa nada” previo a un nuevo beso ansioso. Unas manos frías que abren mi camisa buscando mi calor y arrancándome un gemido, una falda que sube para ofrecer el calor que emana de un cuerpo encendido. Un primer encuentro con su humedad allí mismo, apoyados en la puerta de entrada, con los ojos aún acostumbrándose a la penumbra, aún sin desnudar del todo, con su ropa interior a media asta, bajar hasta inundarme de su olor, descubrir torpemente su sabor mientras ella mira abandonada a la sensación al techo y agarra con fuerza mi pelo obligándome con dolor a hundirme más en el salobre triángulo de su pelvis.
Un no recordar cómo llegamos a la cama, una pasión que nubla los recuerdos de una noche en la que los pensamientos racionales dejan paso a una locura, a un deseo que nos gobierna durante las siguientes horas hasta, caer rendidos, enmarañados el uno con el otro en una postura imposible, empapados de sudor, despeinados, exhaustos, vencidos, muertos de placer, de deseo cumplido.
Notar como la felicidad se desinfla, con su luz se nubla de realidad, como una sombra de vergüenza rompe la perfección del momento.
-hola- me susurra ella desde la cama, con el pelo convertido en un caos enmarcando unos ojos entrecerrados- qué haces?
-me visto- contestó- ya es de día, debería irme
Ella duda, esta hermosa, es hermosa, contemplo su deseable cuerpo mostrado ante mi sin el más mínimo pudor, sonríe, tal vez mi mirada u otra parte de mi le ha delatado el deseo que renace en mi bajo vientre, estira su mano hacia mi -ven- me susurra haciendo un gesto con los dedos… obedezco.

Yolanda

Un amigo me pidió una vez un favor peculiar, sencillo de realizar pero que me trajo quebraderos de cabeza. El encargo era bien simple, ir a casa de su chica e instalar una impresora al ordenador. Ante mi extrañeza de porque no lo hacía el mismo, algo de lo que me consta era más que capaz, me contestó con evasivas, excusas tontas y respuestas vagas. No le di importancia y valorando que no tenía nada mejor que hacer aquella tarde me ofrecí encantado.

Yolanda vivía en un barrio del cinturón de Barcelona. Me abrió la puerta vestida con una bata ligera de estar por casa, la cara sin maquillaje y el pelo recogido de cualquier manera. No me pareció fea en un primer momento, pero tampoco guapa. Era menuda, delgada, muy delgada, de facciones duras y mirada alegre, vamos, lo que se dice una belleza peculiar.

Me recibió con una amplia y franca sonrisa que hizo que me cayera bien desde el primer momento. Después de una banal conversación de cortesía me mostró donde estaba la impresora y el ordenador. Me dejó con un, tú mismo, eres el que sabe de esto y se sumió en su smartphone olvidándose de mi presencia.

La instalación fue sencilla, casi plug&play, limitándose yo a clickar “yes” en alguna ocasión y esperar a que la barra de progreso terminara de cargar. Cuando la instalación acabó, pulse la opción para imprimir una página de prueba y observé cómo se cargaba en la cola de impresión. Levanté la vista buscando a Yolanda para decirle que el trabajo estaba.terminado y las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Allí estaba ella, apoyada en el dintel del ventanal del balcón, mirando distraídamente a la calle, y el sol, ese sol de julio que tiene Barcelona, transparentaba su ligera bata dibujando al contraluz su cuerpo menudo, sus pechos pequeños, su vientre plano, su generosa cadera, sus piernas torneadas.

Allí seguiría,  embelesado con aquella visión si la impresora no hubiera empezado a funcionar y,  con un graznido mecánico,  escupiera la típica página llena de caracteres.

Yolanda reparó en mí,  y con un cantarín: anda!  Si ya funciona! Que bien! – vino al trote hacia mi y observó la pantalla sobre mi hombro.

Al alejarse del sol,  las transparencias desaparecieron,  pero la magia ya había empezado. Reparé en sus curvas,  en como la tela estampada las contorneaba,  en la ausencia de sujetador,  en la goma de las braguitas desdibujádose en el vestido, el olor de su piel, la forma en que apoyó su mano sobre mi hombro, como uno de sus dedos rozó la piel de mi cuello, haciendo que saltaran chispas, como reparó en mi sobresalto y aún así se quedó allí, mirando distraídamente mi cuello, como me volví lentamente hacia ella hundiendo mi nariz en su melena rizada, como ella no se apartó y siguió fingiendo que observaba la pantalla, como su roce se volvió caricia, como mi mano subió por su pierna adentrándose en terreno prohibido, como ella abandonó la pantalla para besarme, primero tímidamente, después con ansia, con pasión, como podría reconocer el instante exacto en el que perdimos el control, en el que nos desnudamos el uno al otro sin la más mínima amabilidad, casi arrancándonos la ropa, como ella se sentó a horcajadas sobre mí, como forzó mi entrada, como me sentí en la gloria dentro de ella, como nos abandonamos al placer, jadeando y resoplando como animales hasta llegar a un clímax casi simultáneo, como intente recuperar la compostura, como poco a poco recuperamos la respiración, los corazones se calmaron y nos miramos avergonzados y con un halo aún de deseo. Cómo me vestí a trompicones, me despedí  torpemente y salí a la carrera con la cabeza dando vueltas y el corazón a 100.

En qué narices estaba yo pensando? Era la chica de un amigo! Si, vale, tal vez no de un amigo íntimo, pero un amigo al fin y al cabo, y aquello, al menos hasta ese momento, había sido dogma para mi.

Estuve dándole vueltas el resto del día, toda la noche y la mitad de la mañana siguiente, al final, decidí ir a casa de Yolanda, disculparme y aclarar el malentendido.

Me abrió sorprendida, vestida con una bata similar, con el pelo recogido de cualquier manera y tan sexy como el día anterior. Le dije que lo sentía mucho, que el calor me había afectado, que yo no era así, que la respetaba, que respetaba su relación como amigo, que había traicionado la confianza de ambos con mis actos, que jamás volvería a ocurrir, que podía confiar en mí, que me mantendría firme y no volvería a caer en la tentación… al menos mentalmente se lo dije, en la realidad dudo mucho que de mis labios saliera un simple hola teniendo en cuenta el poco tiempo que pasó desde que ella abrió la puerta de su casa y mi lengua exploraba, con un ansia atroz, las humedades de su entrepierna, descubriendo su falta de ropa interior, el sabor ocre de su sexo y el agudo tono que era capaz de emitir en el momento en el que, con un violento espasmo se corrió salvajemente en mi boca casi ahogándome en humedad y deseo.

Apenas pensé el resto de la mañana en la que hicimos el amor en cada uno de los rincones de su casa. Pero al despuntar el mediodía, y ya agotado escocido y dolorido, volví a tomar consciencia de mis actos y, avergonzado, aprovechando que Yolanda dormía agotada, salí de su piso en silencio carcomido por los remordimientos.

Tarde un par de días en volver a verla, en los cuales me volví loco de culpa, en los cuales evite cualquier contacto con mi amigo, muerto de vergüenza como estaba. Decidí que debía aclarar las cosas, pero esta vez fui más precavido. Llegue a su casa y en vez de subir, pulse el interfono y le pedí que bajara a hablar conmigo. Ella se extraño, insistió en que subiera pero yo me mantuve firme, había ido allí a poner fin a aquella ignominia, y firme me mantuve hasta que la vi bajar,q esta vez maquillada, con el pelo suelto y brillante y un vaporoso vestido veraniego que dejaba sus piernas al aire y el cual no me ofreció mucha resistencia cuando, pocos minutos después, apartaba sus bragas para penetrarla resoplando en su cuello, escondidos precariamente en el recodo que el hueco del ascensor que nos apartaba precariamente de las miradas de la gente que paseara por la calle en aquel momento.

Aquello tenía que terminar, no estaba bien, pero era más fuerte que yo. Mis principios eran firmes, pero una pasión descontrolada me poseía en cuanto la veía. Intente cortar con ella en un parque y acabe con las piernas destrozadas de arañazos de las espinas de un arbusto tras el que nos escondimos para poseernos. Intente cortar con ella cenando en un bullicioso restaurante al que solía ir mucho y al cual no podré volver después del bochornoso espectáculo que dimos en los lavabos de señoras. Intente cortar con ella en una discoteca, un paseo marítimo e incluso en una discoteca, pero siempre encontrábamos un rincón, más o menos discreto en el que dar rienda suelta al deseo.

Al final hice lo único que pude hacer, quede con ella en su casa y le pedí a un amigo que fuese en mi nombre a cortar con ella. A día de hoy aún se acuestan en los rincones más insospechados, al menos hasta que encuentre el a alguien que le sustituya…