Trini tiene una regla inviolable, casi un mandamiento, nunca se acuesta con nadie más de tres veces. Ella dice que, después de tres veces, todos los amantes se vuelven una decepción, que ya no hay sorpresa, que ya no hay el morbo de lo desconocido. Yo creo más bien que, para ella, más de tres polvos significa que ese amante no es sólo un amante y que, su perfecta y trabajada fachada de chica dura a vuelta de todo no soportaría admitir que, el repetidor, es más que una polla con patas.
De la primera vez que nos acostamos no me acuerdo, ni ella ni yo. Habíamos bebido hasta convertir aquella noche en un nebuloso recuerdo de risas, canciones y amistad subida de tono. Nos despertamos, aunque cuando lo explicamos omitimos ese detalle, abrazados el uno al otro, con una dolorosa resaca, la ropa interior ausente(la mía, a dia de hoy, aún no ha aparecido) y las partes íntimas tan irritadas que no cabía el equivocó de que sólo habíamos dormido la mona.
La segunda vez, fue todo lo contrario, quedamos una noche de invierno con la simple intención de cenar unas pizzas y ver una peli un domingo por la tarde y tal vez, las calorías de la mozzarella, el calor de la manta y la estufa, la chispa de las cervezas o una película más subida de tono de lo normal hizo que, esta vez, nos embriagamos no de alcohol, sino de puro deseo, de un calentón de campeonato que nos hizo, primero acariciarlos torpemente, casi por descuido, para después saltar el uno sobre el otro, medio arrancarnos la ropa y follarnos como si no hubiera un mañana, con una ausencia total de amor, de cariño, de simple pensamiento, sólo instinto, ganas, placer primigenio hasta que, acabamos en el suelo, dos cuerpos entrelazados sobre la alfombra, sudorosos, de corazón y respiración desbocada, despeinados y desmadrados, intentando asimilar lo que acababa de pasar. Dos cuerpo que se levantaban avergonzados, con una sonrisa nerviosa, intentando recomponer la ropa rehuyendo las miradas, un sentarse de nuevo en el sofá rubricando un pacto no verbalizado de no comentar lo que acababa de pasar.
Si la primera vez fue la embriaguez, la segunda la pasión, la tercera fue el simple cariño, una especie de amor sincero que fue brotando entre los dos, poco a poco, alimentado por gestos, miradas, actos que superan la simple amistad. Fue una noche de conversación íntima, de confiar secretos, de abrir el corazón, de acercarnos el uno al otro, poco a poco, mirándonos a los ojos con cariño, temblando al recibir los labios del otro. Un dejarse llevar, cerrar los ojos, abandonarse a la sensación, hundirse en el puro placer y no desear nada más en el mundo que aquella boca, aquella piel, aquel pelo que se enredaba en mis dedos. Y así me deje llevar, haciendo de aquella sensación mi mundo hasta que, poco a poco, casi imperceptible al principio, pero más obvio poco después, fui notando que ella abandonaba aquel refugio de placer, aquel rincón de deseo y se alejaba de mi. Abrí los ojos, preguntando la razón con la mirada.
No Juan, no quiero gastar aún mi tercer deseo contigo…
Amparada en mi perplejidad, se levantó, hizo un gesto de arreglarse la ropa, más por recuperar la compostura que otra cosa, ya que no me había dado tiempo a nada, y salió de mi casa hasta hoy…

 

 

Foto de la gran @CharoGuijarro

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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