Entiendo el sexo, la higiene siempre ha sido muy importante para mí, no sólo espero encontrarla en mis amantes, sino que la considero una muestra de respeto por mi parte, amén de las molestias, peligros e incomodidades que su ausencia produce. Y la higiene fué, por desgracia, la razón de que mi relación con Clara no funcionase.
Clara era higienista dental, muy guapa la verdad, he salido con mujeres muy atractivas, pero Clara era guapa de verdad, con una belleza serena, un cuerpo menudo y atractivo, una piel blanca y brillante, unos ojos vivos y profundos, de un negro infinito, un pelo castaño y ondulado que le caía hasta la mitad de su espalda.
Nos presentó un amigo común y enseguida congeniamos, nos dimos los teléfonos y no tardé en llamarla para invitarla a cenar.
Ella aceptó encantada con la condición que ella elegía el restaurante. Un local del barrio del Born de Barcelona, vegetariano de decoración aséptica y minimalista, con las mesas, sillas, paredes, suelos y camareros de un impoluto blanco, donde nos sirvieron unas crudités tan insípidas como escasas, la ración justa para provocar un rugido de estómago que me acompañó el resto de la velada.
Cuando terminamos aquel simulacro de cena, mi humor era, al contrario que la decoración del restaurante, muy negro. Estaba malhumorado y taciturno cuando, para empeorar mi humor nos trajeron la cuenta, desproporcionada, la culpa pague yo religiosamente mientras Clara se limpiaba las manos compulsivamente con una toallita húmeda que nos habían traído.
-Tienes algo que hacer ahora?
La pregunta me cogió por sorpresa, lo admito. Levanté la vista para comprobar que Clara seguía impasible con su unción.
-si no tienes otro plan, podríamos ir a mi casa y acostarnos.
Creo que mi mandíbula, al descolgarse, golpeó la impoluta mesa de linóleo blanco. Titubeé alguna respuesta afirmativa con los ojos como platos que hizo que Clara dejara la toalla caliente y con un “genial, vamos” se levantara y caminara hasta la puerta.
Un buen rato de taxi después, el cual pagué yo también, en el que intenté hacer manitas o robar un beso a la que, en teoría, iba a ser mi amante en un rato, llegamos a un edificio de apartamentos en la diagonal cerca del Besos, de arquitectura recta e insípida, con una entrada limpia y bien iluminada, casi tanto como el ascensor que nos llevó, uno frente al otro, sin mirarnos ni hablar, hasta un piso que parecía una extensión del restaurante del que veníamos. Paredes blancas y lisas, los mínimos muebles también blancos y una decoración que, se permitía el exceso de algún toque negro. A falta de perro o gato, un roomba, uno de esos robots que barren vino a recibirnos.
-ponte cómodo, coje algo de la nevera que tengo que asearme un poco.
Cogí una botella de agua de la nevera, lo único que había para beber, y me senté en sofá duro y blanco frente a una mesa de centro, también blanca, sobre la que habían, ordenadas de forma casi milimétrica, tres revistas de temática médica.
Clara entró en su baño bien iluminado y se desnudo doblando cuidadosamente la ropa, manipuló la grifería poniendo  el termostato a la temperatura perfecta, se metió en la bañera comprobando primero que la temperatura del agua fuese la óptima, dejó que esta le mojarse la piel y accionó el interruptor de la alcachofa de baño que detenía el chorro.
Uso un gel de pH neutro y libre de químicos y enjabonó su cuerpo de una dos metódica y mecánica. Ningún rincón de su piel quedó sin enjabonar a excepción de sus genitales, para los cuales uso un jabón formulado expresamente para la mucosa íntima, usó dos tipos diferentes de champú, uno reparador y el otro enriquecedor y mientras esperaba que la mascarilla capilar de jojoba y camomila hiciera su efecto se hidrató los pechos y el cuello con una leche de almendras. Enjuagó todo el cuerpo con el agua caliente y acabó con un chorro final de agua bien fría que tonificó su piel y le arrancó un tímido gemido de protesta, un resquicio de sentimiento en la asepsia de su rutina.
Salió de la bañera y se envolvió el pelo en una toalla a modo de turbante. Secó concienzudamente cada rincón de su cuerpo, cada recoveco, sin olvidar ni un sólo milímetro de piel siguiendo un patrón mil veces repetido.
Untó su cuerpo con leche hidratante realizando giros con las palmas de sus manos en sentido de las agujas del reloj para activar la circulación. Dejó libres las zonas del pecho, cuello y glúteos donde uso una crema reafirmante concreta para cada zona, las cuales aplicó de una forma enérgica y profesional.
Se contempló una vez terminado el trabajo durante un segundo en el espejo, complacida con el resultado. Se quitó el turbante y, sopesando la humedad del cabello, lo secó cuidadosamente con otra toalla limpia y lo empapó con un acondicionador que reparaba las puntas y fortalecía marcando los rizos naturales.
Cuidó la piel de su rostro con un bálsamo y aplicó una crema correctora en la zona de las ojeras y otra, con un fuerte masaje, en la zona de la papada para reafirmar y marcar el óvalo facial.
Se puso un leve camisón, también de color blanco, sin muchos adornos, sencillo, pero que insinuaba perfectamente sus curvas, se contempló en el espejo una vez más, alejándose para sopesar de cuerpo entero y sonrió contenta con el resultado.
Recogió todas las cremas, potingues, toallas, jabones y utensilios que había utilizado dejándolos cada uno de ellos en el sitio correcto preestablecido para ello. Salió del baño y se dirigió contoneándose hacia el salón para comprobar que yo, ya no me encontraba allí, pues estaba disfrutando desde hacía un buen rato de una grasienta, insana, glotona y obscena hamburguesa en un local nada blanco que había visto durante el trayecto en taxi…

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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