Si quisiera resumir las ganas que tenía de asistir a la boda de Sergio y Carmen, podría hacerlo con ningunas. No es que ellos no me cayera bien, es mi aversión personal a esa ceremonia cada vez más hortera y chabacana en la que dos infelices se prometen cosas en público que seguramente no serán capaces de cumplir. Aparte de que se me ocurren mil maneras en las que podrían gastarse ese dineral que apuntalaría mucho más su amor que esa pantomima. Siempre digo que no y pongo una excusa para no asistir cuando me invitan, pero aquella
Aún así acudí, me gaste una pasta en un buen traje, dibuje en mi cara la más amplia de las sonrisas y la mantuve cuando les solté una generosa suma de dinero en un sobre. Todo por mantener la tradición.
Ya en la iglesia, a la cual sólo entre para resguarecerme un rato del sol abrasador que nos castigaba y a la que no volví a entrar, dirigiendo mis pasos en cuanto empezó la ceremonia a otro templo cercano, más prosaico y etílico, como digo, ya en esa breve incursión en la iglesia llamó mi atención, entre aquella amalgama de vestidos chillones, pamelas imposibles y tacones peligrosos, el rojo vestido de Amanda. Más alta de la mayoría, con una larga cabellera morena que coronaba un cuerpo de infarto, dibujado a contraluz del sol que, oportuno, entraba por una de las grandes vidrieras del gótico edificio.
Mentiría si no dijera que busque de nuevo su roja silueta en el lanzamiento de arroz y la sesión de fotos a pie de la escalinata, donde ya, un par de veces nuestras miradas se cruzaron. Y mentiría de nuevo si no admitiera que me acerque, simulando casualidad, durante el aperitivo previo al banquete donde ya cruzamos un par de palabras, alguna gracia y alguna galantería por mi parte.
La sorpresa llegó cuando, al buscar nuestros nombres en la distribución del banquete, descubrimos con grata sorpresa que nos sentábamos uno al lado del otro, en la mesa de los desterrados, o solteros desparejados, como se les suele llamar.
Amanda no sólo era guapa a rabiar, morena, alta, de cuerpo proporcionado, ojos infinitos y labios tentadores, sino que además, era culta, inteligente, divertida y simpática. Así que, toda la jornada, con sus paseos horteras de camareros, sus que se besen y vivan los novios, sus vídeos ñoños de los novios de niños, la subasta de la liga y demás zarandajas pasaron desapercibidos perdido como estaba yo, en la mirada de Amanda, en el perfume que emanaba de su pelo cada vez que la música alta me obligaba a acercar mi boca a su oído para hacerme oír, en la electricidad que saltaba cada vez que su mano se posaba en mi brazo o la mía, distraída, en su cintura.
Coincidimos en muchos temas, gustos y pensamientos, entre los que se encontraban el odio a las bodas, así que, cuando llegó el americano momento de lanzar el ramo, nos alejamos de la muchedumbre hacia un rincón más calmado, donde nuestras manos jugaron, sin forzarlo nos acercamos, donde asumimos que nos deseábamos y donde por fin, nos besamos. Un beso tímido, dulce, caliente, un apartar la boca para, ambos, abrir los ojos temerosos de la reacción, un momento de calma, dos corazones desbocados y un comernos el uno al otro, esta vez sin cortapisas, con ansia, con pasión.
No se quien empujó a quien, quien guiaba y quien se dejaba llevar, pero acabamos en un cuartucho lleno de manteles y ropa de mesa, oscuro y con olor a humedad, donde encontramos la manera de desnudarnos sin quitarnos la ropa, donde nos perdonamos las torpezas y la incomodidad, donde nos buscamos y nos encontramos, donde el deseo se convirtió en humedad, donde todo encajó y donde nos gozamos como si el resto del mundo no existiera, y donde nos corrimos al unísonos, ahogando nuestros gemidos de placer uno en el hombro del otro.
Permanecimos unos instantes en silencio, abrazados, evitando asumir la certeza que, finalmente llegó de lo incómodo e inadecuado de la situación, donde nos arreglamos la ropa, casi uno de espaldas al otro, avergonzados y cómplices. Donde nos acicalamos dándonos el visto bueno el uno al otro y, aún con el corazón desbocado, salimos a hurtadillas de aquel cuartito sin ser detectados por nadie excepto por Sergio, el novio, que cruzó conmigo una mirada cómplice y triunfal, algo así como sabía yo que os ibais a caer bien.
Cuando acabó la boda nos dimos los teléfonos y no tardamos en contactar, citandonos al día siguiente en casa de ella, salimos durante unos meses, nos divertíamos juntos y nos acostamos a menudo, pero jamás volvió a ser igual, siempre faltó algo que sólo pudimos tener aquella vez, hasta que, la decepción mutua, imagino, hizo que nos distanciaramos hasta romper….
Sigo odiando las bodas, pero ahora nunca digo que no, por si acaso.

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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