Apenas estuve unos meses con Paz. Nos conocimos al final de un verano, nos sufrimos el otoño y, al llegar el invierno nuestro amor ya estaba tan frío como el viento que golpeaba la ventana de mi cuarto el día que se marchó para siempre.
Creo que nos caímos mal nada más conocernos, ella me pareció una belleza, porque otra cosa no, pero Paz era bella a rabiar, pero caprichosa y engreída. Yo le parecí pedante y de poco fiar, tal y como me confesó aquella misma noche después de hacer el amor en el asiento trasero de mi coche, en el parking público donde lo había dejado.
Paz era puro fuego, empezando por su larga cabellera pelirroja que parecía encenderse cada vez que se enfurecía, cada vez que aquellos enormes ojos verdes me querían atravesar el alma. Era celosa hasta rozar la patología, inconformista, voluble y caprichosa. Buscaba cualquier excusa, cualquier palabra a destiempo, cualquier gesto o mirada por mi parte para desatar sobre mi los siete infiernos. Más de una vez los vecinos estuvieron tentados de llamar a la policía. Porque Paz, no sólo desataba su furia sobre mí, sino que tenía el don de hacerme perder a mi también los estribos. En casa volaron platos, vasos, ropa salió por la ventana y hasta un televisor acabó en el suelo destrozado. En casa se perpetraron los mayores insultos, los más crueles reproches, las más hirientes amenazas.Paz y yo nos gritamos en la calle, en el cine, en casa de los amigos y hasta montamos el espectáculo en la iglesia durante la comunión de una sobrina suya. Y todas, absolutamente todas aquellas discusiones, todas aquellas guerras abiertas acabaron de la misma manera, conmigo dentro de ella, con ella jadeando mi nombre con rabia, con sus uñas clavadas en mi espalda, mis dedos tirando de su pelo, conmigo jadeando su nombre, con sus minúsculos pechos, apenas dos montículos pecosos coronados por un pezón sonrosado, señalándome acusadores, con sudor, saliva, arañazos, bocados y orgasmos tan salvajes, desatados e intensos como las discusiones que nos llevaban a ellos. Paz llenó mi vida de miedo, rabia, rencor y dolor, pero también me dió placer, belleza, deseo y lujuria, y al terminar, siempre al terminar, dulzura.
Dulzura que duraba el tiempo justo hasta la nueva tormenta, tormentas que duraron hasta que mi corazón y el suyo se cansaron de querernos.
Si lo pienso detenidamente, Paz dió a mi vida todo… menos lo que su nombre prometía.

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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