Habíamos empezado a vivir juntos como quien no quiere la cosa, quedarse a dormir una noche, después un fin de semana, llevar una muda por si acaso y poco a poco, sin darnos cuenta, compartíamos rutina, lavaplatos y montón de ropa para planchar. Como en toda relación, la pasión, el fuego, fue apagándose poco a poco, como siempre ocurre, dejando unos rescoldos aburridos que flameaban de vez en cuando en una fugaz llamarada que dejaba siempre un poso de amargura, de sabor perdido que nunca regresaría. Los besos apasionados, las mariposas en el estómago habían sido sustituidos por reproches, desidia y aburrimiento.

Aquel martes había sido un día más. Nos levantamos por la mañana con las mínimas muestras de cariño obligatorias y nos despedimos sin una sola mención al día especial que para algunos era aquella jornada.

Fue un día de trabajo anodino, insulso, el único contacto con ella fueron un par de mensajes en el móvil de contenido bastante prosaico y nada onírico. Llegue a casa cansado, cuando el sol ya se retiraba a descansar, pensando en que haría de cena y que serie de televisión echarían aquella noche. Nada más abrir la puerta, ella se lanzó corriendo a mis brazos, besándome apasionadamente sin dejarme soltar la bolsa donde llevaba mis útiles de trabajo, el casco de la moto y las llaves. Su beso sabía a los besos que nos dábamos al principio. Era húmedo, caliente, apasionado. Su lengua entro en mi boca ansiosa, exploradora. Su saliva me inundaba, me provocaba. Mientras me besaba me quito con ansia la bufanda lanzándola tras de mí sin miramientos. Separó su boca de la mía y me miró a los ojos con unas pupilas encendidas de puro fuego. Estaba preciosa, se había maquillado como solo hacía en las ocasiones especiales, los labios encarnados de carmín susurraron un te quiero casi inaudible. Quedé hipnotizado con su atuendo, del cual no había podido reparar debido a la impetuosidad de su ataque. Su cuerpo apenas era ocultado por un delicado camisón semitransparente que prometía su cuerpo delgado, apetecible. Embelesado como estaba contemplando su cuerpo no reaccione cuando ella, sin mediar palabra se arrodilló ante mi y, con ansiosos y violentos movimientos, desabrochó mi pantalón bajandomelo hasta los tobillos. Contemplo mi sexo durante unos segundos con la expresión de un depredador triunfal ante la presa que se acababa de cobrar y sin pensárselo mucho atacó haciéndolo desaparecer dentro de su boca. Una explosión de puro placer inundó mi cuerpo, un fogonazo incontrolable que oscureció mi vista e hizo flojear mis rodillas. Apoye la espalda en la puerta de entrada que acababa de cruzar, con el abrigo y la americana aún puestos, mientras ella me devoraba con un ansia y una pasión desconocidos en nuestras relaciones desde hacía bastante tiempo. Dejé caer con un estruendo el casco y mi bolsa de trabajo al suelo sin que aquel alboroto mermara ni un ápice el brutal ritmo en el que mi miembro salía y desaparecía entre sus labios. Me deshice de la ropa de abrigo que cayó al suelo desmadrada, me quite la corbata de cualquier manera y casi me arranque la camisa rompiendo algún botón mientras luchaba con todas mis fuerzas por evitar llegar a un clímax que ella estaba intentando arrancarme tan concienzudamente. Ya desnudo pero con los pantalones aún por los tobillos intenté zafarme de ella pero unas uñas clavándose en mis nalgas me lo impedían, mientras con gula, con ansia, con verdadera pasión, ella lograba que mi erección desapareciese en su garganta hasta rozar la angustia. Find alimente me rendí, pudo más aquel placer que me atenazaba, me tense, aulle a los apliques del techo y me vacíe con un estallido de placer en su garganta con el corazón a punto de salirme del pecho. Ella lo recibió con un gemido ahogado de gula no dejando caer ni una gota de su triunfo, relamiendo los restos como quien rebañar un plato especialmente delicioso. Aún con la mirada enturbiada por el placer vi como se separaba de mí pasando su lengua por los labios en un gesto que era puro erotismo. Se tumbó en el suelo, en mitad del pasillo con las piernas abierta y un palpitante y húmedo sexo que se me ofrecía dispuesto y una mirada desafiante de deseo que evitó cualquier intento de mi cuerpo por desterrar la excitación que me atenazaba. Me deshice torpemente de los zapatos y los pantalones y me lance sobre ella salvaje. Me recibió ardiente, voraz, deseosa. Entre en ella con una húmeda facilidad y su interior me abrazo quemándome. Un gemido me invitó a continuar, abandonandome a ese vaivén  que nos transportaba al cielo. Mi balanceo se tornó salvaje a la vez que su gemido se convertía en jadeos primero y después en un desesperado aullido de placer. Cabalgando desbocados llegue de nuevo al clímax esta vez acompañado por ella. Quedamos allí los dos, sudados, extasiados, desmadejados en un abrazo de brazos y pies, Unidos como un solo cuerpo jadeante intentando someter unos corazones que martilleaban furiosos con una cadencia insana. Me beso dulcemente, la agarre en brazos y la lleve a la cama, donde se acurrucó y se dejó llevar con una somnolencia que la transportista a brazos  de Morfeo. La contemple bella, tranquila, serena. La cubrí con una sábana y me dirigí al baño a asearme y a recoger mi ropa, aún un poco mareado por la sesión de pasión. De camino a la ducha repare en el ramo de flores. Doce encarnadas rosas jalonadas de helecho que ella había colocado en un vistoso jarrón en un lugar destacado de la casa. La bella composición floral estaba coronada por una nota manuscrita que rezaba en elaborada caligrafía: feliz San Valentín, te quiero ♥.

Sonreí, recogí mi ropa y me metí en la ducha. Mientras el agua caliente me despojó, entre volutas de vapor, de los aromas del sexo, no pude evitar preguntarme quien le habría enviado aquel ramo de flores.

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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