-Nadie me ha tocado jamás como me tocas tu- me dijo mientras su pecho empezaba a recuperar la cadencia de la normalidad y la luz del placer se apagaba de sus ojos- no se exactamente que es lo que me haces, pero nadie me ha tocado como lo haces tú. Me tumbé a su lado en la cama, con una sonrisa triunfal y dejé que se acurrucase en mi ala. Saboree el olor ocre de su pelo rojizo, sentí su piel caliente y húmeda de sudor pegada a la mía. Apoye una mano en el final de su espalda y dejé que está se realizará hasta sus nalgas cuando ella se hizo un ovillo a mi lado. Note como me besaba el pecho agradecida y se dejaba llevar por una somnolencia típica de quién ha visitado los campos del orgasmo. Me quedé allí, tumbado en la cama viendo los jeroglíficos que la luz de la tarde de verano que se filtraba por la ventana, dibujaba en el blanco roto del techo. Oí su respiración, ahora relajada, profunda y rozando el ronquido, volví a sonreír deleitandome con el tacto de su piel y pensé en lo que me había dicho. Beth no era el amor de mi vida, eso lo tenía claro, era demasiado sería e inflexible, demasiado celosa de su vida como para ser capaz de compartirla con nadie y, mucho menos, con alguien como yo, pero me gustaba, me gustaba mucho, aquellos ojos duros, pero con un dejé de tristeza y nostalgia eran mi perdición, su boca, siempre al borde de la sonrisa, me hechizada al igual que aquella melena rojiza, que sin llegar a ser pelirroja del todo, bastaba para ser exótica y atrayente, hipnótica y tentadora. Y después estaba su piel, la razón de mi adicción a ella, la razón de todo aquello. Una piel pálida, suave, delicada, siempre con alguna marca rojiza, por el roce, la presión o el sol, una piel blanca y clara que se tornasolaba al más mínimo halago, que se erizaba al más mínimo roce, un lienzo dispuesto, jalonado de cientos, de miles de pecas, una constelación de puntos más o menos oscuros dispuestos en un cacofonico caos por todos y cada uno de los rincones de su cuerpo. Un dibujo abstracto de aparente aleatoriedad que a mí se me antojaba ordenado y pautado. Cada vez que la tocaba imaginaba con mis dedos unir aquellos puntos, encontrar el camino como en un mapa dibujado solo para mi. Buscaba con mis dedos, con mis besos, con mi lengua un patrón que rompiera aquella discordancia. Buscaba que combinación, que orden tocar que arrancara gemidos, que provocará jadeos, que tensara su espalda como una cuerda de guitarra arqueandose como si el placer que le inundaba partiese del techo sobre nosotros y no de la punta de mis dedos. Dibujaba estraños glifos en su piel, dibujos arcanos que invocaban placeres, orgasmos, humedades. Memorizaba cada unos de estos mapas en mi memoria y los revisitaba de vez en cuando encontrando siempre al final de la ruta el mismo placentero destino. Con ella me volví explorador, geógrafo, topógrafo, con ella busque mil y un caminos, encontré rincones inexplorados, paisajes de placer aún vírgenes, lugares donde descansar antes de continuar el camino. Con ella mis dedos tocaron sinfonías, compusieron poemas táctiles contorsionando el sentido del tacto hasta sus límites. Me descubría a solas, en cualquier lugar, ensoñando distraído de mis quehaceres, imaginando la constelación de su cuerpo e inventando nuevas rutas, nuevas combinaciones que ejecutaba cuando estaba junto a ella. -nadie me ha tocado jamás como lo haces tú- me decía Beth… y a mi me daban ganas de contestarle que yo tampoco había tocado jamás a alguien como la tocaba a ella…

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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