Las primeras veces que me acosté con Cata fueron en su piso de Barcelona, un ático de decoración abarrotada y pelo de gato por todas partes. Cata era simpática, agradable y tenía un cuerpo delgado de cintura mínima y pechos generosos que hacían desearla en el preciso instante en que la conocías. El problema era que no funcionó. Cata no quería una relación, para ella yo sólo era sexo, y ella para mi, en el punto en el que se encontraba mi vida, poco más iba a ser. Pero el sexo entre nosotros no estuvo la altura. Y no porque la chica no pudiera de su parte, jamás me oiréis decir tal cosa. Era entregada y fogosa, pero a veces, la conjunción de los ingredientes perfectos no da el resultado esperado y, por desgracia, al despedirme de Cata, la sensación de decepción y desasosiego inundaba mi ser y, por la expresión con la que ella me despedía y el frío beso fraternal me daban a entender que ella no había disfrutado más que yo.

Repetimos el ritual hasta en tres ocasiones, seguramente movidos por la extrañeza de que aquello no funcionase. Pero cada una de las veces que nos acostamos el sexo fue aburrido, poco inspirado, torpe y frustrante.

Cuando aquella mañana vi la foto de Cata en el móvil mientras sonaba, decidí que había que llevarlo a su fin.

-Hola guapa, que tal?- Pregunté fingiendo alegría por la llamada

-Bueno… bien… y tu?

-bueno… ya sabes…

Un silencio eterno enmudeció la línea telefónica

-quieres que nos veamos esta noche? -preguntó Cata con un timbre de voz poco convencido.

-si, bueno… Si tu quieres…. En tu casa?- propuse temeroso de que la respuesta fuese afirmativa.

-Quieres que hagamos algo diferente? No se…. Salir a tomar algo, a cenar…

– Claro!- mi tono cambió radicalmente

– Quieres ir a cenar? Un amigo me ha hablado de un sitio que está muy bien… vamos?

Al restaurante, pequeño y moderno, en pleno barrio del Born, llegué tarde, como siempre. Tengo un verdadero problema con la puntualidad. Cata me esperaba ya sentada en una mesa y sus mejillas encarnadas delataban sus buenas dos copas de vino con las que había amenizado la espera. Dos besos fríos y una excusa torpe… Estábamos sentados el uno frente al otro, con pocas cosas que decirnos, así que cuando el camarero, un chico simpático de piel aceitunada y acento exótico se ofreció a explicarnos la mecánica del establecimiento, agradecí soberamanera que rompiera aquel tenso silencio.

Era un menú cerrado, no se podían elegir los platos, una de esas excentricidades de los cocineros con alma de divo. Pregunte a Cata si estaba de acuerdo y, ante su afirmación, le rogué al camarero que iniciará el “show”.

El primero de los manjares se hizo esperar un poco, aunque los silencios incómodos, las respuestas de monosílabos y los temas forzados hicieron que pareciera una eternidad durante la cual Cata hizo desaparecer una copa y media de vino más. Estaba claro que los dos sabíamos que aquello no funcionaba, pero ninguno tenía el valor suficiente para decirlo en voz alta. Ambos esperábamos a que el otro diera el golpe de gracia, o al menos daba esa sensación. Cuando por fin reuní parte de ese valor, antes de que pudiese pronunciar aquel temido “Tenemos que hablar” apareció el camarero con el primero de los platos.

Eran una especie de canapés, bocados pequeños de ingredientes poco identificables y elaborada presentación.

-mmm, tengo hambre- los ojos de Cata se iluminaron mientras elegía a cual de aquellos bocados daría fin.

Eligió uno de color parduzco y con un ribete verdoso coronándolo. Lo miró con deseo, escudriñó el más mínimo detalle, girándolo ante sus ojos como si de una obra de arte se tratara, lo olfateó profundamente con los ojos cerrados y, mientras el aroma entraba a raudales en sus fosas nasales, se dibujó una amplia y pícara sonrisa en su rostro. Yo contemplaba sorprendido aquel extraño ritual, aquella seducción que el canapé estaba ejerciendo en Cata, cuando ella, de repente, por sorpresa, abrió hasta que no pudo más la boca, como un leviatán desatado, y de un rápido y certero bocado, hizo desaparecer la comida y los delicados dedos que la sujetaban dentro de su boca. Se deleitó durante unos segundos y, con un gemido de placer, sacó lentamente los dedos de su boca dejando que sus labios lo arrastraran por toda su longitud.

Abrió sus enormes ojos que brillaban de puro placer, miró el plato donde descansaban el resto de los aperitivos con deseo, con una gula que rozaba la lascivia. Me miró a mi, suplicante, y volvió a posar sus ojos sobre la comida. Volvió a suplicarme con la mirada, asentí levemente y una sonrisa de triunfo se dibujó en su cara.

Engulló con la misma pasión y la misma ansia el resto de los canapés del plato, esta vez sin el más leve atisbo de culpa porque yo no probara ni uno sólo. Mientras un calor sofocante se apoderaba de mí, una sonrisa tonta sustituía mi ojiplática expresión inicial y una creciente presión se empezaba a notar en la entrepierna de mi pantalón.

Tras aquel, al parecer, suculento aperitivo, fueron desfilando por nuestra mesa, uno tras otro, una serie de manjares, al cual más irresistible y excitante para Cata. Engulló, mordió, trago, chupó, sorbió y lamió mientras su pecho subía y bajaba cada vez más deprisa, acompañando su disfrute con gemidos de placer, suspiros y hasta algún jadeo. Jugó con las patatas, saboreó la carne y el pescado, gozo en una orgía de sabores y texturas sin fin que la hicieron sonrojarse hasta casi iluminar la sala. Mientras tanto, la presión de mi pantalón se hizo insoportable y el calor infernal.

Tras acabar el postre, Cata cayó rendida sobre la silla, exhausta, con el pecho intentando volver a una cadencia menos cercana al infarto y me miró fijamente, con los ojos brillantes, durante un breve momento, un churrete de crema pastelera resbaló lentamente en la comisura de su boca. En el preciso instante en el que lo atrapó con el dedo, lo introdujo en su boca y lo chupó con un nuevo gemido de placer, me levanté como un resorte, esparcí de mala manera un puñado de billetes que saqué de mi bolsillo sobre la mesa, que cubrían más que de sobra la cena que yo no había probado y agarrando a Cata de la muñeca, la arrastré enfebrecido rumbo al primer rincón oscuro donde pudiese tomarla salvajemente, mientras detrás nuestro oía como el camarero de piel aceitunada y acento exótico nos preguntaba si es que no queríamos tomar café….

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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