Ella

Ella era ella, simplemente ella, la que me levantaba la moral con una caída de ojos, la que me hacía llorar de risa, la que la ponía dura con una palabra tierna, la que era un libro abierto y nunca sabía lo que pensaba, la que, cuanto mejor le sentaba la ropa, más ganas tenía yo de quitársela. Ella era la que en un concierto me miraba a mi a los ojos, la que se encendía al apagar la luz, la que me dejaba seco cuando se mojaba, la que me cargaba el móvil con un beso.
Ella era ella, simplemente ella, la que era tímida en privado y me comía a besos en el metro, la que le gustaba el jamón del bueno y el chopped del malo, la que le llenaba una ensalada y un entrecotte le sabía a poco. Ella era a la que le gustaba mi aliño, la que me mareaba con vino y me daba de postre un revolcón. La que se comía mi coulant a regañadientes y relamía el tenedor.
Ella fue la que jamás me dijo no te quiero, la que me prohibió decir que la amaba y se estremecía cuando lo hacía. Ella era mi paz, mi volcán, mi cielo y mi infierno, mi principio y mi fin. Ella era ella, simplemente ella. La que le dio la vuelta a mi corazón como un calcetín, la que me parecia más guapa de lo que la recordaba cuando la volvía a mi.
Ella es ella, la que llegó en el momento justo y se marchó cuando más falta me hacía, ella era, simplemente, con quien soñaba mientras dormía abrazado a su cuerpo. Era mi hambre, mi sed, mi sueño y mi calor. Era paseos y siestas, era música y libros, era mi hola y mi adiós.
Era la de cara de poker jugando al parchís, la de dame un masaje que ya veré si te lo doy yo a ti. La de la vida difícil, la de la sonrisa fácil, la de los ojos profundos, la del beso en la nariz.
La empecé a echar de menos el día que la conocí, y no hay día en que en algún momento no me falte el aire al pensar en su ausencia.
Ella era ella, simplemente ella.
Ella.

Paz

Apenas estuve unos meses con Paz. Nos conocimos al final de un verano, nos sufrimos el otoño y, al llegar el invierno nuestro amor ya estaba tan frío como el viento que golpeaba la ventana de mi cuarto el día que se marchó para siempre.
Creo que nos caímos mal nada más conocernos, ella me pareció una belleza, porque otra cosa no, pero Paz era bella a rabiar, pero caprichosa y engreída. Yo le parecí pedante y de poco fiar, tal y como me confesó aquella misma noche después de hacer el amor en el asiento trasero de mi coche, en el parking público donde lo había dejado.
Paz era puro fuego, empezando por su larga cabellera pelirroja que parecía encenderse cada vez que se enfurecía, cada vez que aquellos enormes ojos verdes me querían atravesar el alma. Era celosa hasta rozar la patología, inconformista, voluble y caprichosa. Buscaba cualquier excusa, cualquier palabra a destiempo, cualquier gesto o mirada por mi parte para desatar sobre mi los siete infiernos. Más de una vez los vecinos estuvieron tentados de llamar a la policía. Porque Paz, no sólo desataba su furia sobre mí, sino que tenía el don de hacerme perder a mi también los estribos. En casa volaron platos, vasos, ropa salió por la ventana y hasta un televisor acabó en el suelo destrozado. En casa se perpetraron los mayores insultos, los más crueles reproches, las más hirientes amenazas.Paz y yo nos gritamos en la calle, en el cine, en casa de los amigos y hasta montamos el espectáculo en la iglesia durante la comunión de una sobrina suya. Y todas, absolutamente todas aquellas discusiones, todas aquellas guerras abiertas acabaron de la misma manera, conmigo dentro de ella, con ella jadeando mi nombre con rabia, con sus uñas clavadas en mi espalda, mis dedos tirando de su pelo, conmigo jadeando su nombre, con sus minúsculos pechos, apenas dos montículos pecosos coronados por un pezón sonrosado, señalándome acusadores, con sudor, saliva, arañazos, bocados y orgasmos tan salvajes, desatados e intensos como las discusiones que nos llevaban a ellos. Paz llenó mi vida de miedo, rabia, rencor y dolor, pero también me dió placer, belleza, deseo y lujuria, y al terminar, siempre al terminar, dulzura.
Dulzura que duraba el tiempo justo hasta la nueva tormenta, tormentas que duraron hasta que mi corazón y el suyo se cansaron de querernos.
Si lo pienso detenidamente, Paz dió a mi vida todo… menos lo que su nombre prometía.

Valentina

Habíamos empezado a vivir juntos como quien no quiere la cosa, quedarse a dormir una noche, después un fin de semana, llevar una muda por si acaso y poco a poco, sin darnos cuenta, compartíamos rutina, lavaplatos y montón de ropa para planchar. Como en toda relación, la pasión, el fuego, fue apagándose poco a poco, como siempre ocurre, dejando unos rescoldos aburridos que flameaban de vez en cuando en una fugaz llamarada que dejaba siempre un poso de amargura, de sabor perdido que nunca regresaría. Los besos apasionados, las mariposas en el estómago habían sido sustituidos por reproches, desidia y aburrimiento.

Aquel martes había sido un día más. Nos levantamos por la mañana con las mínimas muestras de cariño obligatorias y nos despedimos sin una sola mención al día especial que para algunos era aquella jornada.

Fue un día de trabajo anodino, insulso, el único contacto con ella fueron un par de mensajes en el móvil de contenido bastante prosaico y nada onírico. Llegue a casa cansado, cuando el sol ya se retiraba a descansar, pensando en que haría de cena y que serie de televisión echarían aquella noche. Nada más abrir la puerta, ella se lanzó corriendo a mis brazos, besándome apasionadamente sin dejarme soltar la bolsa donde llevaba mis útiles de trabajo, el casco de la moto y las llaves. Su beso sabía a los besos que nos dábamos al principio. Era húmedo, caliente, apasionado. Su lengua entro en mi boca ansiosa, exploradora. Su saliva me inundaba, me provocaba. Mientras me besaba me quito con ansia la bufanda lanzándola tras de mí sin miramientos. Separó su boca de la mía y me miró a los ojos con unas pupilas encendidas de puro fuego. Estaba preciosa, se había maquillado como solo hacía en las ocasiones especiales, los labios encarnados de carmín susurraron un te quiero casi inaudible. Quedé hipnotizado con su atuendo, del cual no había podido reparar debido a la impetuosidad de su ataque. Su cuerpo apenas era ocultado por un delicado camisón semitransparente que prometía su cuerpo delgado, apetecible. Embelesado como estaba contemplando su cuerpo no reaccione cuando ella, sin mediar palabra se arrodilló ante mi y, con ansiosos y violentos movimientos, desabrochó mi pantalón bajandomelo hasta los tobillos. Contemplo mi sexo durante unos segundos con la expresión de un depredador triunfal ante la presa que se acababa de cobrar y sin pensárselo mucho atacó haciéndolo desaparecer dentro de su boca. Una explosión de puro placer inundó mi cuerpo, un fogonazo incontrolable que oscureció mi vista e hizo flojear mis rodillas. Apoye la espalda en la puerta de entrada que acababa de cruzar, con el abrigo y la americana aún puestos, mientras ella me devoraba con un ansia y una pasión desconocidos en nuestras relaciones desde hacía bastante tiempo. Dejé caer con un estruendo el casco y mi bolsa de trabajo al suelo sin que aquel alboroto mermara ni un ápice el brutal ritmo en el que mi miembro salía y desaparecía entre sus labios. Me deshice de la ropa de abrigo que cayó al suelo desmadrada, me quite la corbata de cualquier manera y casi me arranque la camisa rompiendo algún botón mientras luchaba con todas mis fuerzas por evitar llegar a un clímax que ella estaba intentando arrancarme tan concienzudamente. Ya desnudo pero con los pantalones aún por los tobillos intenté zafarme de ella pero unas uñas clavándose en mis nalgas me lo impedían, mientras con gula, con ansia, con verdadera pasión, ella lograba que mi erección desapareciese en su garganta hasta rozar la angustia. Find alimente me rendí, pudo más aquel placer que me atenazaba, me tense, aulle a los apliques del techo y me vacíe con un estallido de placer en su garganta con el corazón a punto de salirme del pecho. Ella lo recibió con un gemido ahogado de gula no dejando caer ni una gota de su triunfo, relamiendo los restos como quien rebañar un plato especialmente delicioso. Aún con la mirada enturbiada por el placer vi como se separaba de mí pasando su lengua por los labios en un gesto que era puro erotismo. Se tumbó en el suelo, en mitad del pasillo con las piernas abierta y un palpitante y húmedo sexo que se me ofrecía dispuesto y una mirada desafiante de deseo que evitó cualquier intento de mi cuerpo por desterrar la excitación que me atenazaba. Me deshice torpemente de los zapatos y los pantalones y me lance sobre ella salvaje. Me recibió ardiente, voraz, deseosa. Entre en ella con una húmeda facilidad y su interior me abrazo quemándome. Un gemido me invitó a continuar, abandonandome a ese vaivén  que nos transportaba al cielo. Mi balanceo se tornó salvaje a la vez que su gemido se convertía en jadeos primero y después en un desesperado aullido de placer. Cabalgando desbocados llegue de nuevo al clímax esta vez acompañado por ella. Quedamos allí los dos, sudados, extasiados, desmadejados en un abrazo de brazos y pies, Unidos como un solo cuerpo jadeante intentando someter unos corazones que martilleaban furiosos con una cadencia insana. Me beso dulcemente, la agarre en brazos y la lleve a la cama, donde se acurrucó y se dejó llevar con una somnolencia que la transportista a brazos  de Morfeo. La contemple bella, tranquila, serena. La cubrí con una sábana y me dirigí al baño a asearme y a recoger mi ropa, aún un poco mareado por la sesión de pasión. De camino a la ducha repare en el ramo de flores. Doce encarnadas rosas jalonadas de helecho que ella había colocado en un vistoso jarrón en un lugar destacado de la casa. La bella composición floral estaba coronada por una nota manuscrita que rezaba en elaborada caligrafía: feliz San Valentín, te quiero ♥.

Sonreí, recogí mi ropa y me metí en la ducha. Mientras el agua caliente me despojó, entre volutas de vapor, de los aromas del sexo, no pude evitar preguntarme quien le habría enviado aquel ramo de flores.

Beth

-Nadie me ha tocado jamás como me tocas tu- me dijo mientras su pecho empezaba a recuperar la cadencia de la normalidad y la luz del placer se apagaba de sus ojos- no se exactamente que es lo que me haces, pero nadie me ha tocado como lo haces tú. Me tumbé a su lado en la cama, con una sonrisa triunfal y dejé que se acurrucase en mi ala. Saboree el olor ocre de su pelo rojizo, sentí su piel caliente y húmeda de sudor pegada a la mía. Apoye una mano en el final de su espalda y dejé que está se realizará hasta sus nalgas cuando ella se hizo un ovillo a mi lado. Note como me besaba el pecho agradecida y se dejaba llevar por una somnolencia típica de quién ha visitado los campos del orgasmo. Me quedé allí, tumbado en la cama viendo los jeroglíficos que la luz de la tarde de verano que se filtraba por la ventana, dibujaba en el blanco roto del techo. Oí su respiración, ahora relajada, profunda y rozando el ronquido, volví a sonreír deleitandome con el tacto de su piel y pensé en lo que me había dicho. Beth no era el amor de mi vida, eso lo tenía claro, era demasiado sería e inflexible, demasiado celosa de su vida como para ser capaz de compartirla con nadie y, mucho menos, con alguien como yo, pero me gustaba, me gustaba mucho, aquellos ojos duros, pero con un dejé de tristeza y nostalgia eran mi perdición, su boca, siempre al borde de la sonrisa, me hechizada al igual que aquella melena rojiza, que sin llegar a ser pelirroja del todo, bastaba para ser exótica y atrayente, hipnótica y tentadora. Y después estaba su piel, la razón de mi adicción a ella, la razón de todo aquello. Una piel pálida, suave, delicada, siempre con alguna marca rojiza, por el roce, la presión o el sol, una piel blanca y clara que se tornasolaba al más mínimo halago, que se erizaba al más mínimo roce, un lienzo dispuesto, jalonado de cientos, de miles de pecas, una constelación de puntos más o menos oscuros dispuestos en un cacofonico caos por todos y cada uno de los rincones de su cuerpo. Un dibujo abstracto de aparente aleatoriedad que a mí se me antojaba ordenado y pautado. Cada vez que la tocaba imaginaba con mis dedos unir aquellos puntos, encontrar el camino como en un mapa dibujado solo para mi. Buscaba con mis dedos, con mis besos, con mi lengua un patrón que rompiera aquella discordancia. Buscaba que combinación, que orden tocar que arrancara gemidos, que provocará jadeos, que tensara su espalda como una cuerda de guitarra arqueandose como si el placer que le inundaba partiese del techo sobre nosotros y no de la punta de mis dedos. Dibujaba estraños glifos en su piel, dibujos arcanos que invocaban placeres, orgasmos, humedades. Memorizaba cada unos de estos mapas en mi memoria y los revisitaba de vez en cuando encontrando siempre al final de la ruta el mismo placentero destino. Con ella me volví explorador, geógrafo, topógrafo, con ella busque mil y un caminos, encontré rincones inexplorados, paisajes de placer aún vírgenes, lugares donde descansar antes de continuar el camino. Con ella mis dedos tocaron sinfonías, compusieron poemas táctiles contorsionando el sentido del tacto hasta sus límites. Me descubría a solas, en cualquier lugar, ensoñando distraído de mis quehaceres, imaginando la constelación de su cuerpo e inventando nuevas rutas, nuevas combinaciones que ejecutaba cuando estaba junto a ella. -nadie me ha tocado jamás como lo haces tú- me decía Beth… y a mi me daban ganas de contestarle que yo tampoco había tocado jamás a alguien como la tocaba a ella…

Catalina

Las primeras veces que me acosté con Cata fueron en su piso de Barcelona, un ático de decoración abarrotada y pelo de gato por todas partes. Cata era simpática, agradable y tenía un cuerpo delgado de cintura mínima y pechos generosos que hacían desearla en el preciso instante en que la conocías. El problema era que no funcionó. Cata no quería una relación, para ella yo sólo era sexo, y ella para mi, en el punto en el que se encontraba mi vida, poco más iba a ser. Pero el sexo entre nosotros no estuvo la altura. Y no porque la chica no pudiera de su parte, jamás me oiréis decir tal cosa. Era entregada y fogosa, pero a veces, la conjunción de los ingredientes perfectos no da el resultado esperado y, por desgracia, al despedirme de Cata, la sensación de decepción y desasosiego inundaba mi ser y, por la expresión con la que ella me despedía y el frío beso fraternal me daban a entender que ella no había disfrutado más que yo.

Repetimos el ritual hasta en tres ocasiones, seguramente movidos por la extrañeza de que aquello no funcionase. Pero cada una de las veces que nos acostamos el sexo fue aburrido, poco inspirado, torpe y frustrante.

Cuando aquella mañana vi la foto de Cata en el móvil mientras sonaba, decidí que había que llevarlo a su fin.

-Hola guapa, que tal?- Pregunté fingiendo alegría por la llamada

-Bueno… bien… y tu?

-bueno… ya sabes…

Un silencio eterno enmudeció la línea telefónica

-quieres que nos veamos esta noche? -preguntó Cata con un timbre de voz poco convencido.

-si, bueno… Si tu quieres…. En tu casa?- propuse temeroso de que la respuesta fuese afirmativa.

-Quieres que hagamos algo diferente? No se…. Salir a tomar algo, a cenar…

– Claro!- mi tono cambió radicalmente

– Quieres ir a cenar? Un amigo me ha hablado de un sitio que está muy bien… vamos?

Al restaurante, pequeño y moderno, en pleno barrio del Born, llegué tarde, como siempre. Tengo un verdadero problema con la puntualidad. Cata me esperaba ya sentada en una mesa y sus mejillas encarnadas delataban sus buenas dos copas de vino con las que había amenizado la espera. Dos besos fríos y una excusa torpe… Estábamos sentados el uno frente al otro, con pocas cosas que decirnos, así que cuando el camarero, un chico simpático de piel aceitunada y acento exótico se ofreció a explicarnos la mecánica del establecimiento, agradecí soberamanera que rompiera aquel tenso silencio.

Era un menú cerrado, no se podían elegir los platos, una de esas excentricidades de los cocineros con alma de divo. Pregunte a Cata si estaba de acuerdo y, ante su afirmación, le rogué al camarero que iniciará el “show”.

El primero de los manjares se hizo esperar un poco, aunque los silencios incómodos, las respuestas de monosílabos y los temas forzados hicieron que pareciera una eternidad durante la cual Cata hizo desaparecer una copa y media de vino más. Estaba claro que los dos sabíamos que aquello no funcionaba, pero ninguno tenía el valor suficiente para decirlo en voz alta. Ambos esperábamos a que el otro diera el golpe de gracia, o al menos daba esa sensación. Cuando por fin reuní parte de ese valor, antes de que pudiese pronunciar aquel temido “Tenemos que hablar” apareció el camarero con el primero de los platos.

Eran una especie de canapés, bocados pequeños de ingredientes poco identificables y elaborada presentación.

-mmm, tengo hambre- los ojos de Cata se iluminaron mientras elegía a cual de aquellos bocados daría fin.

Eligió uno de color parduzco y con un ribete verdoso coronándolo. Lo miró con deseo, escudriñó el más mínimo detalle, girándolo ante sus ojos como si de una obra de arte se tratara, lo olfateó profundamente con los ojos cerrados y, mientras el aroma entraba a raudales en sus fosas nasales, se dibujó una amplia y pícara sonrisa en su rostro. Yo contemplaba sorprendido aquel extraño ritual, aquella seducción que el canapé estaba ejerciendo en Cata, cuando ella, de repente, por sorpresa, abrió hasta que no pudo más la boca, como un leviatán desatado, y de un rápido y certero bocado, hizo desaparecer la comida y los delicados dedos que la sujetaban dentro de su boca. Se deleitó durante unos segundos y, con un gemido de placer, sacó lentamente los dedos de su boca dejando que sus labios lo arrastraran por toda su longitud.

Abrió sus enormes ojos que brillaban de puro placer, miró el plato donde descansaban el resto de los aperitivos con deseo, con una gula que rozaba la lascivia. Me miró a mi, suplicante, y volvió a posar sus ojos sobre la comida. Volvió a suplicarme con la mirada, asentí levemente y una sonrisa de triunfo se dibujó en su cara.

Engulló con la misma pasión y la misma ansia el resto de los canapés del plato, esta vez sin el más leve atisbo de culpa porque yo no probara ni uno sólo. Mientras un calor sofocante se apoderaba de mí, una sonrisa tonta sustituía mi ojiplática expresión inicial y una creciente presión se empezaba a notar en la entrepierna de mi pantalón.

Tras aquel, al parecer, suculento aperitivo, fueron desfilando por nuestra mesa, uno tras otro, una serie de manjares, al cual más irresistible y excitante para Cata. Engulló, mordió, trago, chupó, sorbió y lamió mientras su pecho subía y bajaba cada vez más deprisa, acompañando su disfrute con gemidos de placer, suspiros y hasta algún jadeo. Jugó con las patatas, saboreó la carne y el pescado, gozo en una orgía de sabores y texturas sin fin que la hicieron sonrojarse hasta casi iluminar la sala. Mientras tanto, la presión de mi pantalón se hizo insoportable y el calor infernal.

Tras acabar el postre, Cata cayó rendida sobre la silla, exhausta, con el pecho intentando volver a una cadencia menos cercana al infarto y me miró fijamente, con los ojos brillantes, durante un breve momento, un churrete de crema pastelera resbaló lentamente en la comisura de su boca. En el preciso instante en el que lo atrapó con el dedo, lo introdujo en su boca y lo chupó con un nuevo gemido de placer, me levanté como un resorte, esparcí de mala manera un puñado de billetes que saqué de mi bolsillo sobre la mesa, que cubrían más que de sobra la cena que yo no había probado y agarrando a Cata de la muñeca, la arrastré enfebrecido rumbo al primer rincón oscuro donde pudiese tomarla salvajemente, mientras detrás nuestro oía como el camarero de piel aceitunada y acento exótico nos preguntaba si es que no queríamos tomar café….