La chica que fingía los te quiero

Jamás nos habíamos visto en persona, ella era una chica más de las que se ofrecen, perdón por la expresión, barato en las redes sociales. Publicaba fotos eróticas y se dejaba querer, intentando llenar el vacío que su insulsa vida les creaba. Encadenaba amantes esporádicos, relaciones engañosas basadas en el deseo de suplir las carencias de su alma, la soledad, el hastío, la frustración que le producía un ex marido controlador, manipulador y déspota que se encargaba de recordarle amenudo lo patético de su existencia, un hijo decepcionante para las espectativas que su amor hacia el creaban y una cohorte de supuestos amigos que no hacían más que acentuar lo sola que se sentía.

No hubo mucho flirteo previo, ofreció enseguida lo que sabia, era lo único que podía ofrecer.
Conversaciones subidas de tono por los chats privados, intercambio de fotos poco decorosas y una cita pospuesta tras otra hasta que las ganas, o la curiosidad o el deseo creado, te hace acudir. A quién le amarga un dulce?

Maté el tiempo hasta la hora de la cita tomando un café en un bar cercano a su casa esperando que me avisará por WhatsApp que ya estaba lista. Cruce la calle nervioso, dudando hasta el último momento. Llamé al interfono, un simple hola, soy yo, y la puerta se abrió. Recuerdo el impasse de esperar el ascensor y subir como una espera eterna, muerto de nervios como estaba.
La puerta de su casa estaba entornada al llegar al rellano. Cogí aire armandome de valor un vez más y entre. La vivienda se encontraba en penumbras, apenas iluminada, la puerta de entrada daba a un largo pasillo de techos altos. Al final de este, en el extremo opuesto a mi, estaba ella. Arrodillada sumisa sobre el parquet, vestida solo con un negro liguero y unas medias a juego. Ahora, con la lucidez que el paso del tiempo da a las cosas, pienso que debería haber hecho caso a mis alarmas personales y haber salido corriendo en ese preciso instante, una chica que deja entrar en su casa a un perfecto desconocido como yo y le espera así, dispuesta, entregada, vulnerable y expuesta, bien de la cabeza no está. Ahora, tiempo después, no puedo dejar de sentir cierta lastima, cierto desasosiego por lo poco que se valoraba, por lo desesperado que era su grito de soledad.

Pero el deseo, el morbo y la situación pudieron más que el sentido común. La observé detenidamente. Era delgada, tal vez demasiado, de pecho generoso, pelo ensortijado y mirada suplicante. Me quite la americana, me aflojé la corbata y colgué la chaqueta en un precario perchero que había en la entrada. Comencé a caminar hacia ella despacio, observándola, intentando mantener una apariencia de entereza, de saber hacer, cuando en realidad era un manojo de nervios e inseguridad por la situación, cuando la chaqueta cayó al suelo con ruido que pareció ensordecedor ya que había derribado más cosas. Cerré por un momento los ojos rogando que no se rompiese la magia y continúe hasta llegar a su altura. La agarre por la nuca, y acerque mi cara a ella. Ella abrió los labios ofreciéndose. Deje pasar un par de segundos y la bese, o deje que me besara. Fue uno de los mejores besos de mi vida, no el mejor, pero uno de los mejores. Era un beso ansioso, húmedo, caliente, sensual. Su lengua se entrelazó con la mía, violando mi boca mientras mis manos entraban en contacto con sus pechos. La tumbé sobre el suelo sin dejar de besarla mientras ella me desabrochaba la camisa. Me separé un instante para terminar de quitarme la prenda yo mismo y la observé con deseo allí tumbada en el suelo a mis pies. Abrió las piernas ofreciéndome su sexo, caliente, palpitante, tentador. Hundí mi cara entre sus piernas llenándome con su sabor. Era un sexo menudo, de labios prominentes que se humedeció y se abrió al mínimo contacto de mi lengua en el. El sabor era dulce, caliente, delicioso. Empezó a gemir mientras sus dedos agarraban mi pelo obligándome a continuar.
Empezó a mover las caderas, elevando su pelvis hacia mi cara mientras su humedad crecía por instantes. Pasado un delicioso rato en el que mi boca se llenó de su sabor, me empujó para que me alejara de ella, me guío hasta que me puse en pie y se arrodilló frente a mi desabrochandome el pantalón. Saco mi miembro de su encierro, lo observó durante unos instantes y lo hizo desaparecer en su boca. Una explosión de placer me anuló totalmente mientras ella, literalmente, devoraba con un ansia animal mi sexo. La carne entraba y salía de sus labios a una velocidad y con una cadencia brutal.
Temiendo que el placer que me estaba proporcionando fuese demasiado y acabará allí mismo, de pie en el pasillo, la agarre de la barbilla y la obligue a dejar lo que estaba haciendo provocando un mohín de queja que tapé con un nuevo beso. La cogí en brazos, sorprendiéndome de lo poco que pesaba y le pregunté por el dormitorio. Siguiendo sus indicaciones atravesé un salón desordenado y sucio, lleno de cachivaches, montones de ropa, juguetes de su hijo y polvo hasta llegar a un dormitorio presidido por una cama enorme deshecha, escenario de mil encuentros vacios. La tumbé sobre ella y terminé de desnudarme sin dejar de besarla. Cuando termine, se dio la vuelta poniéndose a gatas, levantando las caderas ofreciéndome su sexo sin paliativos. La agarre por la cintura que parecía arder del calor que emanaba y acerque mi sexo a ella. Me rodea con aquella humedad y ella, con un certero movimiento de caderas me introdujo dentro de aquel paraíso.
Inmediatamente caí en la cuenta que el ansia, las ganas y el deseo habían hecho que me olvidará de cualquier pregunta, cualquier duda y, lo peor, cualquier protección, recordé los preservativos que descansaban inútiles en mi americana. Otro de los errores, de las locuras de aquel día. A ella no pareció importarle, entregada como estaba a dar placer más que a recibirlo. Ya era tarde, ya no había raciocinio, solo pasión, ganas, puro deseo, continúe, lo hecho, hecho esta. Follamos durante mucho rato, porque eso fue lo que hicimos, follar, el amor estaba ausente, el cariño era inexistente, era puro sexo hasta caer los dos derrotados.
Recuperamos el aliento, nos acariciamos y charlamos de banalidades durante un rato, una ducha rápida y salimos de la casa hacia el metro. Nos despedimos con un beso en la estación, como en las peliculas, yo iba en una dirección, camino de mi vida y ella en la contraria, a buscar a su hijo que había dejado esa tarde con su ex marido con cualquier excusa para poder follar conmigo. Para poder follar con cualquiera que le diese un momento de placer barato, que llenara aquel vacío, aquella necesidad de no sentirse sola, insignificante, infravalorada. Es difícil que los demás te valoren cuando tú mismo no lo haces.
Mantuve una relación con ella durante casi dos años, aunque decir eso es un eufemismo. Me enamoré de ella, de su fragilidad, de su promesa de ser algo más de lo que en realidad era. Fue una relación llena de infidelidades, mentiras, y mucho daño infrigido por ambas partes ya que era un amor basado en unos cimientos equivocados y engañosos. Yo la quise demasiado, tan vez, ella intento quererme pero ya era tarde para aprender a amar a alguien, hasta que se convirtió en esto, solo un cuento más de mi colección.

En el tintero quedaron mil promesas no cumplidas, mil te quiero fingidos, mil viajes no realizados, cien cásate conmigo. Miles de fotos, millones de momentos, millones de miradas, de caricias, de sentimientos.

Aún la sigo amando, un poco, más de lo que me gustaría, aún me sigue preocupando su bienestar, aún me sigue enfadando que se entregué sin paliativos a cualquiera que abuse de ella, que se aproveche de su inseguridad y de su soledad, aún me enerva lo barato que se vende cuando en realidad tiene mucho que ofrecer. Me dejó mucho rencor, un corazón un poco más endurecido y la insistente pregunta de porque pudo ser y no fue…

Tal vez debería haber hecho caso a mis alarmas aquel día, pero también me habría perdido algunas cosas que contar y muchas que olvidar.