Me odiaba, así de simple, y era un sentimiento correspondido.

La animadversión que sentíamos el uno por el otro se inició casi en el momento de conocernos y fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en puro rechazo rozando el asco. Entre a trabajar en la empresa ocupando un puesto que ella ansiaba desde hacía mucho tiempo y desde aquel momento todo fueron puyas, zancadillas y puñaladas traperas. Todo era un problema, la plaza de aparcamiento, el sueldo, las primas, discutía por principios cualquier decisión que tomará y rechazaba cualquier propuesta que yo hiciese en las reuniones de trabajo. Hablaba mal de mí y me criticaba delante de los compañeros, los clientes, los jefes y cualquiera dispuesto a escucharla. Con el tiempo descubrí que en la oficina, nos llamaban los pimpinelas.

Yo, reconozco, que tampoco hice nada por mejorar la situación. Me sentía dolido por alguna de sus jugarretas y puse mi granito de arena en aquella situación. Propicie algunas situaciones que la dejaban en evidencia y que le estuvieron a punto de hacerle perder el trabajo y de mi boca, jamás salió una lindezas dirigida hacia ella.

A los jefes les costó tomar la decisión, en vista de la situación, pero un problema concreto con un cliente requería que ambos viajaramos juntos a un congreso de nuestro gremio en Madrid.

La cosa no pintaba bien, pero ante la gravedad del asunto, los dos accedimos al viaje a regañadientes. Se negó a sentarse junto a mí en el avión y exigió a la azafata que le cambiaste de sitio, cosa que al conseguirlo me alegro sobremanera. Viajamos al hotel en diferentes taxis y me entretuve para no coincidir con ella en recepción.

No nos vimos más hasta la hora de la cena reunión con los clientes y, aunque solucionamos el problema reconozco que fue dejándola yo en evidencia delante de ellos.

Coincidimos en el ascensor subiendo a las habitaciones, ella con una rabia contenida y yo henchido de triunfo.

-eres un imbécil- me soltó de golpe por encima del hilo musical del elevador.

-yo?- replique volviéndome ofendido hacia ella para descubrir sus ojos anegados en lágrimas.

-me has dejado en evidencia, he quedado como una inútil, ya has ganado, de esta me despiden, son los clientes más importantes que tenemos y ya no van a querer trabajar conmigo.

Titubee, me sentí mal, la cosa se nos había ido de las manos y yo, había sido cruel y despiadado.

-te lo has buscado, haber hecho bien tu trabajo- le solté orgulloso justo cuando las puertas del ascensor se abrían en nuestra planta

-eres un hijodeputa- y salió del ascensor

La seguí enfadado -tu si que lo eres- me defendí

Se volvió con la mano levantada con la clara intención de abofetearme, le agarre de la muñeca, sus ojos anegados en lágrimas y llenos de ira se clavaron en los míos.

Y me besó, de pronto, un beso salvaje, brutal, animal. Me agarró el pelo con la mano libre tirando de él con rabia y llenándome de dolor, pero sin dejar de meter su lengua en mi boca. Le agarre el culo con fuerza y la atraje hacia mí, un deseo irrefrenable se apoderó de mí y, por cómo su cuerpo respondía, también de ella.

Me arranco la tarjeta que tenía en la mano y abrió la puerta de mi habitación, me agarró de la corbata de una manera brusca y me arrastró al interior. Cerró la puerta de un portazo y volvió a devorarme la boca mientras sus manos deshacía el cierre de mi cinturón. Introdujo su mano en mis calzoncillos y clavó las uñas en mi miembro ansioso arrancándole un quejido de dolor.

La empuje hasta la cama y la tumbe sin delicadeza, arranque su ropa interior y hundí mi cara entre sus piernas. Me agarró el pelo obligándome a amorrarme más mientras su pelvis subía y bajaba buscando placer. Se corrió aullando al techo de la habitación, me separo de su sexo incorporándose y besando de nuevo mi boca empapada de su placer. Me volteo tumbandome en la cama y de un salto se subió a horcajadas sobre mi erección haciéndola desaparecer dentro de sí.

Me follo de una forma salvaje, brutal, descarnada, con ansia, con deseo, haciéndome daño y sin contemplaciones. Yo la azotea, mordí, sobé sus generosos pechos sin el más mínimo atisbo de ternura. Éramos dos animales salvajes, dos brutos buscando su propio placer. Me corrí dentro de ella, en una explosión de placer desconocida hasta ese momento para mí, en el mismo momento en el que ella alcanzaba su último clímax gritando como una poseída. Cayó desmadejado sobre mi, ahogando con su pelo mi intención de recuperar el aliento. Pasado apenas un minuto me expulsó de dentro de ella con un mohín de queja, se levantó y, plantandose medio desnuda a los pies de la cama contempló con una expresión de asco mi polla palpitante y con un -eres un hijoputa- salió de la habitación sin vestirse.

Nuestra relación laboral no mejoró, más bien lo contrario, aunque durante el año que se alargó hasta que yo me marché a otra empresa y ella consiguió, por fin, mi puesto, follamos periódicamente de la misma manera salvaje y descarnada.

Durante un año fuimos follaenemigos.

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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