Todos hemos tenido en algún momento una etapa espiritual, en la que algún hecho o situación nos hace plantearnos las cosas de una manera menos material, conscientes de que nuestro paso por este mundo es efímero y nos queremos regocijar en la idea de que hay algo más. Mi etapa espiritual duró muy poco, y se llamaba Teresa.

Teresa era de ascendencia noruega, por parte de su abuela materna, era alta, rubia como una valkiria y de cuerpo espigado y atractivo. Lo primero que me pregunto al conocernos, fue de que signo del zodiaco era. Estábamos en una boda y llevábamos toda la espera en la iglesia, la ceremonia, la tirada de arroz, el aperitivo y buena parte del banquete echándonos miraditas el uno al otro y lanzando señales de atracción sin medida ni decoro. Pero en el momento en que le dije que era leo se puso de pie como un resorte y con un tajante “Oh,nonononono no, mi casa está en piscis, un leo sería la peor idea de mi vida” me dejó allí plantado no consintiendo cruzar una palabra más en toda la fiesta conmigo.

Aquello hirió mi ego y perseguí a la novia cuando regresaron de la luna de miel hasta que conseguí que me diera su teléfono, pero por más que le insistía ella se negaba a, tan siquiera tomar un café conmigo.

Varios meses después, estaba preparándome para un plan de aquellos que te apetece un montón, una de las fiestas en casa de paco, las mejores fiestas que uno podía soñar, en un chalet precioso que tenía en Vilassar de Mar con un jardín enorme, piscina barbacoa pantagruélica y la promesa de Romina, una prima suya francesa que venía de vez en cuando y con la que me apetecía un montón practicar idiomas.

Esta ya casi a punto de salir cuando sonó el teléfono. Era Teresa que con un “hola, oye, aun estas interesado en que salgamos un día” me trastoco las neuronas y tarde un par de segundos en reordenarlas lo suficiente como para contestar un tímido sí.

El caso es que un amigo chamán le había dicho que esa noche estaría con una persona que le haría muy feliz y que recargará algo de las energías del chacra o algo por el estilo, y que la descripción de aquel recargador de chacras homologado se correspondía totalmente conmigo y que me invitaba a cenar en su casa y después un “ya veremos” bastante prometedor.

Ante la máxima de “Más vale chacra en mano que gabacha volando” me decidí en menos de un segundo a posponer mis clases de francés para otra ocasión y llame a Paco poniéndole una excusa bastante pobre. Agarre mi chaqueta, me eche un último vistazo en el espejo del recibidor y sonriente me dirigí a la dirección que me había dado.

El edificio donde vivía Teresa era un destartalado edificio en las callejuelas de Gracia. No había interfono, solo un timbre para cada vecino que salía al rellano y estiraba de una cuerda que había en el hueco de la escalera. Cuando se abrió, vi a Teresa que me decía que subiera asomada a la barandilla, tras ella el sol de la tarde se colaba por la claraboya del edificio y transparentaba su figura a través del holgado vestido de lino blanco que llevaba. Aquello prometía.

Subí una adusta escalera en la que el desgaste de siglo largo que hacía que se habían construido desparejaba los escalones produciendo una desazón y una sensación de inseguridad desagradable. Me crucé con una pareja de rastas que, rodeados de un aroma sospechosamente mentolado y con unos ojos enrojecidos y vidriosos me saludaron con una palabra inconexa que no llegue a entender.

Entre en el piso de Teresa decidido, las paredes estaban pintadas de morado y rojo, de techos altísimos y un suelo de mosaico muy elaborado, pero desgastado por el uso. Las paredes y estanterías estaban abarrotadas de elementos étnicos de decoración, espejos, velas y el ambiente cargado de incienso hacia que me picara la garganta. De fondo se escuchaba un disco que debía llamarse “Banda sonora de un fumadero de opio” o “visite nuestra sección de artículos de comercio justo” en el que unos instrumentos exóticos languidecían unas notas cacofónicas en una cadencia cansina.

Al llegar al salón Teresa me recibió con un efusivo abrazo, más largo de lo que a mí me gustaría que me provocó una incomodidad horrible, no sabiendo muy bien cómo reaccionar.

-Como me alegro de que hayas venido- me dijo- siéntate, la cena está casi lista- señalando unos cojines de elaborados bordados dorados que había en el suelo, no había mesa, observe.

La cena se componía de una ensalada se seitan y sémola, tofú a la plancha y de postre, unas manzanas ecológicas que parecían haber sufrido una exposición a algún tipo de radiación de deformes que eran. La comida no estaba mal del todo, pero cada bocado que me metía en mi boca me hacía recordar las increíbles barbacoas que preparaba Paco en sus fiestas y que, seguramente, ahora mismo estarían disfrutando todos.

La conversación de Teresa durante toda la cena fue sobre temas esotéricos que me aburrían sobremanera y en los que fingía interés concentrándose en que mis ojos no se fueran directos al generoso canalillo que por el escote del vestido asomaba. Cuando acabamos de comer y después de darle un par de sorbos al té más amargo que había probado nunca y de mentirle a Teresa sobre lo delicioso que estaba.

Me alegro muchísimo que hayas venido- me dijo- estas preparado para compartir tu energía conmigo?

Energía, bueno, no era exactamente energía lo que yo quería compartir con ella, pero todo se andará, pensé mientras mi estómago rugía de hambre.

-Claro- conteste- de que se trata? Que tengo que hacer?

-la mejor manera de que dos seres terrenales compartan su energía mística- me explico- es a través del sexo tántrico.

Sexo tántrico! No tenía ni puñetera idea de que narices era aquello, pero oye, contenía la palabra sexo en su nombre, así que me tenía que gustar seguro.

-Claro- le dije- lo que necesites

-perfecto entonces- dijo poniéndose en pie- desnudaré, anda- y se despojó del vestido por encima de la cabeza quedándose totalmente desnuda ante mí, dándose la vuelta inmediatamente y dedicándose a apartar los cojines despejando la alfombra donde habíamos estado sentados comiendo.

Me quede allí paralizado sin saber qué hacer, Teresa tenía un cuerpo precioso, bien proporcionado, de caderas sugerentes, pecho muy generoso y firme, vientre plano y una piel morena y sin marcas de bikini ni bañador. Me quede allí observando como despejaba la alfombra, demasiado embobado como para reaccionar.

-Qué haces aun así?- me preguntó volviéndose hacia mí- te vas a desnudar o no?

-Claro, claro- reaccioné y empecé a desnudarme atropelladamente.

Teresa cogió una caja de madera tallada de una de las estanterías y se dirigió al centro de la alfombra, al pasar miro mi entrepierna y, sonriendo, murmuró un “vaya, que bonita la tienes” que me hizo sonrojar.

-Ven, siéntate aquí, frente a mí- dijo sentándose en la alfombra.

Obedecí y me arrodille frente a ella, intente acariciarla y besarla pero ella se apartó de mí.

-que haces?- me dijo contrariada- estate quieto, déjame hacer a mí.

Me senté incómodo delante de ella y observe cómo manejaba diestra unas varillas de incienso. Las encendió y empezó a dibujar con ellas mi contorno mientras canturreaba algún tipo de mantra. Aquello duró una eternidad en la que yo me entretuve observando detenidamente aquellos preciosos pechos que se bamboleaban con los aspavientos que hacía Teresa con el incienso.

Cuando aquel ritual terminó, me pidió que me sentara con las piernas cruzadas, como un indio, se puso sobre mí y agarró mi pene firmemente moviéndolo una par de veces arriba y abajo para reactivar mi erección que, a aquellas alturas, se estaba desinflando aburrida.

Una vez considero que la firmeza era la idónea, lo llevó hasta su sexo y, con un sencillo gesto y sin mucho esfuerzo, se dejó caer entrando fácilmente dentro de ella. Gemí un poco al notar el calor y la humedad de su interior y empecé a mover las caderas y a acariciarla.

-Que haces?- me dijo enfadada- estate quieto, haz el favor, no te muevas.

Entonces se abrazó a mí, fuerte, pegando su cuerpo al mío, recostando su cabeza en mi hombro e inmóvil, me susurro al oído: “así, quieto, intentemos acoplar nuestra respiración, nota como la energía fluye.”

Yo no entendía nada, allí estuvimos, inmóviles hasta que se me durmieron las piernas, se me secó la boca, me pico horriblemente la espalda, se me metió su pelo en la nariz y creí que me moriría de aburrimiento. No pude quitarme en todo el rato de la cabeza la fiesta de Paco, la piscina, la barbacoa, y Romina.

Pasada una eternidad, Teresa se separó de mí, se echó atrás con un suspiro largo y sonoro y me sacó de dentro de ella

-Mmmm, ha sido maravilloso- dijo estirando los brazos perezosa- has notado la energía?

– sí, sí, claro, la energía…

-Gracias, ha sido maravilloso.

Me puse en pie y busqué mis calzoncillos, lo encontré en el suelo y empecé a ponérmelos. Mire la hora que era y maldecir para mis adentros, ya no me daba tiempo a ir a casa de Paco, me iba a perder la fiesta, y por esta loca, además tenía un hambre atroz, no se me quitaba la imagen de la barbacoa de la cabeza, en cuanto saliera de allí pensaba buscar un McDonald y zamparme una doble BigMac con patatas fritas y un refresco gigante, y después un helado de caramelo y

-Que haces?- me preguntó Teresa detrás mío

– vestirme, por? – conteste

-te vas ya? No sé, había pensado que ahora podríamos follar un poco, qué te parece?

Y en ese instante, se me quito el hambre.

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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