Ana era la típica chica bien, de padres acomodados, eufemismo para decir que estaban podridos de pasta, estudiante de económicas, pija en el vestir, el hablar y el pensar.

Nos presentaron en una fiesta donde la prima de la amiga de la novia del hermano de un amigo mío la había invitado y después de varias copas me convertí en su enésima forma de cabrear a papá, que era el deporte favorito de Ana.

Era difícil de complacer, de gustos caros, de carácter errático y acostumbrada a caprichos, nunca estaba contenta, además en la cama era una sosa de cuidado, costaba sudor y lágrimas convencerla para echar un polvo y cuando por fin accedía, era tan fría y poco entregada que enseguida estabas deseando terminar.

Nunca quería salir con mis amigos, ni ir a los sitios que a mí me gustaban, criticaba todo lo que yo hacía y pasábamos peleados la mayor parte del tiempo.

La razón por la que aguante a su lado más de cuatro meses es la que voy a explicaros ahora.

Una de las múltiples exigencias de Ana era que los fines de semana, sin excepción, se pasaban en la casa que sus padres tenían en Tarragona. Más que una casa era un casoplon, un número obsceno de habitaciones, varios salones, jardín latifundista, pista de tenis, garaje lleno de ego y los amigos “de toda la vida” de Ana, y toda su indiferencia si papa no andaba cerca. Ana prefería pasar el día con sus amigos holgazaneando en la piscina y hablando de sandeces que me aburrían someramente pasados apenas 10 minutos, transformándose esa apatía en, si aguantaba más de media hora, en sinceras ganas de cruzarle la cara de un guantazo a cualquiera de aquellos niñatos malcriados.

El cuadro lo remataba la madre de Ana, una señora cuarentona, de muy buen ver, fruto de operaciones y tratamientos de estética sólo asequibles a los más asquerosamente ricos y ese carácter amargado y snob que no era más que el presagio del que tendría Ana cuando alcanzase la edad de mami. Era la típica persona que te miraba por encima del hombro, con desdén, sabiéndose superior a ti y dejando bien claro que yo solo era el capricho pasajero de la cabeza loca de su hija y que esta, una vez recuperara la cordura, elegiría como pareja uno de los muchachos tan guapos, listos, ricos e insoportables de su pandilla.

Así que decidí al poco rato de mi primera visita al pijolandia, pasar lo más inadvertido lo que quedaba de fin de semana, esperar al domingo que regresáramos a Barcelona, mandar a paseo a la pija de Ana y volver a mi vida.

Pase la mayor parte del sábado en compañía de Rubén, un señor metido en la cincuentena, bajito, calvo y barrigón, de mirada bonachona y trato amable que era el encargado de cuidar y mantener el jardín y la extensa colección de coches del “señor”. Disfrute mucho de las explicaciones y anécdotas sobre coches y su vida que me relató aquel caballero, antiguo piloto de rallies y buscavidas, y sobre todo de la serena belleza y la refrescante simpatía de su hija, que cuando se nos acercó para ofrecernos un poco de agua fresca, me explico que trabajaba también en la casa, ayudando a su madre en la cocina. La familia trabajaba todo el año en la casa y vivían en una pequeña a casita que había visto en la entrada de la finca.

Cuando el señor Rubén acabó su jornada de trabajo, me dirigí a la piscina e intente proponer algún plan alternativo, un paseo, una charla, algo más que aquel tedio a Ana, pero la única atención que logre de ella fue un ” quita, que me tapas el sol, sin ni siquiera quitarse los auriculares.

Enojado, aburrido y asqueado me quite la camiseta con un gesto brusco de enfado, me descalce de las sandalias de mala manera y me zambullirse en la piscina intentando mantenerme el máximo tiempo bajo las aguas. Sentí golpe de sensación del agua fría en mi piel, el falso silencio que hay bajo el agua, la luz azulada que lo envolvía todo y aun así no logre acallar del todo la desazón que me atenazaba el estómago, saque la cabeza en la superficie prácticamente en la orilla contraria de Ana, la observé durante unos instantes con una traza de hastío, mire al limpio cielo de principios de verano y decidí que, si estaba un minuto más en aquella casa, diría o haría algo inadecuado, así que decidí irme a dar un paseo por el pueblo cercano.

Salí del agua deleitándome con la agradable sensación del sol robando el frescor del agua en mi piel, rodee la piscina y recupere la camiseta y las sandalias sin saber si Ana, tras aquellas gafas de sol tan horteras, se había percatado de mi presencia.

-me voy a dar un paseo al pueblo, te vienes? – silencio por respuesta.

Me desentendí sabedor de que no conseguiría respuesta y que, si insistía, solo lograría una discusión y me dirigí al vestuario anexo a la piscina donde descansaba mi ropa.

Note el frío del terrazo en mis pies, deje caer la camiseta en el banco de madera que había en la estancia, más grande que el piso de mis padres, y deje caer las sandalias que sonaron con el eco típico de los vestuarios. Me quite el empapado bañador y lo colgué de uno de los percheros. Me metí en la ducha deteniéndome unos segundos en observar mi cuerpo desnudo en un espejo de cuerpo entero que colgaba de una de las paredes de azulejo; es curioso la atracción que tenemos los hombres por los espejos.

Logre rápidamente la temperatura idónea del agua y me abandone a la agradable sensación de la ducha cuando, una mano se posó en mi espalda.

Di un salto del susto y poco me faltó para chillar como una niña absorto como estaba en la sensación de soledad y deleite de la ducha, me gire totalmente descolocado y frente a mí, totalmente desnuda estaba la madre de Ana. Tartamudee intentando encontrar una explicación, azorado con la sensación de haber sido yo el que había metido la pata, si me había metido en la ducha que no era o algo así. Ella acalló mi intención de decir algo posando en mis labios un dedo de uña larga y cuidada, me empujo hasta la pared más alejada del chorro de agua que repiqueteaba sonoramente haciéndome un gesto con la cabeza que entendí como un “silencio, nos pueden oír” refiriéndose a Ana y sus amigos que estaban al otro lado de las paredes. Mis ojos asustados y sorprendidos no pudieron evitar quedarse prendados por aquellos dos pechos, artificiales pero muy logrados, que me señalaban acusadores, del vientre plano por horas de entrenador particular y aquellas caderas sugerentes. Di un Respingo cuando note el frío de las baldosas en mi espalda y no pude continuar alejándome del agua. La madre de Ana me observaba de arriba abajo con la misma expresión de alguien que contempla un manjar que está a punto de devorar, se mordía el labio inferior golosa mientras esbozaba una sonrisa de triunfo. Se arrodillo ante mí y, sin yo ser capaz de articular ninguna queja, agarro mi miembro durante apenas un segundo y sin preámbulo alguno se lo metió en la boca y empezó a chuparlo con un ansia y una maestría digna de una de las actrices que salían en cualquiera de las películas que atesoraba en el cajón de abajo de mi mesita de noche. El protagonista de todo aquel tratamiento reaccionó rápidamente endureciéndose como una piedra mientras lanzaba descargas eléctricas a mi bajo vientre. Ahogue un gemido mientras observaba la cabeza de la madre de Ana martillando y como mi erección, casi dolorosa desaparecía casi por completo en su boca y volvía a aparecer, mojada y brillante de saliva.

Casi pude notar como el último atisbo de pudor o decoro abandonaba mi cuerpo, dejándome llevar por el deseo que en aquel momento ordenaba mis actos, la agarre fuerte del pelo y ella, lejos de molestarse, intensificó el bombeo haciendo que yo cerrara los ojos tenso como una cuerda de guitarra.

Mi juventud, la excitación de la situación y el talento y entrega de aquella señora pronto hicieron mella en mi aguante y, ahogando con un quejido un grito de placer que pugnaba por salir de mi garganta me corrí de una manera salvaje. Mi cuerpo se estremeció con un espasmo que casi me hace perder el equilibrio. Todo se oscureció por un instante mientras perdía la noción de mi entorno, la certeza del arriba, el abajo, el frío, la luz desaparecían de mis sentidos mientras el placer, brutal y primitivo, se apoderaba de mí. La madre de Ana, lejos de parar, al notar mi descarga caliente en su garganta apretó su cara contra mi pubis haciéndome desaparecer completamente dentro de su boca, tragándome entero mientras yo moría de placer.

Cuando la tensión de mi cuerpo se relajó baje la vista para descubrir los ojos de la señora que me miraban triunfantes con mi pene aun dentro de su boca. Chupo un par de veces más eliminando cualquier resto de mi placer y se puso en pie limpiándose, con un gesto que se quedó grabado para siempre en mi memoria, la comisura de los labios con el dedo.

Se dio la vuelta para salir de la ducha sin haber dicho aún una sola palabra y entonces fue cuando tomé yo la iniciativa. La agarré del brazo y la giré hacia mí, ella lejos de sorprenderse o resistirse fijó su mirada en mi entrepierna, que digna de la juventud que yo atesoraba, continuaba señalándola dispuesta y palpitante y sonrió con un deje de triunfo.

En estos relatos he intentado mantener en todo momento un lenguaje correcto, pretendiendo no ser soez ni chabacano, pero lo que yo hice con aquella señora, en aquella ducha enorme, a pocos metros de la imbécil de su hija y de sus amigos, fue follarmela. No existe otra palabra que lo describa mejor, no hubo amor, ni cariño ni afecto, no hubo conexión ni magia, hubo sexo, puro, primitivo y salvaje sexo. La folle hasta que chillo de placer de tal forma que agradecí el estridente sonido de la ducha abierta y los auriculares que aislaban del mundo al grupo de amigos de Ana. Y seguí follandomela una y otra vez cada fin de semana durante los meses siguientes. En la misma ducha, en el cobertizo de bombas de la piscina, en el garaje, en su propia habitación, en el cuarto de la colada, e incluso una vez en la cocina mientras podía observar a Ana y sus amigos holgazanear a través del ventanal. Así que, cuando la insoportable, caprichosa, irritante, malcriada y exasperante Ana, me comunicó que quería, cansada ya de su juego rebelde con papa, cortar conmigo, me jodió, la verdad.

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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