Si podéis imaginar a una pareja que no pegan ni con cola, que ves que no encajan, que no tienen nada en común, esa era sin duda la que formaban Leo y Silvia.

Llevaban siendo novios desde los 14 años, así que muchos entendíamos que su relación se basaba en la inercia. Ella era una mujerona, racial, exuberante, de esos caracteres que enseguida se vuelven el centro de todo. Vestía siempre muy provocativa y era un torbellino. Hablaba por los codos, y tenía unos ojos rasgados que quitaban la respiración a cualquiera.

Leo era todo lo contrario, apocado y soñador, con alma de poeta y dado a distraerse con las musarañas a la primera ocasión. Delgado y con pinta de ratón de biblioteca, el antagonista perfecto al huracán Silvia.

Yo era el informático oficial del grupo, eso no significaba que me dedicara a eso, nada que ver, significaba que se me daba bien y era el que me dedicaba a formatear ordenadores, programar vídeos, instalar programas y si me dejaba, hasta reparar la lavadora de familia, amigos y conocidos.

Un día Silvia me comento que su ordenador iba más lento que el caballo del malo y que le estaba siendo imposible hacer unos trabajos de texto que le habían encargado, así que me ofrecí a solucionarlo y quedamos en que me pasaría por casa de Leo y ella a ver qué podía hacer.

El día a la hora indicada me presente en su casa con mi carpeta de programas y cargado de la paciencia necesaria para reparar los desaguisados que la gente suele hacer a sus ordenadores. Llame al interfono y al subir me encontré la puerta entornada. Asomé la cabeza y lancé un hola al cual me contestó desde dentro Silvia con un: -Pasa, pasa, no te cortes.

Nunca había estado en esa casa así que empecé a entrar cauteloso. El recibidor daba a un pasillo largo y estrecho con tres puertas abiertas en su pared derecha y lo que parecía un comedor al final. Pase por delante de la primera puerta donde me encontré una habitación llena de trastos. Lo que parecía un mueble sin montar descansaba en el suelo apoyado en la pared aun metido en su embalaje, varias cajas de cartón, una tabla de planchar con una plancha descansando encima y un tendedero portátil abarrotado de ropa tendida. La composición la coronaba la típica bombilla desnuda sin lámpara colgando del cable.

Continúe por el pasillo y la segunda instancia resultó ser el dormitorio de Leo y Silvia. Una cama grande y desecha con un gran cabezal de estuco veneciano con dos mesitas de noche una abarrotada de libros y la otra con una pila de revistas del corazón, folletos de supermercado y demás papelería. Era fácil adivinar en qué lado de la cama dormía cada uno. En la pared a la que apuntaba los pies de la cama había un espejo de grandes dimensiones y una mesa donde descansaba el monitor de un ordenador donde ondeaba  la bandera del salva pantallas de windows.

Antes de llegar a la tercera estancia el sonido del agua cayendo en la ducha me adelantó de qué habitación se trataba. Asome tímido la cabeza al en la jamba de la puerta que estaba abierta de par en par. Frente a mi distinguí la inequívoca silueta de Silvia desnuda en la ducha a través del cristal esmerilado de la mampara.

-Está en la habitación, Juan, enseguida salgo- me grito desde la ducha acercando su cuerpo más al cristal, lo que dio más definición a la imagen y pude distinguir sus generosos pechos- tú mismo, haz lo que veas.

Azorado me aparte de la puerta aunque me sentí tentado de echar otro vistazo. Cuando estaba a punto de hacerlo oí como se cerraba el agua, así que me apresure a sentarme frente al ordenador.

Moví el ratón y el salvapantallas desapareció, demorando bastante en mostrar otra cosa que no fuese una pantalla en negro. -esto me va a dar trabajo- pensé justo en el momento en que la pantalla me solicitaba una contraseña.

-Cuál es la contraseña?- brote haciendo pivotar la silla de oficina hacia la puerta y encontrándome a Silvia que entraba en la habitación envuelta en una toalla y secándose el pelo con otra más pequeña.

Me gire pudoroso hacia el ordenador solo para comprobar que el espejo de la pared me devolvía la imagen de Silvia trasteando en el armario y los cajones eligiendo y sacando prendas que dejaba sobre la cama.

-Es un engorro, no puedo hacer nada- me dijo mientras se terminaba de secar el pelo con la toalla- va lento y se me abren un montón de pantallas con publicidad.

– Es no-normal- dije tartamudeando- habrá que formatearlo.

-Como tu veas- contestó saliendo de la habitación- tú eres el experto.

Cerré los ojos y conté hasta diez, Juan, es la chica de Leo, tu amigo, concéntrate, haz un apaño y márchate.

Hice un diagnóstico rápido y saque un par de herramientas de limpieza de mi carpeta. Metí los Cds en la bandeja y ejecute un programa de reparación. Cuando la barra de progreso empezó a marcar el porcentaje de carga, Silvia regreso a la habitación.

-DonDonde esta Leo?- pregunte

-Le ha salido una faena- contesto dibujando una sonrisa pícara- no regresará hasta la noche.

Y dicho eso lanzó una generosa ración de crema en la palma de su mano, subió la pierna encima de la cama y empezó a aplicarla por el muslo mientras yo atisbaba desde el espejo como la toalla apenas podía ocultarme nada.

Mi corazón palpitaba como una locomotora y en mi pantalón una dolorosa erección estaba a punto de hacer estallar la cremallera. Me costaba respirar y la dichosa barra no estaba ni en el 30%.

Decidí que ya no podía aguantar más y me puse en pie como un resorte recogiendo mis Cds y metiéndolos en su carpeta.

-Bueno, yo me voy-dije apresurado- tu estas ocupada y así puedes vestirte tranquila… Dejo esto funcionando, ya me devolverás el Cd..

Agarre todos mis bártulos y me dirigí a la puerta de la habitación, pero Silvia me cortó el paso

-Pero no te vayas así, hombre- me dijo plantándose en mi camino- a mí no me molestas, quedare y tomate algo, quieres un café?

-nno, gracias- para café estaba yo

-Una Cocacola?

-no, no, de verdad, no me apetece- mentí notando la garganta seca como un estropajo

-Vamos, seguro que hay algo que te apetece- y diciendo esto de quito la toalla y se quedó totalmente desnuda ante mí. La visión era increíble, tenía un cuerpo torneado y bien dibujado, con un pecho grande y firme que desafiaba a la gravedad apuntando sus pezones directamente hacia mí, un vientre plano que terminaba en un pubis rasurado que me se antojaba el lugar más cálido y confortable del mundo. Estaba allí parada, desafiante, con las piernas separadas como un torero esperando la embestida

-Pepepero tu estás loca?- conseguí decir

-va, bobo- me dijo acercándose- si estás deseándolo.

Se pegó a mi acariciando mi pecho con la mano, intente retroceder y mi espalda chocó contra el armario, pego sus caderas a mi apretando mi entrepierna con su pubis, yo iba a, literalmente, explotar. Entonces me beso, y el mundo empezó a dar vueltas alrededor mío, la carpeta de discos se me escurrió entre los dedos y cayó pesadamente al suelo junto a mí. Agarre su sedoso pelo con una mano devolviéndole el beso mientras la otra mano se maravillaba de lo duro y firme que era su culo. Diestra me desabrocho el pantalón y liberó una polla palpitante que se moría por ella, Solté un gemido cuando la apretó entre sus dedos, iba a follarmela, nada más importaba en aquel momento, era una diosa, que suerte tenía el cabrón de Leo…. Leo….

La cordura volvió a mí de pronto, Leo, Leo era mi amigo, no podía hacerle eso. La separe bruscamente de mí, ella se sentó en la cama confundida.

-Esto no está bien- dije mientras volvía a meter mi polla en los pantalones a desgana, casi podía oír como protestaba- eres la chica de mi amigo, yo no soy así.

Recogí la carpeta y salí del piso dejando atrás a Silvia. Aunque he de reconocer que, mientras esperaba el ascensor y mi polla palpitaba en el pantalón, necesite de mucha fuerza de voluntad para no volver.

Durante las dos semanas siguientes aquel episodio me atormentó, necesitaba contárselo a Leo, él era mi amigo y no se merecía una traidora así, le destrozaría el corazón pero a la larga era mejor, no tenían nada en común, no se parecían en nada. Al final, después de las dos semanas me decidí a contárselo fuese como fuese, le llame y le pedí si podía venir a mi casa, que tenía que hablarle de un tema importante. Vino por la tarde, tal y como habíamos quedado, di mil vueltas al tema sin encontrar la manera de explicárselo. La final decidí que la mejor manera era de golpe, sin paños calientes..

-Leo, tengo que confesarte algo que no me es fácil- le dije mientras buscaba las palabras

-La verdad es que yo también me soltó y se abalanzó sobre mí y me beso, fue un beso dulce y atropellado, me quede sin poder reaccionar, con los ojos abiertos de par en par mientras todos los fusibles de mi cabeza saltaban. Al final se separó de mí con una expresión interrogante en su cara..

-Pepero Leo? – le solté

-Lo siento Juan, pero no podía aguantarme más

-Pero tú, tu… Y Silvia?- farfulle intentando atar cabos

-A Silvia la quiero- me dijo- pero tú me gustas

-Leo, esto no puede ser, tú no… Yo no..

– Lo sé- bajó la mirada- lo siento

Y se dirigió a la salida como un alma en pena y una expresión en la cara de tristeza. Justo cuando abrió la puerta abrí la boca y alce la mano hacia el con la intención de detenerle, aun no le había explicado lo de Silvia… Deje caer mi mano, cerré la boca y le deje marchar sin decir nada, al fin y al cabo, al final había resultado que si tenían algo en común…

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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