Empezó con la rutina en que se ha convertido nuestro intento de alejar la soledad en esta segunda década del siglo XXI, un me gusta en una aplicación de almas solitarias, un tímido saludo en el chat, una primera aprobación basada más en la ausencia de rarezas que en un feeling real, una cita a ciegas basada en unas fotos de mala calidad y una conversación fútil.
El primer encuentro fue en el día más frío que conozco, llego tarde, no mucho pero se me antojó eterno, tiritando como estaba de nervios y puro frío. La vi llegar espere que pagara la carrera ensayando una sonrisa torpe que sabía, sería mi carta de presentación. Normalmente en estas aplicaciones para conocer gente solemos poner las fotos en las que más favorecidos estamos y cuando se produce, cuando ocurre, el encuentro real, siempre hay un ramalazo de decepción, una sensación de pequeña estafa al comprobar que nadie es tan atractivo como se vende, pero es algo que damos por hecho, es parte del juego. No era el caso, sino más bien lo contrario, era guapa, mucho, las fotos no le hacían justicia, tenía unos ojos preciosos, enormes, claros. Clavó aquella mirada de acero en mí y mi respiración se detuvo ese instante eterno en el que intentas dislumbrar si tienes su aprobación.
-Hola, qué tal?- y los dos besos de rigor. Su voz era sorprendente, nada que ver con la idea preconcebida que había formado en mi cabeza de cómo sería. Era una voz cristalina, divertida, juvenil, una voz vital y abierta. Un timbre de voz travieso y franco que me enamoro de inmediato. Ya tenía dos de mis sentidos conquistados, la vista y el oído.
Caminamos ateridos buscando un lugar para tomar algo y huir del terrible frío. Una conversación banal por callejuelas a un paso rápido, demasiado rápido. Una cadencia al caminar mezcla del frío que nos apuñalaba y los nervios típicos de la situación.
El abarrotado bar nos acogió en un rincón, solos entre la multitud. Mientras un cantante destrozaba canciones míticas en un minúsculo escenario, ella se empezó a deshacer de capas de ropa. Tenía un cuerpo sencillo, bonito, sin alardes. Aún así, atractivo y de una sensualidad tranquila. Vestía de una manera informal, sin esconder y sin mostrar, ese estilo que pocas mujeres dominan de estar arreglada sin parecerlo.

La conversación fue divertida, amena, saltando de un tema a otro sin mucha continuidad. Me sentía a gusto y, me daba la sensación de que ella también.

En un momento dado, por avatares de la conversación, empezó a enseñarme fotos de su destartalado móvil, fotos de ella en poses divertidas intentando convencerme de que no era fotogénica, aunque yo la encontraba guapísima. Fotos de sus amigas, de su hijo, de salidas y mil locuras que era su vida. Poco a poco nos fuimos acercando el uno al otro para compartir la minúscula pantalla donde se mostraban las instantaneas y entonces me llegó su olor. Olía dulce, cálido, acogedor, delicioso. Era un olor agradable y embriagador, para nada disimulado por perfumes o productos de aseo. Una de aquellas fragancias que te evocan una sonrisa, olía a nubes de azúcar, a canela, a me gusta esta chica. Ya tenía conquistados tres de mis sentidos.

En el carrusel de fotos, todas con una historia divertida detrás, apareció la foto de un señor mayor, elegante, de mirada sincera y bonachona, de bigote canoso y porte altanero. Su mirada cambio, dudo por un momento en pasar la foto sin más, su dedo titubeó sobre la instantánea por unos instantes, suspiro intentando controlar unos sentimientos que se le desbordaba en el rostros, la mirada. Con la voz queda me explicó que era su padre, fallecido hacía no el suficiente tiempo para que el dolor no fuese insoportable. Me contó cómo, dónde, cómo se sintió, como se sentía. Me contó el amor que sentía por su madre, el tiempo que habían sido todo el uno para el otro. Me expreso, a veces sin palabras el orgullo que sentía por el, por ellos. Me explicó, con un hilo de voz que luchaba por disimular una mirada triste en unos ojos humedecidos por la congoja que ellos, sus padres, habían hecho una promesa cuando se conocieron, que bailarian su canción, aquella canción que era mágica para ellos, siempre que estuviesen juntos y sonase, estuvieran donde estuvieran sin importarles dónde fuese. Y lo habían cumplido toda la vida sin excepciones, en mitad de la calle, en un centro comercial, en casa, con amigos o rodeados de perfectos desconocidos. Aquella historia me produjo una envidia increíble, unos celos arroces y una esperanza que suelo perder a menudo. El verdadero amor existe y algunos privilegiados tienen la gran suerte de conocerlo en su vida.

En estos cuentos que escribo puede parecer que su tema es el sexo, en realidad el tema es otro, es la intimidad. No hubo sexo con Marta aquella noche, pero aquel momento fue muy íntimo, muy personal. Me sentí cerca de ella como hacía mucho tiempo que no me he sentido con nadie y, al menos para mí, fue bonito.

Cuando ya no pudo controlar más sus sentimientos dejo de hablar, con los ojos fijos en la pantalla, junto a mi. Sentí la lucha interior, el peligro de derrumbarse. Le ofrecí un pequeño achuchón consolador, torpe y tímido. Lo agradeció, o al menos no lo rechazó, fue solo un instante, un broche final para aquel momento que empezaba a alargarse demasiado.

En el abrazo mi mano toco su piel, y me encantó, cautivo mi sentido del tacto igual que había hechizado los del oído, la vista y el olfato… lastima que el gusto se quedó en el tintero.

 

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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