Nana

Hubo una temporada en la que, por motivos de trabajo, viajaba asiduamente a Madrid. Y siempre quedaba en un hotel para NO acostarme con Nana.

La primera vez que le entre fue en un bar de la latina, no tengo ni idea de porque le entré, es algo que no suelo hacer, me da mucho corte, y además ella ya le había pegado un par de cortes a algún aventurero que se le había acercado mientras estaba allí.

No era guapa a rabiar, ni estaba buenísima según los cánones estándar, pero tenía un algo. Muy delgada, mucho, y alta, media melena rubia y cara de estar de vuelta de todo. Elegante, de movimientos suaves y calculados, trabajaba en algo de publicidad, como supe después, y tenía fama de ser “un hueso”.

Aquel día la pillé de buenas, o con la guardia baja, o había perdido una apuesta, o lo más probable, me vio tan patético y desvalido que decidió adoptarme en vez de masticar y escupirme como hubiese sido lo normal.

-Conoces algún sitio que esté bien por aquí para cenar?  -pregunte de sopetón, sin presentarme siquiera.

-perdona?- se giró hacia mí levantando una ceja

-no soy de aquí, soy de Barcelona y te preguntaba si sabes de algún sitio por aquí que se coma bien

Me miró de arriba a abajo como alguien a quien le presentan un plato raro y exótico y no sabe si se lo va a comer o no, al final sonrió pícara.

-depende de lo que busques- me dijo- eres de buen comer?

– uy, si, si, lo como todo muy bien- no tengo ni idea de porque dije aquello, no me lo preguntéis. Os juro que no lo sé- que como bien, de todo, bien de todo…. Que me lo como todo…- a esas alturas balbuceaba.

Ella me miró estupefacta y empezó a reírse, tenía una risa limpia, cristalina, sin tapujos ni artificios.

-jajá, ya veo, que bien enseñados estáis los catalanes.- me dijo sarcástica- y ahora imagino que me dirás que a mí me lo comerías todo, no- le salió el tono chulesco.

-bueno, no me importaría- tal y como decía esas palabras me sorprendía a mí mismo, qué coño me estaba pasando- pero me conformo con invitarte a cenar… Si quieres…. Si no has cenado ya, claro….. Si?

Era increíble, normalmente soy una persona segura de mí mismo, pero si en aquel momento hubiera soltado un UH! Me habría meado encima.

-Jajá, estás loco, lo sabías?- su mirada reía sincera- ven, te dejo que me invites a cenar, de comer otras cosas ya hablaremos.

Me llevo a varios locales donde tapeamos de cine, buen vino, buena comida y ese ambiente que solo se encuentra en la noche de Madrid.

Ese ambiente que hace que el recién llegado se sienta como si llevara toda la vida allí.

Nana, en el fondo, era un encanto. Reía abiertamente mis ocurrencias y era cariñosa y amigable, sin perder nunca ese puntito hija de puta que tenía, perdonen ustedes la expresión.

Cuando acabamos de cenar, y ya no me cabía ni un torrezno más en el cuerpo, salimos a la calle.

-que, se ha quedado con hambre el señor?- me dijo altanera.

-bueno, a ti aun te lo comía todo -hablaba el vino, lo juro

Susana volvió a revisarme de arriba a abajo con aquella expresión depredadora.

-Donde te alojas? – soltó

-Estoy en el Palace

-Coño con el catalán- soltó- vosotros no erais tacaños?

Lo cierto es que mi empresa no era tan generosa ni de lejos. Aquella habitación era, en un principio para un cliente alemán que tenía que venir a cerrar un contrato, el caso es que había cancelado la cita, la habitación estaba pagada y allí estaba yo, a todo lujo.

Llamó a un taxi que pasaba y, abriéndome la puerta me invitó a entrar con un: – vamos a ver si me has mentido.

Entramos al hotel y parecía que la asidua era ella, yo estaba embobado con la decoración opulenta y el lujo. Cuando pasábamos por debajo de una gran bóveda de cristal que impresionaba, se giró hacia mí.

– En lo del hotel no me has mentido, vamos a ver en qué más has sido sincero.

Entramos en la habitación en tinieblas y le eché un rápido vistazo, no recordaba si había dejado algo comprometedor a la vista, un calzoncillo sucio, los restos de la frugal comida que había tomado mientras trabajaba, algún cadáver… Nada, todo estaba en orden.

-No está mal, nada mal- me dijo dando vueltas sobre sí misma en medio de la habitación- pero que nada mal.

Abrió el ventanal que daba a un pequeño balconcito con una barandilla de piedra muy elaborada. Se asomó traviesa disfrutando de la increíble vista de la noche Madrileña.

-Eso es Neptuno, lo sabías?- dijo

El viento le alborotaba el pelo, dejando al descubierto su nuca, tenía un cuello largo y delgado que terminaba en unos hombros delgados y huesudos, la agarre por detrás y le bese el cuello. Se dejó por un momento estremeciéndose, pero inmediatamente de giro.

-eh, tranquilo- me separo de ella con una mano firme- no tengas tanta prisa. Quédate aquí, voy al baño- y desapareció en el interior de la habitación.

Me asomé negando con la cabeza mientras reía, esta tía me va a volver loco.

Me quedé allí, observando distraído el hormiguero de coches y gente que había bajo mis pies hasta que la oí llamarme desde el interior de la habitación

-Eh, catalán! Vienes o qué?

Había apagado todas las luces de la habitación y estaba allí plantada, en mitad de la mancha de luz que entraba por el ventanal, totalmente desnuda, de pie, con una mano en jarras sobre la cadera y la otra caída a su lado, ligeramente ladeada en una pose que en cualquier otra persona habría parecido forzada, pero que en ella quedaba natural y arrebatadora. Parecía un junco mecido por el viento. Apenas tenía pecho, un par de suaves protuberancias coronadas por un pezón impertinente, altanero, un vientre plano y fibroso y unas caderas que, pese a su extrema delgadez marcaban su figura. Unas piernas largas y unos pies bonitos que jugueteaban con la textura de la alfombra.

-vas a venir a cumplir tu palabra o te vas a echar atrás ahora?- me dijo provocándome mientras se giraba hacia la cama, saliendo de la luz. La seguí maravillado en la curva que su espalda dibujaba al llegar a un culo pequeño, prieto y respingón. Dejo que la alcanzara a los pies de la cama y empecé a besarle el cuello, esta vez se dejó, echando la cabeza para atrás y suspirándome al oído. Baje hasta su pecho y deje que mis labios juguetearan con su pezón. Ensortijo sus largos dedos en mi pelo y empujo, suave pero firme hacia abajo. Bese el vientre duro y suave como una piedra pulida, aun así ella siguió empujando. Su pubis rasurado, aún más abajo. El sabor salado se su sexo se encontró con mi lengua, aflojo un poco la presión de sus dedos y abrió ligeramente las piernas. Mi lengua exploró aquella cavidad deleitándose con el sabor acre. Entonces fui yo el que la empujó sobre la cama y ella se dejó hacer, abriendo más las piernas mientras caía, facilitando mi propósito y dejando que mi boca saborease hasta el último rincón. Note como su sabor cambiaba al tiempo que su humedad crecía. Volvió a agarrarme del pelo empujando inmisericorde obligándome a sumergirme aún más entre sus piernas. Sus caderas se movían marcándome el ritmo, hasta en aquel momento, era ella la que marcaba las reglas. Su ritmo se aceleró, tiro de mi pelo hasta hacerme daño, subió las caderas hasta que la mayor parte de su cuerpo no tocaba la cama y empezó a gemir cada vez más fuerte. Finalmente se tensó y exploto en mi boca llenándome de su sabor salado y caliente. Se relajó sobre el colchón pero no aflojó su presa sobre mi pelo, obligándome a continuar hasta que repetí mí triunfo al menos tres veces más.

Cuando se sintió satisfecha se relajó completamente y empecé a desandar el camino con mis labios. Al llegar a los suyos e intentar besarla, me aparto a un lado y desapareció en el cuarto de baño.

Imagine que tendría que limpiarse toda aquella humedad que había empapado mi cara, mi camisa e incluso la colcha de la cama y, sin pensármelo mucho, abrí la ropa de cama, me desnude y me tumbe a esperarla.

Salió unos minutos después totalmente vestida. Se me quedó mirando y me dijo encendiendo la luz: -que coño haces así?

-eh, yo…- estaba totalmente confuso- no vamos a seguir?

– dijiste que me ibas a comer todo, y la verdad es que no ha estado mal, pero aquí de follar no hemos hablado

-pero…

-no ha estado mal, llámame si vienes de nuevo a Madrid

Dejó una tarjeta de visita sobre la mesa, mi amor propio quiere creer que en un último momento me miro desnudo, tumbado sobre la cama, dispuesto y un atisbo de duda asomó a su fría mirada, y salió de la habitación.

Como ya he dicho, durante el tiempo que estuve viajando a Madrid, siempre que podía quedaba con Nana, salíamos de copas o a cenar y casi siempre acabábamos en la habitación de un hotel donde, por mucho que yo insistiera, solo dejaba que le comiera yo y nada más. Su orgullo, o su mala leche, podían más que sus ganas.

Al tiempo cambie de trabajo y perdí el contacto con ella, supe años después que se había casado con un catalán, irónico.

Un día, durante una charla con unos amigos, salió el tema y explique que durante una temporada visite Madrid asiduamente.

-Hala, que suerte- dijo una chica del grupo- dicen que allí se come muy bien

-no puedes imaginar cuanto- conteste.

Ruth

Simbiosis era una discoteca peculiar. El local era enorme pese a estar en el centro de la ciudad, la entrada muy selectiva y el ambiente cuidado. La música huía todo lo posible de los hits de radio fórmula y eso era de agradecer. Acudía a menudo, me sentía como en casa. Los dueños y empleados me conocían y había tanta confianza que, en ocasiones, entraba yo mismo a la barra a prepararme una copa.

Una noche, jueves creo recordar, salimos a cenar unos cuantos amigos y como era costumbre, acabamos allí.

No había mucha gente, conocía a casi todo el mundo, hice una ronda de saludos y cuando llegue a nuestro rincón habitual me encontré a mis amigos embobados mirando a una chica.

La verdad es que resaltaba entre todo el mundo, el ambiente de aquel local era bastante formal, mucho universitario y treintañeros con una estética nada estridente. La razón de la cara de pasmo de mis amigos, bailaba sola sobre uno de los enormes bafles que apuntaban a la pista, llevaba el pelo muy corto, casi rapado por toda la cabeza menos el flequillo, que le caía como una cascada negra sobre la cara ocultando uno de sus enormes ojos azules, los cuales, maquillados de una manera exagerada iluminaban a su alrededor. Unos labios increíbles pintados de un rojo intenso destacaban bajo una nariz adornada con un par o tres de aros de metal. Una camiseta negra sin mangas muy holgada, que dejaba uno de sus hombros al descubierto, con una serigrafía de algún grupo heavy en la pechera. La camiseta había sido recortada de una manera burda por encima de la cintura dejándola tan corta que, cuando la chica, en su contorneante y sensual danza, levantaba los brazos, dejaba intuir por debajo un pecho desnudo y sin sujetador. Unos pantalones de cuero tan ajustados que parecían pintados sobre la piel y unos zapatos de tacón imposible remataban el espectáculo.

Mire a mí alrededor para comprobar que mis amigos no eran los únicos embobados con aquel espectáculo. Casi todo el mundo tenía los ojos fijos en aquella belleza tan exótica en aquel ambiente.

Junto a mí, tan embelesado como los demás, estaba Jordi, el segurata del local, un encanto de tío tan bonachón como enorme.

-que, te gusta?- le dije dándole un pequeño codazo

-joder, que buena esta- me dijo sin dejar de mirarla- y tengo que bajarla de ahí, pero no quiero

-y eso?

-órdenes de Toni (uno de los dueños) está prohibido subirse a los altavoces- antes se solía subir la gente para bailar en una suerte de púlpito, pero creo recordar que se cayó una chica y lo prohibieron- voy a bajarla antes de que la vea.

Mire a Jordi detenidamente y casi vi en sus ojos los procesos mentales que ocurrían en su cabeza, intentando decidir qué estrategia seguir para afrontar la tarea de bajar de la tarima a la chica que, a todas luces le amedrantaba.

-jajá, déjalo- zarandee uno de sus enormes hombros- ya me encargo yo- sonrió aliviado y agradecido.

Cruce la pista decidido y me coloque delante del enorme altavoz mirándola fijamente y con los brazos extendidos hacia ella en gesto de ayudarla a bajar. Ella me miró un segundo sin dejar de contonearse al ritmo de la música y finalmente hizo un gesto interrogante  con la cabeza y se agacho hasta que pude acercar mi boca a su oído para hablarle por encima de las estridentes notas.

-Está prohibido subirse ahí, ven, te invito a tomar algo- le grite

Ella se puso de nuevo en pie, mirándome curiosa de arriba a abajo, sonrió y me dejo que la cogiera por la cintura para bajarla. Se oyeron algunas protestas y quejas veladas desde el “público”

Me sorprendió lo poco que pesaba, lo caliente y suave de su piel. La deposite en el suelo suavemente, muy cerca de mí, ella, lejos de apartarse, se pegó más a mi hasta que pude notar sus pechos sobre mi camisa.

-yo quiero un vodka solo, con hielo- me dijo al oído, alargando las palabras de una forma sensual

-sus deseos son órdenes, madame- replique ceremonioso agarrándola por la mano y guiándola hasta la barra.

Pedí la copa y ella se mantuvo muy pegada a mí, junto a la barra, mientras se la tomaba a grandes sorbos.

-quieres un poco- me ofreció

-No gracias le conteste alzando la voz por encima de la música- no me gusta mucho el vodka.

-Eso es que lo has probado poco- me dijo. Entonces pegó un último trago apurando el vaso y sin mediar palabra me beso apasionadamente, inundando mi boca el amargo sabor de aquella bebida mezclado con el dulzor de su boca. Fue un beso lascivo, caliente, húmedo, su lengua recorrió hasta el último rincón de mi boca, sus labios mojaron los míos mientras las uñas de una de sus manos se clavaban en mi pecho. Acabo el beso atrapando mi labio inferior entre los suyos y estirando hasta que se le escapó.

Resople acalorado y ella se pegó a mí para hablarme al oído, se detuvo un segundo al notar la prominente erección que estaba sufriendo y sonriendo triunfante se apretó contra ella.

-Me llamo Ruth- me dijo

-Encantado, yo soy Juan.

-aquí no se puede hablar- me gritó al oído- vamos a otro sitio más tranquilo.

-Claro- conteste -donde quieres ir?

-vivo aquí cerca, y mi cama tiene una acústica buenísima- note un deje de alcohol en sus palabras, aun así el corazón me dio un vuelco.

Sin decir nada más, me agarro de la mano y me guió a la salida igual que momentos antes la había guiado yo hasta la barra.

Salimos a la calle y ella tiró de mí guiándome hasta dos o tres calles detrás de la discoteca.

-Vivo aquí- me dijo, empujándome contra la fachada y besándome apasionadamente de nuevo. Se restregaba contra mí de una forma animal, ansiosa, mientras me besaba con ganas, con pasión, sin el más mínimo atisbo de timidez. Yo me dejaba hacer, pasmado. Mi mano se agarró a su culo y el tacto de la piel tersa sobre ella me encanto y me excito aún más.

Cortó el beso de repente y entró en el edificio abriendo la portería de un empujón, sin llave. Empezó a subir las escaleras y yo le seguí hipnotizado por el vaivén de aquel increíble culo moviéndose a la altura de mi cara. Llegamos al segundo o al tercero y levantó la alfombrilla para descubrir una llave, la uso en la puerta y me arrastro dentro. Cerro de un portazo y empezó a besarme y a acariciarme con la misma pasión que antes mientras me guiaba en la oscuridad. Tropecé un par de veces y me golpee dolorosamente la rodilla con algo que sonó como a campanillas. Por fin llegamos a una habitación donde había un poco de luz que entraba por una ventana abierta.

Me empujo sobre la cama y se subió a horcajadas sobre mí. Empezó a desabrocharme la camisa mientras mis manos se colaban, sin mucho esfuerzo, bajo su camiseta y se atenazaban a unos pechos redondos y duros.

Cuando acabó de desabrocharse, agacho la cabeza y me mordió fuerte en el pecho, grité mezcla de dolor y sorpresa. Empezó a morder, chupar, besar y lamer mientras sus manos se dedicaban a desabrochar mis pantalones, cuando lo consiguió se bajó de la cama y tiró de ellos hasta que me los quito por completo. Se quedó mirando por un instante mi erección iluminada por la luz amarillenta de una farola que entraba por la ventana y sin decir nada, se arrodillo entre mis piernas y se la metió entera en la boca, con la misma ansia y ganas con las que me había besado. El placer me inundo por completo, me atenazó el bajo vientre y me hizo estremecerse mientras de mis labios se escapaba un quejido sordo, note la presión de su garganta intuyendo cuan tan adentro de su boca me había introducido, cuando, de repente, se encendió la luz de la lámpara que colgaba del techo sobre nosotros.

Tapando por completo la puerta, con una mano sobre la jamba y la otra sobre el interruptor de la luz, había un mastodonte vestido de negro que competía con Jordi, el segurata, en gigantismo. Unos brazos enormes y musculosos salían tensos de las magas de la camiseta mientras nos miraba, con el ceño fruncido y los labios tan apretados que parecían dos líneas pintadas en una cara roja de ira que se asomaba a través de una demoníaca melena larga que caía lacia y grasosa.

-que cojones significa esto!- bramó- eres una PUTA!

Esta última palabra retumbo por encima de las demás. Ella se giró hacia él y se enfrentó a aquella montaña sin el más mínimo temor, parecía minúscula frente a aquella enorme mole.

-Hago lo que me da la gana, te enteras- le chillo- si tú puedes tontear con tus “amiguitas” yo puedo comerle la polla a quien me salga del coño!

-Eres una puta asquerosa- le grito mientras yo me encogía en la cama aun con mi miembro duro y mojado de su saliva.- vete al infierno

-es esto lo que querías, no?- ella seguía sin amedrentarse pese a la cara de asesino de el- esto es lo que te has buscado. Ya no te hace tanta gracia, verdad?

-te odio- dijo el bajando ostensiblemente la voz y la mirada- te odio

-eres un imbécil- ella también bajo el tono- no te soporto

-te quiero- susurro el

Se miraron un segundo con un deje de ternura brutal y empezaron a besarse apasionadamente mientras se magreaban como locos. El agarro su culo con unas manos enormes y ella levanto las piernas rodeando su cintura, el empezó a caminar torpemente hacia la cama con ella en volandas mientras se besaban como locos y tuve que rodar sobre mi hasta caer pesadamente al suelo para evitar que los dos me aplastaran al caer pesadamente sobre el colchón.

Me puse de rodillas para ver como ella tiraba de la camiseta del hacia arriba mientras el mordía sin compasión un pecho de ella. Agarre mis pantalones y salí de aquella habitación sin ponérmelos, tantee como pude por el pasillo a oscuras y volví a golpearme dolorosamente la rodilla con algo que sonó como a campanillas. Salí a la escalera y cerré la puerta de un portazo mientras escuchaba un grito de “follarme imbécil” que salía de dentro. Me apoye sobre la puerta agarrándome el pecho intentando calmar un corazón que martilleaba mis sienes. Oí un carraspeo a mi derecha y al girar la cabeza descubrí a una señora asomada a otra de las puertas del rellano que, moviendo la cabeza de un lado a otro recriminándome, miraba fijamente a mi entrepierna. Baje la vista para descubrir que seguía desnudo de cintura para abajo y que, no solo eso, seguía con una erección de campeonato. Me tape como pude y la señora cerró la puerta de un portazo.

Lita

Una vez dejé que me liaran con una cita a ciegas.

Me pilló con la guardia baja, y aunque al principio me negué ya que la frase “tengo una amiga muy simpática pero con muy mala suerte con los tíos que viene de visita a la ciudad, no conoce a nadie y esta noche yo no puedo salir con ella que trabajo” no auguraba nada bueno, la insistencia de mi amiga y que me enseñara una foto en la que la susodicha estaba muy, pero que muy bien, hicieron que claudicará.

La cita era en un restaurante al que iba bastante, llegue pronto y decidí esperarla en la mesa, 15 minutos después allí estaba, seguramente le habrían enseñado una foto mía también, ya que me reconoció enseguida y, después de saludarme simpáticamente con la mano, cruzó la sala directa a nuestra mesa.

Cuando la vi caminar hacia mí, pensé que aquello no había sido tan mala idea. Era alta y bien parecida, el pelo castaño y ondulado. Unos labios carnosos y pintados de un rojo intenso competían en espectacularidad con unos ojos enormes de pestañas infinitas. El cuello era largo y esbelto, coronando unas clavículas muy marcadas, esas que son tan atractivas. No tenía mucho pecho, pero era proporcionado y en combinación con una cintura de guitarra hacían un conjunto increíble. Todo esto lo llevaba la chica enfundado en un vestido corto negro que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Las piernas, largas y torneadas, acababan en unos zapatos de tacón que quitaban el hipo.

-hola- me puse de pie- tú debes de ser…

-Lita, yo soy lita- me corto- viene de Hipólita, si, mis padres, muy graciosos, lo sé, es porque era el nombre de mi abuela y al parecer a la señora le hacía ilusión, sin contar que yo tendría que cargar con el nombre para toda la vida, pero bueno, Lita me gusta, suena como exótico, no crees? Tu eres Juan, te he reconocido enseguida, me ha enseñado Carmen una foto tuya, esa en la que estáis en la playa, en Formentera, qué bien os lo pasasteis, ya me ha contado. Eres más guapo en persona, sabes, mucho más guapo, anda dame dos besos. Me alegro mucho de haber venido, no me apetecía estar sola, sabes? Acabo de romper con un chico, un cerdo con el que he estado casi tres años y el asqueroso me la pegaba con una compañera de trabajo. Pero no quiero hablar de eso, que lo que me interesa es saber de ti, oye pedimos? Yo la verdad es que no tengo mucha hambre, con una ensalada me apaño. Soy de poco comer, sabes? Me viene de familia, tenía una tía que en toda su vida no comió más que ensalada, y duro hasta los 90 años. Yo no, a mí la carne me encanta, sabes- me guiño un ojo- jajaja, perdona la broma, uy, que rico esta este vino, vigílame, que a mí el vino se me sube enseguida a la cabeza y soy capaz de dejar que me hagas cualquier cosa, jajaja, que mala soy, que vas a pensar de mí? Mira mi ensalada, que buena pinta, aunque lo tuyo también. Puedo probar un poquito? Umm que rico, debería haber pedido lo mismo, tu sí que sabes, ladrón. Oye, está bien este sitio, nunca había venido, ya me ha dicho Carmen que tienes muy buen gusto. Tenía razón. Es un alivio, esto harta de salir con chicos bastos y sin cultura, es toda una novedad estar con alguien como tú. Uff, sí que sube el vino este, que calores me están entrando. Tu si ves que me descoco demasiado me lo dices, y respetarme, eh? Jajaja. Oye, de verdad, eres mucho más guapo en persona. Espero que yo también te guste, me he pasado dos horas arreglándose, y este vestido lo estrenó hoy, es bonito verdad? Un poco de putilla pero de puntilla elegante, jajaja, me ha costado una pasta, pero oye, te lo mereces. Uff, que calor da el vino este. Ya has terminado? Yo también. Quieres postre? No? Yo tampoco, ya te he dicho, estoy desganada. Lo que necesito es que me de el aire, que se me ha subido el vino un poquito, jajaja. Nos vamos? Genial. Uy, pagas tú? Qué galante, ya me dijo Carmen que eras todo un caballero, y fuerte, vaya, que brazo, haces pesas? Yo tenía un novio que las hacía. Estaba todo el día en el gimnasio y eso. Mucho musculo pero poca polla, jajaja, en serio, la tenía minúscula. Es de la mierda que se meten, que se la deja así, anabolizantes y eso. A mí las drogas, nada de nada, mira, ni fumo. Oye ahora tengo frío, qué cosas. Me acompañas a mi hotel por una chaqueta, tendría que haber cogido una, pero es que hacía calor y este vestido es tan divino. Jajaja, para estar guapa hay que sufrir. Me agarro a ti, vale? Es que estos tacones son peligrosos, y mezclados con el vino más. Ves, es este, ya te he dicho que estaba al lado. Antes he venido andando. Ven, sube conmigo. Si no te importa me voy a cambiar de zapatos, que estos me estan matando. Hola Toni. Toni es el de recepción, muy simpático pero creo que es gay, antes ni me ha mirado el escote. Tu si, jajaja, tranquilo, me gusta, para eso me lo he puesto. Cojamos el ascensor. Uy mira que me ponen a mí los ascensores de hotel. Es una fantasía que tengo. De siempre. Y este más, con ese espejo tan grande, que morbo. Sabes? Me gustas un montón. No sé si es el vino pero estoy a punto de hacer una locura. Umm, que fuerte, así. Oye que bien lo haces. Mira, mi piso, lastima. Ven corre. Vamos a mi habitación. No es gran cosa pero la cama es grande. Espera que ponga la llave en la ranura para la luz. Uy, que fogoso. Uy, jajaja. Me gusta, así, oh. Vaya. Sigue, sigue. Cuidado con el vestido. Espera. Me lo quito yo. Te gustan mis braguitas, así, quitármelas. Despacio, umm, me gusta eso que me haces. Oh. Me encanta que chupes así, oh,oh sigue, no pares. No pares. Ummm, ay, al imbécil de mi ex no le gustaba hacerme esoooh. Joder, que arte tienes, sigue, sigue. Oooh. Mierda, ven, ven aquí, necesito que me folles, follame. Espera. Te desabrocho, quítate tú la camisa. Ven, ven, así, métela, así oOOOooh, dios que polla, me encanta, sigue, me rompes, así, así, oh, sigue, me voy a correr, no pares, por dios, no pares, me corro, sigue, así, me corooOOh….. Joder, que bien, que maravilla. Qué bien follas, que falta me hacía.. Esto ha sido el vino. Jajá. Oye, lo que tú estas muy callado, no? Cuéntame algo.

-Hola, yo soy Juan, encantado de conocerte.

La señora Rosa

Todos los hombres se masturban, todos, de una manera u otra. Y la mayoría de las mujeres también, y la que no lo hace, se le nota en el carácter.

Hay mujeres que les ofende que su chico se masturbe, como si al tener pareja ya no estuviera bien. No tiene nada que ver, es como jugar al fútbol y entrenarse para jugar al baloncesto, dos cosas totalmente diferentes. Imagino que ellas piensan que si se masturba es que no tienen suficiente con ellas, que si no tienen suficiente se buscaran a otra, que seguro que ya la tiene, que se la está pegando con otra… La cabeza de las mujeres en pareja funciona así. Yo os puedo asegurar que si un hombre os dice que no se masturba, os está mintiendo.

El primer piso en el que viví solo era un cuchitril en un barrio en las afueras de Badalona. Era un ático sin ascensor, pequeño como una caja de cerillas pero con una terraza muy cuca. Helado en invierno y un horno en verano, pero con una terraza muy cuca. En un barrio chungo donde me abrían el coche cada dos por tres y donde daba miedo bajar la basura por la noche, pero con una terraza muy cuca.

En aquella terraza pasaron fiestas increíbles, verbenas, veladas y cenas. No estaba nada mal.

Rara era la noche en la que yo, o alguno de mis amigos, no proponía algún plan en aquella terraza. Una noche de Julio teníamos previsto una fiesta de cumpleaños de una chica de la pandilla. Una excusa más para reunirnos. Habían quedado unos cuantos para venir a ayudarme con los preparativos pero, como era costumbre, no se presentó nadie. Sabedor de que, seguramente estarían en la playa o durmiendo y que después me pondrían una excusa tonta, me decidí a empezar con los preparativos yo.

Coloque un par de mesas supletorias pegadas a la pared, donde pondría las bebidas y la comida y pase un trapo mojado por la mesa principal. Barrí la terraza y colgué los altavoces fuera. Cogí una escalera de tres peldaños del cuarto de la lavadora y me dispuse a colgar unas guirnaldas y unos farolillos que había comprado el día antes. Al subirme a la escalera, distraído eche un vistazo a la terraza contigua para descubrir, sorprendido como Rosa, la vecina, tomaba el sol en una tumbona totalmente desnuda. Avergonzado retire la vista, pero soy un hombre, así que no pude resistir la tentación y me volví a asomar.

Rosa era la vecina del otro ático del edificio. Era una cuarentona de muy buen ver, alta, morena, de cuerpo voluptuoso y grandes ojos negros. La típica andaluza racial, casada con el señor Martín, un señor barrigón y patizambo, calvo y que siempre estaba sudando copiosamente. Tenían un hijo, pero estudiaba fuera. Más de un día la había ayudado con las bolsas en la escalera y me quedaba extasiado con el movimiento de su culo subiendo los escalones. Era, como decía mi amigo Pablo, una MQMF, una madre que me follaría.

Estaba tumbada perpendicularmente a mí, lo que me permitía observar todo su cuerpo, el cual, embadurnado de aceite brillaba satinado como si fuese de plástico. Los pechos, generosos y sorprendentemente firmes para su edad, apuntaban con unos pezones oscuros al cielo vacío de nubes. El vientre, plano y bien dibujado, terminaba en una pequeña mata arreglada de pelo púbico, negro como el azabache. Las piernas largas y torneadas, descansaban sobre la toalla. Repare en una pequeña pulsera en su tobillo que brillaba al sol. Tenía los ojos cerrados y movía un poco la cabeza al son de alguna canción que escuchaba a través de unos auriculares.

Conseguí salir de mi embelesamiento y con toda la fuerza de voluntad que pude reunir, continúe con los adornos. Lleve la escalera hasta la otra punta de la terraza y agarre el otro extremo de la guirnalda. Cuando termine agarre un tira de farolillos y los enganche en la pared contraria al ático de Rosa. Lleve la escalera hasta el otro extremo y, antes de subir me prometí a mí mismo no mirar. Mentí, por supuesto.

Rosa ya no estaba tumbada, ahora se encontraba de pie, de espaldas a mí, bebiendo de una botella de agua. Tengo una amiga que sostiene que, a partir de cierta edad, las mujeres nunca deben ponerse encima, por muy mona que seas, la gravedad es la gravedad, y que, tumbadas se disimulaban muchas cosas. No voy a quitarle razón a mi amiga, pero Rosa no había perdido mucho con el cambio de postura. Su culo era maravilloso, tal y como había intuido yo en los hipnóticos vaivenes de la escalera, la cadera bien definidas, con curva de guitarra y una piel morena que resplandecía untada en aceite al sol.

Casi me caigo de la escalera al esconderme cuando se volvió para volver a tumbarse. Tímidamente volví a asomarme despacio para volver a contemplar a aquella belleza morena tumbada al sol.

Solo que esta vez, la cosa aún era mejor.

Una mano de Rosa se movía despacio de arriba abajo dejando que las yemas de sus dedos le acariciaran, lentamente, sin ninguna prisa recorrió del cuello hasta el vientre, errática y distraída, pasando entre los pechos. La sensualidad que aquel sencillo gesto tenía hizo mella en partes de mí que empezaron a despertarse. La mano volvió a subir y esta vez se entretuvo en uno de los pezones que, después de juguetear unos segundos con él, lo pellizco suavemente entre sus dedos. Juraría que escuche un callado quejido de Rosa cuando en ese instante, se mordió el labio inferior, estiro ligeramente el cuello y sus piernas se abrieron un poco. La mano que tenía libre entró en acción y empezó a juguetear con aquella mata de vello púbico oscuro y ensortijado.

Yo me aferraba al borde del muro casi mareado, el calor que nos rodeaba en aquella mañana de verano no era nada comparado con el que nacía en mi interior y, me descubrí a mí mismo, tocándome por encima del pantalón corto que llevaba, no fue algo premeditado, fue un acto reflejo.

Rosa volvió a pellizcar el pezón, más fuerte y esta vez escuche sin lugar a dudas un gemido. Echó la cabeza para atrás y abrió las piernas del todo, revelando una humedad que brilló al sol como un desafío. Mientras una mano intentó abarcar todo el contorno de su pecho, dos de sus dedos desaparecieron dentro de aquella sonrosada humedad. Sus caderas se levantaron y su vientre se tensó al recibirlos. Empezó entonces un vaivén en el que sus manos, su vientre, sus caderas, sus labios, su cuello marcaban una danza que a mí, me robaba el aire mientras intentaba por todos los medios no caerme de aquella escalera aferrado al muro con una sola mano ya que, la otra, había desaparecido dentro de mi pantalón.

El ritmo de Rosa de acelero, coincidiendo con el mío, sus gemidos ya no eran disimulados y sus dedos entraban y salían de ella cada vez más rápido. Se estrujaba el pecho y su cuello estaba estirado hasta el límite, la boca abierta en un rictus de placer y los ojos cerrados.

Poco a poco fue tensando más y más hasta casi levitar por encima de la tumbona, los dedos entrando y saliendo ya en una cadencia frenética, mientras sus caderas se retorcían de puro placer. Entonces paralizó todo el cuerpo, tenso como la cuerda de una guitarra a punto de romperse, menos los dedos que ya casi no podían distinguirse de la velocidad que habían alcanzado, estuvo así unos segundos y entonces gimió fuerte, casi un aullido y un borbotón de humedad se escapó de entre sus dedos. Cayó desmadejada y rendida sobre la tumbona en el mismo instante en el que yo, ahogando un gemido en mi garganta, descargaba dentro de mi pantalón.

Tuve la sensación, con la mirada nublada y consciente una vez más del calor sofocante que me rodeaba, de que los movimientos de mi pecho desbocado, se acompañaban con los de Rosa que, tumbada inerte intentaba recuperar el aliento. Allí estuvimos durante un par de minutos, intentando ambos domar el ritmo de nuestra respiración hasta que, Rosa se puso en pie y me obligó a volver a esconderme. Asome una última vez la cabeza para ver como caminaba hacia la entrada de la vivienda, moviendo las caderas arrastrando a su lado la toalla que llevaba distraída en una mano. Antes de entrar se detuvo y volvió ligeramente la cabeza hacia donde yo estaba. El corazón se me detuvo en el pecho, permanecí inmóvil con la esperanza que no me viera, entonces, sonrió pícara y desapareció en el interior del piso.

Aquella escena se repitió bastantes días durante aquel verano, siempre a la misma hora, hasta el día en el que el hijo de rosa vino a pedirme un poco de aceite. Pero esa historia ya la contaré otro día.

Silvia y Leo

Si podéis imaginar a una pareja que no pegan ni con cola, que ves que no encajan, que no tienen nada en común, esa era sin duda la que formaban Leo y Silvia.

Llevaban siendo novios desde los 14 años, así que muchos entendíamos que su relación se basaba en la inercia. Ella era una mujerona, racial, exuberante, de esos caracteres que enseguida se vuelven el centro de todo. Vestía siempre muy provocativa y era un torbellino. Hablaba por los codos, y tenía unos ojos rasgados que quitaban la respiración a cualquiera.

Leo era todo lo contrario, apocado y soñador, con alma de poeta y dado a distraerse con las musarañas a la primera ocasión. Delgado y con pinta de ratón de biblioteca, el antagonista perfecto al huracán Silvia.

Yo era el informático oficial del grupo, eso no significaba que me dedicara a eso, nada que ver, significaba que se me daba bien y era el que me dedicaba a formatear ordenadores, programar vídeos, instalar programas y si me dejaba, hasta reparar la lavadora de familia, amigos y conocidos.

Un día Silvia me comento que su ordenador iba más lento que el caballo del malo y que le estaba siendo imposible hacer unos trabajos de texto que le habían encargado, así que me ofrecí a solucionarlo y quedamos en que me pasaría por casa de Leo y ella a ver qué podía hacer.

El día a la hora indicada me presente en su casa con mi carpeta de programas y cargado de la paciencia necesaria para reparar los desaguisados que la gente suele hacer a sus ordenadores. Llame al interfono y al subir me encontré la puerta entornada. Asomé la cabeza y lancé un hola al cual me contestó desde dentro Silvia con un: -Pasa, pasa, no te cortes.

Nunca había estado en esa casa así que empecé a entrar cauteloso. El recibidor daba a un pasillo largo y estrecho con tres puertas abiertas en su pared derecha y lo que parecía un comedor al final. Pase por delante de la primera puerta donde me encontré una habitación llena de trastos. Lo que parecía un mueble sin montar descansaba en el suelo apoyado en la pared aun metido en su embalaje, varias cajas de cartón, una tabla de planchar con una plancha descansando encima y un tendedero portátil abarrotado de ropa tendida. La composición la coronaba la típica bombilla desnuda sin lámpara colgando del cable.

Continúe por el pasillo y la segunda instancia resultó ser el dormitorio de Leo y Silvia. Una cama grande y desecha con un gran cabezal de estuco veneciano con dos mesitas de noche una abarrotada de libros y la otra con una pila de revistas del corazón, folletos de supermercado y demás papelería. Era fácil adivinar en qué lado de la cama dormía cada uno. En la pared a la que apuntaba los pies de la cama había un espejo de grandes dimensiones y una mesa donde descansaba el monitor de un ordenador donde ondeaba  la bandera del salva pantallas de windows.

Antes de llegar a la tercera estancia el sonido del agua cayendo en la ducha me adelantó de qué habitación se trataba. Asome tímido la cabeza al en la jamba de la puerta que estaba abierta de par en par. Frente a mi distinguí la inequívoca silueta de Silvia desnuda en la ducha a través del cristal esmerilado de la mampara.

-Está en la habitación, Juan, enseguida salgo- me grito desde la ducha acercando su cuerpo más al cristal, lo que dio más definición a la imagen y pude distinguir sus generosos pechos- tú mismo, haz lo que veas.

Azorado me aparte de la puerta aunque me sentí tentado de echar otro vistazo. Cuando estaba a punto de hacerlo oí como se cerraba el agua, así que me apresure a sentarme frente al ordenador.

Moví el ratón y el salvapantallas desapareció, demorando bastante en mostrar otra cosa que no fuese una pantalla en negro. -esto me va a dar trabajo- pensé justo en el momento en que la pantalla me solicitaba una contraseña.

-Cuál es la contraseña?- brote haciendo pivotar la silla de oficina hacia la puerta y encontrándome a Silvia que entraba en la habitación envuelta en una toalla y secándose el pelo con otra más pequeña.

Me gire pudoroso hacia el ordenador solo para comprobar que el espejo de la pared me devolvía la imagen de Silvia trasteando en el armario y los cajones eligiendo y sacando prendas que dejaba sobre la cama.

-Es un engorro, no puedo hacer nada- me dijo mientras se terminaba de secar el pelo con la toalla- va lento y se me abren un montón de pantallas con publicidad.

– Es no-normal- dije tartamudeando- habrá que formatearlo.

-Como tu veas- contestó saliendo de la habitación- tú eres el experto.

Cerré los ojos y conté hasta diez, Juan, es la chica de Leo, tu amigo, concéntrate, haz un apaño y márchate.

Hice un diagnóstico rápido y saque un par de herramientas de limpieza de mi carpeta. Metí los Cds en la bandeja y ejecute un programa de reparación. Cuando la barra de progreso empezó a marcar el porcentaje de carga, Silvia regreso a la habitación.

-DonDonde esta Leo?- pregunte

-Le ha salido una faena- contesto dibujando una sonrisa pícara- no regresará hasta la noche.

Y dicho eso lanzó una generosa ración de crema en la palma de su mano, subió la pierna encima de la cama y empezó a aplicarla por el muslo mientras yo atisbaba desde el espejo como la toalla apenas podía ocultarme nada.

Mi corazón palpitaba como una locomotora y en mi pantalón una dolorosa erección estaba a punto de hacer estallar la cremallera. Me costaba respirar y la dichosa barra no estaba ni en el 30%.

Decidí que ya no podía aguantar más y me puse en pie como un resorte recogiendo mis Cds y metiéndolos en su carpeta.

-Bueno, yo me voy-dije apresurado- tu estas ocupada y así puedes vestirte tranquila… Dejo esto funcionando, ya me devolverás el Cd..

Agarre todos mis bártulos y me dirigí a la puerta de la habitación, pero Silvia me cortó el paso

-Pero no te vayas así, hombre- me dijo plantándose en mi camino- a mí no me molestas, quedare y tomate algo, quieres un café?

-nno, gracias- para café estaba yo

-Una Cocacola?

-no, no, de verdad, no me apetece- mentí notando la garganta seca como un estropajo

-Vamos, seguro que hay algo que te apetece- y diciendo esto de quito la toalla y se quedó totalmente desnuda ante mí. La visión era increíble, tenía un cuerpo torneado y bien dibujado, con un pecho grande y firme que desafiaba a la gravedad apuntando sus pezones directamente hacia mí, un vientre plano que terminaba en un pubis rasurado que me se antojaba el lugar más cálido y confortable del mundo. Estaba allí parada, desafiante, con las piernas separadas como un torero esperando la embestida

-Pepepero tu estás loca?- conseguí decir

-va, bobo- me dijo acercándose- si estás deseándolo.

Se pegó a mi acariciando mi pecho con la mano, intente retroceder y mi espalda chocó contra el armario, pego sus caderas a mi apretando mi entrepierna con su pubis, yo iba a, literalmente, explotar. Entonces me beso, y el mundo empezó a dar vueltas alrededor mío, la carpeta de discos se me escurrió entre los dedos y cayó pesadamente al suelo junto a mí. Agarre su sedoso pelo con una mano devolviéndole el beso mientras la otra mano se maravillaba de lo duro y firme que era su culo. Diestra me desabrocho el pantalón y liberó una polla palpitante que se moría por ella, Solté un gemido cuando la apretó entre sus dedos, iba a follarmela, nada más importaba en aquel momento, era una diosa, que suerte tenía el cabrón de Leo…. Leo….

La cordura volvió a mí de pronto, Leo, Leo era mi amigo, no podía hacerle eso. La separe bruscamente de mí, ella se sentó en la cama confundida.

-Esto no está bien- dije mientras volvía a meter mi polla en los pantalones a desgana, casi podía oír como protestaba- eres la chica de mi amigo, yo no soy así.

Recogí la carpeta y salí del piso dejando atrás a Silvia. Aunque he de reconocer que, mientras esperaba el ascensor y mi polla palpitaba en el pantalón, necesite de mucha fuerza de voluntad para no volver.

Durante las dos semanas siguientes aquel episodio me atormentó, necesitaba contárselo a Leo, él era mi amigo y no se merecía una traidora así, le destrozaría el corazón pero a la larga era mejor, no tenían nada en común, no se parecían en nada. Al final, después de las dos semanas me decidí a contárselo fuese como fuese, le llame y le pedí si podía venir a mi casa, que tenía que hablarle de un tema importante. Vino por la tarde, tal y como habíamos quedado, di mil vueltas al tema sin encontrar la manera de explicárselo. La final decidí que la mejor manera era de golpe, sin paños calientes..

-Leo, tengo que confesarte algo que no me es fácil- le dije mientras buscaba las palabras

-La verdad es que yo también me soltó y se abalanzó sobre mí y me beso, fue un beso dulce y atropellado, me quede sin poder reaccionar, con los ojos abiertos de par en par mientras todos los fusibles de mi cabeza saltaban. Al final se separó de mí con una expresión interrogante en su cara..

-Pepero Leo? – le solté

-Lo siento Juan, pero no podía aguantarme más

-Pero tú, tu… Y Silvia?- farfulle intentando atar cabos

-A Silvia la quiero- me dijo- pero tú me gustas

-Leo, esto no puede ser, tú no… Yo no..

– Lo sé- bajó la mirada- lo siento

Y se dirigió a la salida como un alma en pena y una expresión en la cara de tristeza. Justo cuando abrió la puerta abrí la boca y alce la mano hacia el con la intención de detenerle, aun no le había explicado lo de Silvia… Deje caer mi mano, cerré la boca y le deje marchar sin decir nada, al fin y al cabo, al final había resultado que si tenían algo en común…

Marta

Empezó con la rutina en que se ha convertido nuestro intento de alejar la soledad en esta segunda década del siglo XXI, un me gusta en una aplicación de almas solitarias, un tímido saludo en el chat, una primera aprobación basada más en la ausencia de rarezas que en un feeling real, una cita a ciegas basada en unas fotos de mala calidad y una conversación fútil.
El primer encuentro fue en el día más frío que conozco, llego tarde, no mucho pero se me antojó eterno, tiritando como estaba de nervios y puro frío. La vi llegar espere que pagara la carrera ensayando una sonrisa torpe que sabía, sería mi carta de presentación. Normalmente en estas aplicaciones para conocer gente solemos poner las fotos en las que más favorecidos estamos y cuando se produce, cuando ocurre, el encuentro real, siempre hay un ramalazo de decepción, una sensación de pequeña estafa al comprobar que nadie es tan atractivo como se vende, pero es algo que damos por hecho, es parte del juego. No era el caso, sino más bien lo contrario, era guapa, mucho, las fotos no le hacían justicia, tenía unos ojos preciosos, enormes, claros. Clavó aquella mirada de acero en mí y mi respiración se detuvo ese instante eterno en el que intentas dislumbrar si tienes su aprobación.
-Hola, qué tal?- y los dos besos de rigor. Su voz era sorprendente, nada que ver con la idea preconcebida que había formado en mi cabeza de cómo sería. Era una voz cristalina, divertida, juvenil, una voz vital y abierta. Un timbre de voz travieso y franco que me enamoro de inmediato. Ya tenía dos de mis sentidos conquistados, la vista y el oído.
Caminamos ateridos buscando un lugar para tomar algo y huir del terrible frío. Una conversación banal por callejuelas a un paso rápido, demasiado rápido. Una cadencia al caminar mezcla del frío que nos apuñalaba y los nervios típicos de la situación.
El abarrotado bar nos acogió en un rincón, solos entre la multitud. Mientras un cantante destrozaba canciones míticas en un minúsculo escenario, ella se empezó a deshacer de capas de ropa. Tenía un cuerpo sencillo, bonito, sin alardes. Aún así, atractivo y de una sensualidad tranquila. Vestía de una manera informal, sin esconder y sin mostrar, ese estilo que pocas mujeres dominan de estar arreglada sin parecerlo.

La conversación fue divertida, amena, saltando de un tema a otro sin mucha continuidad. Me sentía a gusto y, me daba la sensación de que ella también.

En un momento dado, por avatares de la conversación, empezó a enseñarme fotos de su destartalado móvil, fotos de ella en poses divertidas intentando convencerme de que no era fotogénica, aunque yo la encontraba guapísima. Fotos de sus amigas, de su hijo, de salidas y mil locuras que era su vida. Poco a poco nos fuimos acercando el uno al otro para compartir la minúscula pantalla donde se mostraban las instantaneas y entonces me llegó su olor. Olía dulce, cálido, acogedor, delicioso. Era un olor agradable y embriagador, para nada disimulado por perfumes o productos de aseo. Una de aquellas fragancias que te evocan una sonrisa, olía a nubes de azúcar, a canela, a me gusta esta chica. Ya tenía conquistados tres de mis sentidos.

En el carrusel de fotos, todas con una historia divertida detrás, apareció la foto de un señor mayor, elegante, de mirada sincera y bonachona, de bigote canoso y porte altanero. Su mirada cambio, dudo por un momento en pasar la foto sin más, su dedo titubeó sobre la instantánea por unos instantes, suspiro intentando controlar unos sentimientos que se le desbordaba en el rostros, la mirada. Con la voz queda me explicó que era su padre, fallecido hacía no el suficiente tiempo para que el dolor no fuese insoportable. Me contó cómo, dónde, cómo se sintió, como se sentía. Me contó el amor que sentía por su madre, el tiempo que habían sido todo el uno para el otro. Me expreso, a veces sin palabras el orgullo que sentía por el, por ellos. Me explicó, con un hilo de voz que luchaba por disimular una mirada triste en unos ojos humedecidos por la congoja que ellos, sus padres, habían hecho una promesa cuando se conocieron, que bailarian su canción, aquella canción que era mágica para ellos, siempre que estuviesen juntos y sonase, estuvieran donde estuvieran sin importarles dónde fuese. Y lo habían cumplido toda la vida sin excepciones, en mitad de la calle, en un centro comercial, en casa, con amigos o rodeados de perfectos desconocidos. Aquella historia me produjo una envidia increíble, unos celos arroces y una esperanza que suelo perder a menudo. El verdadero amor existe y algunos privilegiados tienen la gran suerte de conocerlo en su vida.

En estos cuentos que escribo puede parecer que su tema es el sexo, en realidad el tema es otro, es la intimidad. No hubo sexo con Marta aquella noche, pero aquel momento fue muy íntimo, muy personal. Me sentí cerca de ella como hacía mucho tiempo que no me he sentido con nadie y, al menos para mí, fue bonito.

Cuando ya no pudo controlar más sus sentimientos dejo de hablar, con los ojos fijos en la pantalla, junto a mi. Sentí la lucha interior, el peligro de derrumbarse. Le ofrecí un pequeño achuchón consolador, torpe y tímido. Lo agradeció, o al menos no lo rechazó, fue solo un instante, un broche final para aquel momento que empezaba a alargarse demasiado.

En el abrazo mi mano toco su piel, y me encantó, cautivo mi sentido del tacto igual que había hechizado los del oído, la vista y el olfato… lastima que el gusto se quedó en el tintero.