Sofia

A Sofía la conocí una mañana de mayo en Lloret de mar, durante una feria medieval, que es una feria como otra cualquiera, pero con la gente disfrazada.

Estaba curioseando un puesto de aceites e inciensos y al coger un paquetito con olor a sándalo, escuche su voz cantarina detrás de mí:- este es muy afrodisíaco- y siguió a lo suyo como si no hubiera dicho nada.

-Estás segura?- Le pregunté con mi mejor sonrisa

-Sí, soy una experta- me contestó pícara- pero tú no lo necesitas

-y eso cómo lo sabes- levante una ceja

-Por tu aura- me fijo como si fuese lo más normal del mundo- tienes el aura más sexual que he visto nunca..

El halago me gusto, lo reconozco, aunque mi alarma mental detecta locas se puso a sonar a un volumen estridente, enseguida le tapó la lujuria en cuanto aprecie mejor las curvas de Sofía. Llevaba un vestido estrambótico que quería representar a una zíngara, con su melena pelirroja atada en una especie de moño descuidado que dejaba al aire un atractivo y pecoso cuello. Unos enormes ojos verdes de pestañas imposibles destacaban en una cara salpicada de pecas y pálida como la luna. El cuerpo era menudo y de pecho no muy generoso, pero era espigado y grácil, y aquel atuendo colorido le daba un morbo increíble.

-Y que más te dice mi aura? – le interrogué

-pues que me vas a invitar a almorzar- me dijo resuelta y agarrándome de la mano me arrastro entre el gentío hacia la zona donde estaban los puestos de comida.

Verla comer, aunque comer es un eufemismo, era un espectáculo. Devoraba como un animal, tragaba y engullía sin parar de parlotear mientras yo me preguntaba dónde narices metía toda aquella comida viendo su menudo cuerpecito. Era un torbellino, me contó que era de un pueblo de Murcia, que se había echado un novio hippy con el que se vino a vivir a Tarragona y que, una vez finiquitado el hippy, andaba por lloret haciendo de profesora de yoga en un par de hoteles pero que llevaba unas semanas sin trabajar, que trapicheaban aquí y allá. Todo esto lo soltaba con una metralleta mientras trozos imposibles de carne al brasa y salchichas desaparecían como por arte de magia en su boca.

Engulló el último trozo, se limpió la aceitosa boca con la manga del vestido y se aplatano en la silla de madera soltando un sonoro eructo.

-Joder, que a gusto me he quedado- exclamó con una risa- y ahora, que hacemos?

-no lo sé- dije sonriendo- qué te apetece?

-Vamos a bañarnos- soltó de pronto mientras se levantaba como un resorte y me arrastraba hacia la playa.

Tiro de mi los doscientos metros que nos separaban de la arena, me descalce y note como estaba muy fría, estaba siendo un mes de mayo muy soleado, pero aún era pronto para la temporada de playa. Sofía parecía ajena a aquello y caminaba errática hacia la orilla moviendo los brazos como si estuviera bailando.

La alcance donde la arena empieza a estar mojada sentada quitándose unas sandalias de piel que le daban mil vueltas a los tobillos.

-Estas segura que te apetece bañarte? – le pregunté- el agua debe de estar helada.

-Por supuesto- exclamó mirando al mar- me baño todos los días del año!

Y entonces se puso de pie, se quitó el vestido por encima de la cabeza con un diestro gesto y me lo lanzó a la cara, el breve instante que la tela me cegó no me impidió ver como corría hacia el agua totalmente desnuda, no llevaba nada bajo aquel vestido.

Mire hacia el paseo, donde nadie parecía reparar en nosotros y me quedé allí de pie, dejando que el sol me acariciara mirando embelesado aquella sirena desquiciada.

Estuvo su buen cuarto de hora en el agua, nadando y zambulléndose ajena por completo a mí, entonces salió, tiritando salvajemente, sus labios estaban azules y temblaban sin medida.

-Estaba perfecta- mintió, me arranco el vestido de las manos y se lo enfundó con la misma destreza que se lo había quitado -deberías haberte bañado conmigo

-Seguramente- le dije y la contestación pareció agradarle, se acercó a mí, se puso de puntillas y me beso.

La sorpresa inicial me abandonó pronto y enseguida me deje llevar por aquel beso salado, de labios fríos. Enrede mis dedos en el rojo pelo mojado y allí deje que el tiempo pasara perdido en sus labios.

Cuando por fin nuestros labios se separaron me quede mirando aquellos gigantescos ojos esmeralda.

-Y ahora que te apetece? – lepreguntée sin levantar la voz

-Ahora?- se preguntó a si misma con un divertido gesto de morderse el labio y desviar la mirada como pensando- ahora nos vamos a mi casa a echar un buen polvo- y con la misma determinación con la que me llevaba arrastrando desde que la había conocido, me agarro de la muñeca y me guió por las calles de Lloret.

Vivía en una planta baja del barrio de Los Pavos, una típica casa de pescadores de fachada blanca y construcción irregular. Sentada en la puerta de la casa había una anciana que debía de tener unos ciento cincuenta años en una silla de mimbre, vestía totalmente de negro y hacía ganchillo distraída. Sofía empujo la puerta sin llave y me arrastro a una soleada estancia ocupada por una mesa de linóleo descascarillado, tres sillas desjuntadas, una especie de librería desvencijada repleta de muñecos de los que suelen regalar las hamburgueserías con el menú infantil y una montaña de periódicos y revistas apilados contra una pared.

Me soltó la mano mientras cruzaba la estancia camino de otra habitación que había al fondo, mientras la cruzaba dejo las sandalias, que no había vuelto a calzarse después del baño, sobre la mesa, y sin dejar de caminar se despojó del vestido que lanzó sobre una de las silla. Me quede boquiabierto contemplando como se contoneaba totalmente desnuda. Se giró sensual, se recostó sobre la jamba de la puerta y soplado un tirabuzón que le caía sobre la cara me enamoro perdidamente con una pícara sonrisa.

Entró en la estancia desapareciendo de mi vista, dude un solo segundo y la seguí. La habitación estaba tan desnuda como la anterior, una cortina raída impedía al sol entrar por una pequeña ventana, una especie de tapiz artesanal bastante feo colgando de una pared, una silla con una montaña de ropa encima y un colchón en el suelo en el que estaba Sofía recostada totalmente desnuda. Me miró divertida, abrió las piernas de par en par mostrando abiertamente su sexo y me soltó con una voz cantarina:- piensas quedarte ahí?

Durante las tres horas siguientes estuve montado en una montaña rusa de la que jamás hubiera querido bajar, Sofía me mordió, chupo, araño, acaricio, ronroneo, cabalgó, beso, susurro, amo, odio, lamió, miro, canto, bailo y follo como si no hubiera un mañana. Sus orgasmos se sucedían uno detrás del otro y ella los recibía gritando, no tenía fin, me agoto de tal manera que, después de correrme por tercera, o cuarta no lo recuerdo, vez me quede dormido boca bajo en el colchón.

Desperté cuando el sol ya no discutía con la cortina, me incorpore desorientado y sin rastro de mi pelirroja amante. De la sala contigua, la de los periódicos apilados me llegaban voces de gente. Me vestí rápidamente buscando mi ropa desperdigada por toda la habitación. Al ponerme los pantalones mi cartera cayó al suelo, comprobé que mi dinero había desaparecido, no era mucho, Sonreí.

Salí de la habitación y me encontré a dos señores mayores, de unos 60 años y una mujer gorda de unos cuarenta sentados en la mesa comiendo pan con un queso amarillento.

-Buenas tardes- dije titubeando

-prietenul tău, nebun, a mers destul de în timp ce- me dijo la mujer señalando la puerta de la calle

-Perdón, no le entiendo…- me disculpe

-nu înțeleg? a fost un timp în urmă- me encogí de hombros sin entender

-mânca niște brânză, asigurare de care aveți nevoie pentru a recupera- me dijo uno de los hombres ofreciéndome el queso, a lo que los demás rieron con fuerza

-lo siento, no les entiendo- les dije reusando la comida- creo que debería irme.

Y salí de la casa, la anciana seguía allí, en el mismo lugar, con su labor entre las arrugadas manos, ni me miro.

Volví a mi casa, me duche y cene algo, estaba hambriento, me metí en la cama y tarde mucho en poderme dormir.

A la mañana siguiente volví al mercado, estuve horas recorriéndolo de arriba abajo buscando a Sofía, no había rastro de ella. Cuando ya me resignaba a marcharme me encontré en el puesto de incienso en el que la había conocido la mañana anterior. Cogí uno de los paquetes con aroma a sándalo y lo acaricie distraído

-ese es afrodisiaco- me dijo el dependiente

-sí, eso me han dicho- conteste.

Patricia

Salí un tiempo con una chica, Patricia, que tenía la desquiciante costumbre de decir siempre la última palabra. Siempre tenía que salirse con la suya de una u otra manera. Al principio me deje llevar, era una persona dominante, que le vamos a hacer. En contrapartida era un bellezon. Alta, de cuerpo escultural, elegante al vestir, de pecho generoso y una de esas miradas que derriten la más férrea voluntad.

La mañana del 31 de diciembre quedamos con otra pareja para hacer unas compras y terminar de organizar la noche. Estábamos en una terraza del centro comercial tomando algo cuando Patricia me pidió que le trajera unas servilletas. No lo pensé y me levante a buscarlas y al regresar me encontré a la otra pareja haciendo mofa sobre mí. Resumiendo se burlaban de lo servicial de mi comportamiento imitando socarronamente  la petición de Patricia mientras ella mantenía la broma jactándose de que me tenía dominado.

Aquello hirió gravemente mi orgullo y en un ataque de machitis desande teatralmente el camino para dejar las servilletas de donde las había cogido, para regresar y sentarme en mi sitio con un -sabes que te digo? Que las vayas a buscar tú

-Juan, ve a buscarme las servilletas- ordeno medio en broma medio en serio

-No – conteste tajante

-Juan, no juegues conmigo- aquella sonrisa daba miedo- tráeme las servilletas

– No- repetí moviendo como un niño caprichoso la cabeza

-vaya, parece que no lo tienes tan dominado- se burló la amiga

-es tu última palabra?- asentí- bien, tú mismo, ya vendrás, ya…

Acabamos las compras y nos despedimos hasta la noche, patricia continuo la broma y se negó a darme un beso de despedida -no hasta que no me traigas las servilletas- reí y me marche.

Aquella noche cenaba en casa de los padres de Patricia, una familia muy simpática a los que había conocido un par de meses atrás y que me trataban de una forma muy cordial. Entre saludando a todo el mundo y al ver a patricia se me cayó el mundo al suelo. Estaba espectacular, no hay otro adjetivo, espectacular. Llevaba un vestido de piel ajustado, de escote palabra de honor, ese que no lleva tirantes ni mangas, del cual intentaban escapar sus dos maravillosos pechos. La piel se ajustaba a su cuerpo dibujando su forma de guitarra hasta llegar a una falda que, de más corta, perdería la categoría de falda. Sus largas y torneadas piernas acababan en unos zapatos de tacón que desafiaban el equilibrio de cualquiera. Ya lo he dicho, no hay otra palabra que la describa, espectacular. Me acerque a besarla y ella me aparto la cara con una sonrisa. No hay servilletas, no hay beso.

Nos sentamos a la mesa decorada con un exquisito gusto y abarrotada de viandas, yo frente a ella y no me sorprendió comprobar que en el sitio reservado para mí, no había servilleta. La mire pícaro y ella me respondió con un mohín travieso.

Cenamos entre risas y bromas y después de recibir el año nuevo nos despedimos de su familia y nos adentramos en la noche. -Estas muy guapa esta noche- le dije en el ascensor.

Gracias- respondió distraída arreglándose en el espejo

-No piensas darme un beso?- le recrimine.

Se acercó a mi cariñosa, me arreglo el nudo de la corbata y acerco sus labios a los míos, pero en vez de besarme, los esquivo y se dirigió a mi oído -No, hasta que reconozcas quien manda aquí

-Soy inmune a tus encantos- dije fanfarrón

-estás seguro?- Contestó con un aplomo que asustaba.

Habíamos quedado con el grupo en una discoteca no muy grande, en la que por un previo exorbitado nos ofrecían música pachanguera, una bolsa de cotillón del todo a 100 y barra libre de garrafón del bueno. Pese a eso, lo importante era la compañía y estábamos dispuestos a divertirnos de lo lindo.

Patricia estuvo provocándome durante toda la noche, la verdad es que estaba irresistible, pero me mantuve firme y ella también hasta que, ya bien avanzada la noche la vi sentada en la barra bebiendo una copa de cava.

– Este año no me has dado un beso aun- le dije al oído acercándome por detrás y rodeando su cintura.

-Porque tu no quieres, ya sabes lo que hay- respondió

-No vas a salirte con la tuya- me jacte- ya te he dicho que soy inmune a tus encantos

-Estas seguro?

-Por supuesto

-totalmente seguro- insistió

-Por supuesto- repetí

Entonces hizo rotar el taburete hasta ponerse de frente a mí, cogió mi mano y la deposito sobre una de sus piernas, me miro a los ojos y, ajena a la multitud que nos rodeaba, abrió las piernas un poco, agarro por la muñeca y obligo a mi mano a deslizarse por la media de nailon en dirección a su entrepierna. Note el suave raspar de la media en mis dedos, note como se terminaba en un encaje y sentí el calor de su piel en mi mano. Continuó empujando y ya no encontré más tela que parase mi avance. La humedad de su sexo desnudo mojo la punta de mis dedos. Abrí los ojos de par en par y abrí la boca para no decir nada, ella sonrió triunfal y abrió un poco más las piernas. La yema de mis dedos se colaron entre los pliegues de su sexo y ella se inclinó hacia mi hasta colocar sus labios junto a mi oído. Empujo firme de la muñeca y dos de mis dedos desaparecieron dentro de aquel calor embriagador.

-Pero… Estas seguro del todo?- me susurro  al oído con un roto de placer en su voz.

Entonces tiro de la muñeca para separarme de ella, se giró distraída hacia la barra y dio un sorbo a su copa de cava ignorándole por completo.

Cogí mi abrigo del guardarropía y salí a la calle con un frío que cortaba la respiración. Recorrí varias manzanas a pie durante más de 20 minutos hasta que encontré una gasolinera de las que abren 24 horas. Regrese a la discoteca con una bolsa de plástico en la que había todas las existencias de servilletas de papel de la tienda.