La novia de mi amigo Santi

La novia de mi amigo Santi no era nada del otro mundo, no era fea, pero tampoco podríamos decir que era guapa. Tenía una bonita figura pero su forma de vestir y sus andares cansinos no le favorecían nada. Tampoco era simpática en exceso ni tenia una conversación que enganchara, era simplemente la novia de mi amigo Santi.

Por suerte era casi invisible, seguía a Santi sin molestar ni hacer ruido, mientras él parecía cadí ignorarla por completo. Yo llegue a ver como el intentaba ligar con unas chicas en la playa tumbado en la misma toalla que ella. Ya os digo, la ignoraba por completo la mayor parte del tiempo, y a ella jamas la vi quejarse ni llamar la atención, además, las pocas veces que hablaba lo hacía en un tono bajo, tímido y con un hilo de voz.

Un verano planeamos irnos unos días de vacaciones un poco a la aventura. Dos tiendas de campaña e ir recorriendo playa tras playa en tren hasta que el dinero se nos acabara. En un principio el plan era mi amigo Santi, su novia, yo y una chica con la que llevaba un par de semanas saliendo, pero a pocos días de salir se echó atrás. La verdad es que acabaron siendo unas vacaciones de película, nos lo pasamos genial, nos reímos, tomábamos el sol, nadamos, íbamos al ritmo que nos apetecía y más de una noche no dormí solo en mi tienda acompañado de chicas de los distintos lugares que visitamos.

En diez días llegamos más allá de la costa Murciana antes de que la economía nos obligara a iniciar el camino de regreso.

Habíamos decidido hacer parada el último día antes de llegar a Barcelona en Tarragona. Santi conocía una playa increíble junto a la cual había un bosquecillo en el que estaba permitido plantar las tiendas de campaña.

Me había quedado dormido mecido por el traqueteo del tren y el sol que entraba por la ventana cuando un grito de Santi y un zarandeo me alertaba de que nos pasábamos de estación. Salte de mi asiento para comprobar que era cierto y saltamos del tren segundos antes de que las puertas se cerrasen entre risas y un fuerte golpe en mi espinilla. Las risas acabaron en cuanto, justo cuando el tren comenzaba a rodar por la vía, que no llevábamos todo el equipaje. Faltaban una bolsa y una de las tiendas de campaña, la mía. Perseguimos al vagón por el andén golpeando la ventanilla con inútil resultado.

El jefe de estación, ante nuestras súplicas nos dijo que no había nada que hacer, que el había dado aviso y que, si algún pasajero lo entregaba al revisor, podríamos intentar probar suerte en la oficina de objetos perdidos de la estación de Sans.

Malhumorado e impotente Santi intento animarme. La bolsa tenía en general ropa sucia, pero la tienda de campaña era de las caras, y me había costado un buen dinero. Santi me aseguro que, seguro que al día siguiente, al llegar a Barcelona, mi tienda estaría esperándome allí, que hoy, podía dormir con ellos en su tienda, la cual, era verdad, era enorme.

Aún no muy convencido decidí dejarme llevar y no estropear con mi mal humor el final de lo que estaban siendo unas maravillosas vacaciones.

Tardamos un buen rato en llegar a la playa de la que hablaba Santi, caminando un buen trecho sobre rocas puntiagudas y pequeños acantilados típicos de la costa  Tarraconense.

Al llegar, el cansancio y el cabreo se esfumaron de golpe, el sitio era un paraíso. Un bosquecillos de coníferas acababa justo en la arena de una playa de arena fina en la que el agua, ausente totalmente de oleaje por la distribución de las rocas que tanto habían entorpecido nuestra llegada, lamia dócilmente la orilla.

Soltamos los dos los bultos y corrimos como posesos quitándonos la ropa a la carrera para lanzarnos como dos críos al agua, mientras la novia de Santi, lánguida y parsimoniosa como siempre, arrastraba los bultos hacia el bosquecillo ajena al alboroto que nosotros formábamos.

Si las vacaciones habían sido perfectas, aquel día fue la guinda apropiada. Hicimos una fogata donde cocinamos unas salchichas y butifarras que habíamos comprado y dimos buena cuenta, sobre todo Santi, del resto de bebidas alcohólicas que llevábamos, las cuales representaban un sustancioso porcentaje de nuestro equipaje. Durante un buen rato se nos unió un grupo de tres chicas, a una de las cuales estuve tentando de que se quedara a dormir con nosotros pero que, al recordar que tenía que compartir tienda, no insistí mucho. Poco a poco fue cayendo la tarde y la playa fue vaciándose de las pocas personas que la habían habitado durante el día, inclusive nuestras amigas que demoraron todo lo posible su partida pero que decidieron irse antes de que la oscuridad que empezaba a llegar les hiciera peligroso el tortuoso camino de regreso.

Me senté en la arena satisfecho contemplando el precioso ocaso cuando se sentó Santi a mi lado con una de las borracheras más legendarias que he visto jamás, entre palabras inconexas llegue a entender que me quería y algo de unos elefantes, a lo cual sólo pude contestarle con risas y un abrazo.

-Vayámonos a dormir!- ordenó como un general ebrio a lo que le conteste que de acuerdo, que fuese entrando a la tienda que yo quería quedarme un rato más. La verdad es que estaba genial, hacia mucho calor como para apetecerme entrar en la tienda, así que me encendí un cigarro tras otro esperando allí en la arena que el sueño, esquivo me atrapara.

Pero, entre el calor reinante y los sonoros ronquidos de Santi que salían de la tienda el sueño no llegó. Pasado un buen rato oí la cremallera de la tienda y la voz de la novia de Santi que me preguntaba si no podía dormir, le dije que no y ella me contesto un -y quien si!- moviendo la cabeza hacia la tienda en el momento en el que un nuevo ronquido de nuestra marsopa particular nos arropaba. Le contesté con una sonrisa y avive inútilmente el fuego que empezaba a querer irse a dormir.

Se sentó junto a mi observando el crepitar de las llamas languideciendo sin decir absolutamente nada durante un buen rato en el que me subí en mis pensamientos.

De pronto, cuando la hoguera no era ya más que unos pocos rescoldos calientes, se puso de pie de un salto y diciendo para nadie en particular un- no aguanto este calor- se despojó de la camiseta que llevaba puesta y salió a paso rápido hacia la orilla. Estuve tentado de seguirla, pero la verdad, me encontraba muy a gusto y la pereza pudo más que el calor.

Volvió un buen rato después, la vi acercarse a la luz de una luna gigante de agosto que iluminaba toda la playa y pude comprobar de nuevo que, como había observado durante aquellas vacaciones, tenía un cuerpo muy bonito, el cual había escondido siempre tras una forma de vestir muy poco sugerente. Caminaba hacia mi estrujando el agua de pelo mientras movía muy marcadamente las caderas al andar, el bikini blanco brillaba incandescente a la azulada luz de la luna y enmarcaba aún más lo atractivo de su silueta.

Llegando al campamento me grito un- el agua estaba buenísima, tendrías que haber venido – a lo que conteste con evasivas. Fue hasta un árbol donde habíamos tendido las toallas y descolgó una con un feo y poco conseguido dibujo de un supuesto lugar paradisíaco y, para mi sorpresa, sin ningún pudor se quitó resueltamente el bikini y después de colgarlo en las ramas empezó a secarse el cuerpo frente a mi.

Volvió a colgar la toalla una vez concluida su labor y camino, totalmente desnuda y sin ninguna cortapisa hasta donde había dejado su camiseta, pasando por encima de mis piernas para llegar a ella. En vez de ponérsela, la estiro en la arena junto a mi y se arrodilló sobre ella, tiró hacia arriba de mi barbilla mientras exclamaba un – cierra la boca, chico, que te va a entrar un bicho- pícaro.

Yo no salía de mi estupor y la contemplaba con los ojos como platos, de repente agarró con fuerza el bulto que me era imposible disimular en mi bañador y me dijo mimosa: -mmm, esto es por mi?

Di un respingo e intenté alejarme de ella, pero me tenia acorralado, yo balbuceaba tontas quejas mientras reptaba hacia atrás como un cangrejo, ella gateaba hacia mi y cuando no pude retroceder más por la tienda de campaña me alcanzó y metió su lengua en mi boca sin mediar palabra.

La agarre fuerte por lo hombros y con bastante esfuerzo la aparte de mi -tu estas loca!… Santi…- le dije bajando la voz -tranquilo, ese no se despierta ni con una bomba-

Como para corroborar sus palabras mi amigo subió el tono de sus ronquidos.

Intente en vano mantenerla separada de mi, pero al parecer su voluntad era mucho más fuerte que la mía, la cual empezaba a flaquear ante la visión de aquellos pechos tan apetecibles.

Volvió a besarme apasionadamente mientras sus manos liberan mi miembro del bañador. Note una sonrisa de triunfo cuando, la subir y bajar ella la piel se me escapó un gemido entre dientes. Y así estuvo, masturbándome de una manera muy experta hasta que el último resquicio de voluntad escapo de mi y me deje llevar, respondiendo a sus besos y correspondiendo a sus caricias.

Se subió a horcajadas sobre mi y me coloco en puertas, note la humedad de sus labios que rodearon la punta de mi glande inmediatamente. Me miro a los ojos y se dejó caer entrando totalmente dentro de ella. A medida que mi pene desapareció en su palpitante entrepierna, puso los ojos en blanco, echó la cabeza para atrás y gritó.

No gimió, si suspiro, dio un grito de puro placer. Mi corazón dio un vuelco pensando en mi amigo que dormía tras una fina lona a menos de un metro de nosotros, pero aparte de el sonido de algún pájaro que alzó el vuelo asustado lo único que recibimos por respuesta fueron la cansina cadencia de sus ronquidos.

Me agarro la cara para ponerla frente a la suya y exclamando un -Joder, que ganas tenia de follarte- empezó a subir y bajar sobre mí mientras gritaba como una posesa. Era un espectáculo, gritaba, chillaba, aullaba y soltaba las más increíbles obscenidades mientras yo, precavido al principio termina dejándome llevar para terminar echando el mejor polvo de mi vida. No hubo postura que no ejecutáramos, no hubo orificio de ella que no fuese explorado por mi. Fue puro sexo, húmedo, salvaje, desatado e increíble sexo. Cuando Yo creía desfallecer su boca o sus manos volvían a implantar el deseo en mi cuerpo. Y mientras tanto Santi continuo roncando ajeno a los alaridos y obscenidades que su novia gritaba a la luna con cada uno de mis envites. Acabe agotado, con mi pene en carne viva, irritado por el titánico esfuerzo al que acababa de someterle, cuando el sol ya despuntaba al alba. No se cuantas veces termine eyaculando, de ella ya habíamos perdido la cuenta hacia horas. Nuestros cuerpos estaban exhaustos, llenos de morados y arañazos causados por el desenfreno que nos había poseído durante toda la noche. Nos vestimos con la playa ya iluminada por el sol y nos sentemos a contemplar el amanecer.

Un rato después Santi salio de la tienda, hizo un gesto de desagrado cuando el sol le dio en la cara y bostezando exageradamente nos pregunto- ¿no habéis pegado ojo en toda la noche?, ya os vale- y soltando un sonoro pedo como punto y final a su sentencia, se alejo ranqueante hacia el bosquecillo buscando orinar.

Horas después llegamos a Barcelona, y después de dejar a la novia de Santi en su casa, la cual se despidió con su ya típico y escueto, adiós, no encaminamos cansados hacia nuestro barrio.

Reímos durante el trayecto recordando las múltiples anécdotas que nos habían acontecido y en un momento dado de la conversación Santi me soltó: -Y no te quejaras, tu has follado!- mi corazón dio un vuelco- anda que no estaba buena aquella que te ligaste en Águilas! – Solté el aire aliviado- bueno, tu tampoco podrás quejarte, tenias a tu novia- le conteste- uy, que va, tío. No me ha dejado que lenfolle ni una sola vez en todos estos días, me decía que le daba corte que nos escucharas tu desde la otra tienda…