Mariló era una verdadera belleza, con poco más de 17 años era alta, delgada, de pecho firme y generoso y una larga melena rizada. Extremada en el vestir y de educación exquisita era una rareza de la que cualquier chico como yo, se enamoraría.

Estaba además en ese momento de la vida en el que una chica es una especie de doctor Jeckill y Míster Hide, por un lado estaba la educación conservadora que sus padres, un matrimonio de empresarios textiles acomodados, habían dado a su única hija y por otro la olla a presión en la que las hormonas de la pubertad convertían su cuerpo.Resumiendo, era de las que, para llegar a primera base había que convencerla con lisonjas durante un buen rato pero que, una vez metida en faena, era un volcán.

Nuestros episodios amatorios se basaban en “nuestro rincón” del parque del Molinet de Santa Coloma, cerca de donde vivía, en el cual, sentados en un banco apartado y protegido por las sombras, se convertía en nuestro nido de amor adolescente, donde empezábamos con besos y caricias con los cuales yo iba adentrándose más y más en los distintos recovecos de su cuerpo sin quitarle jamás una prenda, que era todo un arte, dar rienda suelta a la lujuria que pugnaba por salir de aquel volcán durmiente y a la vez mantener un mínimo de ilusión de decoro….

Un día los astros o las ganas se pusieron de nuestra parte, los padres de Mariló se marchaban un fin de semana y dejaron a su formal hija sola en casa, así que preparamos un encuentro más intimo y privado que el que nuestro rincón del parque nos permitia. Aunque la intención era clara, esta no se mostraba explícitamente, cosas del código de los amantes noveles de aquella época. El plan oficial era ver una película juntos y nada más, que ella no estaba segura, yo la respetaba por ello, no era el lugar y esas tonterías que parecen tan lógicas entonces y que ahora, echando la vista atrás,

El caso es que quede con ella en nuestro punto de encuentro habitual, para comprar los dos algo de picar y beber y después a casa. Ella se me presento aun más espectacular de lo que era normalmente, unos vaqueros ajustados que dibujaban una silueta que hacía parar el corazón a cualquiera, botas altas de tacón, suéter de cuello alto blanco, ceñido al cuerpo y aquella melena rizada que me traía loco. La bese realmente enamorado y la agarre por la cintura dando a entender, en el idioma secreto de los amantes adolescentes, te comería ahora mismo, ella se aparto pizpireta y con un deje de rubor.

Patatas, cortezas, cocacola, olivas una mantita y una estufa catalítica. De munición para el vídeo un par de películas malas, una de acción serie B, una comedia romántica, y mi arma secreta: una copia pirata de 9 semanas y media que me habían dejado y que yo había traído “para ver que tal”. Si, se lo patético de esa película, ahora que puede llegar a haber mas sexo en un capitulo de Cuentame, pero en aquel momento era lo mas.

Ella empezó a enseñarme la casa nerviosa, caminando excitada de aquí para allá, poniendo música, enseñándome fotos, llamando a una amiga, posponiendo el momento de sentarse a mi lado mientras yo, la miraba ir de un lado a otro, sentado recogido en el sofá, contestando a sus preguntas con monosílabos y tan nervioso o más que ella. Saben ustedes ese típico perro adiestrado al que su dueño pone una golosina a su alcance pero el espera paciente hasta que obtiene el permiso para devorarla con ansia? Pues ya saben cual era mi expresión.

Al final se sentó junto a mi en el sofá y empezamos a ver la película romántica, mala hasta para ella, decidimos cambiarla por la de ciencia ficción, aún peor, habíamos apagado la luz y bajado la persiana para dar más intimidad y la estufa catalítica nos bombardeaba convirtiendo el ambiente en algo sofocante. Propuse poner la película ” para ver que tal” y ella se hizo un ovillo a mi lado. El calor, las ganas, la situación y ver a Kim Basinguer retozando bajo la lluvia hizo lo demás.

Mis dedos dejaron de caracolear con su pelo para empezar a acariciarle suavemente, primero el cuello, la cara, ella empezó a pasar sus dedos por mi brazo, poniendo la piel de gallina, colé mi mano bajo el jersey para rozar su cintura, ella metió la suya bajo mi camiseta y me hizo dar un respingo de puro placer, me incliné sobre ella, nos besamos, primero tímidos, cariñosos, tentando, después con hambre, con ganas, con lujuria. Mis manos encontraron sus pechos y se aferraron a ellos para recibir a cambio un quejido placentero de su boca en mi oído, desabroche diestro el sujetador y la guíe, sin mucho esfuerzo para que se pusiera a horcajadas sobre mi. Apretaba su pelvis contra la mía cuando levante el suéter dejando al aire sus pechos. Me quede contemplando extasiado.
He estado con algunas mujeres en mi vida, algunas muy bellas y esculturales, pero aquellos pechos eran los más perfectos que he visto nunca, y aunque los había tocado, estrujado, besado e incluso mordido en múltiples ocasiones, jamás se me habían mostrado tan abiertamente.

Continuaba rozándose sobre el monstruo que pugnaba por escapar de mi entrepierna mientras mi boca y mis manos se concentraron en sus pechos, envalentonado hice el amago de quitarle completamente el suéter y ella lo bajó inmediatamente con una expresión en su cara de “no te pases”. Asentí y volví a levantarlo para liberar sus pechos, asumiendo las fronteras que para ella tenían lógica.

Siguiendo con el guión habitual de nuestros encuentros, la cosa se calentó lo suficiente para que, viendo yo las señales que ya conocía, ella me permitiera desabrochar el pantalón para acariciarla mientras sus movimientos se aceleraban y sus gemidos perdían pudor pero esta vez cambie la rutina y la tumbe boca arriba en el sofá, besé y mordí su pecho mientras mi mano se colaba diestra dentro de su pantalón para encontrarse con aquella mata de pelo que escondía una humedad palpitante que me recibió como a quien llega tarde, mis dedos se hundieron el ella sin ninguna resistencia mientras ella gemía y se retorcía de placer, sus dedos estirando de mi pelo, mi boca saboreando su sudor, yo acelerando mis caricias, ella subiendo sus caderas, los gemidos, el calor, el placer.

Su mano se posó en mi entrepierna y empezó a acariciarla torpemente mientras mi boca empezó a bajar por su vientre hasta llegar a la mínima parte de su pubis que quedaba a la vista por el pantalón desabrochado, empecé a pasar mi lengua por aquella frontera de tela para notar como se retorcía de puro deseo levantando las caderas ofrecida. En una de esas veces que su culo se separaba del sofá me envalentone azuzado por el calentón y con un diestro tirón baje el ceñido pantalón y la braguita de algodón hasta las rodillas, ella dio un respingo de sorpresa y a punto estuvo de parar aquello pero inmediatamente, con una destreza mitad suerte, mitad instinto, todo pasión, mi cabeza se hundió entre sus piernas y mi lengua encontró inmediatamente aquella humedad palpitante y salada. Ella aulló literalmente, levantó la pelvis al cielo, abrió las piernas todo lo que el pantalón a medio bajar le permitía, agarró con fuerza produciéndose dolor mi pelo y aullo a la lámpara del techo mientras obligaba a mi cabeza a hundirse mas y mas entre sus piernas. La humedad se desbordó, inundando mi boca, mojando mi barbilla, mi cara y el sofá mientras Marilo perdía el poco pudor que le quedaba y se retorcía mientras se corría una y otra vez. Baje mas los pantalones buscando que ella pudiera abrir más las piernas pero mi ración de suerte y destreza se había acabado por aquel día, si dejar de lamer y chupar tire torpemente de ellos para, sin quitarle las botas, dejar como mucho el estrecho pantalón vuelto del revés sobre ellas.

Seguí un buen rato regalándome placer hasta que decidí, valiente ir más allá. Me desabroche yo mismo el pantalón, y abandone su entrepierna para que mi lengua subiera reptando por su vientre, ella se quejó brevemente de mi interrupción a su primitivo placer pero se dejó hacer, repte sobre ella apretando mi sexo contra su piel, intentando llegar a mi destino, cuando ella me detuvo, me empujó apartándose y me musitó un “no, no puedo” mientras se incorporaba en el sofá y me empujaba para que me apartara de ella, me puse en pie asumiendo que hasta aquí habíamos llegado, cuando para mi sorpresa se quedó sentada frente a mi acariciando el bulto que deformaba mis calzoncillos. Lo miraba curiosa mientras recorría con la mano la forma de dibujaba en la tela. Metió un dedo bajo la tela y di un respingo. Alzó la vista con una expresión de pura travesura en su rostro y me miró fijamente a los ojos mientras estiraba del elástico hacia abajo liberando mi sexo frente a su cara. Lo agarro firmemente y lo observo detenidamente mientras mi corazón se paraba en mi pecho.
Le dio un pequeño beso, tímido, sopesando el sabor, volvió a besarlo esta vez más valientemente mientras yo la miraba con los ojos como platos y la boca abierta como un tonto. Alzó la vista de nuevo y se recreo en mi expresión durante un momento y entonces se la metió en la boca. Empezó a chuparla torpemente, de esa forma entre asco y torpeza que cualquier chica usa en su primera vez, pero que a mi me pareció el cielo. El placer me inundó como una corriente eléctrica, naciendo de mi bajo vientre y expandiéndose rápidamente erizando hasta el último vello de mi piel.
Empezó a acelerar sus movimientos mientras yo luchaba porque mis rodillas siguieran sosteniendome. El placer era insoportable, casi doloroso, y parecía no tener límite, crecía en intensidad más allá de lo que hubiera podido imaginar o experimentar en mi soledad.

Y entonces se encendió la luz, gire la vista para comprobar que los padres de Mariló entraban por la puerta cargados de enseres y bolsas de viaje. Mariló chillo, la madre de Mariló chillo, el padre de Mariló chillo soltando las bolsas, y yo, yo me corrí.
No pude evitarlo, fue algo incontrolable, el placer que había estado experimentando mas el susto hicieron que me corriera con un gemido ahogado vaciando sobre la cara de mi chica todo lo que tenía acumulado dentro de mi, con la generosidad para esos temas que tienen los chicos a esa edad.
Empezó a chillar presa del asco, la sorpresa y el susto poniéndose de pie, pero los pantalones, hechos un nudo alrededor de sus botas le impedían caminar mientras, frente a sus padres y con el jersey enrollado en el cuello, intentaba chillar sin abrir la boca para evitar que, la semilla de mi amor que le resbalaba por su cara, le entrara en la boca.

Así estuvimos durante unos segundos eternos, ella de pie y desnuda con una generosa cantidad de semen sobre su cara, yo a su lado con los pantalones bajados y mi miembro, goteando y palpitante señalando a unos padres que, con la boca abierta se mantenían sin saber que hacer o que reaccionar frente a nosotros mientras Mikey Rouke bombeaba por detrás a la rubia Basinguer al ritmo de Annie Lennox. Así estuvimos durante lo que pareció una eternidad hasta que yo, llevado por algún tipo de proceso mental que aun no logro entender, me subí torpemente el pantalón sin llegar a cubrir del todo mi erecto miembro y ofrecí mi mano a la boquiabierta madre con un cordial “Hola, soy Juanma, por fin nos conocemos. Es todo un placer”

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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