Ágata era morena, delgada, de rasgos felinos, con una de esas miradas capaces de desmontarte completamente. La conocí en internet, primero de una forma amistosa hasta que nuestras conversaciones fueron calentándose más y más. Intercambiamos fotos cada vez más subidas de tono hasta que, al final quedamos para conocernos. Una tarde me invito a su casa, un piso en una céntrica calle del eixample barcelonés, con intenciones, aunque no expresadas abiertamente, más que claras para los dos.

Llegue a la hora convenida, bueno, admito que mi deseo y mis ganas me hicieron aparecer casi dos horas antes en la dirección indicada, así que tuve que hacer tiempo en un bar cercano hasta que llegó el momento. Me abrió el portal nada más llame al interfono y subí por el ascensor hecho un manojo de nervios. La casa era oscura, muy desordenada, pero acogedora. Ella estaba bellísima, arreglada para la ocasión, descaradamente sexy y deseable.

-Pasa, pasa, estás en tu casa- me dijo- quieres tomar algo?- y se adentró en el piso delante de mí.

La seguí por un largo pasillo hasta que ella giro para dirigirse a la cocina, dejándome a la vista el resto del corredor, descubriendo al final de este a un gato persa de frondoso pelo blanco que me observaba al final.

-Vaya, tienes un gato- le comente

-Sí, es Kitty- me contesto mientras cacharreaba con vasos y armarios- es la reina de la casa.

-Es preciosa- conteste mientras me disponía a acercarme y acariciarla, pero inmediatamente el animal se escabullo alejándose de mí, se adentró en la estancia que parecía una sala de estar y de un salto se encaramo a un mueble bajo desde el que se quedó observándome de nuevo.

Ágata salió de la cocina con dos copas de vino y nos sentamos en el sofá a charlas durante un rato. Una conversación intranscendente que nos sirvió para acercarnos el uno al otro cada vez más hasta que, de una forma natural y nada forzada, pese a las ganas que ambos estábamos experimentando, acabamos besándonos, primero tímidamente, como pidiéndonos permiso, para después abandonarnos a una pasión que nos estaba carcomiendo por dentro. Mi mano se perdió bajo la ropa de ella y note como su piel se erizaba con mi contacto, ella respondió con más pasión aun subiéndose a horcajadas sobre mi sin dejar de besarme. Nos moríamos de deseo, nos invadía una lujuria y unas ganas difíciles de controlar, nos abandonábamos el uno en el otro en una orgia de besos, caricias y roces. Ella bajo de mi regazo y se arrodillo en el suelo entre mis piernas, me desabrocho la camisa mirándome fijamente a los ojos con un brillo de deseo y una expresión picara. Su lengua empezo a recorrer mi pecho en dirección a mi vientre mientras sus manos desabrochaban mi pantalón. Inundado de placer me deje hacer hasta que abrí los ojos y me encontré, frente a mí, subida aun en el bajo mueble jalado de cajones, a aquella bola de pelo blanca mirándome sin parpadear con expresión inquisidora. Sé que puede que fuese imaginación mía pero sus ojos se clavaban en los míos llenos de desagrado y odio. Me quede absorto mirándola, hipnotizado, perplejo. Me encantan los animales, sobre todo los gatos, siempre me ha maravillado la sutil inteligencia y la serenidad que insufla la mirada felina, pero aquel animal era diferente, en sus ojos no podía ver el mínimo atisbo de cordialidad, de docilidad. Su mirada era inquisidora, desafiante, maligna. Tan absorto estaba en aquel duelo de miradas que me había olvidado por completo de Ágata, que diestramente me había despojado de mi pantalón y con su boca intentaba reanimar una pasión que aquellos ojos amarillos habían hecho desaparecer por completo. Decepcionada se rindió y abandono mi entrepierna para besarme en la boca.

-Ocurre algo?-me pregunto- no te gusto?

Aquel beso y aquella pregunta me sacaron de mi trance y volví a la realidad encontrándome los preciosos ojos de la chica, con un mohín de disgusto clavados en mí.

-Perdona- le conteste agarrando con mis manos su preciosa cara y basándola tiernamente- es tu gato, me mira raro…

-Kitty?- respondió mientras se levantaba de un salto, coqueta, y cogía al animal en brazos, el cual respondió al abrazo con un cariñoso gesto de cariño hacia su dueña para inmediatamente volver a clavar su mirada en mi tornando su expresión de nuevo en aquella diabólica mascara.- Pero si es un amor!… verdad que eres la cosa más bonita del mundo?!-Le dijo al animal con una entonación infantil mientras hundía su nariz en el denso pelaje. El gato se dejó hacer sin apartar sus ojos de mí.

-No, si es preciosa- conteste- solo que… me mira raro… como si fuese a atacarme…

-Kitty? Imposible… si es un amor, no extraña a nadie, ya verás cómo en un rato estará sobre ti buscando mimos…

Aquella posibilidad hizo que un escalofrió recorriese mi espalda. Sé que seguramente lo imagine, pero al notar aquel estremecimiento me pareció intuir una maléfica sonrisa de triunfo en el animal.

-Al final voy a pensar que te gusta más ella que yo- me dijo Ágata con un retintín pícaro en su voz- pero eso lo arreglo yo- y dicho esto dejo al animal amorosamente de nuevo sobre la cajonera, el cual se sentó de nuevo a mirarme fijamente, y con un gesto rápido pero tremendamente sensual se despojó completamente de la ropa mostrándose ante mi totalmente desnuda. Tenía un cuerpo precioso, delgado, fibroso, con un vientre terso y plano, unos pechos medianos y turgentes que desafiaban a la gravedad señalándome, unas caderas apetecibles y, al girarse para perderse en un dormitorio que había tras de sí, pude contemplar un culo duro y respingón que me invitaba a seguirla.

Aquella visión me hizo olvidarme totalmente del pérfido animal, aunque he de reconocer que instintivamente, al pasar a su lado camino del edén que representaba para mi aquella habitación, me pegue a lado contrario del dintel de la puerta intentando alejarme lo más posible de aquella bola de pelo blanco salida del infierno.

Ágata me esperaba tumbada sobre la cama, totalmente desnuda, ofrecida, con las piernas abiertas mientras sus manos recorrían su cuerpo invitándome a sustituirlas, sus labios entreabiertos suspiraban de puro deseo. Me despoje de toda mi ropa y me introduje entre aquellas piernas que se me antojaban la entrada del mismísimo cielo. Note el calor que emanaba de su piel, el suave tacto de melocotón, encontré sus pechos y los bese con lujuria, notando la reacción de ella que arqueo su espalda para pegar su cuerpo no las posible al mío. Mis labios jugaron con aquellos pezones de salobre sabor arrancando algún gemido de la muchacha mientras mis manos la recorrían ansiosas por descubrir cada escondido rincón de su piel. Abandone los duros pezones para comenzar una ruta ardiente de besos y lametones a través de su vientre en dirección a su entrepierna. Al llegar a mi destino su sexo me recibió con una mezcla de calor, humedad y aromas de deseo que me excitaron hasta límites insospechados. Mi lengua se hundió dentro de ella llenándose de sabores ocres y deliciosos. Note como la humedad crecía con las caricias de mi boca tornando sus suspiros en sinceros gemidos de placer. Sus dedos se enredaron en mi pelo obligándome a hundirme más en sus caderas que se elevaban ansiosas de placer. Su sabor cambio, su humedad creció y los jadeos se tornaron gritos de placer que anunciaban el inminente clímax que ella estaba a punto de alcanzar. Imaginándome su cara de placer abrí los ojos buscando deleitarme con la visión de su cuerpo a mi merced, encontrándome en cambio los inquisidores ojos del gato clavados en mí, sentado acusador en la cama junto a las caderas de su dueña. No puede evitar gritar de puro terror, saltando hacia atrás de la cama golpeándome aparatosamente la espalda con una traicionera estantería que había tras de mí. Una ola de dolor insoportable me recorrió el cuerpo cegando mi vista e inundando de oscuridad el mundo. Varios objetos cayeron de la estantería al suelo y sobre mí con un ensordecedor estruendo y una pesada figura de porcelana, un caballo rampante, quiero recordar, me golpeo en la cabeza sumando más dolor, a mi estado. Abrí los ojos y con la mirada turbia pude ver a la chica con puro terror en la mirada que se encogía en el cabecero de la cama intentando entender que pasaba. Note un fluido espeso y caliente que manaba de mi cabeza y lamia mi cara, era sangre, al parecer el caballo había hecho más daño del que parecía en un primer momento.

Mi primera, y ultima lo admito, cita con Ágata acabo en una sala de urgencias del Hospital Clinic de Barcelona, donde evite contar la historia completa de como se había producido aquel extraño accidente, con 6 puntos de sutura y una promesa no cumplida de que me volvería a llamar. La chica, una vez recuperada del susto fue muy amable y atenta, me dio un paño con el que taponar la herida intentando parar aquel escandaloso reguero de sangre que inundaba mi rostro, me ayudo a vestirme y me acompaño al hospital. Todo eso acompañados por la mirada inquisidora del gato persa blanco que nos observó sin parpadear todo el tiempo hasta que salimos por la puerta. Antes de abandonar la casa de Ágata eche un último vistazo al largo pasillo desde el que me observaba Kitty, y os puedo asegurar, no es imaginación mía, sonreía ampliamente llena de satisfacción.

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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