Durante una época me tocó ser presidente de la comunidad de vecinos donde vivía. Un cargo rotativo y nada agradable por el tiempo que me robaba y lo peculiar de los vecinos que residían en aquel inmueble. En aquel tiempo tuve que lidiar con disputas entre vecinos, reuniones de comunidad eternas y, sobre todo, con Mercedes.

Mercedes era la vecina del entresuelo, una mujer de cuarenta y pocos, de muy buen ver, alta, delgada, muy atractiva. De pecho generoso y caderas marcadas, de larga y rizada cabellera morena y unos ojos enormes pero con un carácter que hacía que perdiese todo su atractivo. Según las habladurías de sus vecinos, aquel carácter amargado era debido a su divorcio. No sé si aquella era la verdadera razón, pero para mí y para el resto de la comunidad, era todo un incordio. Estaba todo el tiempo quejándose, si no era por los ruidos de algún vecino era por la ropa tendida, o por el ascensor, o por el acceso a la terraza o por cualquier otra cosa. Además sus quejas eran exigentes y en un tono despótico y desagradable. Eternizaba las reuniones de vecinos con su actitud negativa y sus exigencias y quejas.

Durante mi “mandato” una famosa cadena de supermercados se proponía montar uno de sus establecimientos en los bajos de nuestro edificio. La propuesta era interesante ya que darían un uso a los locales vacíos del bloque que no eran más que un nido de suciedad y bichos y, a cambio del permiso de los vecinos, se encargarían de remodelar la fachada y el terrado que tanta falta nos hacía y llevábamos años posponiendo debido a la cuantiosa derrama que suponía. Pero como me temía, en la reunión de vecinos en la que se trató el tema el único escollo fue la dichosa señora Mercedes. He de reconocer que cuando llegó a la reunión estaba imponente. Vestida con un ligero vestido veraniego que dejaba imaginar un cuerpo de escándalo se contorneo por el descansillo donde se celebraba la reunión provocando el silencio y las miradas de todos los presentes. Aquel hechizo se desvaneció en cuanto abrió la boca. Todo fueron peros, quejas, reproches y trabas. Incluso consiguió poner de su parte a un número suficiente de vecinos para hacer peligrar la aprobación de la propuesta que tan beneficiosa era para la comunidad.

Por suerte a la reunión asistió un representante de la cadena de supermercados que, una por una, fue desmontando todas sus quejas con propuestas de solución acertadas. Se notaba que no era la primera vez que lidiaba con una comunidad de vecinos hostil y supo salir airoso de todos y cada unos de los escollos que Mercedes le ponía delante ganándose la aprobación de los vecinos.

La queja más importante, la que consiguió el apoyo de más vecinos y, he de reconocer, hasta de mi, era el tema del ruido.

No solo el sonido del quehacer diario del establecimiento, si no que en los bajos del patio interior se iban a instalar los motores de refrigeración de las cámaras donde se guardarían los alimentos perecederos. Sin embargo en representante de la empresa nos explicó, con todo lujo de detalles e incluso algunas fotos que el local estaría totalmente insonorizado y que los motores de las cámaras frigoríficas estarían recubiertos de un material de última tecnología que anulaba cualquier ruido, vibración o molestia, invitándonos incluso a llamar al presidente de otra comunidad de vecinos donde otro de sus establecimientos llevaba funcionando unos meses para que corroboraran sus palabras.

Ante aquellas propuestas, no sin antes discutir una y otra vez con la señora Mercedes, finalmente la propuesta se aprobó con un número suficiente de votos.

Las obras no tardaron en comenzar y durante todo su periplo la señora Mercedes hizo de mi vida, de la del capataz de obra y de todos y cada uno de los obreros, un infierno. Se quejó sistemáticamente de todo, de absolutamente todo. Por suerte durante los meses que duró la reforma tuve el apoyo y la comprensión de Pedro, el jefe de obra que entendía perfectamente mi situación e intentaba dar una solución a las distintas quejas de la señora Mercedes.

Una vez terminada la obra pensé que tendría un tiempo de tregua en el espacio de dos o tres semanas que pasarían desde el término de la reforma y cuando empezarán a colocar el género para la apertura. Nada más lejos de la realidad.

Una mañana temprano, muy temprano, me arranco de mi sueño el insistente ruido de alguien que tocaba frenéticamente el timbre de mi puerta.

Me levanté somnoliento para encontrarme frente a mi puerta a una airada mercedes vestida solo con un sugerente camisón y una bata abierta. Tal era su ira que no se había dado cuenta de lo poco que tapaba aquel atuendo y de lo mucho que sugería. Reconozco que, debido a mi estado somnoliento y a aquella visión tarde en reaccionar quedándome embelesado en la visión de aquellas curvas que se intuían bajo la fina tela de satén. Me entretuve contemplando cómo la luz del rellano transparentaba el atuendo dejando a la vista aquella silueta divina. Al final una voz airada y desagradable me sacó de mi trance.

-…ruido, de las máquinas..

-que?-atine a decir

-que en mi habitación se escucha el ruido de las máquinas, me he despertado porque se escucha perfectamente, ya sabía yo que esto iba a ocurrir, nos hemos dejado engañar, te has dejado engañar y ahora yo tengo que pagar el pato… exijo que lo soluciones inmediatamente!

Yo no salía de mi estupor, aún no me había despertado del todo y solo logré balbucear una promesa de encargarme lo antes posible, aquella mañana mismo concrete ante su insistencia, del tema en cuestión. Confieso que me quede unos segundos en el dintel de la puerta viendo el contoneo de sus caderas alejarse en el rellano.

Llamé a Pedro, el jefe de obra, del cual tenía su teléfono personal. Como ya dije era bastante colaborador y comprendía mi situación ante aquel incordio de persona, además, me constaba que tenía orden de evitar cualquier contratiempo que diese problemas para inaugurar el supermercado en la fecha prevista. Pedro estaba tan estupefacto como lo estaba yo, era imposible que la dichosa Mercedes oyera ningún ruido y, mucho menos de los motores de las cámaras frigoríficas, entre otras cosas, me confirmó, porque estaban parados hasta que iniciarán los trabajos de inauguración.

Me prometió presentarse a solucionar el problema en, como mucho, una hora. Se lo agradecí de todo corazón y me dispuse a desayunar y vestirme rezando para que hasta entonces, la señora Mercedes me dejase en paz.

Tal y como prometió en apenas cuarenta minutos estaba llamando a mi puerta y no venía solo. Junto a él, el capataz de la obra, otro representante de la empresa de supermercado, el encargado de la empresa que había instalado las cámaras frigoríficas y dos técnicos por si había que hacer alguna modificación. Antes de llamar a mi puerta habían entrado en el local y confirmado que los motores sospechosos estaban totalmente parados. Con esta tropa y esos datos baje al piso de Mercedes y llamé a su puerta. El atuendo nocturno había desaparecido dando paso a un informal vestido de verano no menos sugerente que lo que llevaba puesto aquella mañana, lo que no había desaparecido era su cara de pocos amigos y aquella actitud soberbia que me exasperaba.

-ya era hora- nos experto como único saludo, el ruido no ha parado en todo el rato

-Hola Mercedes- saludo Pedro- mira, no sé qué ruido dices oír pero todas las máquinas de la tienda están par..

-se oye claramente el ruido de los motores- le cortó- me estás llamando mentirosa?

– no Mercedes- continuó- pero ya te digo que…

-pasar vosotros mismo y lo comprobais! Ahora va a resultar que estoy loca!

Abrió la puerta de par en par y se dirigió por el pasillo al fondo de la vivienda.

Nos miramos durante un segundo, dudando, y entramos en el piso tras el camino que había seguido su dueña.

La estancia era el dormitorio, una habitación amplia y bien iluminada. Con una decoración sobria y elegante presidida por una enorme cama frente a un armario de cuatro puertas forrado de espejos que hacían la estancia aún más amplia.

-se oyen los motores o no se oyen?- nos soltó, y la verdad es que si se oían, y bastante, en el silencio que las 6 personas que abarrotabamos la estancia nos impusimos se oía claramente el inconfundible ruido de una vibración, un traqueteo uniforme y molesto que casi podía notar en el aire. Ante la cara de asombro que todo el séquito pusimos Pedro se acercó a las paredes, la ventana, el suelo intentando descubrir el punto exacto por el que se filtraba aquel, de por sí, imposible traqueteo, lanzando una mirada de reproche al encargado de las cámaras frigoríficas ante la expresión de triunfo de Mercedes.

En su exploración auditiva Pedro se fue acercando a la pared del cabezal de la cama, pegó primero la mano y después la oreja a la blanca superficie para separarse extrañado. Se agachó de rodillas tanteando la pared hasta que posó la mano en la mesita de noche. La apartó de la pared con una mirada de permiso a Mercedes y palpó el trozo de pared que había quedado al descubierto. Entonces volvió a palpar la mesita, por encima, por detrás, la devolvió de un empujón a su sitio y apoyó el oído sobre ella. Su expresión cambió y, dudando un segundo, abrió el cajón superior para descubrir en su interior, junto algunos objetos típicos de un cajón de mesita de noche, un enorme, brillante y pulido vibrador que empuñó como un trofeo ante todos los presentes.

No sé si fue fruto de mi imaginación, pero en el momento exacto en el que el jefe de obra giró la base del artefacto deteniendo la vibración, ya bastante mermada al no tener la resonancia de la madera del cajón, pero audible perfectamente, la estancia se iluminó de un tornasolado color rojizo que nacía de la cara de Mercedes, la cual se había encendido como un semáforo en plena noche con los ojos abiertos como platos y la boca de par en par dispuesta a decir alguna palabra que jamás salió de sus labios. Con un diestro y teatral movimiento Pedro volvió a meter el aparato en el cajón, lo cerró y, sacudiendo las manos espetó un: – misterio resuelto!- y se dirigió a la salida con una amplia sonrisa en su boca invitando a todos los presentes a abandonar la vivienda.

Fui el último en salir, me permití un último vistazo a la insufrible Mercedes, que permanecía allí, quieta, sin encontrar las palabras, roja como un tomate y me percate de lo atractivo de su cuerpo control dado en la transparencia del vestido que el contraluz del ventanal provocaba.

Estuve de presidente varios meses más, y participe en varias reuniones de vecinos, pero en ninguna de ellas, la insufrible Mercedes dijo esta boca es mía…

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Publicado por Susurrador

Escribo por pura diversión

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