La vecina de mi primo

La primera experiencia con chicas de mi vida fue el verano de 1986. Hasta ese momento reconozco que no me había interesado casi nada por ellas, yo era un adolescente retraído e imaginativo que gustaba de la introspección y bastante retrasado en el tema del despertar sexual comparado con los de mi quinta, vamos, que aun no me mataba a pajas como es de esperar en un mozo larguirucho y desgarbado como era yo por aquel entonces.

Me habían propuesto ir a la playa con la pandilla de amigos, casi todos vecinos, de mis primos donde he de reconocer que me lo pase de fabula, no solía salir en pandilla y aquella jornada fue una maravilla. Hice buenas migas con una vecina de mis primos a la conocía de vista desde que eramos pequeños, y me pase todo el día jugando con ella, haciendo ahogadillas, haciendo guerras en el agua, subiéndola sobre mis hombros, era simpática y divertida.

Hablamos de mil cosas, yo hablaba y hablaba de mis fantasías, mis anhelos y ella escuchaba embelesada con una media sonrisa. Nunca había tenido una amiga y era muy agradable.

Volvimos de la playa y mis primos propusieron ir a su casa a comer, me apetecía no acabar aquel día tan divertido así que me pareció un plan genial.

Entre risas y juegos cocinamos en una freidora inmunda unas croquetas grasientas y requemadas, las cuales solo tenian un pase por, primero el hambre que teniamos de toda una mañana de juegos y carreras y segundo, porque mis tios tenian un bar, lo que hacía que en su casa hubieran siempre buenas cantidades de Mirindas de naranja que eran mi perdición, acompañe las hediondas croquetas con cuatro de aquellas botellas no muy frescas pero que para mi, eran el cielo. Acabados de comer empezamos un juego, el cual no recuerdo muy bien cual era su propósito en el que nos metíamos en la habitación de mis primos y apagamos la luz.

Los pisos de mi barriada, donde vivíamos tanto yo como mis primos, son los típicos pisos de los barrios del tardío franquismo, pisos de tres habitaciones de 60m² en los que vivían mis tíos y sus 5 hijos, dos chicas y tres chicos. La minúscula habitación donde dormían mis tres primos, de 18, 16 y 14 años era un zulo donde se encajonaban una litera con dos camas, una cama nido, una pequeña mesa de estudio debajo de una montaña ingente de ropa limpia y sucia mezclada y el olor de tres adolescentes, a eso sumale que cerrábamos la ventana a cal y canto para conseguir la oscuridad que buscaban, en un juego que yo no entendía muy bien pero que, me daba la impresión que los demás jugaban a menudo.

En un momento dado, por el avatar del juego aunque creo que provocado por la vecina de mis primos, acabe en el rincón de la litera de abajo, tumbado bocarriba con la vecina sobre mi. La oscuridad era total, pero estábamos tan cerca el uno del otro que la luz no era necesaria, note su pecho bajo la camiseta pegado a mi, note sus caderas apretándose contra mi entrepierna, note sus manos acariciandome, note su aliento en mi cara…. Dude un segundo y me lance, le bese tímidamente en la comisura de los labios, fue un beso húmedo, caliente, senti el sabor del mar aun sobre su piel,me gusto, repetí el beso esta vez en la boca, y entonces ella me devolvió el beso, sus labios rozaban los míos, estaba en el cielo, los pies se alejaban de mí, estaba flotando, y entonces ella metió su lengua dentro de mi boca, de golpe, hasta el fondo, una lengua mojada, blanda y caliente que violo mi boca hasta dejarme sin respiración, eso, sumado al axfisiante calor de la estancia, al nauseabundo olor a pies de la habitación, a la excitada muchacha apretando su cadera sobre mi estómago,hizo que las croquetas y sobre todo al litro y medio de dulzona y calentorra mirinda salieran disparados de mi boca como un torrente cuando ella aún estaba acoplada a mi, ella chillo, su amiga chillo, mis primos chillaban, y yo los regaba a todos en la más absoluta oscuridad, la vecina se cayó de la cama golpeándose la nariz que empezó a sangrar copiosamente, mi primo se dio un fuerte golpe contra la pared en aquel infierno en el que se convirtió la habitación, por fin, después de lo que pareció una eternidad, alguien atinó a encender la luz, lo la garganta ardiendo por la bilis y con los ojos llorosos vislumbre a mis dos primos chorreando de vómito, las camas,la montaña de ropa, las paredes pérdidas de porquería y en un rincón, la amiga de la vecina intentaba consolarla mientras su nariz sangraba copiosamente…. Nos miramos perplejos durante unos segundos y sin mediar palabra salí corriendo de aquella habitación y aquella casa, sin dar explicaciones, corrí hasta mi casa y tardé un buen tiempo en volver a casa de mis tíos.

Veinticinco años después me cruzo a veces con la vecina de mis primos, su hijo va al colegio de mi hija. A veces me siento tentado a explicarle que, no volví a probar una mirinda en mi vida…

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Lucia

Existe el amor a primera vista, lo comprobé el verano del 87, en cuanto mis ojos se cruzaron con los de Lucia, todo se detuvo como en las películas, ella se atusó el pelo a cámara lenta mientras sonaba la música y todo se volvió mucho más brillante, detrás suyo unas palomas alzaron el vuelo y al sonreír brillo un destello cegador… o eso me pareció a mí.

El caso es que nos gustamos desde el primer momento, y nos comportamos cómo se comportan dos adolescentes tardíos cuando se gustan, como dos perfectos gilipollas, miraditas, sonrisas tontas, yo hacerme el gallito, ella hacerse la tímida… lo normal.

Estaba siendo un buen verano, siempre estábamos montando alguna, una noche propusieron ir a la playa, una pequeña hoguera (por aquel entonces, allá por el jurásico aún se permitía) unas litronas, patatas fritas y mi amigo Carlos con su guitarra, que solo se sabía una canción, La bamba, pero oye, que bien se la sabia. Un plan perfecto, sobre todo para mí, que aquel día estuve arrebatador, el alma de la fiesta, ameno, divertido, locuaz, y acertado por las miradas que Lucia me echaba de vez en cuando.

Ella estaba para comérsela, un vestido blanco ceñido con falda al vuelo que acentuaban aún más sus curvas, el pelo largo hasta el nacimiento de la espalda, y aquellos ojos, ay qué ojos…

En un momento dado anuncie que necesitaba estar solo, muy teatralmente y me fui paseando por la arena melancólicamente, manos en los bolsillos, el pelo mesado por el viento y la mirada perdida en el horizonte, patético, lo sé, pero funcionó. En nada Lucia estaba a mi lado preguntándome que pasaba.

-Es obvio, no crees?- Conteste engolando la voz

-No, explicate mejor – Os he dicho ya lo guapa que se ponía cuando se hacía la tonta?

-Me gustas, más de lo que me gustaría (ahí, melodramático)

-Tú también me gustas a mí

-Voy a besarte

-(silencio)

Y la bese, y en ese momento, en el horizonte empezaron a explotar fuegos artificiales, porque son mis recuerdos y en mis recuerdos era fiesta mayor, que  pasa? Y ella me devolvió el beso, con ansia, con ganas, la agarre de la cintura y la atraje hacia mí, y ella no sólo no se resistió sino que se apretó a mi cuerpo más de lo que yo había guiado, siendo imposible que ella no notara mi erección y lejos de rechazarla, se rozó con ella hasta que los fuegos artificiales subieron de intensidad, mi mano se aferró a su culo sorprendiéndome de lo duro y terso que lo tenía, ella metió su mano bajo mi camiseta haciendo que saltaran chispas de estática en mi vientre, tire de la falda hacia arriba para notar como ella se pegaba más a mí, yo la besaba en el cuello, ella gemía en mi oído, la empuje entre unas barcas sin dejar de besarnos y acariciarnos y allí, a resguardo de miradas indiscretas, la tumbe sobre la arena, románticamente, como un galán de película y entonces ella se puso tensa, se apartó de mí, -Qué pasa?- pregunté mientras observaba su cara de, primero sorpresa, después asco y más tarde, simple pánico.

Aquel rincón entre las barcas era un lugar íntimo y a salvo, como he dicho, de miradas indiscretas, tanto para unos fogosos amantes como para el pescador que, poco antes había aliviado un apretón dejándonos de regalo un, perdón por la palabra, no se me ocurre otra mejor que sea tan gráfica, un zurullo calentito de considerable tamaño sobre el cual, tan románticamente había recostado yo a mi Julieta el cual había untado su cremosa consistencia y su penetrante olor (que narices habría comido aquella persona?) por la espalda del inmaculado vestido y la frondosa melena. La chica empezó a chillar en un tono agudo que dolía en los tímpanos mientras daba círculos alrededor mio dando saltitos y haciendo aspavientos en plan, quitármelo, quitármelo, mientras yo, pasmado y sin saber muy bien qué ocurría que qué debía hacer, miraba la escena blanco como un papel. De pronto sus amigas acudieron al rescate y, pensándose que yo, depravado, le había hecho algo inimaginable, la abrazaron para consolarla, así que en un santiamén tuve no una, sino tres Gritonas dando saltitos a mi alrededor.

Lucia no volvió jamás a salir con la pandilla, una vez la llame para disculparme y no quiso ponerse. Han pasado muchos años, y a día de hoy, aún compruebo, aunque sea en mi propia cama, antes de recostar a una mujer…

Aurora

Pocas personas me han provocado tanto como me provocaba Aurora, Era(es) descarada, pizpireta, provocona, tentadora y una loca de mucho cuidado.

Me calentaba tanto que terminaba perdiendo las pocas luces que por aquella época tenía y eso que nunca llegue con ella a “consumar”, éramos unos críos y era otra época, y aparte de un torpe y patético intento de estreno, que explicaré en otra ocasión, lo nuestro se quedaba en magreos, juegos y tocamientos, pero fue una época de descubrimientos que recuerdo con cariño.
Estaba loco por aquella loca Canija.

El padrastro de Aurora y su madre trabajaban de pintores, y la dejaban al cargo de sus hermanos pequeños por la mañana, yo iba a su casa bien temprano y esperaba escondido frente al portal a que salieran, entonces yo subía, a poca cosa, los dichosos niñatos eran de poco dormir y tenían una fijación en no dejarnos un segundo de intimidad. Pero bueno, pasaba la mañana con ella y era suficiente, os recuerdo que estaba enamorado.

Un dia anuncio, para provocarme, de una manera muy teatral que se iba a duchar, admito que intente colarme en aquel cuarto de baño, pero, entre risas y forcejeos fue mas rápida. Así que me quede en el sofá del salón viendo el canal de televisión que los monstruos de sus hermanos, sentados en cojines a mis pies, decidían poner en el televisor.

Entonces salio del baño, con el pelo mojado y vestida únicamente con una toalla que, estoy seguro, recuerdo mucho mas pequeña de lo que era. Se dedico a su deporte favorito que era calentarme hasta que perdía el control, paseandose por delante mio, fingiendo ir a buscar su ropa, coger el secador, abriendo astuta de vez en cuando la toalla para recolocarsela y dejando ver de refilón su cuerpo aun mojado, provocando la protesta de sus hermanos cuando les tapaba la visión del televisor y, a pobre de mi, una redistribución de la presión arterial de la que mi cuerpo disponía.

En ese momento, el televisor empezó a sonar, a un volumen típico cuando son niños los que controlan el mando, la reconocible sintonía de inicio de la serie “El equipo A” , se recolocó una vez mas la toalla exclamando un “dejalo ahí, que me encanta” el cual no levanto ninguna protesta en sus hermanos y se sentó, pizpireta y traviesa, en mi regazo, teniendo el detalle de, separar ligeramente la tela para que, fuese su piel, y no la toalla, la que se entrara en contacto con mis piernas, provocando que mi corazón se parase durante un instante solo para empezar a galopar desbocado un momento después.

Así que, mientras ella fingía interesarse por las penurias que unos matones a sueldo del terrateniente local infligían a un pobre granjero y a su despampanante hija, mi mano se coló bajo la toalla para, primero de una forma tímida y delicada, y después mas osada y aventurera, mis dedos hicieran un preciso mapa de todos y cada uno de los pliegues, huecos y recovecos de la intimidad de aquella tentación. Me recibió con facilidad, espectante y húmeda, suave, receptiva, llegando un momento en el que mi trabajo era mínimo, siendo ella la que, moviendo disimuladamente sus caderas, buscaba su propio placer y mi perdicion, mientras a menos de un metro de nosotros, sus hermanos miraban embelesados las peripecias de un grupo que, acusados injustamente por un crimen que no habían cometido, sobrevivían como soldados de fortuna.

A medida que avanzaba el episodio y empezaba a perfilarse el plan de los héroes, los movimientos de ella fueron acelerándose, yo hacia todo lo posible para que mis dedos estuvieran lo mas dentro de ella mientras su humedad resbalaba por la palma de mi mano y ella ahogaba gemidos, cada vez mas descarados, los cuales no llamaron la atención por el alto volumen del televisor, aunque llego un momento en el que, la prudencia desapareció y prácticamente cabalgaba sobre mi mano, ojos en blanco, cabeza atrás y la toalla abierta mostrando aquel delicioso cuerpo que me volvía loco, de pronto se tenso, parecía estar a punto de romperse en dos, la boca abierta en un rictus dirección al techo, el vientre duro, sus uñas clavadas hasta hacer sangre en mi hombro y sus caderas apretando inmisericordes empeñadas en hacer desaparecer mi mano dentro de ella, y justo cuando una gran explosión desbarataba los planes del malvado cacique local, ella elevo un aullido que animo a sus hermanos a vitorear la azaña de aquellos héroes proscritos y, justo después de que un torrente de humedad mojara mi mano, mi antebrazo y la pernera del pantalón, cayo sobre mi, desmadejada como una muñeca de trapo, jadeando sin aliento mientras escuchaba como mi corazón intentaba, con verdadero ahinco, salirse de mi pecho.

Acabado el episodio, y mientras sus hermanos iniciaban una discusión encendida sobre que programa verían a continuación, ella se sentó a horcajadas sobre mi, con la toalla ya olvidada en el suelo, su pelo mojado sobre la cara, el pecho desnudo intentando volver a una cadencia normal y esa expresion en la mirada que solo una mujer tiene después del sexo, me beso de la forma mas cariñosa y húmeda que me habian besado hasta aquel momento y me susurro al oído un, me consta que sincero, te quiero.

Aquella relación, como pareja no cuajo, pero he tenido la suerte de que Aurora se convirtiera en una de mis mas grandes amigas, la adoro y es caso una hermana para mi, pero después de todos estos años, no puedo evitar cada vez que reponen algún episodio de El equipo A en televisión, este me provoque una indiscreta erección y, curiosamente, se me duerma la mano.

Tina

Todos los veranos pasábamos unos días en un pueblo de Cadiz llamado Conil de la frontera, tengo entendido que ahora se ha convertido en el típico pueblo para turistas, pero en aquella época era el paraíso.

Salias hasta tarde, te levantabas a las tantas y hacías vida en el chiringuito, que era una especie de cuartel general. Las playas del sur son de ensueño, la luz, las casas blancas, el pescado…. Ay…

Aquel año, la moda de la pandilla era que había que tener novia, si o si,así que todos estaban con alguien y a mi me toco con Tina Estrella…. Una rubia altísima de obtuso padre español y valkiria madre alemana. Se que todos os habréis hecho una imagen de la muchacha y habréis pensado: una alemana, que suerte… Nada mas lejos de la realidad. Tina había sacado de su madre la altura, me sacaba una cabeza y eso que yo soy alto, un pelo rubio precioso, una tez blanca moteada de pecas por el sol…. Y ya esta, el resto de atributos los había sacado de su padre, ceño fruncido, espaldas anchas y brazos de camionero, mas que una valkiria era un vikingo con tetas, enormes, eso si, tenia unas tetas descomunales para una chica de su edad. Además no hablaba ni una palabra de español, y eso que tenia un padre de Cadiz, pero claro, aquel zopenco tampoco se le entendía cuando hablaba. El caso es que, aunque no entendía ni una puñetera palabra de lo que me decía aquel cachalote, eso no le impedía hablar por los codos, me hablaba a todas horas, de una manera decidida y enérgica, a lo cual yo respondía asintiendo con tímidos movimientos de cabeza. Cuando oyes hablar a un extranjero y no entiendes su idioma, hay momentos en los que, por la expresión, los gestos o alguna palabra o entonación que te suene puedes llegar a entender en parte lo que aquella persona quiere decirte, pero con Tina no me pasaba eso, no le entendía ni una puñetera palabra, nada, absolutamente nada, pero me hablaba como si yo fuese del mismo pueblo que ella.

Me hablaba, me gesticulaba, y de vez en cuando, se callaba de pronto y me besaba, no me gustaba como besaba, era… Ansioso, bruto… No se… Pero como narices le decía yo a eso que no? Me daba miedo… Así que me dejaba hacer.

Una noche, casi al final de las vacaciones, estábamos la pandilla sentados en el paseo marítimo comiendo un helado y viendo pasar a la gente cuando de pronto Tina de puso en pie, soltó una de sus parlotadas que acabo con una entonación como de pregunta, a lo que se quedo en silencio mirándome, como esperando una respuesta… Dude sin saber que coño me estaba diciendo y al final, tímidamente, asentí con la cabeza y susurré un “Aha”, que era mas una pregunta que una afirmación. Parece ser que aquella era la contestación que esperaba porque de pronto su cara se ilumino, sonrió con una expresión parecida al gato de Alicia en el país de las maravillas y me agarro de la mano y empezó a tirar de mi en dirección a la playa. Hablaba de una manera apresurada y y caminaba deprisa, decidida, la gente se apartaba al ver venir a aquel tren de mercancías conmigo detrás, apenas tocando el suelo y con cara de susto. Llegamos a una zona donde hay unos locales comerciales que están a pie de playa, me arrastro hasta la parte de atrás donde un entramado de pilares mantenían aquellas edificaciones a un par de metros sobre la arena, me empujo a la oscuridad de aquella cueva artificial y allí empezó a besarme con aquel ansia característico. Yo me dejaba hacer con cara de susto y sin atreverme a cerrar los ojos, miraba por el rabillo hacia la parte iluminada de la arena con la esperanza de ver aparecer a alguien que nos reprendiera por estar allí, nadie se apiado de mi.

Me agarro las manos y me las puso sobre su pecho mientras, la palabra exacta era, me magreaba. No se como me encontré sin camiseta y con el pantalón medio bajado, cuando se separo de mi y volvió a preguntarme algo, creo, y quedo a la espera de una respuesta… Asentí otra vez sin saber que narices debía contestar mientras me sujetaba los pantalones para evitar que cayeran a mis tobillos. Por su expresión, la respuesta era la esperada y, con un diestro movimiento se quito el vestido, después se desabrocho el sujetador y yo me quede con la boca abierta y los ojos de par en par, como un conejo cuando un coche le hace luces, eran mis primeras tetas, bueno, había visto algunas en la playa, pocas la verdad, porque el topless aun no estaba bien visto en la España de aquellos días, así que aquello me hipnotizo, eran enormes, con una aureola que oscura y grande. El momento mágico duro poco, se abalanzo sobre mi con una expresión feroz en su cara y de un empujón me tiro sobre la arena, mi cabeza golpeo con algo duro y una punzada de dolor me hizo encojerme mientras veía como se despojaba de sus bragas y se subía sobre mi, cerré los ojos con la imagen de aquella mata de vello púbico rubio grabada en mi pupila.

Hubieron momentos de placer, no lo negare, pero fueron ínfimos, en algún momento mis pantalones y mis calzoncillos hicieron compañía a la ropa de ella y me encontré con un enorme montón de carne pálida, que brillaba a la luz de la luna, restregandose sobre mi, resoplado como una marsopa varada en la arena. No se si estuve dentro de ella en algún momento, todo era carne, pliegues, bultos, sus enormes tetas sobre mi pecho, su cara sobre la mía, colorada como un tomate y con la expresión contraída que recordaba mas al esfuerzo que al placer. En un momento dado acelero sus embistes y empezó a jadear alto, demasiado alto, elevando el tono y la velocidad de sus movimientos hasta que se convirtió en un verdadero aullido que, de no ser por el ruido de la feria y las cercanas y abarrotadas terrazas, habrían llamado la atención de alguien. Entonces su cuerpo dio un par de estertores y se derrumbo exausta sobre mi.

Yo no podía respirar, tenia calor y ganas de llorar, en serio, pasado lo que a mi me pareció una eternidad ella se separo ligeramente de mi, miro hacia abajo y agarro mi miembro que, increíblemente, se mantenía erecto y me volvió a preguntar otro galimatial al cual, tras la pausa de duda de rigor, tal vez por su expresión esta vez conteste negativamente moviendo la cabeza de lado a lado. Ella sonrió y me dijo algo, tras lo cual bajo para, he de reconocer, hacer que viera el cielo.

Al día siguiente me entere que la familia de tina habían regresado esa misma mañana a Alemania, tal vez era lo que me decía en alguna de sus locuciones, no lo se. Pocos días después nosotros también regresamos a Barcelona.

Después de aquello, durante un buen tiempo, cuando me preguntaban si yo era virgen, contestaba con un “la verdad, no estoy seguro”…

Quequé

El servicio militar lo hice en Colmenar Viejo, en Madrid, y por las tardes, una vez acabados nuestros haceres, bajábamos al pueblo y frecuentábamos un bar musical que no estaba mal del todo, las bebidas eran económicas, la música buena y las chicas…

Yo estaba medio liado, medio ennoviado, siempre peleado con Queque, una rubia con alma de artista y bonitas tetas, a la que odiaba y necesitaba a partes iguales. Y con la que pasaba la mitad del tiempo en aquel bar y la otra mitad en una pensión que hacían la vista gorda si subías a una chica menor de edad (yo tenía los 18 recién cumplidos, no penséis mal)

Cada vez que teníamos ocasión, cogíamos una habitación concreta, nuestra favorita, tenía una cama enorme, cuando digo enorme, es enorme, podían dormir 5 personas sin molestarse mucho, y otra cama, esta ya normal, pegada a la pared. Lo malo es que, había que pagar, como es lógico, el triple, así que solíamos alquilar entre varios y nos la íbamos turnando.

La mayoría de las discusiones que Queque y yo teníamos eran, casi siempre por el mismo tema, Rosa. Rosa era la muy amiga querida casi hermana de Queque, su inseparable escudera, callada e introvertida, huraña y poco amigable, un coñazo, vamos. No se separaban nunca, era una pesadilla, era un tormento buscar un momento de intimidad con Queque, siempre estaba Rosa para fastidiar el plan, no se despegaba ni con agua caliente, lo que desarrolló una aversión por ese mal bicho que era correspondida, nos llevábamos a matar, y Queque siempre se ponía de su parte.

Eran las fiestas mayores del pueblo y teníamos permiso de fin de semana, así que en vez de volver a casa decidimos entre tres alquilar la habitación y pasárselo bien. La verdad es que el ambiente erabuenísimoo, la gente se agrupaba en peñas, todos con la misma camiseta, y competían para ver quien montaba el sarao mas loco, había musica y bebida por todos lados, una orquesta bastante buena en la plaza del ayuntamiento y autos de choque y casetas de tiro en la alameda. Me lo estaba pasando de muerte y Queque estaba pillando con la sangría un puntito muy cariñoso. Justo cuando la tenía casi convencida para irnos a la habitación, nos avisaron de que Rosa no se encontraba bien, lógicamente el pedo cariñoso de mi chica no pudo con la relación de dependencia que tenía con aquella revienta planes y salió rauda al rescate, yo no tuve más remedio que seguirla.

El “no se encuentra bien” era un eufemismo, la susodicha llevaba cogorza descomunal, estaba en el suelo desmadejada frente a un charco de vómito rojizo, blanca como la leche, mientras una amiga le sujetaba el pelo, otra le daba friegas en la espalda, otra le daba golpecitos en la espalda, otra decía que la levantaran y la hicieron andar, otra que no la movieran y el resto de la congregación aconsejaban un café con sal, agua fresca y mil remedios más. Lo que necesitaba aquella chica era, después de haber vomitado toda la ingesta como había hecho, dormir la mona. Eso y la preocupación de Queque de que alguien conocido la viera en ese estado y llegara a oídos de sus padres nos hizo decidir el subirla a la habitación de la pensión. Allí la sometimos a una ducha fría medio vestida, que más que espabilarse la hizo amodorrarse más. Pedro, el compañero con el que había alquilado a media el picadero me miraba con cara de “se nos ha jodido la fiesta, y es culpa tuya” al que yo respondía con mirada de “pero que quieres que haga?”, así que dando por perdida la noche en lo que encuentros románticos se refieren, los dos nos marchamos de la pensión mientras mi chica y la de el desnudaban, secaban y vestían con una de mis camisetas a la infame aguafiestas para meterla en la cama a dormir la mona, dispuestos a, por lo menos, terminar de aprovechar la noche con otras diversiones.

Estábamos tomando algo en la verbena que una de las peñas había montado en una plaza cuando se presentó la chica de mi compañero para explicarnos que tanto mi chica como su amiga roncaban como marmotas, dando por hecho mi compañero que, la su parte de la pensión me tocaba pagar a mi y que él ya se buscaría la vida para ver donde dormir, mientras miraba pícaro a su chica.

Con las ganas de fiesta apagadas por el panorama y viendo que molestaba en lo cariñosos que se ponían mis acompañantes, decidí dar por terminada la fiesta mayor e irme a dormir. Entre en la habitación sin encender la luz y una vez mis ojos se acostumbraron a la penumbra pude distinguir el bulto que era la amiga de mi chica en la cama supletoria y a Queque en la grande, me desvestí rápidamente y me metí en la cama para recibir un desaire malhumorado y un dejame que tengo sueño, cuando intente buscar algo de cariño por parte de mi chica, así que me concentre en la difícil tarea de conciliar el sueño con un dolor de escroto considerable y el ruido que desde la calle hacían los juerguistas supervivientes.

A los que les han empezado a hacer el amor cuando aun están dormidos sabrán esa sensación en la que la realidad y el sueño se mezclan pasando de un estado a otro despacio y poco a poco, así que cuando salí del sueño en el que mi chica había decidido que dormir no era la mejor opción y que era hora de divertirse me costo un tiempo reconocer plenamente la realidad que no era otra que la amiga de mi chica se encontraba desnuda a horcajadas sobre mi, moviéndose lentamente y con la mirada perdida mientras hacia que yo entrara y saliera de ella. Intente zafarme de ella apartándola de mi sin el mas mínimo éxito, mezcla de su férrea intención y el poco empeño que yo había puesto en la protesta, pues, si bien es cierto que era consciente de que aquello no estaba bien, estaba medio dormido, la sangre no estaba precisamente en mi cabeza y, que coño, tenia 18 años y Rosa, pese a ser una imbécil de cuidadosa, me di cuenta de que tenia un cuerpo muy apetecible.

Gire mi cabeza para comprobar que Queque dormía profundamente de tumbada de lado junto a mi, ajena a que su intima amiga y su chico estaban buen unidos a menos de medio metro de ella. Me deje llevar rindiendome al placer que, pese a la cadencia pausada y cansina de mi amazona, esta me estaba provocando, concentrándose en intentar acallar los suspiros y gemidos que pugnaban por salir de mi boca. Mi vista saltaba una y otra vez de la increíble visión de los pechos subiendo y bajando de rosa frente a mi y la plácida cara de Queque en brazos de Morfeo a la que miraba con el temor de que, en cualquier momento despertara. Aquello no duro mucho, en aquella época yo podía presumir de ser un arma de repetición, pero de ráfagas cortas, así que, cuando poco después Rosa se puso rígida sobre mi, y puso los ojos en blanco con una expresión de puro placer en su cara, señal de que llegaba al clímax y aun así, sin proferir ni el mas mínimo sonido por su parte, me rendí a lo inevitable descargando de una manera casi dolorosa y no pudiendo evitar que escapara un quejido de mi garganta. Mientras intentaba salir de ese estado entre excitado y rendido en el que entramos los hombres después de corrernos, Rosa me saco de dentro de si con la misma asepsia e impasividad que había derrochado durante todo el acto, alejándose de mi sin decir ni una sola palabra y regresando a su cama en la que se acostó desnuda dándonos la espalda. Yo me gire hacia Queque una vez mas para descubrir, dándome un vuelco el corazón que tenia los ojos de par en par y me miraba fijamente. Cuando mi boca estaba decidiendo que clase de excusa o explicación y disculpa soltar, me di cuenta que sonreía, una extraña expresión antagónica al enfado que yo hubiera esperado. Se acerco a mi y acalló cualquier tipo de comentario por mi parte con un cariñoso beso, se acurrucó abrazada a mi y se quedo dormida.

Duramos como pareja bastantes meses mas, pero jamas salio el tema, no vi pie para sacarlo y algo me decía que era mejor así. Mi relación con Rosa no cambio ni un ápice, seguía comportándose conmigo como la imbécil que era y nunca note diferencia en ella después de aquella noche. No se si aquello fue algo pactado, premeditado o esperado, jamas supe cuanto tiempo despierta mi chica y la razón de porque su amiga hizo lo que hizo. Pero hay cosas que es mejor no saber.

Nerea

Quería que nuestra primera vez fuese especial. No es que yo fuese a ser su primera vez, pero sus anteriores amantes, bajo el prisma que, del amor tenia Nerea, habían sido una decepción. Conmigo quería que fuese diferente, no quería precipitarse. Deseaba que conmigo sus perspectivas se vieran cumplidas y yo estaba dispuesto a colaborar. La visión del amor, y del sexo, de Nerea se había forjado en su fantasía alimentada, desde bien joven, por libros de corte romántico, películas empalagosas y, en los últimos tiempos, literatura erótica edulcorada tipo 50 sombras. En su cabeza el ambiente, el momento y, sobre todo, el amante era perfecto y eso, en la realidad, pocas veces ocurría.

Fantaseamos juntos muchas veces, construyendo poco a poco entre los dos, bueno, más por ella que por mí, cual sería el escenario de aquel primer encuentro intimo que tendríamos y que a mí se me antojaba cada vez más lejano en el tiempo. Pero aguante y al fin llego el día. Me llamo por teléfono y con un escueto: “ha llegado el momento, Juan, ven a mi casa, lo tengo todo preparado” encendió todas las ganas y el ansia que llevaban semanas acumulándose.

“no tardes” fue su despedida y temeroso que si me retrasaba se lo pensara mejor y se echara atrás, baje las escaleras como una exhalación, casi arroyando a mí pasó a la Sra. Rosa, mi vecina, dejándole con un saludo en la boca.

Corrí hasta el coche y, he de admitir, me salte alguna norma de tráfico, lo cual no me sirvió para que pillara todos los atascos, coches en doble fila, furgonetas descargando y viejecitas cruzando a paso de tortuga del mundo. Llegue ya tarde a su calle, desesperado e impaciente, no había aparcamiento, di una vuelta, otra más, y luego otra, callejee una y otra vez, pero donde no estaba prohibido no había ningún hueco. Estaba de los nervios, maldecía, rumiaba, sudaba y me desesperaba. La tercera vez que pase por su calle a pocos metros de mí, justo delante de su puerta, vi el intermitente de un coche haciendo la maniobra de salir de un aparcamiento. Rece, no soy creyente, pero rece a todos los dioses habidos y por haber para que el coche que iba delante de mí no aparcara. Maldecí mi mala suerte cuando se paró justo delante del hueco, pero pasados unos segundos, siguió su camino, extraño, pero al colocarme yo me di cuenta porque. Era un vado, maldita sea! Un momento, la placa era vieja, la persiana del local parecía que hacía mucho tiempo que no se usaba… además, había un coche aparcado. En parte por mi desesperación, las ganas y la impaciencia, decidí aparcarlo allí, seguramente no pasaría nada.

Me abrió la puerta vestida con un albornoz, me beso tiernamente, se había maquillado y estaba guapísima. Me indico que la siguiera hasta la habitación, Bajo el blanco albornoz se veían unos tacones de vértigo y unas medias negras. La habitación olía a incienso, una multitud de velas colocadas en cada mueble, en cada repisa iluminaban la estancia. Se volvió hacia mí y se quitó el albornoz, bajo aquella prenda llevaba los zapatos que ya había visto, las medias que ya había intuido y nada más. Era preciosa, un deseo irrefrenable se apodero de mí, quise abalanzarme sobre ella pero me detuvo con un gesto. Se tumbó en la cama y me mostro unas cuerdas que había anudado al cabecero. –Átame- me dijo en un susurro. Obedecí, sujete sus muñecas firmemente, ella gimió con la presión de sus cuerdas sobre su piel. La espera estaba empezando a valer la pena, estaba muy excitado, el juego me gustaba y la tarde prometía. La bese, ella me devolvió el beso con menos dulzura que antes, con más ganas, con más pasión, su respiración se había acelerado y al acariciarla notaba como se le erizaba la piel. Bese sus pechos, su vientre, su cuello, era delicioso. –Tápame los ojos- me pidió señalando con la mirada un pañuelo de raso que descansaba preparado sobre el cabecero, lo hice, con un punto de violencia, aquel juego de sumisión le excitaba y a mí, he de reconocer, también. La acaricie con ternura pero con ganas, recorrí su cuerpo que respondía a mis caricias con temblores y pequeños gemidos ahogados. Mi mano bajo hasta perderse entre sus piernas, note la humedad, se abrió para mi ofrecida, acaricie, explore, invadí hasta que conseguí que ella llegara al primer clímax con un gemido que se tornó un aullido de placer. Me quite la camiseta, y al girarme para dejarla a los pies de la cama una luz en la ventana llamo mi atención. Me asome temiendo lo peor para comprobar que, efectivamente, una grúa municipal iniciaba la maniobra para llevarse mi coche.

-Mierda, mierda, mierda- atine a decir mientras volvía a pasarme la camiseta por la cabeza. –Qué ocurre?- me pregunto asustada –La grúa, cariño, no te muevas, vuelvo enseguida.

Como se iba a mover, atada como estaba a la cama. Baje las escaleras de tres en tres y llegue justo en el momento en el que enganchaban mi coche. Con un gesto de fastidio en encargado de la grúa aborto la maniobra exonerándome a que retirara el coche inmediatamente. Los dioses que antes me habían ignorado al parecer se apiadaban ahora de mí, un hueco justo al lado, seguramente no ocupado ya que la grúa había taponado el tráfico mientras intentaban retirar mi vehículo. Aparque en el nuevo sitio con tres precisas maniobras y volví raudo al piso de mi amada.

No fue hasta empezar a subir d nuevo las escaleras cuando me di cuenta de mi error. Había salido con prisas, sin pensar, había cerrado la puerta tras de mí y no había cogido ninguna llave. Nerea estaba atada a la cama, así que ella no podía abrirme. –Mierda, mierda, mierda- repetí por segunda vez aquella tarde. Empuje la puerta con la vaga esperanza de que no estuviera cerrada, que por supuesto si lo estaba. Di vueltas por el descansillo agarrándome el pelo desesperado. Piensa, piensa, me repetía, pero no se me ocurría nada. No solo es que Nerea estuviera atada a la cama, sino que además estaba rodeada de una ingente cantidad de velas encendidas, aquello era un peligro. Idiota de mí, que he visto muchas películas, saque una tarjeta de crédito de mi cartera he intente forzar la cerradura. Seguramente en las películas no tenían que enfrentarse a una puerta blindada, por lo que lo único que conseguí fue romper la tarjeta y desesperarme aún más. Entonces la puerta de justo al lado se abrió, un hombre con cara de pocos amigos con una mujer menuda y de mirada temerosa tras de le me pregunto que pasaba. Habrían oído ruidos y por la mirilla habían visto a un extraño haciendo maniobras sospechosas.

-Soy amigo de Nerea-Conocer el nombre de la propietaria del piso parece que les tranquilizo algo- me he dejado la llave dentro.

-Vaya-contesto con cara de que torpe eres y empujo la puerta para comprobar que no estuviera cerrada, como si yo no lo hubiera hecho.

-No se podrá saltar por el balcón?- pregunte con una súplica de esperanza

-Que va, está muy lejos, te ibas a matar- y empezó a golpear con el hombro la puerta que no cedía ni un ápice.

-Que pasa Paco?- otro vecino del rellano abrió la puerta alertado por el jaleo

-Aquí, el amigo de la chica del segundo, que se ha dejado las llaves dentro

-Habéis probado a empujar?- otra vecina opinaba desde el descansillo del piso superior

-Que es ese jaleo?- otra desde el rellano de abajo- Que se han dado las llaves dentro- contesto la mujer de mirada temerosa.

A los pocos momentos un grupo de vecinos se habían congregado en el descansillo dando su opinión, aconsejando soluciones o, simplemente, contando anécdotas similares que les habían pasado a ellos o a conocidos suyos.

-Y no tienes una copia?- me pregunto alguien.-Es que me he dejado el fuego encendido- atine a decir- Madre del amor hermoso- Exclamo una de las vecinas- a ver si se va a meter fuego el edificio.

No sé si era por mi desesperación o nerviosismo, pero cada vez había más gente en aquel rellano. De pronto, subiendo por las escaleras, se unió a la fiesta una pareja de la policía municipal, al parecer algún vecino les había avisado. Yo cada vez estaba más nervioso, más desesperado, me preocupaba Nerea, explique a los policías que había bajado a mover el coche y que no había caído en coger las llaves.-Y se ha dejado el fuego encendido, es un peligro!- Exclamo una vecina- Vamos a salir ardiendo!

El policía aviso por radio y a los pocos minutos una dotación de bomberos -Exclamo una vecina- Vamos a salir ardiendo!

El policía aviso por radio y a los pocos minutos una dotación de bomberos persono en el rellano. Yo ya no sabía dónde meterme. Entre policías, bomberos y vecinos habían más de 30 personas en aquel reducido espacio, todas hablando a la vez. Yo sudaba copiosamente y mi garganta se secó hasta el punto de no poder articular palabra.

Cuando los bomberos se disponían a forzar la puerta, una pareja mayor se unió a aquel aquelarre- Espere, espere, que son los padres de la chica, que tienen llave!- Dijo alguien y efectivamente, el hombre saco un manojo de llaves y se dirigió hacia la puerta seguido por una mujer que me miraba con cara de asesina.

Sé que los galanes de las novelas de Nerea siempre sabían estar, eran seguros de sí mismos, decididos, audaces y valientes, pero yo, agobiado, justo en el momento en el que el padre abría la puerta y entraba en el piso el, su mujer, la pareja de la policía local, los cuatro bomberos y una buena parte de los vecinos congregados, encontrándose a Nerea atada a la cama, con los ojos vendados, vestida con unas medias y unos zapatos de tacón, yo me escabullí. Baje las escaleras, me monte en el coche y me marche de allí sin mirar atrás.

Todos los amantes de Nerea habían sido una decepción… me pregunto algo parecido a aquello salía en alguno de sus libros.

Tech

Mi coche está cerca- me dijo -Voy a conectar la calefacción en casa, así estaremos a gusto- mientras consultaba algo, al parecer, terriblemente importante, en su móvil último modelo, con pantalla Qhd, LTE y forceTouch, que, según me explicó durante el camino, controlaba a distancia el sistema domótico de su casa.

Resuelto el tema de la temperatura de su hogar, me guió resuelta hasta un parking del centro, bajó hasta la segunda planta y allí recogió su flamante coche, un vehículo híbrido de última generación, el cual se abrió automáticamente al detectar la llave electrónica que su propietaria llevaba en el bolso. Se acomodó en el asiento del piloto invitándome a ocupar el del acompañante. El coche se puso en marcha sin introducir ninguna llave, sólo pulsando un llamativo y redondo botón del salpicadero. En la pantalla central táctil, un sistema gps marcaba nuestra situación en el mapa mientras alternaba la información de la música que estábamos escuchando.

-¿Tienes condones?- me preguntó -en casa no me quedan-

Ante mi respuesta negativa, hizo una búsqueda en la pantalla táctil del silencioso vehículo el cual le indicó el camino a una farmacia abierta las 24h donde pagó los preservativos con su tarjeta Contactless incluido en el servicio wallet de su móvil.

Al llegar al parking de su edificio, este se abrió al leer, el sistema automático, la matrícula del coche, encendiendo las luces necesarias desde la plaza asignada hasta el modernísimo y elegante ascensor que nos llevó hasta su ático, el cual abrió con un sistema de huella dactilar.

La vivienda era amplia, minimalista, el sistema domótico detectó nuestra presencia y encendió las luces. Ella trasteó con un mando a distancia y una música suave inundó la estancia. Me ofreció una bebida que acepté, llenó unos vasos con el hielo que le dispensó un surtidor en la nevera y apuntó, en la pantalla táctil de esta, que había que comprar limones al descubrir que no quedaban.

Empezamos a besarnos y cuando me invitó a ir a su habitación le dije que antes debía ir al baño. -te espero en la cama- me dijo pícara indicándome donde estaba el aseo y caminó hacia su habitación tecleando algo, seguramente un whatsapp.

La luz del cuarto de baño se encendió en cuanto detectó mi presencia, sólo tuve que pasar el dorso de la mano por el detector adecuado para que descargara la cisterna y, al colocar mis manos bajo el grifo, éste me obsequió con un chorro de agua a la temperatura perfecta. Antes de salir me fijé que, en el lugar donde normalmente yo (y cualquiera) tiene las revistas, había un iPad.

Recorrí el pasillo por el que había visto alejarse a mi amante esquivando un robot Roomba que barría silenciosamente y la encontre desnuda, muy bella, tumbada en la cama, con la mirada fija en la pantalla de su móvil mientras tecleaba frenéticamente. Esperó unos segundos cuando detecto mi presencia, lo justo para terminar de digitar lo que fuese que estuviera escribiendo. Dejó el terminal sobre la mesita y centró toda su atención en mí, me ayudó a desvestirme mientra me besaba y acariciaba, logrando que me excitara sobremanera. En un momento dado se separo de mi -Espera, espera, tengo algo que podemos usar para jugar- y rebuscando en el cajón sacó un reluciente vibrador, de ergonómico y moderno diseño, que refulgió momentáneamente bajo los focos LED

-En ese momento salí de la cama, me vestí apresuradamente, recogí mi obsoleto movil del suelo enmoquetado y sali a mi analogica vida… Todo tiene un limite

Noemí

Noemí era, por definición, infiel. Y lo peor de todo es que creía, la muy zorra, que yo no me enteraba. Como para no enterarme, si sus amantes modificaban su vida y, por consiguiente, la mía. Se pensaba la muy pécora que, cuando de pronto dejó de cocinar aquellos platos insípidos y empezó a preparar cada día aquellos manjares culinarios, que no me iba a enterar que se estaba acostando con el chef francés que dirigía las clases de cocina donde acudía tres veces por semana y volvía sospechosamente tarde. O como cuando empezó a tirarse a aquel tío que tenía una cadena de tiendas de telefonía y me regaló, imaginó que arrepentida de su infidelidad, aquel móvil tan caro de última generación. Aún recuerdo cuando empezó a follarse a mi jefe y este me ascendió y me subió el sueldo, o cuando se metió en la cama de nuestro casero y nos bajaron el alquiler. Pensaba, la muy puta que, regalándome toda aquella ropa de marca, iba a perdonarle que tuviera un idilio con aquel vendedor del corte inglés, o que unas vacaciones en punta cana compensarian que me engañara con el de la agencia de viajes…

Sus continuos regalos, los detalles, o que, cada vez que tenía un nuevo amante me hiciese el amor, imaginó que arrepentida, de aquella manera tan apasionada, tan salvaje, tan… sucia, que hacía que me corriese de la forma más bestial posible. Aquellos juegos sexuales, aquella ropa tan sugerente, aquellas prácticas sexuales tan extremas, que harían palidecer de envidia a cualquier hombre, no compensaba que las realizará para limpiar su mala conciencia hacia mi.

Al final, no pude soportarlo más, y la deje. Mi orgullo se impuso y mi amor propio no soportó más sus engaños, sus mentiras y, sobre todo, no soporte que, de pronto, decidió ser totalmente fiel….

Tania

 

La desee desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron, y podría jurar que a ella le ocurrió lo mismo. El plan para aquella noche me apetecía, mucho, llevaba días esperando que llegara el momento, las fiestas en la terraza de mi amigo Jordi eran antológicas y la gente que acudiría me apetecía mucho estar con ella, pero todo aquello desapareció en el momento en que la vi.

Nos presentaron de una manera informal, dos besos de rigor y en resto de la noche ignorando absolutamente todo lo que pasaba a nuestro alrededor. Hablamos, reímos, coqueteamos y poco a poco fuimos acercándonos el uno al otro, un roce aquí, una mano apoyada inocentemente allá.

Me ofrecí a llevarla a casa, pero a medio camino su expresión cambio. Tu rostro se torno triste, apesadumbrado. Al final, desconcertado la deje en su portal, se despidió de mí con un beso en la mejilla, más cerca de la boca y más largo y dulce que el que se darían dos simples amigos pero infinitamente inferior al que esperaba. La vi alejarse de mi coche en dirección al portal, preguntándome en qué narices me había equivocado, en qué momento había metido la pata, cuando se paró en seco, volvió corriendo hacia el coche, abrió la puerta, se metió dentro y, sin sentarse, me beso, con uno de esos besos largos, tiernos, maravillosos…

-me muero de ganas de que subas- me dijo mirando mis ojos perplejos- pero hoy no puede ser, lo siento -notó la decepción en mi mirada- te llamo mañana y preparamos otro día, vale?

Volvió a besarme, salió del coche y esta vez corrió hasta su portal .

Ya podéis gustarle a una chica, ya puede estar los por vosotros, ya puede estar tan cachonda que no piense con claridad, si no esta preparada, al menos las primeras veces, si no lleva ropa interior bonita, si no esta depilada o cualquiera de esas manías que las mujeres tienen, en esa ocasión no visitaréis su alcoba, os lo aseguro. Eso fue lo que había pasado, de nada sirvieron mis protestas después, diciendo que no importaba, que la deseaba y con eso bastaba, aquella noche no pudo ser.

Decidimos quedar el fin de semana siguiente, el viernes por la noche, alquile una habitación en un buen hotel de Barcelona y pasamos la semana hablando, hablando mucho, de las ganas que teníamos, del deseo que nos consumía, de lo despacio que pasaba el tiempo hasta que, el viernes, me registre en el hotel, prepare la cama con pétalos, puse velas por todos lados y recibí una llamada de ella comunicándome que le acababa de venir la regla, que lo sentía mucho y que aún me deseaba.

Fijamos la fecha al fin de semana siguiente, esta vez en su casa, donde seguro, seguro, esta vez nada impediría que nos amasemos. Y de nuevo la semana se hizo eterna, hasta que llegó el sábado, a la hora fijada, tal vez un poco antes, me planté en la dirección indicada, nervioso, temblando como un flan y encendido de deseo, llame al timbre y me abrió, guapa, bella, con un sencillo vestido que marcaba sus curvas, me invitó a entrar, la contemplé, lleno de pasión, de deseo, la bese, primero lento, tímido, pero después, viendo que ella respondía a mis caricias, dejándome llevar hasta que un sonoro y estridente zumbido cortó nuestra pasión. Era el interfono, ella contestó extrañada para descubrir, azorada que eran sus padres, que habían venido de visita, me pidió, sonrojada que me escabullera por las escaleras, me despidió con un furtivo y rápido beso mientras observaba como la luz del ascensor se ilumina indicando la inminente presencia de sus progenitores, oriundos de un pequeño pueblecito de Girona, que venían por sorpresa, a pasar el fin de semana en casa de su amada (no por mi) hijita.

La siguiente semana decidí que el encuentro se celebrase en mi casa, en un terreno que yo pudiese controlar, donde nada ni nadie pudiese dar al traste con el deseo que me consumía ya de una forma casi insoportable.

Prepare una frugal cena de picoteo, algo de vino, música suave y cuando sonó el timbre, encendí unas velas en la mesa antes de abrir. El timbre insistió, con más urgencia de la esperada, consulte el reloj y me extrañe de que aún era pronto, faltaba casi media hora para el momento fijado, volvió a insistir, con una urgencia poco halagüeña, casi impertinente, acompañado de unos aporreos con el puño en la puerta. Abrí extrañado y un poco molesto, lo admito, para encontrarme a mi vecino de al lado, con los ojos desorbitados que me comunicaba que el piso de la señora rosa, una anciana que vivía en el entresuelo, estaba ardiendo y debíamos desalojar el edificio. Para corroborar su alarma, por si el pestilente humo que subía por el hueco de la escalera no fuese suficiente, vi detrás suyo a la familia china que vivía justo encima mío bajar atropelladamente con urgencia.

Allí mismo, delante de mi edificio, al que no pude volver en varios días, mientras los bomberos sofocaban las pertenencias que la señora Rosa había atesorado durante su longeva vida, Tania, vestida de una manera que, en otra situación, me habría excitado sobremanera pero que, viendo peligrar mi casa, no tenía yo el horno para bollos, y yo, decidimos que de aquella semana no podía pasar, que era imperativo que nos acostaremos, que diéramos salida a aquella pasión que nos consumía, a aquel deseo que eclipsaba todo lo demás. Y así lo hicimos, pocos días después, en casa de una amiga suya, con los móviles apagados, cancelando todos los compromisos, dándonos prioridad el uno al otro, por fin, después de tanto esperar, pudimos hacer el amor, poseernos el uno al otro… y sabéis que?… No fue para tanto, más bien fue un polvo pésimo.

La chica de la cama

Mire por la ventana mientras terminaba de vestirme, el día seguía gris, amenazante de una lluvia que no terminaba de llegar, cubría la calle con una pátina que apagaba hasta los colores más vivos, dándole una apariencia enfermiza, triste, descorazonadora.
Ella se revolvió en sueños tras de mi, enredándose aún más en la maraña en la que la pasión de la pasada noche había convertido la ropa de cama, la cual, no daba para tapar la insinuante desnudez que me ofrecía.
Nos habíamos conocido apenas unas horas antes, lo típico, noche de fiesta, amigos comunes, copas, música, miradas, mentiras y halagos que se aceleraban como un coche sin frenos en una calle empinada hasta acabar besándonos apasionadamente en el rincón menos discreto del local, con las manos desenfrenadas, ansiosas, locas de curiosidad para encontrar el mínimo resquicio por el que asaltar la coraza de la ropa. Un “vivo aquí cerca” con una súplica en la mirada, una sonrisa y un beso como simple respuesta, un camino que se hace eterno interrumpido en cada oscuro portal que nos ofrecía una ilusión de intimidad para nuevos conatos de pasión que, lejos de apagarse, no hacían más que avivar el incendio que nos consumía.
Subir las escaleras, nerviosos, ansiosos, con prisa, un último esfuerzo, unas llaves que no atinan, unas risas nerviosas, abrir la puerta, entrar sin dejar de abrazarse, entrelazados, cerrar la puerta de un portazo, la llaves caen al suelo, tropezar con algún estante traicionero en la oscuridad, el sonido de algo hueco al caer, una disculpa apagada con un “no pasa nada” previo a un nuevo beso ansioso. Unas manos frías que abren mi camisa buscando mi calor y arrancándome un gemido, una falda que sube para ofrecer el calor que emana de un cuerpo encendido. Un primer encuentro con su humedad allí mismo, apoyados en la puerta de entrada, con los ojos aún acostumbrándose a la penumbra, aún sin desnudar del todo, con su ropa interior a media asta, bajar hasta inundarme de su olor, descubrir torpemente su sabor mientras ella mira abandonada a la sensación al techo y agarra con fuerza mi pelo obligándome con dolor a hundirme más en el salobre triángulo de su pelvis.
Un no recordar cómo llegamos a la cama, una pasión que nubla los recuerdos de una noche en la que los pensamientos racionales dejan paso a una locura, a un deseo que nos gobierna durante las siguientes horas hasta, caer rendidos, enmarañados el uno con el otro en una postura imposible, empapados de sudor, despeinados, exhaustos, vencidos, muertos de placer, de deseo cumplido.
Notar como la felicidad se desinfla, con su luz se nubla de realidad, como una sombra de vergüenza rompe la perfección del momento.
-hola- me susurra ella desde la cama, con el pelo convertido en un caos enmarcando unos ojos entrecerrados- qué haces?
-me visto- contestó- ya es de día, debería irme
Ella duda, esta hermosa, es hermosa, contemplo su deseable cuerpo mostrado ante mi sin el más mínimo pudor, sonríe, tal vez mi mirada u otra parte de mi le ha delatado el deseo que renace en mi bajo vientre, estira su mano hacia mi -ven- me susurra haciendo un gesto con los dedos… obedezco.

Yolanda

Un amigo me pidió una vez un favor peculiar, sencillo de realizar pero que me trajo quebraderos de cabeza. El encargo era bien simple, ir a casa de su chica e instalar una impresora al ordenador. Ante mi extrañeza de porque no lo hacía el mismo, algo de lo que me consta era más que capaz, me contestó con evasivas, excusas tontas y respuestas vagas. No le di importancia y valorando que no tenía nada mejor que hacer aquella tarde me ofrecí encantado.

Yolanda vivía en un barrio del cinturón de Barcelona. Me abrió la puerta vestida con una bata ligera de estar por casa, la cara sin maquillaje y el pelo recogido de cualquier manera. No me pareció fea en un primer momento, pero tampoco guapa. Era menuda, delgada, muy delgada, de facciones duras y mirada alegre, vamos, lo que se dice una belleza peculiar.

Me recibió con una amplia y franca sonrisa que hizo que me cayera bien desde el primer momento. Después de una banal conversación de cortesía me mostró donde estaba la impresora y el ordenador. Me dejó con un, tú mismo, eres el que sabe de esto y se sumió en su smartphone olvidándose de mi presencia.

La instalación fue sencilla, casi plug&play, limitándose yo a clickar “yes” en alguna ocasión y esperar a que la barra de progreso terminara de cargar. Cuando la instalación acabó, pulse la opción para imprimir una página de prueba y observé cómo se cargaba en la cola de impresión. Levanté la vista buscando a Yolanda para decirle que el trabajo estaba.terminado y las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Allí estaba ella, apoyada en el dintel del ventanal del balcón, mirando distraídamente a la calle, y el sol, ese sol de julio que tiene Barcelona, transparentaba su ligera bata dibujando al contraluz su cuerpo menudo, sus pechos pequeños, su vientre plano, su generosa cadera, sus piernas torneadas.

Allí seguiría,  embelesado con aquella visión si la impresora no hubiera empezado a funcionar y,  con un graznido mecánico,  escupiera la típica página llena de caracteres.

Yolanda reparó en mí,  y con un cantarín: anda!  Si ya funciona! Que bien! – vino al trote hacia mi y observó la pantalla sobre mi hombro.

Al alejarse del sol,  las transparencias desaparecieron,  pero la magia ya había empezado. Reparé en sus curvas,  en como la tela estampada las contorneaba,  en la ausencia de sujetador,  en la goma de las braguitas desdibujádose en el vestido, el olor de su piel, la forma en que apoyó su mano sobre mi hombro, como uno de sus dedos rozó la piel de mi cuello, haciendo que saltaran chispas, como reparó en mi sobresalto y aún así se quedó allí, mirando distraídamente mi cuello, como me volví lentamente hacia ella hundiendo mi nariz en su melena rizada, como ella no se apartó y siguió fingiendo que observaba la pantalla, como su roce se volvió caricia, como mi mano subió por su pierna adentrándose en terreno prohibido, como ella abandonó la pantalla para besarme, primero tímidamente, después con ansia, con pasión, como podría reconocer el instante exacto en el que perdimos el control, en el que nos desnudamos el uno al otro sin la más mínima amabilidad, casi arrancándonos la ropa, como ella se sentó a horcajadas sobre mí, como forzó mi entrada, como me sentí en la gloria dentro de ella, como nos abandonamos al placer, jadeando y resoplando como animales hasta llegar a un clímax casi simultáneo, como intente recuperar la compostura, como poco a poco recuperamos la respiración, los corazones se calmaron y nos miramos avergonzados y con un halo aún de deseo. Cómo me vestí a trompicones, me despedí  torpemente y salí a la carrera con la cabeza dando vueltas y el corazón a 100.

En qué narices estaba yo pensando? Era la chica de un amigo! Si, vale, tal vez no de un amigo íntimo, pero un amigo al fin y al cabo, y aquello, al menos hasta ese momento, había sido dogma para mi.

Estuve dándole vueltas el resto del día, toda la noche y la mitad de la mañana siguiente, al final, decidí ir a casa de Yolanda, disculparme y aclarar el malentendido.

Me abrió sorprendida, vestida con una bata similar, con el pelo recogido de cualquier manera y tan sexy como el día anterior. Le dije que lo sentía mucho, que el calor me había afectado, que yo no era así, que la respetaba, que respetaba su relación como amigo, que había traicionado la confianza de ambos con mis actos, que jamás volvería a ocurrir, que podía confiar en mí, que me mantendría firme y no volvería a caer en la tentación… al menos mentalmente se lo dije, en la realidad dudo mucho que de mis labios saliera un simple hola teniendo en cuenta el poco tiempo que pasó desde que ella abrió la puerta de su casa y mi lengua exploraba, con un ansia atroz, las humedades de su entrepierna, descubriendo su falta de ropa interior, el sabor ocre de su sexo y el agudo tono que era capaz de emitir en el momento en el que, con un violento espasmo se corrió salvajemente en mi boca casi ahogándome en humedad y deseo.

Apenas pensé el resto de la mañana en la que hicimos el amor en cada uno de los rincones de su casa. Pero al despuntar el mediodía, y ya agotado escocido y dolorido, volví a tomar consciencia de mis actos y, avergonzado, aprovechando que Yolanda dormía agotada, salí de su piso en silencio carcomido por los remordimientos.

Tarde un par de días en volver a verla, en los cuales me volví loco de culpa, en los cuales evite cualquier contacto con mi amigo, muerto de vergüenza como estaba. Decidí que debía aclarar las cosas, pero esta vez fui más precavido. Llegue a su casa y en vez de subir, pulse el interfono y le pedí que bajara a hablar conmigo. Ella se extraño, insistió en que subiera pero yo me mantuve firme, había ido allí a poner fin a aquella ignominia, y firme me mantuve hasta que la vi bajar,q esta vez maquillada, con el pelo suelto y brillante y un vaporoso vestido veraniego que dejaba sus piernas al aire y el cual no me ofreció mucha resistencia cuando, pocos minutos después, apartaba sus bragas para penetrarla resoplando en su cuello, escondidos precariamente en el recodo que el hueco del ascensor que nos apartaba precariamente de las miradas de la gente que paseara por la calle en aquel momento.

Aquello tenía que terminar, no estaba bien, pero era más fuerte que yo. Mis principios eran firmes, pero una pasión descontrolada me poseía en cuanto la veía. Intente cortar con ella en un parque y acabe con las piernas destrozadas de arañazos de las espinas de un arbusto tras el que nos escondimos para poseernos. Intente cortar con ella cenando en un bullicioso restaurante al que solía ir mucho y al cual no podré volver después del bochornoso espectáculo que dimos en los lavabos de señoras. Intente cortar con ella en una discoteca, un paseo marítimo e incluso en una discoteca, pero siempre encontrábamos un rincón, más o menos discreto en el que dar rienda suelta al deseo.

Al final hice lo único que pude hacer, quede con ella en su casa y le pedí a un amigo que fuese en mi nombre a cortar con ella. A día de hoy aún se acuestan en los rincones más insospechados, al menos hasta que encuentre el a alguien que le sustituya…

Trini

Trini tiene una regla inviolable, casi un mandamiento, nunca se acuesta con nadie más de tres veces. Ella dice que, después de tres veces, todos los amantes se vuelven una decepción, que ya no hay sorpresa, que ya no hay el morbo de lo desconocido. Yo creo más bien que, para ella, más de tres polvos significa que ese amante no es sólo un amante y que, su perfecta y trabajada fachada de chica dura a vuelta de todo no soportaría admitir que, el repetidor, es más que una polla con patas.
De la primera vez que nos acostamos no me acuerdo, ni ella ni yo. Habíamos bebido hasta convertir aquella noche en un nebuloso recuerdo de risas, canciones y amistad subida de tono. Nos despertamos, aunque cuando lo explicamos omitimos ese detalle, abrazados el uno al otro, con una dolorosa resaca, la ropa interior ausente(la mía, a dia de hoy, aún no ha aparecido) y las partes íntimas tan irritadas que no cabía el equivocó de que sólo habíamos dormido la mona.
La segunda vez, fue todo lo contrario, quedamos una noche de invierno con la simple intención de cenar unas pizzas y ver una peli un domingo por la tarde y tal vez, las calorías de la mozzarella, el calor de la manta y la estufa, la chispa de las cervezas o una película más subida de tono de lo normal hizo que, esta vez, nos embriagamos no de alcohol, sino de puro deseo, de un calentón de campeonato que nos hizo, primero acariciarlos torpemente, casi por descuido, para después saltar el uno sobre el otro, medio arrancarnos la ropa y follarnos como si no hubiera un mañana, con una ausencia total de amor, de cariño, de simple pensamiento, sólo instinto, ganas, placer primigenio hasta que, acabamos en el suelo, dos cuerpos entrelazados sobre la alfombra, sudorosos, de corazón y respiración desbocada, despeinados y desmadrados, intentando asimilar lo que acababa de pasar. Dos cuerpo que se levantaban avergonzados, con una sonrisa nerviosa, intentando recomponer la ropa rehuyendo las miradas, un sentarse de nuevo en el sofá rubricando un pacto no verbalizado de no comentar lo que acababa de pasar.
Si la primera vez fue la embriaguez, la segunda la pasión, la tercera fue el simple cariño, una especie de amor sincero que fue brotando entre los dos, poco a poco, alimentado por gestos, miradas, actos que superan la simple amistad. Fue una noche de conversación íntima, de confiar secretos, de abrir el corazón, de acercarnos el uno al otro, poco a poco, mirándonos a los ojos con cariño, temblando al recibir los labios del otro. Un dejarse llevar, cerrar los ojos, abandonarse a la sensación, hundirse en el puro placer y no desear nada más en el mundo que aquella boca, aquella piel, aquel pelo que se enredaba en mis dedos. Y así me deje llevar, haciendo de aquella sensación mi mundo hasta que, poco a poco, casi imperceptible al principio, pero más obvio poco después, fui notando que ella abandonaba aquel refugio de placer, aquel rincón de deseo y se alejaba de mi. Abrí los ojos, preguntando la razón con la mirada.
No Juan, no quiero gastar aún mi tercer deseo contigo…
Amparada en mi perplejidad, se levantó, hizo un gesto de arreglarse la ropa, más por recuperar la compostura que otra cosa, ya que no me había dado tiempo a nada, y salió de mi casa hasta hoy…

 

 

Foto de la gran @CharoGuijarro

Luna

Luna era delicada, serena, etérea, con una piel lechosa, de apariencia cerámica, porcelanosa, la luz dudaba al tocarla, igual que yo. Me recordaba a una flor de pétalos delicados, de fragancia embaucadora y fragilidad extrema. Una flor tan bella como efímera, tan hermosa como delicada, condenada a desaparecer mostrando todo su explendor durante un breve espacio de tiempo. De movimientos delicados, de mirada profunda y triste, de expresión melancólica. Siempre contestaba a mis muestras de amor con susurros, con una voz tan tenue como las caricias que yo me atrevía a darle. Cuantas noches pase sólo contemplando su cuerpo, sólo regocijándome en cómo la luz que entraba por la ventana la acariciaba de forma más atrevida de la que yo osaba. Cuantas veces contuve mi deseo de abrazarla, de tocarla, de poseerla, sin atreverme a ir más allá que un simple roce de mis dedos, conformándome sólo con mirarla y soñar con ella, temeroso que, si me atrevía a mancillar, se rompería como la delicada flor que era.
Luna al final me abandonó, salió de mi vida con un portazo nada etéreo, ahora está feliz junto a un bruto patán que sabe perfectamente que, Luna, no se rompe si la tocas….

Foto de @elenasarinena (mil gracias)

Clara

Entiendo el sexo, la higiene siempre ha sido muy importante para mí, no sólo espero encontrarla en mis amantes, sino que la considero una muestra de respeto por mi parte, amén de las molestias, peligros e incomodidades que su ausencia produce. Y la higiene fué, por desgracia, la razón de que mi relación con Clara no funcionase.
Clara era higienista dental, muy guapa la verdad, he salido con mujeres muy atractivas, pero Clara era guapa de verdad, con una belleza serena, un cuerpo menudo y atractivo, una piel blanca y brillante, unos ojos vivos y profundos, de un negro infinito, un pelo castaño y ondulado que le caía hasta la mitad de su espalda.
Nos presentó un amigo común y enseguida congeniamos, nos dimos los teléfonos y no tardé en llamarla para invitarla a cenar.
Ella aceptó encantada con la condición que ella elegía el restaurante. Un local del barrio del Born de Barcelona, vegetariano de decoración aséptica y minimalista, con las mesas, sillas, paredes, suelos y camareros de un impoluto blanco, donde nos sirvieron unas crudités tan insípidas como escasas, la ración justa para provocar un rugido de estómago que me acompañó el resto de la velada.
Cuando terminamos aquel simulacro de cena, mi humor era, al contrario que la decoración del restaurante, muy negro. Estaba malhumorado y taciturno cuando, para empeorar mi humor nos trajeron la cuenta, desproporcionada, la culpa pague yo religiosamente mientras Clara se limpiaba las manos compulsivamente con una toallita húmeda que nos habían traído.
-Tienes algo que hacer ahora?
La pregunta me cogió por sorpresa, lo admito. Levanté la vista para comprobar que Clara seguía impasible con su unción.
-si no tienes otro plan, podríamos ir a mi casa y acostarnos.
Creo que mi mandíbula, al descolgarse, golpeó la impoluta mesa de linóleo blanco. Titubeé alguna respuesta afirmativa con los ojos como platos que hizo que Clara dejara la toalla caliente y con un “genial, vamos” se levantara y caminara hasta la puerta.
Un buen rato de taxi después, el cual pagué yo también, en el que intenté hacer manitas o robar un beso a la que, en teoría, iba a ser mi amante en un rato, llegamos a un edificio de apartamentos en la diagonal cerca del Besos, de arquitectura recta e insípida, con una entrada limpia y bien iluminada, casi tanto como el ascensor que nos llevó, uno frente al otro, sin mirarnos ni hablar, hasta un piso que parecía una extensión del restaurante del que veníamos. Paredes blancas y lisas, los mínimos muebles también blancos y una decoración que, se permitía el exceso de algún toque negro. A falta de perro o gato, un roomba, uno de esos robots que barren vino a recibirnos.
-ponte cómodo, coje algo de la nevera que tengo que asearme un poco.
Cogí una botella de agua de la nevera, lo único que había para beber, y me senté en sofá duro y blanco frente a una mesa de centro, también blanca, sobre la que habían, ordenadas de forma casi milimétrica, tres revistas de temática médica.
Clara entró en su baño bien iluminado y se desnudo doblando cuidadosamente la ropa, manipuló la grifería poniendo  el termostato a la temperatura perfecta, se metió en la bañera comprobando primero que la temperatura del agua fuese la óptima, dejó que esta le mojarse la piel y accionó el interruptor de la alcachofa de baño que detenía el chorro.
Uso un gel de pH neutro y libre de químicos y enjabonó su cuerpo de una dos metódica y mecánica. Ningún rincón de su piel quedó sin enjabonar a excepción de sus genitales, para los cuales uso un jabón formulado expresamente para la mucosa íntima, usó dos tipos diferentes de champú, uno reparador y el otro enriquecedor y mientras esperaba que la mascarilla capilar de jojoba y camomila hiciera su efecto se hidrató los pechos y el cuello con una leche de almendras. Enjuagó todo el cuerpo con el agua caliente y acabó con un chorro final de agua bien fría que tonificó su piel y le arrancó un tímido gemido de protesta, un resquicio de sentimiento en la asepsia de su rutina.
Salió de la bañera y se envolvió el pelo en una toalla a modo de turbante. Secó concienzudamente cada rincón de su cuerpo, cada recoveco, sin olvidar ni un sólo milímetro de piel siguiendo un patrón mil veces repetido.
Untó su cuerpo con leche hidratante realizando giros con las palmas de sus manos en sentido de las agujas del reloj para activar la circulación. Dejó libres las zonas del pecho, cuello y glúteos donde uso una crema reafirmante concreta para cada zona, las cuales aplicó de una forma enérgica y profesional.
Se contempló una vez terminado el trabajo durante un segundo en el espejo, complacida con el resultado. Se quitó el turbante y, sopesando la humedad del cabello, lo secó cuidadosamente con otra toalla limpia y lo empapó con un acondicionador que reparaba las puntas y fortalecía marcando los rizos naturales.
Cuidó la piel de su rostro con un bálsamo y aplicó una crema correctora en la zona de las ojeras y otra, con un fuerte masaje, en la zona de la papada para reafirmar y marcar el óvalo facial.
Se puso un leve camisón, también de color blanco, sin muchos adornos, sencillo, pero que insinuaba perfectamente sus curvas, se contempló en el espejo una vez más, alejándose para sopesar de cuerpo entero y sonrió contenta con el resultado.
Recogió todas las cremas, potingues, toallas, jabones y utensilios que había utilizado dejándolos cada uno de ellos en el sitio correcto preestablecido para ello. Salió del baño y se dirigió contoneándose hacia el salón para comprobar que yo, ya no me encontraba allí, pues estaba disfrutando desde hacía un buen rato de una grasienta, insana, glotona y obscena hamburguesa en un local nada blanco que había visto durante el trayecto en taxi…

Amanda

Si quisiera resumir las ganas que tenía de asistir a la boda de Sergio y Carmen, podría hacerlo con ningunas. No es que ellos no me cayera bien, es mi aversión personal a esa ceremonia cada vez más hortera y chabacana en la que dos infelices se prometen cosas en público que seguramente no serán capaces de cumplir. Aparte de que se me ocurren mil maneras en las que podrían gastarse ese dineral que apuntalaría mucho más su amor que esa pantomima. Siempre digo que no y pongo una excusa para no asistir cuando me invitan, pero aquella
Aún así acudí, me gaste una pasta en un buen traje, dibuje en mi cara la más amplia de las sonrisas y la mantuve cuando les solté una generosa suma de dinero en un sobre. Todo por mantener la tradición.
Ya en la iglesia, a la cual sólo entre para resguarecerme un rato del sol abrasador que nos castigaba y a la que no volví a entrar, dirigiendo mis pasos en cuanto empezó la ceremonia a otro templo cercano, más prosaico y etílico, como digo, ya en esa breve incursión en la iglesia llamó mi atención, entre aquella amalgama de vestidos chillones, pamelas imposibles y tacones peligrosos, el rojo vestido de Amanda. Más alta de la mayoría, con una larga cabellera morena que coronaba un cuerpo de infarto, dibujado a contraluz del sol que, oportuno, entraba por una de las grandes vidrieras del gótico edificio.
Mentiría si no dijera que busque de nuevo su roja silueta en el lanzamiento de arroz y la sesión de fotos a pie de la escalinata, donde ya, un par de veces nuestras miradas se cruzaron. Y mentiría de nuevo si no admitiera que me acerque, simulando casualidad, durante el aperitivo previo al banquete donde ya cruzamos un par de palabras, alguna gracia y alguna galantería por mi parte.
La sorpresa llegó cuando, al buscar nuestros nombres en la distribución del banquete, descubrimos con grata sorpresa que nos sentábamos uno al lado del otro, en la mesa de los desterrados, o solteros desparejados, como se les suele llamar.
Amanda no sólo era guapa a rabiar, morena, alta, de cuerpo proporcionado, ojos infinitos y labios tentadores, sino que además, era culta, inteligente, divertida y simpática. Así que, toda la jornada, con sus paseos horteras de camareros, sus que se besen y vivan los novios, sus vídeos ñoños de los novios de niños, la subasta de la liga y demás zarandajas pasaron desapercibidos perdido como estaba yo, en la mirada de Amanda, en el perfume que emanaba de su pelo cada vez que la música alta me obligaba a acercar mi boca a su oído para hacerme oír, en la electricidad que saltaba cada vez que su mano se posaba en mi brazo o la mía, distraída, en su cintura.
Coincidimos en muchos temas, gustos y pensamientos, entre los que se encontraban el odio a las bodas, así que, cuando llegó el americano momento de lanzar el ramo, nos alejamos de la muchedumbre hacia un rincón más calmado, donde nuestras manos jugaron, sin forzarlo nos acercamos, donde asumimos que nos deseábamos y donde por fin, nos besamos. Un beso tímido, dulce, caliente, un apartar la boca para, ambos, abrir los ojos temerosos de la reacción, un momento de calma, dos corazones desbocados y un comernos el uno al otro, esta vez sin cortapisas, con ansia, con pasión.
No se quien empujó a quien, quien guiaba y quien se dejaba llevar, pero acabamos en un cuartucho lleno de manteles y ropa de mesa, oscuro y con olor a humedad, donde encontramos la manera de desnudarnos sin quitarnos la ropa, donde nos perdonamos las torpezas y la incomodidad, donde nos buscamos y nos encontramos, donde el deseo se convirtió en humedad, donde todo encajó y donde nos gozamos como si el resto del mundo no existiera, y donde nos corrimos al unísonos, ahogando nuestros gemidos de placer uno en el hombro del otro.
Permanecimos unos instantes en silencio, abrazados, evitando asumir la certeza que, finalmente llegó de lo incómodo e inadecuado de la situación, donde nos arreglamos la ropa, casi uno de espaldas al otro, avergonzados y cómplices. Donde nos acicalamos dándonos el visto bueno el uno al otro y, aún con el corazón desbocado, salimos a hurtadillas de aquel cuartito sin ser detectados por nadie excepto por Sergio, el novio, que cruzó conmigo una mirada cómplice y triunfal, algo así como sabía yo que os ibais a caer bien.
Cuando acabó la boda nos dimos los teléfonos y no tardamos en contactar, citandonos al día siguiente en casa de ella, salimos durante unos meses, nos divertíamos juntos y nos acostamos a menudo, pero jamás volvió a ser igual, siempre faltó algo que sólo pudimos tener aquella vez, hasta que, la decepción mutua, imagino, hizo que nos distanciaramos hasta romper….
Sigo odiando las bodas, pero ahora nunca digo que no, por si acaso.

Edu

Edu y yo empezamos a vivir juntos casi sin darnos cuenta, una cosa llevó a la otra, una mudanza, un pasar cada vez más noches juntos hasta que un día decidimos dar de baja su contrato de alquiler y trasladar las pocas cosas que quedaban, a mi(nuestro) piso.

Así estuvimos casi un año, durante el cual nos atacó la peor enfermedad que puede atacar a una relación, la rutina.

Aún así, nos llevábamos bien, apenas discutíamos, yo trabajaba prácticamente todo el día y ella tenía su taller de ilustración en casa. Vivíamos holgadamente, no habían tiranteces, el sexo era relativamente frecuente y nos decíamos un te quiero de vez en cuando.

Hasta aquella tarde de octubre, en la que se acabó el verano oficialmente y, al contrario del veranillo que había sido los días anteriores, con mañanas de manga corta en la playa apenas dos días antes, ese día amaneció frío y ventoso, pero frío hasta el punto que, me sorprendí a mi mismo tiritando con la fina chaqueta que la costumbre me había hecho coger esa mañana.

Había ido a visitar a un cliente y, al salir de su oficina, el frío viento golpeó de nuevo mi alma y, teniendo en cuenta que no andaba lejos de casa, decidí ir a coger algo de más abrigo, darle un beso a Edu y tomarme una taza de café caliente que me templara el cuerpo.

La escena no pudo ser más típica, entre en casa y al colgar la chaqueta en el perchero vi que, en mi sitio, había otra prenda que no reconocía. No fue lo único que no reconocía y que estaba en lo que, yo suponía era mi sitio. Sobre el sofá del comedor, a cuatro patas sobre la cara piel (aquel sofá me había salido por un pico) estaba mi chica con los ojos en blanco, jadeando como un animal embravecido, mientras un imbécil se la follaba por detrás en una cadencia marcada por la música que reproducía a todo volumen el caro y exclusivo reproductor de música del salón. Sobre la mesa de cristal que habíamos encargado nos hicieran a medida y que fue un caro capricho habían dos copas de cristal de bohemia y una botella del caro espumoso francés que tanto nos gustaba. Aún sin salir del asombro y menos haber cerrado del todo la boca ni los ojos que seguían de par en par, vi el mando a distancia del equipo de sonido en la repisa que separaba los ambientes del iluminado salón comedor obra de un afamado y caro decorador de interiores, junto al del televisor de alta definición y 60 pulgadas.

Accione el botón de poder apagando la ruidosa melodía y sacando a los dos folladores de su ensimismamiento to orgasmatico. Ella dio un grito, yo di un grito, el farfulló algo como “mecagoenlaputa” mientras sacaba una polla bastante más dotada que la mía del interior de mi chica, y no se si fue realidad o mi memoria me juega malas pasadas, pero juraría que escuché un pop similar al de descorchar una botella.

Mientras aquel musculado maromo repetía un tantra de quiencoñoesestetio y se tapaba sus generosas partes íntimas, Edu dijo un típico cariño, te lo puedo explicar seguido de un, no menos típico, esto no es lo que parece.

Aquellas dos afirmaciones deberían haberme sacado, ya por sí mismas de mis casillas, si no fuese por un pequeño detalle que hizo que aquello fuese aún peor de lo que podía ser. Recuerdan ustedes que al principio de mi relato califique a aquel dotado semental de imbécil? Pues no podía estar más errado, ya que el imbécil, señoras y señores, era yo.

Aquellos deja que te lo explique y aquellos no es lo que parece mi vida, no me los estaba diciendo a mi Edu, se los decía a él!

Temeroso de que aquella situación empeorará y pudiese ser aún más vergonzosa y humillante para mi, salí de aquella casa con un portazo, un amago de lágrimas en los ojos y sin coger, tan y como me recordó el frío que me golpeó al salir, la chaqueta de abrigo que había ido a buscar, dejando a Edu dándole explicaciones a su amante sin recordar que la casa, el sofá, la tele, el equipo de sonido, la cara decoración y, me temo, el amante, lo pagaba yo.

Ella

Ella era ella, simplemente ella, la que me levantaba la moral con una caída de ojos, la que me hacía llorar de risa, la que la ponía dura con una palabra tierna, la que era un libro abierto y nunca sabía lo que pensaba, la que, cuanto mejor le sentaba la ropa, más ganas tenía yo de quitársela. Ella era la que en un concierto me miraba a mi a los ojos, la que se encendía al apagar la luz, la que me dejaba seco cuando se mojaba, la que me cargaba el móvil con un beso.
Ella era ella, simplemente ella, la que era tímida en privado y me comía a besos en el metro, la que le gustaba el jamón del bueno y el chopped del malo, la que le llenaba una ensalada y un entrecotte le sabía a poco. Ella era a la que le gustaba mi aliño, la que me mareaba con vino y me daba de postre un revolcón. La que se comía mi coulant a regañadientes y relamía el tenedor.
Ella fue la que jamás me dijo no te quiero, la que me prohibió decir que la amaba y se estremecía cuando lo hacía. Ella era mi paz, mi volcán, mi cielo y mi infierno, mi principio y mi fin. Ella era ella, simplemente ella. La que le dio la vuelta a mi corazón como un calcetín, la que me parecia más guapa de lo que la recordaba cuando la volvía a mi.
Ella es ella, la que llegó en el momento justo y se marchó cuando más falta me hacía, ella era, simplemente, con quien soñaba mientras dormía abrazado a su cuerpo. Era mi hambre, mi sed, mi sueño y mi calor. Era paseos y siestas, era música y libros, era mi hola y mi adiós.
Era la de cara de poker jugando al parchís, la de dame un masaje que ya veré si te lo doy yo a ti. La de la vida difícil, la de la sonrisa fácil, la de los ojos profundos, la del beso en la nariz.
La empecé a echar de menos el día que la conocí, y no hay día en que en algún momento no me falte el aire al pensar en su ausencia.
Ella era ella, simplemente ella.
Ella.

Paz

Apenas estuve unos meses con Paz. Nos conocimos al final de un verano, nos sufrimos el otoño y, al llegar el invierno nuestro amor ya estaba tan frío como el viento que golpeaba la ventana de mi cuarto el día que se marchó para siempre.
Creo que nos caímos mal nada más conocernos, ella me pareció una belleza, porque otra cosa no, pero Paz era bella a rabiar, pero caprichosa y engreída. Yo le parecí pedante y de poco fiar, tal y como me confesó aquella misma noche después de hacer el amor en el asiento trasero de mi coche, en el parking público donde lo había dejado.
Paz era puro fuego, empezando por su larga cabellera pelirroja que parecía encenderse cada vez que se enfurecía, cada vez que aquellos enormes ojos verdes me querían atravesar el alma. Era celosa hasta rozar la patología, inconformista, voluble y caprichosa. Buscaba cualquier excusa, cualquier palabra a destiempo, cualquier gesto o mirada por mi parte para desatar sobre mi los siete infiernos. Más de una vez los vecinos estuvieron tentados de llamar a la policía. Porque Paz, no sólo desataba su furia sobre mí, sino que tenía el don de hacerme perder a mi también los estribos. En casa volaron platos, vasos, ropa salió por la ventana y hasta un televisor acabó en el suelo destrozado. En casa se perpetraron los mayores insultos, los más crueles reproches, las más hirientes amenazas.Paz y yo nos gritamos en la calle, en el cine, en casa de los amigos y hasta montamos el espectáculo en la iglesia durante la comunión de una sobrina suya. Y todas, absolutamente todas aquellas discusiones, todas aquellas guerras abiertas acabaron de la misma manera, conmigo dentro de ella, con ella jadeando mi nombre con rabia, con sus uñas clavadas en mi espalda, mis dedos tirando de su pelo, conmigo jadeando su nombre, con sus minúsculos pechos, apenas dos montículos pecosos coronados por un pezón sonrosado, señalándome acusadores, con sudor, saliva, arañazos, bocados y orgasmos tan salvajes, desatados e intensos como las discusiones que nos llevaban a ellos. Paz llenó mi vida de miedo, rabia, rencor y dolor, pero también me dió placer, belleza, deseo y lujuria, y al terminar, siempre al terminar, dulzura.
Dulzura que duraba el tiempo justo hasta la nueva tormenta, tormentas que duraron hasta que mi corazón y el suyo se cansaron de querernos.
Si lo pienso detenidamente, Paz dió a mi vida todo… menos lo que su nombre prometía.

Valentina

Habíamos empezado a vivir juntos como quien no quiere la cosa, quedarse a dormir una noche, después un fin de semana, llevar una muda por si acaso y poco a poco, sin darnos cuenta, compartíamos rutina, lavaplatos y montón de ropa para planchar. Como en toda relación, la pasión, el fuego, fue apagándose poco a poco, como siempre ocurre, dejando unos rescoldos aburridos que flameaban de vez en cuando en una fugaz llamarada que dejaba siempre un poso de amargura, de sabor perdido que nunca regresaría. Los besos apasionados, las mariposas en el estómago habían sido sustituidos por reproches, desidia y aburrimiento.

Aquel martes había sido un día más. Nos levantamos por la mañana con las mínimas muestras de cariño obligatorias y nos despedimos sin una sola mención al día especial que para algunos era aquella jornada.

Fue un día de trabajo anodino, insulso, el único contacto con ella fueron un par de mensajes en el móvil de contenido bastante prosaico y nada onírico. Llegue a casa cansado, cuando el sol ya se retiraba a descansar, pensando en que haría de cena y que serie de televisión echarían aquella noche. Nada más abrir la puerta, ella se lanzó corriendo a mis brazos, besándome apasionadamente sin dejarme soltar la bolsa donde llevaba mis útiles de trabajo, el casco de la moto y las llaves. Su beso sabía a los besos que nos dábamos al principio. Era húmedo, caliente, apasionado. Su lengua entro en mi boca ansiosa, exploradora. Su saliva me inundaba, me provocaba. Mientras me besaba me quito con ansia la bufanda lanzándola tras de mí sin miramientos. Separó su boca de la mía y me miró a los ojos con unas pupilas encendidas de puro fuego. Estaba preciosa, se había maquillado como solo hacía en las ocasiones especiales, los labios encarnados de carmín susurraron un te quiero casi inaudible. Quedé hipnotizado con su atuendo, del cual no había podido reparar debido a la impetuosidad de su ataque. Su cuerpo apenas era ocultado por un delicado camisón semitransparente que prometía su cuerpo delgado, apetecible. Embelesado como estaba contemplando su cuerpo no reaccione cuando ella, sin mediar palabra se arrodilló ante mi y, con ansiosos y violentos movimientos, desabrochó mi pantalón bajandomelo hasta los tobillos. Contemplo mi sexo durante unos segundos con la expresión de un depredador triunfal ante la presa que se acababa de cobrar y sin pensárselo mucho atacó haciéndolo desaparecer dentro de su boca. Una explosión de puro placer inundó mi cuerpo, un fogonazo incontrolable que oscureció mi vista e hizo flojear mis rodillas. Apoye la espalda en la puerta de entrada que acababa de cruzar, con el abrigo y la americana aún puestos, mientras ella me devoraba con un ansia y una pasión desconocidos en nuestras relaciones desde hacía bastante tiempo. Dejé caer con un estruendo el casco y mi bolsa de trabajo al suelo sin que aquel alboroto mermara ni un ápice el brutal ritmo en el que mi miembro salía y desaparecía entre sus labios. Me deshice de la ropa de abrigo que cayó al suelo desmadrada, me quite la corbata de cualquier manera y casi me arranque la camisa rompiendo algún botón mientras luchaba con todas mis fuerzas por evitar llegar a un clímax que ella estaba intentando arrancarme tan concienzudamente. Ya desnudo pero con los pantalones aún por los tobillos intenté zafarme de ella pero unas uñas clavándose en mis nalgas me lo impedían, mientras con gula, con ansia, con verdadera pasión, ella lograba que mi erección desapareciese en su garganta hasta rozar la angustia. Find alimente me rendí, pudo más aquel placer que me atenazaba, me tense, aulle a los apliques del techo y me vacíe con un estallido de placer en su garganta con el corazón a punto de salirme del pecho. Ella lo recibió con un gemido ahogado de gula no dejando caer ni una gota de su triunfo, relamiendo los restos como quien rebañar un plato especialmente delicioso. Aún con la mirada enturbiada por el placer vi como se separaba de mí pasando su lengua por los labios en un gesto que era puro erotismo. Se tumbó en el suelo, en mitad del pasillo con las piernas abierta y un palpitante y húmedo sexo que se me ofrecía dispuesto y una mirada desafiante de deseo que evitó cualquier intento de mi cuerpo por desterrar la excitación que me atenazaba. Me deshice torpemente de los zapatos y los pantalones y me lance sobre ella salvaje. Me recibió ardiente, voraz, deseosa. Entre en ella con una húmeda facilidad y su interior me abrazo quemándome. Un gemido me invitó a continuar, abandonandome a ese vaivén  que nos transportaba al cielo. Mi balanceo se tornó salvaje a la vez que su gemido se convertía en jadeos primero y después en un desesperado aullido de placer. Cabalgando desbocados llegue de nuevo al clímax esta vez acompañado por ella. Quedamos allí los dos, sudados, extasiados, desmadejados en un abrazo de brazos y pies, Unidos como un solo cuerpo jadeante intentando someter unos corazones que martilleaban furiosos con una cadencia insana. Me beso dulcemente, la agarre en brazos y la lleve a la cama, donde se acurrucó y se dejó llevar con una somnolencia que la transportista a brazos  de Morfeo. La contemple bella, tranquila, serena. La cubrí con una sábana y me dirigí al baño a asearme y a recoger mi ropa, aún un poco mareado por la sesión de pasión. De camino a la ducha repare en el ramo de flores. Doce encarnadas rosas jalonadas de helecho que ella había colocado en un vistoso jarrón en un lugar destacado de la casa. La bella composición floral estaba coronada por una nota manuscrita que rezaba en elaborada caligrafía: feliz San Valentín, te quiero ♥.

Sonreí, recogí mi ropa y me metí en la ducha. Mientras el agua caliente me despojó, entre volutas de vapor, de los aromas del sexo, no pude evitar preguntarme quien le habría enviado aquel ramo de flores.

Beth

-Nadie me ha tocado jamás como me tocas tu- me dijo mientras su pecho empezaba a recuperar la cadencia de la normalidad y la luz del placer se apagaba de sus ojos- no se exactamente que es lo que me haces, pero nadie me ha tocado como lo haces tú. Me tumbé a su lado en la cama, con una sonrisa triunfal y dejé que se acurrucase en mi ala. Saboree el olor ocre de su pelo rojizo, sentí su piel caliente y húmeda de sudor pegada a la mía. Apoye una mano en el final de su espalda y dejé que está se realizará hasta sus nalgas cuando ella se hizo un ovillo a mi lado. Note como me besaba el pecho agradecida y se dejaba llevar por una somnolencia típica de quién ha visitado los campos del orgasmo. Me quedé allí, tumbado en la cama viendo los jeroglíficos que la luz de la tarde de verano que se filtraba por la ventana, dibujaba en el blanco roto del techo. Oí su respiración, ahora relajada, profunda y rozando el ronquido, volví a sonreír deleitandome con el tacto de su piel y pensé en lo que me había dicho. Beth no era el amor de mi vida, eso lo tenía claro, era demasiado sería e inflexible, demasiado celosa de su vida como para ser capaz de compartirla con nadie y, mucho menos, con alguien como yo, pero me gustaba, me gustaba mucho, aquellos ojos duros, pero con un dejé de tristeza y nostalgia eran mi perdición, su boca, siempre al borde de la sonrisa, me hechizada al igual que aquella melena rojiza, que sin llegar a ser pelirroja del todo, bastaba para ser exótica y atrayente, hipnótica y tentadora. Y después estaba su piel, la razón de mi adicción a ella, la razón de todo aquello. Una piel pálida, suave, delicada, siempre con alguna marca rojiza, por el roce, la presión o el sol, una piel blanca y clara que se tornasolaba al más mínimo halago, que se erizaba al más mínimo roce, un lienzo dispuesto, jalonado de cientos, de miles de pecas, una constelación de puntos más o menos oscuros dispuestos en un cacofonico caos por todos y cada uno de los rincones de su cuerpo. Un dibujo abstracto de aparente aleatoriedad que a mí se me antojaba ordenado y pautado. Cada vez que la tocaba imaginaba con mis dedos unir aquellos puntos, encontrar el camino como en un mapa dibujado solo para mi. Buscaba con mis dedos, con mis besos, con mi lengua un patrón que rompiera aquella discordancia. Buscaba que combinación, que orden tocar que arrancara gemidos, que provocará jadeos, que tensara su espalda como una cuerda de guitarra arqueandose como si el placer que le inundaba partiese del techo sobre nosotros y no de la punta de mis dedos. Dibujaba estraños glifos en su piel, dibujos arcanos que invocaban placeres, orgasmos, humedades. Memorizaba cada unos de estos mapas en mi memoria y los revisitaba de vez en cuando encontrando siempre al final de la ruta el mismo placentero destino. Con ella me volví explorador, geógrafo, topógrafo, con ella busque mil y un caminos, encontré rincones inexplorados, paisajes de placer aún vírgenes, lugares donde descansar antes de continuar el camino. Con ella mis dedos tocaron sinfonías, compusieron poemas táctiles contorsionando el sentido del tacto hasta sus límites. Me descubría a solas, en cualquier lugar, ensoñando distraído de mis quehaceres, imaginando la constelación de su cuerpo e inventando nuevas rutas, nuevas combinaciones que ejecutaba cuando estaba junto a ella. -nadie me ha tocado jamás como lo haces tú- me decía Beth… y a mi me daban ganas de contestarle que yo tampoco había tocado jamás a alguien como la tocaba a ella…

Catalina

Las primeras veces que me acosté con Cata fueron en su piso de Barcelona, un ático de decoración abarrotada y pelo de gato por todas partes. Cata era simpática, agradable y tenía un cuerpo delgado de cintura mínima y pechos generosos que hacían desearla en el preciso instante en que la conocías. El problema era que no funcionó. Cata no quería una relación, para ella yo sólo era sexo, y ella para mi, en el punto en el que se encontraba mi vida, poco más iba a ser. Pero el sexo entre nosotros no estuvo la altura. Y no porque la chica no pudiera de su parte, jamás me oiréis decir tal cosa. Era entregada y fogosa, pero a veces, la conjunción de los ingredientes perfectos no da el resultado esperado y, por desgracia, al despedirme de Cata, la sensación de decepción y desasosiego inundaba mi ser y, por la expresión con la que ella me despedía y el frío beso fraternal me daban a entender que ella no había disfrutado más que yo.

Repetimos el ritual hasta en tres ocasiones, seguramente movidos por la extrañeza de que aquello no funcionase. Pero cada una de las veces que nos acostamos el sexo fue aburrido, poco inspirado, torpe y frustrante.

Cuando aquella mañana vi la foto de Cata en el móvil mientras sonaba, decidí que había que llevarlo a su fin.

-Hola guapa, que tal?- Pregunté fingiendo alegría por la llamada

-Bueno… bien… y tu?

-bueno… ya sabes…

Un silencio eterno enmudeció la línea telefónica

-quieres que nos veamos esta noche? -preguntó Cata con un timbre de voz poco convencido.

-si, bueno… Si tu quieres…. En tu casa?- propuse temeroso de que la respuesta fuese afirmativa.

-Quieres que hagamos algo diferente? No se…. Salir a tomar algo, a cenar…

– Claro!- mi tono cambió radicalmente

– Quieres ir a cenar? Un amigo me ha hablado de un sitio que está muy bien… vamos?

Al restaurante, pequeño y moderno, en pleno barrio del Born, llegué tarde, como siempre. Tengo un verdadero problema con la puntualidad. Cata me esperaba ya sentada en una mesa y sus mejillas encarnadas delataban sus buenas dos copas de vino con las que había amenizado la espera. Dos besos fríos y una excusa torpe… Estábamos sentados el uno frente al otro, con pocas cosas que decirnos, así que cuando el camarero, un chico simpático de piel aceitunada y acento exótico se ofreció a explicarnos la mecánica del establecimiento, agradecí soberamanera que rompiera aquel tenso silencio.

Era un menú cerrado, no se podían elegir los platos, una de esas excentricidades de los cocineros con alma de divo. Pregunte a Cata si estaba de acuerdo y, ante su afirmación, le rogué al camarero que iniciará el “show”.

El primero de los manjares se hizo esperar un poco, aunque los silencios incómodos, las respuestas de monosílabos y los temas forzados hicieron que pareciera una eternidad durante la cual Cata hizo desaparecer una copa y media de vino más. Estaba claro que los dos sabíamos que aquello no funcionaba, pero ninguno tenía el valor suficiente para decirlo en voz alta. Ambos esperábamos a que el otro diera el golpe de gracia, o al menos daba esa sensación. Cuando por fin reuní parte de ese valor, antes de que pudiese pronunciar aquel temido “Tenemos que hablar” apareció el camarero con el primero de los platos.

Eran una especie de canapés, bocados pequeños de ingredientes poco identificables y elaborada presentación.

-mmm, tengo hambre- los ojos de Cata se iluminaron mientras elegía a cual de aquellos bocados daría fin.

Eligió uno de color parduzco y con un ribete verdoso coronándolo. Lo miró con deseo, escudriñó el más mínimo detalle, girándolo ante sus ojos como si de una obra de arte se tratara, lo olfateó profundamente con los ojos cerrados y, mientras el aroma entraba a raudales en sus fosas nasales, se dibujó una amplia y pícara sonrisa en su rostro. Yo contemplaba sorprendido aquel extraño ritual, aquella seducción que el canapé estaba ejerciendo en Cata, cuando ella, de repente, por sorpresa, abrió hasta que no pudo más la boca, como un leviatán desatado, y de un rápido y certero bocado, hizo desaparecer la comida y los delicados dedos que la sujetaban dentro de su boca. Se deleitó durante unos segundos y, con un gemido de placer, sacó lentamente los dedos de su boca dejando que sus labios lo arrastraran por toda su longitud.

Abrió sus enormes ojos que brillaban de puro placer, miró el plato donde descansaban el resto de los aperitivos con deseo, con una gula que rozaba la lascivia. Me miró a mi, suplicante, y volvió a posar sus ojos sobre la comida. Volvió a suplicarme con la mirada, asentí levemente y una sonrisa de triunfo se dibujó en su cara.

Engulló con la misma pasión y la misma ansia el resto de los canapés del plato, esta vez sin el más leve atisbo de culpa porque yo no probara ni uno sólo. Mientras un calor sofocante se apoderaba de mí, una sonrisa tonta sustituía mi ojiplática expresión inicial y una creciente presión se empezaba a notar en la entrepierna de mi pantalón.

Tras aquel, al parecer, suculento aperitivo, fueron desfilando por nuestra mesa, uno tras otro, una serie de manjares, al cual más irresistible y excitante para Cata. Engulló, mordió, trago, chupó, sorbió y lamió mientras su pecho subía y bajaba cada vez más deprisa, acompañando su disfrute con gemidos de placer, suspiros y hasta algún jadeo. Jugó con las patatas, saboreó la carne y el pescado, gozo en una orgía de sabores y texturas sin fin que la hicieron sonrojarse hasta casi iluminar la sala. Mientras tanto, la presión de mi pantalón se hizo insoportable y el calor infernal.

Tras acabar el postre, Cata cayó rendida sobre la silla, exhausta, con el pecho intentando volver a una cadencia menos cercana al infarto y me miró fijamente, con los ojos brillantes, durante un breve momento, un churrete de crema pastelera resbaló lentamente en la comisura de su boca. En el preciso instante en el que lo atrapó con el dedo, lo introdujo en su boca y lo chupó con un nuevo gemido de placer, me levanté como un resorte, esparcí de mala manera un puñado de billetes que saqué de mi bolsillo sobre la mesa, que cubrían más que de sobra la cena que yo no había probado y agarrando a Cata de la muñeca, la arrastré enfebrecido rumbo al primer rincón oscuro donde pudiese tomarla salvajemente, mientras detrás nuestro oía como el camarero de piel aceitunada y acento exótico nos preguntaba si es que no queríamos tomar café….

Odio

Me odiaba, así de simple, y era un sentimiento correspondido.

La animadversión que sentíamos el uno por el otro se inició casi en el momento de conocernos y fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en puro rechazo rozando el asco. Entre a trabajar en la empresa ocupando un puesto que ella ansiaba desde hacía mucho tiempo y desde aquel momento todo fueron puyas, zancadillas y puñaladas traperas. Todo era un problema, la plaza de aparcamiento, el sueldo, las primas, discutía por principios cualquier decisión que tomará y rechazaba cualquier propuesta que yo hiciese en las reuniones de trabajo. Hablaba mal de mí y me criticaba delante de los compañeros, los clientes, los jefes y cualquiera dispuesto a escucharla. Con el tiempo descubrí que en la oficina, nos llamaban los pimpinelas.

Yo, reconozco, que tampoco hice nada por mejorar la situación. Me sentía dolido por alguna de sus jugarretas y puse mi granito de arena en aquella situación. Propicie algunas situaciones que la dejaban en evidencia y que le estuvieron a punto de hacerle perder el trabajo y de mi boca, jamás salió una lindezas dirigida hacia ella.

A los jefes les costó tomar la decisión, en vista de la situación, pero un problema concreto con un cliente requería que ambos viajaramos juntos a un congreso de nuestro gremio en Madrid.

La cosa no pintaba bien, pero ante la gravedad del asunto, los dos accedimos al viaje a regañadientes. Se negó a sentarse junto a mí en el avión y exigió a la azafata que le cambiaste de sitio, cosa que al conseguirlo me alegro sobremanera. Viajamos al hotel en diferentes taxis y me entretuve para no coincidir con ella en recepción.

No nos vimos más hasta la hora de la cena reunión con los clientes y, aunque solucionamos el problema reconozco que fue dejándola yo en evidencia delante de ellos.

Coincidimos en el ascensor subiendo a las habitaciones, ella con una rabia contenida y yo henchido de triunfo.

-eres un imbécil- me soltó de golpe por encima del hilo musical del elevador.

-yo?- replique volviéndome ofendido hacia ella para descubrir sus ojos anegados en lágrimas.

-me has dejado en evidencia, he quedado como una inútil, ya has ganado, de esta me despiden, son los clientes más importantes que tenemos y ya no van a querer trabajar conmigo.

Titubee, me sentí mal, la cosa se nos había ido de las manos y yo, había sido cruel y despiadado.

-te lo has buscado, haber hecho bien tu trabajo- le solté orgulloso justo cuando las puertas del ascensor se abrían en nuestra planta

-eres un hijodeputa- y salió del ascensor

La seguí enfadado -tu si que lo eres- me defendí

Se volvió con la mano levantada con la clara intención de abofetearme, le agarre de la muñeca, sus ojos anegados en lágrimas y llenos de ira se clavaron en los míos.

Y me besó, de pronto, un beso salvaje, brutal, animal. Me agarró el pelo con la mano libre tirando de él con rabia y llenándome de dolor, pero sin dejar de meter su lengua en mi boca. Le agarre el culo con fuerza y la atraje hacia mí, un deseo irrefrenable se apoderó de mí y, por cómo su cuerpo respondía, también de ella.

Me arranco la tarjeta que tenía en la mano y abrió la puerta de mi habitación, me agarró de la corbata de una manera brusca y me arrastró al interior. Cerró la puerta de un portazo y volvió a devorarme la boca mientras sus manos deshacía el cierre de mi cinturón. Introdujo su mano en mis calzoncillos y clavó las uñas en mi miembro ansioso arrancándole un quejido de dolor.

La empuje hasta la cama y la tumbe sin delicadeza, arranque su ropa interior y hundí mi cara entre sus piernas. Me agarró el pelo obligándome a amorrarme más mientras su pelvis subía y bajaba buscando placer. Se corrió aullando al techo de la habitación, me separo de su sexo incorporándose y besando de nuevo mi boca empapada de su placer. Me volteo tumbandome en la cama y de un salto se subió a horcajadas sobre mi erección haciéndola desaparecer dentro de sí.

Me follo de una forma salvaje, brutal, descarnada, con ansia, con deseo, haciéndome daño y sin contemplaciones. Yo la azotea, mordí, sobé sus generosos pechos sin el más mínimo atisbo de ternura. Éramos dos animales salvajes, dos brutos buscando su propio placer. Me corrí dentro de ella, en una explosión de placer desconocida hasta ese momento para mí, en el mismo momento en el que ella alcanzaba su último clímax gritando como una poseída. Cayó desmadejado sobre mi, ahogando con su pelo mi intención de recuperar el aliento. Pasado apenas un minuto me expulsó de dentro de ella con un mohín de queja, se levantó y, plantandose medio desnuda a los pies de la cama contempló con una expresión de asco mi polla palpitante y con un -eres un hijoputa- salió de la habitación sin vestirse.

Nuestra relación laboral no mejoró, más bien lo contrario, aunque durante el año que se alargó hasta que yo me marché a otra empresa y ella consiguió, por fin, mi puesto, follamos periódicamente de la misma manera salvaje y descarnada.

Durante un año fuimos follaenemigos.

Teresa

Todos hemos tenido en algún momento una etapa espiritual, en la que algún hecho o situación nos hace plantearnos las cosas de una manera menos material, conscientes de que nuestro paso por este mundo es efímero y nos queremos regocijar en la idea de que hay algo más. Mi etapa espiritual duró muy poco, y se llamaba Teresa.

Teresa era de ascendencia noruega, por parte de su abuela materna, era alta, rubia como una valkiria y de cuerpo espigado y atractivo. Lo primero que me pregunto al conocernos, fue de que signo del zodiaco era. Estábamos en una boda y llevábamos toda la espera en la iglesia, la ceremonia, la tirada de arroz, el aperitivo y buena parte del banquete echándonos miraditas el uno al otro y lanzando señales de atracción sin medida ni decoro. Pero en el momento en que le dije que era leo se puso de pie como un resorte y con un tajante “Oh,nonononono no, mi casa está en piscis, un leo sería la peor idea de mi vida” me dejó allí plantado no consintiendo cruzar una palabra más en toda la fiesta conmigo.

Aquello hirió mi ego y perseguí a la novia cuando regresaron de la luna de miel hasta que conseguí que me diera su teléfono, pero por más que le insistía ella se negaba a, tan siquiera tomar un café conmigo.

Varios meses después, estaba preparándome para un plan de aquellos que te apetece un montón, una de las fiestas en casa de paco, las mejores fiestas que uno podía soñar, en un chalet precioso que tenía en Vilassar de Mar con un jardín enorme, piscina barbacoa pantagruélica y la promesa de Romina, una prima suya francesa que venía de vez en cuando y con la que me apetecía un montón practicar idiomas.

Esta ya casi a punto de salir cuando sonó el teléfono. Era Teresa que con un “hola, oye, aun estas interesado en que salgamos un día” me trastoco las neuronas y tarde un par de segundos en reordenarlas lo suficiente como para contestar un tímido sí.

El caso es que un amigo chamán le había dicho que esa noche estaría con una persona que le haría muy feliz y que recargará algo de las energías del chacra o algo por el estilo, y que la descripción de aquel recargador de chacras homologado se correspondía totalmente conmigo y que me invitaba a cenar en su casa y después un “ya veremos” bastante prometedor.

Ante la máxima de “Más vale chacra en mano que gabacha volando” me decidí en menos de un segundo a posponer mis clases de francés para otra ocasión y llame a Paco poniéndole una excusa bastante pobre. Agarre mi chaqueta, me eche un último vistazo en el espejo del recibidor y sonriente me dirigí a la dirección que me había dado.

El edificio donde vivía Teresa era un destartalado edificio en las callejuelas de Gracia. No había interfono, solo un timbre para cada vecino que salía al rellano y estiraba de una cuerda que había en el hueco de la escalera. Cuando se abrió, vi a Teresa que me decía que subiera asomada a la barandilla, tras ella el sol de la tarde se colaba por la claraboya del edificio y transparentaba su figura a través del holgado vestido de lino blanco que llevaba. Aquello prometía.

Subí una adusta escalera en la que el desgaste de siglo largo que hacía que se habían construido desparejaba los escalones produciendo una desazón y una sensación de inseguridad desagradable. Me crucé con una pareja de rastas que, rodeados de un aroma sospechosamente mentolado y con unos ojos enrojecidos y vidriosos me saludaron con una palabra inconexa que no llegue a entender.

Entre en el piso de Teresa decidido, las paredes estaban pintadas de morado y rojo, de techos altísimos y un suelo de mosaico muy elaborado, pero desgastado por el uso. Las paredes y estanterías estaban abarrotadas de elementos étnicos de decoración, espejos, velas y el ambiente cargado de incienso hacia que me picara la garganta. De fondo se escuchaba un disco que debía llamarse “Banda sonora de un fumadero de opio” o “visite nuestra sección de artículos de comercio justo” en el que unos instrumentos exóticos languidecían unas notas cacofónicas en una cadencia cansina.

Al llegar al salón Teresa me recibió con un efusivo abrazo, más largo de lo que a mí me gustaría que me provocó una incomodidad horrible, no sabiendo muy bien cómo reaccionar.

-Como me alegro de que hayas venido- me dijo- siéntate, la cena está casi lista- señalando unos cojines de elaborados bordados dorados que había en el suelo, no había mesa, observe.

La cena se componía de una ensalada se seitan y sémola, tofú a la plancha y de postre, unas manzanas ecológicas que parecían haber sufrido una exposición a algún tipo de radiación de deformes que eran. La comida no estaba mal del todo, pero cada bocado que me metía en mi boca me hacía recordar las increíbles barbacoas que preparaba Paco en sus fiestas y que, seguramente, ahora mismo estarían disfrutando todos.

La conversación de Teresa durante toda la cena fue sobre temas esotéricos que me aburrían sobremanera y en los que fingía interés concentrándose en que mis ojos no se fueran directos al generoso canalillo que por el escote del vestido asomaba. Cuando acabamos de comer y después de darle un par de sorbos al té más amargo que había probado nunca y de mentirle a Teresa sobre lo delicioso que estaba.

Me alegro muchísimo que hayas venido- me dijo- estas preparado para compartir tu energía conmigo?

Energía, bueno, no era exactamente energía lo que yo quería compartir con ella, pero todo se andará, pensé mientras mi estómago rugía de hambre.

-Claro- conteste- de que se trata? Que tengo que hacer?

-la mejor manera de que dos seres terrenales compartan su energía mística- me explico- es a través del sexo tántrico.

Sexo tántrico! No tenía ni puñetera idea de que narices era aquello, pero oye, contenía la palabra sexo en su nombre, así que me tenía que gustar seguro.

-Claro- le dije- lo que necesites

-perfecto entonces- dijo poniéndose en pie- desnudaré, anda- y se despojó del vestido por encima de la cabeza quedándose totalmente desnuda ante mí, dándose la vuelta inmediatamente y dedicándose a apartar los cojines despejando la alfombra donde habíamos estado sentados comiendo.

Me quede allí paralizado sin saber qué hacer, Teresa tenía un cuerpo precioso, bien proporcionado, de caderas sugerentes, pecho muy generoso y firme, vientre plano y una piel morena y sin marcas de bikini ni bañador. Me quede allí observando como despejaba la alfombra, demasiado embobado como para reaccionar.

-Qué haces aun así?- me preguntó volviéndose hacia mí- te vas a desnudar o no?

-Claro, claro- reaccioné y empecé a desnudarme atropelladamente.

Teresa cogió una caja de madera tallada de una de las estanterías y se dirigió al centro de la alfombra, al pasar miro mi entrepierna y, sonriendo, murmuró un “vaya, que bonita la tienes” que me hizo sonrojar.

-Ven, siéntate aquí, frente a mí- dijo sentándose en la alfombra.

Obedecí y me arrodille frente a ella, intente acariciarla y besarla pero ella se apartó de mí.

-que haces?- me dijo contrariada- estate quieto, déjame hacer a mí.

Me senté incómodo delante de ella y observe cómo manejaba diestra unas varillas de incienso. Las encendió y empezó a dibujar con ellas mi contorno mientras canturreaba algún tipo de mantra. Aquello duró una eternidad en la que yo me entretuve observando detenidamente aquellos preciosos pechos que se bamboleaban con los aspavientos que hacía Teresa con el incienso.

Cuando aquel ritual terminó, me pidió que me sentara con las piernas cruzadas, como un indio, se puso sobre mí y agarró mi pene firmemente moviéndolo una par de veces arriba y abajo para reactivar mi erección que, a aquellas alturas, se estaba desinflando aburrida.

Una vez considero que la firmeza era la idónea, lo llevó hasta su sexo y, con un sencillo gesto y sin mucho esfuerzo, se dejó caer entrando fácilmente dentro de ella. Gemí un poco al notar el calor y la humedad de su interior y empecé a mover las caderas y a acariciarla.

-Que haces?- me dijo enfadada- estate quieto, haz el favor, no te muevas.

Entonces se abrazó a mí, fuerte, pegando su cuerpo al mío, recostando su cabeza en mi hombro e inmóvil, me susurro al oído: “así, quieto, intentemos acoplar nuestra respiración, nota como la energía fluye.”

Yo no entendía nada, allí estuvimos, inmóviles hasta que se me durmieron las piernas, se me secó la boca, me pico horriblemente la espalda, se me metió su pelo en la nariz y creí que me moriría de aburrimiento. No pude quitarme en todo el rato de la cabeza la fiesta de Paco, la piscina, la barbacoa, y Romina.

Pasada una eternidad, Teresa se separó de mí, se echó atrás con un suspiro largo y sonoro y me sacó de dentro de ella

-Mmmm, ha sido maravilloso- dijo estirando los brazos perezosa- has notado la energía?

– sí, sí, claro, la energía…

-Gracias, ha sido maravilloso.

Me puse en pie y busqué mis calzoncillos, lo encontré en el suelo y empecé a ponérmelos. Mire la hora que era y maldecir para mis adentros, ya no me daba tiempo a ir a casa de Paco, me iba a perder la fiesta, y por esta loca, además tenía un hambre atroz, no se me quitaba la imagen de la barbacoa de la cabeza, en cuanto saliera de allí pensaba buscar un McDonald y zamparme una doble BigMac con patatas fritas y un refresco gigante, y después un helado de caramelo y

-Que haces?- me preguntó Teresa detrás mío

– vestirme, por? – conteste

-te vas ya? No sé, había pensado que ahora podríamos follar un poco, qué te parece?

Y en ese instante, se me quito el hambre.

Ana

Ana era la típica chica bien, de padres acomodados, eufemismo para decir que estaban podridos de pasta, estudiante de económicas, pija en el vestir, el hablar y el pensar.

Nos presentaron en una fiesta donde la prima de la amiga de la novia del hermano de un amigo mío la había invitado y después de varias copas me convertí en su enésima forma de cabrear a papá, que era el deporte favorito de Ana.

Era difícil de complacer, de gustos caros, de carácter errático y acostumbrada a caprichos, nunca estaba contenta, además en la cama era una sosa de cuidado, costaba sudor y lágrimas convencerla para echar un polvo y cuando por fin accedía, era tan fría y poco entregada que enseguida estabas deseando terminar.

Nunca quería salir con mis amigos, ni ir a los sitios que a mí me gustaban, criticaba todo lo que yo hacía y pasábamos peleados la mayor parte del tiempo.

La razón por la que aguante a su lado más de cuatro meses es la que voy a explicaros ahora.

Una de las múltiples exigencias de Ana era que los fines de semana, sin excepción, se pasaban en la casa que sus padres tenían en Tarragona. Más que una casa era un casoplon, un número obsceno de habitaciones, varios salones, jardín latifundista, pista de tenis, garaje lleno de ego y los amigos “de toda la vida” de Ana, y toda su indiferencia si papa no andaba cerca. Ana prefería pasar el día con sus amigos holgazaneando en la piscina y hablando de sandeces que me aburrían someramente pasados apenas 10 minutos, transformándose esa apatía en, si aguantaba más de media hora, en sinceras ganas de cruzarle la cara de un guantazo a cualquiera de aquellos niñatos malcriados.

El cuadro lo remataba la madre de Ana, una señora cuarentona, de muy buen ver, fruto de operaciones y tratamientos de estética sólo asequibles a los más asquerosamente ricos y ese carácter amargado y snob que no era más que el presagio del que tendría Ana cuando alcanzase la edad de mami. Era la típica persona que te miraba por encima del hombro, con desdén, sabiéndose superior a ti y dejando bien claro que yo solo era el capricho pasajero de la cabeza loca de su hija y que esta, una vez recuperara la cordura, elegiría como pareja uno de los muchachos tan guapos, listos, ricos e insoportables de su pandilla.

Así que decidí al poco rato de mi primera visita al pijolandia, pasar lo más inadvertido lo que quedaba de fin de semana, esperar al domingo que regresáramos a Barcelona, mandar a paseo a la pija de Ana y volver a mi vida.

Pase la mayor parte del sábado en compañía de Rubén, un señor metido en la cincuentena, bajito, calvo y barrigón, de mirada bonachona y trato amable que era el encargado de cuidar y mantener el jardín y la extensa colección de coches del “señor”. Disfrute mucho de las explicaciones y anécdotas sobre coches y su vida que me relató aquel caballero, antiguo piloto de rallies y buscavidas, y sobre todo de la serena belleza y la refrescante simpatía de su hija, que cuando se nos acercó para ofrecernos un poco de agua fresca, me explico que trabajaba también en la casa, ayudando a su madre en la cocina. La familia trabajaba todo el año en la casa y vivían en una pequeña a casita que había visto en la entrada de la finca.

Cuando el señor Rubén acabó su jornada de trabajo, me dirigí a la piscina e intente proponer algún plan alternativo, un paseo, una charla, algo más que aquel tedio a Ana, pero la única atención que logre de ella fue un ” quita, que me tapas el sol, sin ni siquiera quitarse los auriculares.

Enojado, aburrido y asqueado me quite la camiseta con un gesto brusco de enfado, me descalce de las sandalias de mala manera y me zambullirse en la piscina intentando mantenerme el máximo tiempo bajo las aguas. Sentí golpe de sensación del agua fría en mi piel, el falso silencio que hay bajo el agua, la luz azulada que lo envolvía todo y aun así no logre acallar del todo la desazón que me atenazaba el estómago, saque la cabeza en la superficie prácticamente en la orilla contraria de Ana, la observé durante unos instantes con una traza de hastío, mire al limpio cielo de principios de verano y decidí que, si estaba un minuto más en aquella casa, diría o haría algo inadecuado, así que decidí irme a dar un paseo por el pueblo cercano.

Salí del agua deleitándome con la agradable sensación del sol robando el frescor del agua en mi piel, rodee la piscina y recupere la camiseta y las sandalias sin saber si Ana, tras aquellas gafas de sol tan horteras, se había percatado de mi presencia.

-me voy a dar un paseo al pueblo, te vienes? – silencio por respuesta.

Me desentendí sabedor de que no conseguiría respuesta y que, si insistía, solo lograría una discusión y me dirigí al vestuario anexo a la piscina donde descansaba mi ropa.

Note el frío del terrazo en mis pies, deje caer la camiseta en el banco de madera que había en la estancia, más grande que el piso de mis padres, y deje caer las sandalias que sonaron con el eco típico de los vestuarios. Me quite el empapado bañador y lo colgué de uno de los percheros. Me metí en la ducha deteniéndome unos segundos en observar mi cuerpo desnudo en un espejo de cuerpo entero que colgaba de una de las paredes de azulejo; es curioso la atracción que tenemos los hombres por los espejos.

Logre rápidamente la temperatura idónea del agua y me abandone a la agradable sensación de la ducha cuando, una mano se posó en mi espalda.

Di un salto del susto y poco me faltó para chillar como una niña absorto como estaba en la sensación de soledad y deleite de la ducha, me gire totalmente descolocado y frente a mí, totalmente desnuda estaba la madre de Ana. Tartamudee intentando encontrar una explicación, azorado con la sensación de haber sido yo el que había metido la pata, si me había metido en la ducha que no era o algo así. Ella acalló mi intención de decir algo posando en mis labios un dedo de uña larga y cuidada, me empujo hasta la pared más alejada del chorro de agua que repiqueteaba sonoramente haciéndome un gesto con la cabeza que entendí como un “silencio, nos pueden oír” refiriéndose a Ana y sus amigos que estaban al otro lado de las paredes. Mis ojos asustados y sorprendidos no pudieron evitar quedarse prendados por aquellos dos pechos, artificiales pero muy logrados, que me señalaban acusadores, del vientre plano por horas de entrenador particular y aquellas caderas sugerentes. Di un Respingo cuando note el frío de las baldosas en mi espalda y no pude continuar alejándome del agua. La madre de Ana me observaba de arriba abajo con la misma expresión de alguien que contempla un manjar que está a punto de devorar, se mordía el labio inferior golosa mientras esbozaba una sonrisa de triunfo. Se arrodillo ante mí y, sin yo ser capaz de articular ninguna queja, agarro mi miembro durante apenas un segundo y sin preámbulo alguno se lo metió en la boca y empezó a chuparlo con un ansia y una maestría digna de una de las actrices que salían en cualquiera de las películas que atesoraba en el cajón de abajo de mi mesita de noche. El protagonista de todo aquel tratamiento reaccionó rápidamente endureciéndose como una piedra mientras lanzaba descargas eléctricas a mi bajo vientre. Ahogue un gemido mientras observaba la cabeza de la madre de Ana martillando y como mi erección, casi dolorosa desaparecía casi por completo en su boca y volvía a aparecer, mojada y brillante de saliva.

Casi pude notar como el último atisbo de pudor o decoro abandonaba mi cuerpo, dejándome llevar por el deseo que en aquel momento ordenaba mis actos, la agarre fuerte del pelo y ella, lejos de molestarse, intensificó el bombeo haciendo que yo cerrara los ojos tenso como una cuerda de guitarra.

Mi juventud, la excitación de la situación y el talento y entrega de aquella señora pronto hicieron mella en mi aguante y, ahogando con un quejido un grito de placer que pugnaba por salir de mi garganta me corrí de una manera salvaje. Mi cuerpo se estremeció con un espasmo que casi me hace perder el equilibrio. Todo se oscureció por un instante mientras perdía la noción de mi entorno, la certeza del arriba, el abajo, el frío, la luz desaparecían de mis sentidos mientras el placer, brutal y primitivo, se apoderaba de mí. La madre de Ana, lejos de parar, al notar mi descarga caliente en su garganta apretó su cara contra mi pubis haciéndome desaparecer completamente dentro de su boca, tragándome entero mientras yo moría de placer.

Cuando la tensión de mi cuerpo se relajó baje la vista para descubrir los ojos de la señora que me miraban triunfantes con mi pene aun dentro de su boca. Chupo un par de veces más eliminando cualquier resto de mi placer y se puso en pie limpiándose, con un gesto que se quedó grabado para siempre en mi memoria, la comisura de los labios con el dedo.

Se dio la vuelta para salir de la ducha sin haber dicho aún una sola palabra y entonces fue cuando tomé yo la iniciativa. La agarré del brazo y la giré hacia mí, ella lejos de sorprenderse o resistirse fijó su mirada en mi entrepierna, que digna de la juventud que yo atesoraba, continuaba señalándola dispuesta y palpitante y sonrió con un deje de triunfo.

En estos relatos he intentado mantener en todo momento un lenguaje correcto, pretendiendo no ser soez ni chabacano, pero lo que yo hice con aquella señora, en aquella ducha enorme, a pocos metros de la imbécil de su hija y de sus amigos, fue follarmela. No existe otra palabra que lo describa mejor, no hubo amor, ni cariño ni afecto, no hubo conexión ni magia, hubo sexo, puro, primitivo y salvaje sexo. La folle hasta que chillo de placer de tal forma que agradecí el estridente sonido de la ducha abierta y los auriculares que aislaban del mundo al grupo de amigos de Ana. Y seguí follandomela una y otra vez cada fin de semana durante los meses siguientes. En la misma ducha, en el cobertizo de bombas de la piscina, en el garaje, en su propia habitación, en el cuarto de la colada, e incluso una vez en la cocina mientras podía observar a Ana y sus amigos holgazanear a través del ventanal. Así que, cuando la insoportable, caprichosa, irritante, malcriada y exasperante Ana, me comunicó que quería, cansada ya de su juego rebelde con papa, cortar conmigo, me jodió, la verdad.

Nana

Hubo una temporada en la que, por motivos de trabajo, viajaba asiduamente a Madrid. Y siempre quedaba en un hotel para NO acostarme con Nana.

La primera vez que le entre fue en un bar de la latina, no tengo ni idea de porque le entré, es algo que no suelo hacer, me da mucho corte, y además ella ya le había pegado un par de cortes a algún aventurero que se le había acercado mientras estaba allí.

No era guapa a rabiar, ni estaba buenísima según los cánones estándar, pero tenía un algo. Muy delgada, mucho, y alta, media melena rubia y cara de estar de vuelta de todo. Elegante, de movimientos suaves y calculados, trabajaba en algo de publicidad, como supe después, y tenía fama de ser “un hueso”.

Aquel día la pillé de buenas, o con la guardia baja, o había perdido una apuesta, o lo más probable, me vio tan patético y desvalido que decidió adoptarme en vez de masticar y escupirme como hubiese sido lo normal.

-Conoces algún sitio que esté bien por aquí para cenar?  -pregunte de sopetón, sin presentarme siquiera.

-perdona?- se giró hacia mí levantando una ceja

-no soy de aquí, soy de Barcelona y te preguntaba si sabes de algún sitio por aquí que se coma bien

Me miró de arriba a abajo como alguien a quien le presentan un plato raro y exótico y no sabe si se lo va a comer o no, al final sonrió pícara.

-depende de lo que busques- me dijo- eres de buen comer?

– uy, si, si, lo como todo muy bien- no tengo ni idea de porque dije aquello, no me lo preguntéis. Os juro que no lo sé- que como bien, de todo, bien de todo…. Que me lo como todo…- a esas alturas balbuceaba.

Ella me miró estupefacta y empezó a reírse, tenía una risa limpia, cristalina, sin tapujos ni artificios.

-jajá, ya veo, que bien enseñados estáis los catalanes.- me dijo sarcástica- y ahora imagino que me dirás que a mí me lo comerías todo, no- le salió el tono chulesco.

-bueno, no me importaría- tal y como decía esas palabras me sorprendía a mí mismo, qué coño me estaba pasando- pero me conformo con invitarte a cenar… Si quieres…. Si no has cenado ya, claro….. Si?

Era increíble, normalmente soy una persona segura de mí mismo, pero si en aquel momento hubiera soltado un UH! Me habría meado encima.

-Jajá, estás loco, lo sabías?- su mirada reía sincera- ven, te dejo que me invites a cenar, de comer otras cosas ya hablaremos.

Me llevo a varios locales donde tapeamos de cine, buen vino, buena comida y ese ambiente que solo se encuentra en la noche de Madrid.

Ese ambiente que hace que el recién llegado se sienta como si llevara toda la vida allí.

Nana, en el fondo, era un encanto. Reía abiertamente mis ocurrencias y era cariñosa y amigable, sin perder nunca ese puntito hija de puta que tenía, perdonen ustedes la expresión.

Cuando acabamos de cenar, y ya no me cabía ni un torrezno más en el cuerpo, salimos a la calle.

-que, se ha quedado con hambre el señor?- me dijo altanera.

-bueno, a ti aun te lo comía todo -hablaba el vino, lo juro

Susana volvió a revisarme de arriba a abajo con aquella expresión depredadora.

-Donde te alojas? – soltó

-Estoy en el Palace

-Coño con el catalán- soltó- vosotros no erais tacaños?

Lo cierto es que mi empresa no era tan generosa ni de lejos. Aquella habitación era, en un principio para un cliente alemán que tenía que venir a cerrar un contrato, el caso es que había cancelado la cita, la habitación estaba pagada y allí estaba yo, a todo lujo.

Llamó a un taxi que pasaba y, abriéndome la puerta me invitó a entrar con un: – vamos a ver si me has mentido.

Entramos al hotel y parecía que la asidua era ella, yo estaba embobado con la decoración opulenta y el lujo. Cuando pasábamos por debajo de una gran bóveda de cristal que impresionaba, se giró hacia mí.

– En lo del hotel no me has mentido, vamos a ver en qué más has sido sincero.

Entramos en la habitación en tinieblas y le eché un rápido vistazo, no recordaba si había dejado algo comprometedor a la vista, un calzoncillo sucio, los restos de la frugal comida que había tomado mientras trabajaba, algún cadáver… Nada, todo estaba en orden.

-No está mal, nada mal- me dijo dando vueltas sobre sí misma en medio de la habitación- pero que nada mal.

Abrió el ventanal que daba a un pequeño balconcito con una barandilla de piedra muy elaborada. Se asomó traviesa disfrutando de la increíble vista de la noche Madrileña.

-Eso es Neptuno, lo sabías?- dijo

El viento le alborotaba el pelo, dejando al descubierto su nuca, tenía un cuello largo y delgado que terminaba en unos hombros delgados y huesudos, la agarre por detrás y le bese el cuello. Se dejó por un momento estremeciéndose, pero inmediatamente de giro.

-eh, tranquilo- me separo de ella con una mano firme- no tengas tanta prisa. Quédate aquí, voy al baño- y desapareció en el interior de la habitación.

Me asomé negando con la cabeza mientras reía, esta tía me va a volver loco.

Me quedé allí, observando distraído el hormiguero de coches y gente que había bajo mis pies hasta que la oí llamarme desde el interior de la habitación

-Eh, catalán! Vienes o qué?

Había apagado todas las luces de la habitación y estaba allí plantada, en mitad de la mancha de luz que entraba por el ventanal, totalmente desnuda, de pie, con una mano en jarras sobre la cadera y la otra caída a su lado, ligeramente ladeada en una pose que en cualquier otra persona habría parecido forzada, pero que en ella quedaba natural y arrebatadora. Parecía un junco mecido por el viento. Apenas tenía pecho, un par de suaves protuberancias coronadas por un pezón impertinente, altanero, un vientre plano y fibroso y unas caderas que, pese a su extrema delgadez marcaban su figura. Unas piernas largas y unos pies bonitos que jugueteaban con la textura de la alfombra.

-vas a venir a cumplir tu palabra o te vas a echar atrás ahora?- me dijo provocándome mientras se giraba hacia la cama, saliendo de la luz. La seguí maravillado en la curva que su espalda dibujaba al llegar a un culo pequeño, prieto y respingón. Dejo que la alcanzara a los pies de la cama y empecé a besarle el cuello, esta vez se dejó, echando la cabeza para atrás y suspirándome al oído. Baje hasta su pecho y deje que mis labios juguetearan con su pezón. Ensortijo sus largos dedos en mi pelo y empujo, suave pero firme hacia abajo. Bese el vientre duro y suave como una piedra pulida, aun así ella siguió empujando. Su pubis rasurado, aún más abajo. El sabor salado se su sexo se encontró con mi lengua, aflojo un poco la presión de sus dedos y abrió ligeramente las piernas. Mi lengua exploró aquella cavidad deleitándose con el sabor acre. Entonces fui yo el que la empujó sobre la cama y ella se dejó hacer, abriendo más las piernas mientras caía, facilitando mi propósito y dejando que mi boca saborease hasta el último rincón. Note como su sabor cambiaba al tiempo que su humedad crecía. Volvió a agarrarme del pelo empujando inmisericorde obligándome a sumergirme aún más entre sus piernas. Sus caderas se movían marcándome el ritmo, hasta en aquel momento, era ella la que marcaba las reglas. Su ritmo se aceleró, tiro de mi pelo hasta hacerme daño, subió las caderas hasta que la mayor parte de su cuerpo no tocaba la cama y empezó a gemir cada vez más fuerte. Finalmente se tensó y exploto en mi boca llenándome de su sabor salado y caliente. Se relajó sobre el colchón pero no aflojó su presa sobre mi pelo, obligándome a continuar hasta que repetí mí triunfo al menos tres veces más.

Cuando se sintió satisfecha se relajó completamente y empecé a desandar el camino con mis labios. Al llegar a los suyos e intentar besarla, me aparto a un lado y desapareció en el cuarto de baño.

Imagine que tendría que limpiarse toda aquella humedad que había empapado mi cara, mi camisa e incluso la colcha de la cama y, sin pensármelo mucho, abrí la ropa de cama, me desnude y me tumbe a esperarla.

Salió unos minutos después totalmente vestida. Se me quedó mirando y me dijo encendiendo la luz: -que coño haces así?

-eh, yo…- estaba totalmente confuso- no vamos a seguir?

– dijiste que me ibas a comer todo, y la verdad es que no ha estado mal, pero aquí de follar no hemos hablado

-pero…

-no ha estado mal, llámame si vienes de nuevo a Madrid

Dejó una tarjeta de visita sobre la mesa, mi amor propio quiere creer que en un último momento me miro desnudo, tumbado sobre la cama, dispuesto y un atisbo de duda asomó a su fría mirada, y salió de la habitación.

Como ya he dicho, durante el tiempo que estuve viajando a Madrid, siempre que podía quedaba con Nana, salíamos de copas o a cenar y casi siempre acabábamos en la habitación de un hotel donde, por mucho que yo insistiera, solo dejaba que le comiera yo y nada más. Su orgullo, o su mala leche, podían más que sus ganas.

Al tiempo cambie de trabajo y perdí el contacto con ella, supe años después que se había casado con un catalán, irónico.

Un día, durante una charla con unos amigos, salió el tema y explique que durante una temporada visite Madrid asiduamente.

-Hala, que suerte- dijo una chica del grupo- dicen que allí se come muy bien

-no puedes imaginar cuanto- conteste.

Ruth

Simbiosis era una discoteca peculiar. El local era enorme pese a estar en el centro de la ciudad, la entrada muy selectiva y el ambiente cuidado. La música huía todo lo posible de los hits de radio fórmula y eso era de agradecer. Acudía a menudo, me sentía como en casa. Los dueños y empleados me conocían y había tanta confianza que, en ocasiones, entraba yo mismo a la barra a prepararme una copa.

Una noche, jueves creo recordar, salimos a cenar unos cuantos amigos y como era costumbre, acabamos allí.

No había mucha gente, conocía a casi todo el mundo, hice una ronda de saludos y cuando llegue a nuestro rincón habitual me encontré a mis amigos embobados mirando a una chica.

La verdad es que resaltaba entre todo el mundo, el ambiente de aquel local era bastante formal, mucho universitario y treintañeros con una estética nada estridente. La razón de la cara de pasmo de mis amigos, bailaba sola sobre uno de los enormes bafles que apuntaban a la pista, llevaba el pelo muy corto, casi rapado por toda la cabeza menos el flequillo, que le caía como una cascada negra sobre la cara ocultando uno de sus enormes ojos azules, los cuales, maquillados de una manera exagerada iluminaban a su alrededor. Unos labios increíbles pintados de un rojo intenso destacaban bajo una nariz adornada con un par o tres de aros de metal. Una camiseta negra sin mangas muy holgada, que dejaba uno de sus hombros al descubierto, con una serigrafía de algún grupo heavy en la pechera. La camiseta había sido recortada de una manera burda por encima de la cintura dejándola tan corta que, cuando la chica, en su contorneante y sensual danza, levantaba los brazos, dejaba intuir por debajo un pecho desnudo y sin sujetador. Unos pantalones de cuero tan ajustados que parecían pintados sobre la piel y unos zapatos de tacón imposible remataban el espectáculo.

Mire a mí alrededor para comprobar que mis amigos no eran los únicos embobados con aquel espectáculo. Casi todo el mundo tenía los ojos fijos en aquella belleza tan exótica en aquel ambiente.

Junto a mí, tan embelesado como los demás, estaba Jordi, el segurata del local, un encanto de tío tan bonachón como enorme.

-que, te gusta?- le dije dándole un pequeño codazo

-joder, que buena esta- me dijo sin dejar de mirarla- y tengo que bajarla de ahí, pero no quiero

-y eso?

-órdenes de Toni (uno de los dueños) está prohibido subirse a los altavoces- antes se solía subir la gente para bailar en una suerte de púlpito, pero creo recordar que se cayó una chica y lo prohibieron- voy a bajarla antes de que la vea.

Mire a Jordi detenidamente y casi vi en sus ojos los procesos mentales que ocurrían en su cabeza, intentando decidir qué estrategia seguir para afrontar la tarea de bajar de la tarima a la chica que, a todas luces le amedrantaba.

-jajá, déjalo- zarandee uno de sus enormes hombros- ya me encargo yo- sonrió aliviado y agradecido.

Cruce la pista decidido y me coloque delante del enorme altavoz mirándola fijamente y con los brazos extendidos hacia ella en gesto de ayudarla a bajar. Ella me miró un segundo sin dejar de contonearse al ritmo de la música y finalmente hizo un gesto interrogante  con la cabeza y se agacho hasta que pude acercar mi boca a su oído para hablarle por encima de las estridentes notas.

-Está prohibido subirse ahí, ven, te invito a tomar algo- le grite

Ella se puso de nuevo en pie, mirándome curiosa de arriba a abajo, sonrió y me dejo que la cogiera por la cintura para bajarla. Se oyeron algunas protestas y quejas veladas desde el “público”

Me sorprendió lo poco que pesaba, lo caliente y suave de su piel. La deposite en el suelo suavemente, muy cerca de mí, ella, lejos de apartarse, se pegó más a mi hasta que pude notar sus pechos sobre mi camisa.

-yo quiero un vodka solo, con hielo- me dijo al oído, alargando las palabras de una forma sensual

-sus deseos son órdenes, madame- replique ceremonioso agarrándola por la mano y guiándola hasta la barra.

Pedí la copa y ella se mantuvo muy pegada a mí, junto a la barra, mientras se la tomaba a grandes sorbos.

-quieres un poco- me ofreció

-No gracias le conteste alzando la voz por encima de la música- no me gusta mucho el vodka.

-Eso es que lo has probado poco- me dijo. Entonces pegó un último trago apurando el vaso y sin mediar palabra me beso apasionadamente, inundando mi boca el amargo sabor de aquella bebida mezclado con el dulzor de su boca. Fue un beso lascivo, caliente, húmedo, su lengua recorrió hasta el último rincón de mi boca, sus labios mojaron los míos mientras las uñas de una de sus manos se clavaban en mi pecho. Acabo el beso atrapando mi labio inferior entre los suyos y estirando hasta que se le escapó.

Resople acalorado y ella se pegó a mí para hablarme al oído, se detuvo un segundo al notar la prominente erección que estaba sufriendo y sonriendo triunfante se apretó contra ella.

-Me llamo Ruth- me dijo

-Encantado, yo soy Juan.

-aquí no se puede hablar- me gritó al oído- vamos a otro sitio más tranquilo.

-Claro- conteste -donde quieres ir?

-vivo aquí cerca, y mi cama tiene una acústica buenísima- note un deje de alcohol en sus palabras, aun así el corazón me dio un vuelco.

Sin decir nada más, me agarro de la mano y me guió a la salida igual que momentos antes la había guiado yo hasta la barra.

Salimos a la calle y ella tiró de mí guiándome hasta dos o tres calles detrás de la discoteca.

-Vivo aquí- me dijo, empujándome contra la fachada y besándome apasionadamente de nuevo. Se restregaba contra mí de una forma animal, ansiosa, mientras me besaba con ganas, con pasión, sin el más mínimo atisbo de timidez. Yo me dejaba hacer, pasmado. Mi mano se agarró a su culo y el tacto de la piel tersa sobre ella me encanto y me excito aún más.

Cortó el beso de repente y entró en el edificio abriendo la portería de un empujón, sin llave. Empezó a subir las escaleras y yo le seguí hipnotizado por el vaivén de aquel increíble culo moviéndose a la altura de mi cara. Llegamos al segundo o al tercero y levantó la alfombrilla para descubrir una llave, la uso en la puerta y me arrastro dentro. Cerro de un portazo y empezó a besarme y a acariciarme con la misma pasión que antes mientras me guiaba en la oscuridad. Tropecé un par de veces y me golpee dolorosamente la rodilla con algo que sonó como a campanillas. Por fin llegamos a una habitación donde había un poco de luz que entraba por una ventana abierta.

Me empujo sobre la cama y se subió a horcajadas sobre mí. Empezó a desabrocharme la camisa mientras mis manos se colaban, sin mucho esfuerzo, bajo su camiseta y se atenazaban a unos pechos redondos y duros.

Cuando acabó de desabrocharse, agacho la cabeza y me mordió fuerte en el pecho, grité mezcla de dolor y sorpresa. Empezó a morder, chupar, besar y lamer mientras sus manos se dedicaban a desabrochar mis pantalones, cuando lo consiguió se bajó de la cama y tiró de ellos hasta que me los quito por completo. Se quedó mirando por un instante mi erección iluminada por la luz amarillenta de una farola que entraba por la ventana y sin decir nada, se arrodillo entre mis piernas y se la metió entera en la boca, con la misma ansia y ganas con las que me había besado. El placer me inundo por completo, me atenazó el bajo vientre y me hizo estremecerse mientras de mis labios se escapaba un quejido sordo, note la presión de su garganta intuyendo cuan tan adentro de su boca me había introducido, cuando, de repente, se encendió la luz de la lámpara que colgaba del techo sobre nosotros.

Tapando por completo la puerta, con una mano sobre la jamba y la otra sobre el interruptor de la luz, había un mastodonte vestido de negro que competía con Jordi, el segurata, en gigantismo. Unos brazos enormes y musculosos salían tensos de las magas de la camiseta mientras nos miraba, con el ceño fruncido y los labios tan apretados que parecían dos líneas pintadas en una cara roja de ira que se asomaba a través de una demoníaca melena larga que caía lacia y grasosa.

-que cojones significa esto!- bramó- eres una PUTA!

Esta última palabra retumbo por encima de las demás. Ella se giró hacia él y se enfrentó a aquella montaña sin el más mínimo temor, parecía minúscula frente a aquella enorme mole.

-Hago lo que me da la gana, te enteras- le chillo- si tú puedes tontear con tus “amiguitas” yo puedo comerle la polla a quien me salga del coño!

-Eres una puta asquerosa- le grito mientras yo me encogía en la cama aun con mi miembro duro y mojado de su saliva.- vete al infierno

-es esto lo que querías, no?- ella seguía sin amedrentarse pese a la cara de asesino de el- esto es lo que te has buscado. Ya no te hace tanta gracia, verdad?

-te odio- dijo el bajando ostensiblemente la voz y la mirada- te odio

-eres un imbécil- ella también bajo el tono- no te soporto

-te quiero- susurro el

Se miraron un segundo con un deje de ternura brutal y empezaron a besarse apasionadamente mientras se magreaban como locos. El agarro su culo con unas manos enormes y ella levanto las piernas rodeando su cintura, el empezó a caminar torpemente hacia la cama con ella en volandas mientras se besaban como locos y tuve que rodar sobre mi hasta caer pesadamente al suelo para evitar que los dos me aplastaran al caer pesadamente sobre el colchón.

Me puse de rodillas para ver como ella tiraba de la camiseta del hacia arriba mientras el mordía sin compasión un pecho de ella. Agarre mis pantalones y salí de aquella habitación sin ponérmelos, tantee como pude por el pasillo a oscuras y volví a golpearme dolorosamente la rodilla con algo que sonó como a campanillas. Salí a la escalera y cerré la puerta de un portazo mientras escuchaba un grito de “follarme imbécil” que salía de dentro. Me apoye sobre la puerta agarrándome el pecho intentando calmar un corazón que martilleaba mis sienes. Oí un carraspeo a mi derecha y al girar la cabeza descubrí a una señora asomada a otra de las puertas del rellano que, moviendo la cabeza de un lado a otro recriminándome, miraba fijamente a mi entrepierna. Baje la vista para descubrir que seguía desnudo de cintura para abajo y que, no solo eso, seguía con una erección de campeonato. Me tape como pude y la señora cerró la puerta de un portazo.

Lita

Una vez dejé que me liaran con una cita a ciegas.

Me pilló con la guardia baja, y aunque al principio me negué ya que la frase “tengo una amiga muy simpática pero con muy mala suerte con los tíos que viene de visita a la ciudad, no conoce a nadie y esta noche yo no puedo salir con ella que trabajo” no auguraba nada bueno, la insistencia de mi amiga y que me enseñara una foto en la que la susodicha estaba muy, pero que muy bien, hicieron que claudicará.

La cita era en un restaurante al que iba bastante, llegue pronto y decidí esperarla en la mesa, 15 minutos después allí estaba, seguramente le habrían enseñado una foto mía también, ya que me reconoció enseguida y, después de saludarme simpáticamente con la mano, cruzó la sala directa a nuestra mesa.

Cuando la vi caminar hacia mí, pensé que aquello no había sido tan mala idea. Era alta y bien parecida, el pelo castaño y ondulado. Unos labios carnosos y pintados de un rojo intenso competían en espectacularidad con unos ojos enormes de pestañas infinitas. El cuello era largo y esbelto, coronando unas clavículas muy marcadas, esas que son tan atractivas. No tenía mucho pecho, pero era proporcionado y en combinación con una cintura de guitarra hacían un conjunto increíble. Todo esto lo llevaba la chica enfundado en un vestido corto negro que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Las piernas, largas y torneadas, acababan en unos zapatos de tacón que quitaban el hipo.

-hola- me puse de pie- tú debes de ser…

-Lita, yo soy lita- me corto- viene de Hipólita, si, mis padres, muy graciosos, lo sé, es porque era el nombre de mi abuela y al parecer a la señora le hacía ilusión, sin contar que yo tendría que cargar con el nombre para toda la vida, pero bueno, Lita me gusta, suena como exótico, no crees? Tu eres Juan, te he reconocido enseguida, me ha enseñado Carmen una foto tuya, esa en la que estáis en la playa, en Formentera, qué bien os lo pasasteis, ya me ha contado. Eres más guapo en persona, sabes, mucho más guapo, anda dame dos besos. Me alegro mucho de haber venido, no me apetecía estar sola, sabes? Acabo de romper con un chico, un cerdo con el que he estado casi tres años y el asqueroso me la pegaba con una compañera de trabajo. Pero no quiero hablar de eso, que lo que me interesa es saber de ti, oye pedimos? Yo la verdad es que no tengo mucha hambre, con una ensalada me apaño. Soy de poco comer, sabes? Me viene de familia, tenía una tía que en toda su vida no comió más que ensalada, y duro hasta los 90 años. Yo no, a mí la carne me encanta, sabes- me guiño un ojo- jajaja, perdona la broma, uy, que rico esta este vino, vigílame, que a mí el vino se me sube enseguida a la cabeza y soy capaz de dejar que me hagas cualquier cosa, jajaja, que mala soy, que vas a pensar de mí? Mira mi ensalada, que buena pinta, aunque lo tuyo también. Puedo probar un poquito? Umm que rico, debería haber pedido lo mismo, tu sí que sabes, ladrón. Oye, está bien este sitio, nunca había venido, ya me ha dicho Carmen que tienes muy buen gusto. Tenía razón. Es un alivio, esto harta de salir con chicos bastos y sin cultura, es toda una novedad estar con alguien como tú. Uff, sí que sube el vino este, que calores me están entrando. Tu si ves que me descoco demasiado me lo dices, y respetarme, eh? Jajaja. Oye, de verdad, eres mucho más guapo en persona. Espero que yo también te guste, me he pasado dos horas arreglándose, y este vestido lo estrenó hoy, es bonito verdad? Un poco de putilla pero de puntilla elegante, jajaja, me ha costado una pasta, pero oye, te lo mereces. Uff, que calor da el vino este. Ya has terminado? Yo también. Quieres postre? No? Yo tampoco, ya te he dicho, estoy desganada. Lo que necesito es que me de el aire, que se me ha subido el vino un poquito, jajaja. Nos vamos? Genial. Uy, pagas tú? Qué galante, ya me dijo Carmen que eras todo un caballero, y fuerte, vaya, que brazo, haces pesas? Yo tenía un novio que las hacía. Estaba todo el día en el gimnasio y eso. Mucho musculo pero poca polla, jajaja, en serio, la tenía minúscula. Es de la mierda que se meten, que se la deja así, anabolizantes y eso. A mí las drogas, nada de nada, mira, ni fumo. Oye ahora tengo frío, qué cosas. Me acompañas a mi hotel por una chaqueta, tendría que haber cogido una, pero es que hacía calor y este vestido es tan divino. Jajaja, para estar guapa hay que sufrir. Me agarro a ti, vale? Es que estos tacones son peligrosos, y mezclados con el vino más. Ves, es este, ya te he dicho que estaba al lado. Antes he venido andando. Ven, sube conmigo. Si no te importa me voy a cambiar de zapatos, que estos me estan matando. Hola Toni. Toni es el de recepción, muy simpático pero creo que es gay, antes ni me ha mirado el escote. Tu si, jajaja, tranquilo, me gusta, para eso me lo he puesto. Cojamos el ascensor. Uy mira que me ponen a mí los ascensores de hotel. Es una fantasía que tengo. De siempre. Y este más, con ese espejo tan grande, que morbo. Sabes? Me gustas un montón. No sé si es el vino pero estoy a punto de hacer una locura. Umm, que fuerte, así. Oye que bien lo haces. Mira, mi piso, lastima. Ven corre. Vamos a mi habitación. No es gran cosa pero la cama es grande. Espera que ponga la llave en la ranura para la luz. Uy, que fogoso. Uy, jajaja. Me gusta, así, oh. Vaya. Sigue, sigue. Cuidado con el vestido. Espera. Me lo quito yo. Te gustan mis braguitas, así, quitármelas. Despacio, umm, me gusta eso que me haces. Oh. Me encanta que chupes así, oh,oh sigue, no pares. No pares. Ummm, ay, al imbécil de mi ex no le gustaba hacerme esoooh. Joder, que arte tienes, sigue, sigue. Oooh. Mierda, ven, ven aquí, necesito que me folles, follame. Espera. Te desabrocho, quítate tú la camisa. Ven, ven, así, métela, así oOOOooh, dios que polla, me encanta, sigue, me rompes, así, así, oh, sigue, me voy a correr, no pares, por dios, no pares, me corro, sigue, así, me corooOOh….. Joder, que bien, que maravilla. Qué bien follas, que falta me hacía.. Esto ha sido el vino. Jajá. Oye, lo que tú estas muy callado, no? Cuéntame algo.

-Hola, yo soy Juan, encantado de conocerte.

La señora Rosa

Todos los hombres se masturban, todos, de una manera u otra. Y la mayoría de las mujeres también, y la que no lo hace, se le nota en el carácter.

Hay mujeres que les ofende que su chico se masturbe, como si al tener pareja ya no estuviera bien. No tiene nada que ver, es como jugar al fútbol y entrenarse para jugar al baloncesto, dos cosas totalmente diferentes. Imagino que ellas piensan que si se masturba es que no tienen suficiente con ellas, que si no tienen suficiente se buscaran a otra, que seguro que ya la tiene, que se la está pegando con otra… La cabeza de las mujeres en pareja funciona así. Yo os puedo asegurar que si un hombre os dice que no se masturba, os está mintiendo.

El primer piso en el que viví solo era un cuchitril en un barrio en las afueras de Badalona. Era un ático sin ascensor, pequeño como una caja de cerillas pero con una terraza muy cuca. Helado en invierno y un horno en verano, pero con una terraza muy cuca. En un barrio chungo donde me abrían el coche cada dos por tres y donde daba miedo bajar la basura por la noche, pero con una terraza muy cuca.

En aquella terraza pasaron fiestas increíbles, verbenas, veladas y cenas. No estaba nada mal.

Rara era la noche en la que yo, o alguno de mis amigos, no proponía algún plan en aquella terraza. Una noche de Julio teníamos previsto una fiesta de cumpleaños de una chica de la pandilla. Una excusa más para reunirnos. Habían quedado unos cuantos para venir a ayudarme con los preparativos pero, como era costumbre, no se presentó nadie. Sabedor de que, seguramente estarían en la playa o durmiendo y que después me pondrían una excusa tonta, me decidí a empezar con los preparativos yo.

Coloque un par de mesas supletorias pegadas a la pared, donde pondría las bebidas y la comida y pase un trapo mojado por la mesa principal. Barrí la terraza y colgué los altavoces fuera. Cogí una escalera de tres peldaños del cuarto de la lavadora y me dispuse a colgar unas guirnaldas y unos farolillos que había comprado el día antes. Al subirme a la escalera, distraído eche un vistazo a la terraza contigua para descubrir, sorprendido como Rosa, la vecina, tomaba el sol en una tumbona totalmente desnuda. Avergonzado retire la vista, pero soy un hombre, así que no pude resistir la tentación y me volví a asomar.

Rosa era la vecina del otro ático del edificio. Era una cuarentona de muy buen ver, alta, morena, de cuerpo voluptuoso y grandes ojos negros. La típica andaluza racial, casada con el señor Martín, un señor barrigón y patizambo, calvo y que siempre estaba sudando copiosamente. Tenían un hijo, pero estudiaba fuera. Más de un día la había ayudado con las bolsas en la escalera y me quedaba extasiado con el movimiento de su culo subiendo los escalones. Era, como decía mi amigo Pablo, una MQMF, una madre que me follaría.

Estaba tumbada perpendicularmente a mí, lo que me permitía observar todo su cuerpo, el cual, embadurnado de aceite brillaba satinado como si fuese de plástico. Los pechos, generosos y sorprendentemente firmes para su edad, apuntaban con unos pezones oscuros al cielo vacío de nubes. El vientre, plano y bien dibujado, terminaba en una pequeña mata arreglada de pelo púbico, negro como el azabache. Las piernas largas y torneadas, descansaban sobre la toalla. Repare en una pequeña pulsera en su tobillo que brillaba al sol. Tenía los ojos cerrados y movía un poco la cabeza al son de alguna canción que escuchaba a través de unos auriculares.

Conseguí salir de mi embelesamiento y con toda la fuerza de voluntad que pude reunir, continúe con los adornos. Lleve la escalera hasta la otra punta de la terraza y agarre el otro extremo de la guirnalda. Cuando termine agarre un tira de farolillos y los enganche en la pared contraria al ático de Rosa. Lleve la escalera hasta el otro extremo y, antes de subir me prometí a mí mismo no mirar. Mentí, por supuesto.

Rosa ya no estaba tumbada, ahora se encontraba de pie, de espaldas a mí, bebiendo de una botella de agua. Tengo una amiga que sostiene que, a partir de cierta edad, las mujeres nunca deben ponerse encima, por muy mona que seas, la gravedad es la gravedad, y que, tumbadas se disimulaban muchas cosas. No voy a quitarle razón a mi amiga, pero Rosa no había perdido mucho con el cambio de postura. Su culo era maravilloso, tal y como había intuido yo en los hipnóticos vaivenes de la escalera, la cadera bien definidas, con curva de guitarra y una piel morena que resplandecía untada en aceite al sol.

Casi me caigo de la escalera al esconderme cuando se volvió para volver a tumbarse. Tímidamente volví a asomarme despacio para volver a contemplar a aquella belleza morena tumbada al sol.

Solo que esta vez, la cosa aún era mejor.

Una mano de Rosa se movía despacio de arriba abajo dejando que las yemas de sus dedos le acariciaran, lentamente, sin ninguna prisa recorrió del cuello hasta el vientre, errática y distraída, pasando entre los pechos. La sensualidad que aquel sencillo gesto tenía hizo mella en partes de mí que empezaron a despertarse. La mano volvió a subir y esta vez se entretuvo en uno de los pezones que, después de juguetear unos segundos con él, lo pellizco suavemente entre sus dedos. Juraría que escuche un callado quejido de Rosa cuando en ese instante, se mordió el labio inferior, estiro ligeramente el cuello y sus piernas se abrieron un poco. La mano que tenía libre entró en acción y empezó a juguetear con aquella mata de vello púbico oscuro y ensortijado.

Yo me aferraba al borde del muro casi mareado, el calor que nos rodeaba en aquella mañana de verano no era nada comparado con el que nacía en mi interior y, me descubrí a mí mismo, tocándome por encima del pantalón corto que llevaba, no fue algo premeditado, fue un acto reflejo.

Rosa volvió a pellizcar el pezón, más fuerte y esta vez escuche sin lugar a dudas un gemido. Echó la cabeza para atrás y abrió las piernas del todo, revelando una humedad que brilló al sol como un desafío. Mientras una mano intentó abarcar todo el contorno de su pecho, dos de sus dedos desaparecieron dentro de aquella sonrosada humedad. Sus caderas se levantaron y su vientre se tensó al recibirlos. Empezó entonces un vaivén en el que sus manos, su vientre, sus caderas, sus labios, su cuello marcaban una danza que a mí, me robaba el aire mientras intentaba por todos los medios no caerme de aquella escalera aferrado al muro con una sola mano ya que, la otra, había desaparecido dentro de mi pantalón.

El ritmo de Rosa de acelero, coincidiendo con el mío, sus gemidos ya no eran disimulados y sus dedos entraban y salían de ella cada vez más rápido. Se estrujaba el pecho y su cuello estaba estirado hasta el límite, la boca abierta en un rictus de placer y los ojos cerrados.

Poco a poco fue tensando más y más hasta casi levitar por encima de la tumbona, los dedos entrando y saliendo ya en una cadencia frenética, mientras sus caderas se retorcían de puro placer. Entonces paralizó todo el cuerpo, tenso como la cuerda de una guitarra a punto de romperse, menos los dedos que ya casi no podían distinguirse de la velocidad que habían alcanzado, estuvo así unos segundos y entonces gimió fuerte, casi un aullido y un borbotón de humedad se escapó de entre sus dedos. Cayó desmadejada y rendida sobre la tumbona en el mismo instante en el que yo, ahogando un gemido en mi garganta, descargaba dentro de mi pantalón.

Tuve la sensación, con la mirada nublada y consciente una vez más del calor sofocante que me rodeaba, de que los movimientos de mi pecho desbocado, se acompañaban con los de Rosa que, tumbada inerte intentaba recuperar el aliento. Allí estuvimos durante un par de minutos, intentando ambos domar el ritmo de nuestra respiración hasta que, Rosa se puso en pie y me obligó a volver a esconderme. Asome una última vez la cabeza para ver como caminaba hacia la entrada de la vivienda, moviendo las caderas arrastrando a su lado la toalla que llevaba distraída en una mano. Antes de entrar se detuvo y volvió ligeramente la cabeza hacia donde yo estaba. El corazón se me detuvo en el pecho, permanecí inmóvil con la esperanza que no me viera, entonces, sonrió pícara y desapareció en el interior del piso.

Aquella escena se repitió bastantes días durante aquel verano, siempre a la misma hora, hasta el día en el que el hijo de rosa vino a pedirme un poco de aceite. Pero esa historia ya la contaré otro día.

Silvia y Leo

Si podéis imaginar a una pareja que no pegan ni con cola, que ves que no encajan, que no tienen nada en común, esa era sin duda la que formaban Leo y Silvia.

Llevaban siendo novios desde los 14 años, así que muchos entendíamos que su relación se basaba en la inercia. Ella era una mujerona, racial, exuberante, de esos caracteres que enseguida se vuelven el centro de todo. Vestía siempre muy provocativa y era un torbellino. Hablaba por los codos, y tenía unos ojos rasgados que quitaban la respiración a cualquiera.

Leo era todo lo contrario, apocado y soñador, con alma de poeta y dado a distraerse con las musarañas a la primera ocasión. Delgado y con pinta de ratón de biblioteca, el antagonista perfecto al huracán Silvia.

Yo era el informático oficial del grupo, eso no significaba que me dedicara a eso, nada que ver, significaba que se me daba bien y era el que me dedicaba a formatear ordenadores, programar vídeos, instalar programas y si me dejaba, hasta reparar la lavadora de familia, amigos y conocidos.

Un día Silvia me comento que su ordenador iba más lento que el caballo del malo y que le estaba siendo imposible hacer unos trabajos de texto que le habían encargado, así que me ofrecí a solucionarlo y quedamos en que me pasaría por casa de Leo y ella a ver qué podía hacer.

El día a la hora indicada me presente en su casa con mi carpeta de programas y cargado de la paciencia necesaria para reparar los desaguisados que la gente suele hacer a sus ordenadores. Llame al interfono y al subir me encontré la puerta entornada. Asomé la cabeza y lancé un hola al cual me contestó desde dentro Silvia con un: -Pasa, pasa, no te cortes.

Nunca había estado en esa casa así que empecé a entrar cauteloso. El recibidor daba a un pasillo largo y estrecho con tres puertas abiertas en su pared derecha y lo que parecía un comedor al final. Pase por delante de la primera puerta donde me encontré una habitación llena de trastos. Lo que parecía un mueble sin montar descansaba en el suelo apoyado en la pared aun metido en su embalaje, varias cajas de cartón, una tabla de planchar con una plancha descansando encima y un tendedero portátil abarrotado de ropa tendida. La composición la coronaba la típica bombilla desnuda sin lámpara colgando del cable.

Continúe por el pasillo y la segunda instancia resultó ser el dormitorio de Leo y Silvia. Una cama grande y desecha con un gran cabezal de estuco veneciano con dos mesitas de noche una abarrotada de libros y la otra con una pila de revistas del corazón, folletos de supermercado y demás papelería. Era fácil adivinar en qué lado de la cama dormía cada uno. En la pared a la que apuntaba los pies de la cama había un espejo de grandes dimensiones y una mesa donde descansaba el monitor de un ordenador donde ondeaba  la bandera del salva pantallas de windows.

Antes de llegar a la tercera estancia el sonido del agua cayendo en la ducha me adelantó de qué habitación se trataba. Asome tímido la cabeza al en la jamba de la puerta que estaba abierta de par en par. Frente a mi distinguí la inequívoca silueta de Silvia desnuda en la ducha a través del cristal esmerilado de la mampara.

-Está en la habitación, Juan, enseguida salgo- me grito desde la ducha acercando su cuerpo más al cristal, lo que dio más definición a la imagen y pude distinguir sus generosos pechos- tú mismo, haz lo que veas.

Azorado me aparte de la puerta aunque me sentí tentado de echar otro vistazo. Cuando estaba a punto de hacerlo oí como se cerraba el agua, así que me apresure a sentarme frente al ordenador.

Moví el ratón y el salvapantallas desapareció, demorando bastante en mostrar otra cosa que no fuese una pantalla en negro. -esto me va a dar trabajo- pensé justo en el momento en que la pantalla me solicitaba una contraseña.

-Cuál es la contraseña?- brote haciendo pivotar la silla de oficina hacia la puerta y encontrándome a Silvia que entraba en la habitación envuelta en una toalla y secándose el pelo con otra más pequeña.

Me gire pudoroso hacia el ordenador solo para comprobar que el espejo de la pared me devolvía la imagen de Silvia trasteando en el armario y los cajones eligiendo y sacando prendas que dejaba sobre la cama.

-Es un engorro, no puedo hacer nada- me dijo mientras se terminaba de secar el pelo con la toalla- va lento y se me abren un montón de pantallas con publicidad.

– Es no-normal- dije tartamudeando- habrá que formatearlo.

-Como tu veas- contestó saliendo de la habitación- tú eres el experto.

Cerré los ojos y conté hasta diez, Juan, es la chica de Leo, tu amigo, concéntrate, haz un apaño y márchate.

Hice un diagnóstico rápido y saque un par de herramientas de limpieza de mi carpeta. Metí los Cds en la bandeja y ejecute un programa de reparación. Cuando la barra de progreso empezó a marcar el porcentaje de carga, Silvia regreso a la habitación.

-DonDonde esta Leo?- pregunte

-Le ha salido una faena- contesto dibujando una sonrisa pícara- no regresará hasta la noche.

Y dicho eso lanzó una generosa ración de crema en la palma de su mano, subió la pierna encima de la cama y empezó a aplicarla por el muslo mientras yo atisbaba desde el espejo como la toalla apenas podía ocultarme nada.

Mi corazón palpitaba como una locomotora y en mi pantalón una dolorosa erección estaba a punto de hacer estallar la cremallera. Me costaba respirar y la dichosa barra no estaba ni en el 30%.

Decidí que ya no podía aguantar más y me puse en pie como un resorte recogiendo mis Cds y metiéndolos en su carpeta.

-Bueno, yo me voy-dije apresurado- tu estas ocupada y así puedes vestirte tranquila… Dejo esto funcionando, ya me devolverás el Cd..

Agarre todos mis bártulos y me dirigí a la puerta de la habitación, pero Silvia me cortó el paso

-Pero no te vayas así, hombre- me dijo plantándose en mi camino- a mí no me molestas, quedare y tomate algo, quieres un café?

-nno, gracias- para café estaba yo

-Una Cocacola?

-no, no, de verdad, no me apetece- mentí notando la garganta seca como un estropajo

-Vamos, seguro que hay algo que te apetece- y diciendo esto de quito la toalla y se quedó totalmente desnuda ante mí. La visión era increíble, tenía un cuerpo torneado y bien dibujado, con un pecho grande y firme que desafiaba a la gravedad apuntando sus pezones directamente hacia mí, un vientre plano que terminaba en un pubis rasurado que me se antojaba el lugar más cálido y confortable del mundo. Estaba allí parada, desafiante, con las piernas separadas como un torero esperando la embestida

-Pepepero tu estás loca?- conseguí decir

-va, bobo- me dijo acercándose- si estás deseándolo.

Se pegó a mi acariciando mi pecho con la mano, intente retroceder y mi espalda chocó contra el armario, pego sus caderas a mi apretando mi entrepierna con su pubis, yo iba a, literalmente, explotar. Entonces me beso, y el mundo empezó a dar vueltas alrededor mío, la carpeta de discos se me escurrió entre los dedos y cayó pesadamente al suelo junto a mí. Agarre su sedoso pelo con una mano devolviéndole el beso mientras la otra mano se maravillaba de lo duro y firme que era su culo. Diestra me desabrocho el pantalón y liberó una polla palpitante que se moría por ella, Solté un gemido cuando la apretó entre sus dedos, iba a follarmela, nada más importaba en aquel momento, era una diosa, que suerte tenía el cabrón de Leo…. Leo….

La cordura volvió a mí de pronto, Leo, Leo era mi amigo, no podía hacerle eso. La separe bruscamente de mí, ella se sentó en la cama confundida.

-Esto no está bien- dije mientras volvía a meter mi polla en los pantalones a desgana, casi podía oír como protestaba- eres la chica de mi amigo, yo no soy así.

Recogí la carpeta y salí del piso dejando atrás a Silvia. Aunque he de reconocer que, mientras esperaba el ascensor y mi polla palpitaba en el pantalón, necesite de mucha fuerza de voluntad para no volver.

Durante las dos semanas siguientes aquel episodio me atormentó, necesitaba contárselo a Leo, él era mi amigo y no se merecía una traidora así, le destrozaría el corazón pero a la larga era mejor, no tenían nada en común, no se parecían en nada. Al final, después de las dos semanas me decidí a contárselo fuese como fuese, le llame y le pedí si podía venir a mi casa, que tenía que hablarle de un tema importante. Vino por la tarde, tal y como habíamos quedado, di mil vueltas al tema sin encontrar la manera de explicárselo. La final decidí que la mejor manera era de golpe, sin paños calientes..

-Leo, tengo que confesarte algo que no me es fácil- le dije mientras buscaba las palabras

-La verdad es que yo también me soltó y se abalanzó sobre mí y me beso, fue un beso dulce y atropellado, me quede sin poder reaccionar, con los ojos abiertos de par en par mientras todos los fusibles de mi cabeza saltaban. Al final se separó de mí con una expresión interrogante en su cara..

-Pepero Leo? – le solté

-Lo siento Juan, pero no podía aguantarme más

-Pero tú, tu… Y Silvia?- farfulle intentando atar cabos

-A Silvia la quiero- me dijo- pero tú me gustas

-Leo, esto no puede ser, tú no… Yo no..

– Lo sé- bajó la mirada- lo siento

Y se dirigió a la salida como un alma en pena y una expresión en la cara de tristeza. Justo cuando abrió la puerta abrí la boca y alce la mano hacia el con la intención de detenerle, aun no le había explicado lo de Silvia… Deje caer mi mano, cerré la boca y le deje marchar sin decir nada, al fin y al cabo, al final había resultado que si tenían algo en común…

Marta

Empezó con la rutina en que se ha convertido nuestro intento de alejar la soledad en esta segunda década del siglo XXI, un me gusta en una aplicación de almas solitarias, un tímido saludo en el chat, una primera aprobación basada más en la ausencia de rarezas que en un feeling real, una cita a ciegas basada en unas fotos de mala calidad y una conversación fútil.
El primer encuentro fue en el día más frío que conozco, llego tarde, no mucho pero se me antojó eterno, tiritando como estaba de nervios y puro frío. La vi llegar espere que pagara la carrera ensayando una sonrisa torpe que sabía, sería mi carta de presentación. Normalmente en estas aplicaciones para conocer gente solemos poner las fotos en las que más favorecidos estamos y cuando se produce, cuando ocurre, el encuentro real, siempre hay un ramalazo de decepción, una sensación de pequeña estafa al comprobar que nadie es tan atractivo como se vende, pero es algo que damos por hecho, es parte del juego. No era el caso, sino más bien lo contrario, era guapa, mucho, las fotos no le hacían justicia, tenía unos ojos preciosos, enormes, claros. Clavó aquella mirada de acero en mí y mi respiración se detuvo ese instante eterno en el que intentas dislumbrar si tienes su aprobación.
-Hola, qué tal?- y los dos besos de rigor. Su voz era sorprendente, nada que ver con la idea preconcebida que había formado en mi cabeza de cómo sería. Era una voz cristalina, divertida, juvenil, una voz vital y abierta. Un timbre de voz travieso y franco que me enamoro de inmediato. Ya tenía dos de mis sentidos conquistados, la vista y el oído.
Caminamos ateridos buscando un lugar para tomar algo y huir del terrible frío. Una conversación banal por callejuelas a un paso rápido, demasiado rápido. Una cadencia al caminar mezcla del frío que nos apuñalaba y los nervios típicos de la situación.
El abarrotado bar nos acogió en un rincón, solos entre la multitud. Mientras un cantante destrozaba canciones míticas en un minúsculo escenario, ella se empezó a deshacer de capas de ropa. Tenía un cuerpo sencillo, bonito, sin alardes. Aún así, atractivo y de una sensualidad tranquila. Vestía de una manera informal, sin esconder y sin mostrar, ese estilo que pocas mujeres dominan de estar arreglada sin parecerlo.

La conversación fue divertida, amena, saltando de un tema a otro sin mucha continuidad. Me sentía a gusto y, me daba la sensación de que ella también.

En un momento dado, por avatares de la conversación, empezó a enseñarme fotos de su destartalado móvil, fotos de ella en poses divertidas intentando convencerme de que no era fotogénica, aunque yo la encontraba guapísima. Fotos de sus amigas, de su hijo, de salidas y mil locuras que era su vida. Poco a poco nos fuimos acercando el uno al otro para compartir la minúscula pantalla donde se mostraban las instantaneas y entonces me llegó su olor. Olía dulce, cálido, acogedor, delicioso. Era un olor agradable y embriagador, para nada disimulado por perfumes o productos de aseo. Una de aquellas fragancias que te evocan una sonrisa, olía a nubes de azúcar, a canela, a me gusta esta chica. Ya tenía conquistados tres de mis sentidos.

En el carrusel de fotos, todas con una historia divertida detrás, apareció la foto de un señor mayor, elegante, de mirada sincera y bonachona, de bigote canoso y porte altanero. Su mirada cambio, dudo por un momento en pasar la foto sin más, su dedo titubeó sobre la instantánea por unos instantes, suspiro intentando controlar unos sentimientos que se le desbordaba en el rostros, la mirada. Con la voz queda me explicó que era su padre, fallecido hacía no el suficiente tiempo para que el dolor no fuese insoportable. Me contó cómo, dónde, cómo se sintió, como se sentía. Me contó el amor que sentía por su madre, el tiempo que habían sido todo el uno para el otro. Me expreso, a veces sin palabras el orgullo que sentía por el, por ellos. Me explicó, con un hilo de voz que luchaba por disimular una mirada triste en unos ojos humedecidos por la congoja que ellos, sus padres, habían hecho una promesa cuando se conocieron, que bailarian su canción, aquella canción que era mágica para ellos, siempre que estuviesen juntos y sonase, estuvieran donde estuvieran sin importarles dónde fuese. Y lo habían cumplido toda la vida sin excepciones, en mitad de la calle, en un centro comercial, en casa, con amigos o rodeados de perfectos desconocidos. Aquella historia me produjo una envidia increíble, unos celos arroces y una esperanza que suelo perder a menudo. El verdadero amor existe y algunos privilegiados tienen la gran suerte de conocerlo en su vida.

En estos cuentos que escribo puede parecer que su tema es el sexo, en realidad el tema es otro, es la intimidad. No hubo sexo con Marta aquella noche, pero aquel momento fue muy íntimo, muy personal. Me sentí cerca de ella como hacía mucho tiempo que no me he sentido con nadie y, al menos para mí, fue bonito.

Cuando ya no pudo controlar más sus sentimientos dejo de hablar, con los ojos fijos en la pantalla, junto a mi. Sentí la lucha interior, el peligro de derrumbarse. Le ofrecí un pequeño achuchón consolador, torpe y tímido. Lo agradeció, o al menos no lo rechazó, fue solo un instante, un broche final para aquel momento que empezaba a alargarse demasiado.

En el abrazo mi mano toco su piel, y me encantó, cautivo mi sentido del tacto igual que había hechizado los del oído, la vista y el olfato… lastima que el gusto se quedó en el tintero.

 

Sofia

A Sofía la conocí una mañana de mayo en Lloret de mar, durante una feria medieval, que es una feria como otra cualquiera, pero con la gente disfrazada.

Estaba curioseando un puesto de aceites e inciensos y al coger un paquetito con olor a sándalo, escuche su voz cantarina detrás de mí:- este es muy afrodisíaco- y siguió a lo suyo como si no hubiera dicho nada.

-Estás segura?- Le pregunté con mi mejor sonrisa

-Sí, soy una experta- me contestó pícara- pero tú no lo necesitas

-y eso cómo lo sabes- levante una ceja

-Por tu aura- me fijo como si fuese lo más normal del mundo- tienes el aura más sexual que he visto nunca..

El halago me gusto, lo reconozco, aunque mi alarma mental detecta locas se puso a sonar a un volumen estridente, enseguida le tapó la lujuria en cuanto aprecie mejor las curvas de Sofía. Llevaba un vestido estrambótico que quería representar a una zíngara, con su melena pelirroja atada en una especie de moño descuidado que dejaba al aire un atractivo y pecoso cuello. Unos enormes ojos verdes de pestañas imposibles destacaban en una cara salpicada de pecas y pálida como la luna. El cuerpo era menudo y de pecho no muy generoso, pero era espigado y grácil, y aquel atuendo colorido le daba un morbo increíble.

-Y que más te dice mi aura? – le interrogué

-pues que me vas a invitar a almorzar- me dijo resuelta y agarrándome de la mano me arrastro entre el gentío hacia la zona donde estaban los puestos de comida.

Verla comer, aunque comer es un eufemismo, era un espectáculo. Devoraba como un animal, tragaba y engullía sin parar de parlotear mientras yo me preguntaba dónde narices metía toda aquella comida viendo su menudo cuerpecito. Era un torbellino, me contó que era de un pueblo de Murcia, que se había echado un novio hippy con el que se vino a vivir a Tarragona y que, una vez finiquitado el hippy, andaba por lloret haciendo de profesora de yoga en un par de hoteles pero que llevaba unas semanas sin trabajar, que trapicheaban aquí y allá. Todo esto lo soltaba con una metralleta mientras trozos imposibles de carne al brasa y salchichas desaparecían como por arte de magia en su boca.

Engulló el último trozo, se limpió la aceitosa boca con la manga del vestido y se aplatano en la silla de madera soltando un sonoro eructo.

-Joder, que a gusto me he quedado- exclamó con una risa- y ahora, que hacemos?

-no lo sé- dije sonriendo- qué te apetece?

-Vamos a bañarnos- soltó de pronto mientras se levantaba como un resorte y me arrastraba hacia la playa.

Tiro de mi los doscientos metros que nos separaban de la arena, me descalce y note como estaba muy fría, estaba siendo un mes de mayo muy soleado, pero aún era pronto para la temporada de playa. Sofía parecía ajena a aquello y caminaba errática hacia la orilla moviendo los brazos como si estuviera bailando.

La alcance donde la arena empieza a estar mojada sentada quitándose unas sandalias de piel que le daban mil vueltas a los tobillos.

-Estas segura que te apetece bañarte? – le pregunté- el agua debe de estar helada.

-Por supuesto- exclamó mirando al mar- me baño todos los días del año!

Y entonces se puso de pie, se quitó el vestido por encima de la cabeza con un diestro gesto y me lo lanzó a la cara, el breve instante que la tela me cegó no me impidió ver como corría hacia el agua totalmente desnuda, no llevaba nada bajo aquel vestido.

Mire hacia el paseo, donde nadie parecía reparar en nosotros y me quedé allí de pie, dejando que el sol me acariciara mirando embelesado aquella sirena desquiciada.

Estuvo su buen cuarto de hora en el agua, nadando y zambulléndose ajena por completo a mí, entonces salió, tiritando salvajemente, sus labios estaban azules y temblaban sin medida.

-Estaba perfecta- mintió, me arranco el vestido de las manos y se lo enfundó con la misma destreza que se lo había quitado -deberías haberte bañado conmigo

-Seguramente- le dije y la contestación pareció agradarle, se acercó a mí, se puso de puntillas y me beso.

La sorpresa inicial me abandonó pronto y enseguida me deje llevar por aquel beso salado, de labios fríos. Enrede mis dedos en el rojo pelo mojado y allí deje que el tiempo pasara perdido en sus labios.

Cuando por fin nuestros labios se separaron me quede mirando aquellos gigantescos ojos esmeralda.

-Y ahora que te apetece? – lepreguntée sin levantar la voz

-Ahora?- se preguntó a si misma con un divertido gesto de morderse el labio y desviar la mirada como pensando- ahora nos vamos a mi casa a echar un buen polvo- y con la misma determinación con la que me llevaba arrastrando desde que la había conocido, me agarro de la muñeca y me guió por las calles de Lloret.

Vivía en una planta baja del barrio de Los Pavos, una típica casa de pescadores de fachada blanca y construcción irregular. Sentada en la puerta de la casa había una anciana que debía de tener unos ciento cincuenta años en una silla de mimbre, vestía totalmente de negro y hacía ganchillo distraída. Sofía empujo la puerta sin llave y me arrastro a una soleada estancia ocupada por una mesa de linóleo descascarillado, tres sillas desjuntadas, una especie de librería desvencijada repleta de muñecos de los que suelen regalar las hamburgueserías con el menú infantil y una montaña de periódicos y revistas apilados contra una pared.

Me soltó la mano mientras cruzaba la estancia camino de otra habitación que había al fondo, mientras la cruzaba dejo las sandalias, que no había vuelto a calzarse después del baño, sobre la mesa, y sin dejar de caminar se despojó del vestido que lanzó sobre una de las silla. Me quede boquiabierto contemplando como se contoneaba totalmente desnuda. Se giró sensual, se recostó sobre la jamba de la puerta y soplado un tirabuzón que le caía sobre la cara me enamoro perdidamente con una pícara sonrisa.

Entró en la estancia desapareciendo de mi vista, dude un solo segundo y la seguí. La habitación estaba tan desnuda como la anterior, una cortina raída impedía al sol entrar por una pequeña ventana, una especie de tapiz artesanal bastante feo colgando de una pared, una silla con una montaña de ropa encima y un colchón en el suelo en el que estaba Sofía recostada totalmente desnuda. Me miró divertida, abrió las piernas de par en par mostrando abiertamente su sexo y me soltó con una voz cantarina:- piensas quedarte ahí?

Durante las tres horas siguientes estuve montado en una montaña rusa de la que jamás hubiera querido bajar, Sofía me mordió, chupo, araño, acaricio, ronroneo, cabalgó, beso, susurro, amo, odio, lamió, miro, canto, bailo y follo como si no hubiera un mañana. Sus orgasmos se sucedían uno detrás del otro y ella los recibía gritando, no tenía fin, me agoto de tal manera que, después de correrme por tercera, o cuarta no lo recuerdo, vez me quede dormido boca bajo en el colchón.

Desperté cuando el sol ya no discutía con la cortina, me incorpore desorientado y sin rastro de mi pelirroja amante. De la sala contigua, la de los periódicos apilados me llegaban voces de gente. Me vestí rápidamente buscando mi ropa desperdigada por toda la habitación. Al ponerme los pantalones mi cartera cayó al suelo, comprobé que mi dinero había desaparecido, no era mucho, Sonreí.

Salí de la habitación y me encontré a dos señores mayores, de unos 60 años y una mujer gorda de unos cuarenta sentados en la mesa comiendo pan con un queso amarillento.

-Buenas tardes- dije titubeando

-prietenul tău, nebun, a mers destul de în timp ce- me dijo la mujer señalando la puerta de la calle

-Perdón, no le entiendo…- me disculpe

-nu înțeleg? a fost un timp în urmă- me encogí de hombros sin entender

-mânca niște brânză, asigurare de care aveți nevoie pentru a recupera- me dijo uno de los hombres ofreciéndome el queso, a lo que los demás rieron con fuerza

-lo siento, no les entiendo- les dije reusando la comida- creo que debería irme.

Y salí de la casa, la anciana seguía allí, en el mismo lugar, con su labor entre las arrugadas manos, ni me miro.

Volví a mi casa, me duche y cene algo, estaba hambriento, me metí en la cama y tarde mucho en poderme dormir.

A la mañana siguiente volví al mercado, estuve horas recorriéndolo de arriba abajo buscando a Sofía, no había rastro de ella. Cuando ya me resignaba a marcharme me encontré en el puesto de incienso en el que la había conocido la mañana anterior. Cogí uno de los paquetes con aroma a sándalo y lo acaricie distraído

-ese es afrodisiaco- me dijo el dependiente

-sí, eso me han dicho- conteste.

Patricia

Salí un tiempo con una chica, Patricia, que tenía la desquiciante costumbre de decir siempre la última palabra. Siempre tenía que salirse con la suya de una u otra manera. Al principio me deje llevar, era una persona dominante, que le vamos a hacer. En contrapartida era un bellezon. Alta, de cuerpo escultural, elegante al vestir, de pecho generoso y una de esas miradas que derriten la más férrea voluntad.

La mañana del 31 de diciembre quedamos con otra pareja para hacer unas compras y terminar de organizar la noche. Estábamos en una terraza del centro comercial tomando algo cuando Patricia me pidió que le trajera unas servilletas. No lo pensé y me levante a buscarlas y al regresar me encontré a la otra pareja haciendo mofa sobre mí. Resumiendo se burlaban de lo servicial de mi comportamiento imitando socarronamente  la petición de Patricia mientras ella mantenía la broma jactándose de que me tenía dominado.

Aquello hirió gravemente mi orgullo y en un ataque de machitis desande teatralmente el camino para dejar las servilletas de donde las había cogido, para regresar y sentarme en mi sitio con un -sabes que te digo? Que las vayas a buscar tú

-Juan, ve a buscarme las servilletas- ordeno medio en broma medio en serio

-No – conteste tajante

-Juan, no juegues conmigo- aquella sonrisa daba miedo- tráeme las servilletas

– No- repetí moviendo como un niño caprichoso la cabeza

-vaya, parece que no lo tienes tan dominado- se burló la amiga

-es tu última palabra?- asentí- bien, tú mismo, ya vendrás, ya…

Acabamos las compras y nos despedimos hasta la noche, patricia continuo la broma y se negó a darme un beso de despedida -no hasta que no me traigas las servilletas- reí y me marche.

Aquella noche cenaba en casa de los padres de Patricia, una familia muy simpática a los que había conocido un par de meses atrás y que me trataban de una forma muy cordial. Entre saludando a todo el mundo y al ver a patricia se me cayó el mundo al suelo. Estaba espectacular, no hay otro adjetivo, espectacular. Llevaba un vestido de piel ajustado, de escote palabra de honor, ese que no lleva tirantes ni mangas, del cual intentaban escapar sus dos maravillosos pechos. La piel se ajustaba a su cuerpo dibujando su forma de guitarra hasta llegar a una falda que, de más corta, perdería la categoría de falda. Sus largas y torneadas piernas acababan en unos zapatos de tacón que desafiaban el equilibrio de cualquiera. Ya lo he dicho, no hay otra palabra que la describa, espectacular. Me acerque a besarla y ella me aparto la cara con una sonrisa. No hay servilletas, no hay beso.

Nos sentamos a la mesa decorada con un exquisito gusto y abarrotada de viandas, yo frente a ella y no me sorprendió comprobar que en el sitio reservado para mí, no había servilleta. La mire pícaro y ella me respondió con un mohín travieso.

Cenamos entre risas y bromas y después de recibir el año nuevo nos despedimos de su familia y nos adentramos en la noche. -Estas muy guapa esta noche- le dije en el ascensor.

Gracias- respondió distraída arreglándose en el espejo

-No piensas darme un beso?- le recrimine.

Se acercó a mi cariñosa, me arreglo el nudo de la corbata y acerco sus labios a los míos, pero en vez de besarme, los esquivo y se dirigió a mi oído -No, hasta que reconozcas quien manda aquí

-Soy inmune a tus encantos- dije fanfarrón

-estás seguro?- Contestó con un aplomo que asustaba.

Habíamos quedado con el grupo en una discoteca no muy grande, en la que por un previo exorbitado nos ofrecían música pachanguera, una bolsa de cotillón del todo a 100 y barra libre de garrafón del bueno. Pese a eso, lo importante era la compañía y estábamos dispuestos a divertirnos de lo lindo.

Patricia estuvo provocándome durante toda la noche, la verdad es que estaba irresistible, pero me mantuve firme y ella también hasta que, ya bien avanzada la noche la vi sentada en la barra bebiendo una copa de cava.

– Este año no me has dado un beso aun- le dije al oído acercándome por detrás y rodeando su cintura.

-Porque tu no quieres, ya sabes lo que hay- respondió

-No vas a salirte con la tuya- me jacte- ya te he dicho que soy inmune a tus encantos

-Estas seguro?

-Por supuesto

-totalmente seguro- insistió

-Por supuesto- repetí

Entonces hizo rotar el taburete hasta ponerse de frente a mí, cogió mi mano y la deposito sobre una de sus piernas, me miro a los ojos y, ajena a la multitud que nos rodeaba, abrió las piernas un poco, agarro por la muñeca y obligo a mi mano a deslizarse por la media de nailon en dirección a su entrepierna. Note el suave raspar de la media en mis dedos, note como se terminaba en un encaje y sentí el calor de su piel en mi mano. Continuó empujando y ya no encontré más tela que parase mi avance. La humedad de su sexo desnudo mojo la punta de mis dedos. Abrí los ojos de par en par y abrí la boca para no decir nada, ella sonrió triunfal y abrió un poco más las piernas. La yema de mis dedos se colaron entre los pliegues de su sexo y ella se inclinó hacia mi hasta colocar sus labios junto a mi oído. Empujo firme de la muñeca y dos de mis dedos desaparecieron dentro de aquel calor embriagador.

-Pero… Estas seguro del todo?- me susurro  al oído con un roto de placer en su voz.

Entonces tiro de la muñeca para separarme de ella, se giró distraída hacia la barra y dio un sorbo a su copa de cava ignorándole por completo.

Cogí mi abrigo del guardarropía y salí a la calle con un frío que cortaba la respiración. Recorrí varias manzanas a pie durante más de 20 minutos hasta que encontré una gasolinera de las que abren 24 horas. Regrese a la discoteca con una bolsa de plástico en la que había todas las existencias de servilletas de papel de la tienda.

La novia de mi amigo Santi

La novia de mi amigo Santi no era nada del otro mundo, no era fea, pero tampoco podríamos decir que era guapa. Tenía una bonita figura pero su forma de vestir y sus andares cansinos no le favorecían nada. Tampoco era simpática en exceso ni tenia una conversación que enganchara, era simplemente la novia de mi amigo Santi.

Por suerte era casi invisible, seguía a Santi sin molestar ni hacer ruido, mientras él parecía cadí ignorarla por completo. Yo llegue a ver como el intentaba ligar con unas chicas en la playa tumbado en la misma toalla que ella. Ya os digo, la ignoraba por completo la mayor parte del tiempo, y a ella jamas la vi quejarse ni llamar la atención, además, las pocas veces que hablaba lo hacía en un tono bajo, tímido y con un hilo de voz.

Un verano planeamos irnos unos días de vacaciones un poco a la aventura. Dos tiendas de campaña e ir recorriendo playa tras playa en tren hasta que el dinero se nos acabara. En un principio el plan era mi amigo Santi, su novia, yo y una chica con la que llevaba un par de semanas saliendo, pero a pocos días de salir se echó atrás. La verdad es que acabaron siendo unas vacaciones de película, nos lo pasamos genial, nos reímos, tomábamos el sol, nadamos, íbamos al ritmo que nos apetecía y más de una noche no dormí solo en mi tienda acompañado de chicas de los distintos lugares que visitamos.

En diez días llegamos más allá de la costa Murciana antes de que la economía nos obligara a iniciar el camino de regreso.

Habíamos decidido hacer parada el último día antes de llegar a Barcelona en Tarragona. Santi conocía una playa increíble junto a la cual había un bosquecillo en el que estaba permitido plantar las tiendas de campaña.

Me había quedado dormido mecido por el traqueteo del tren y el sol que entraba por la ventana cuando un grito de Santi y un zarandeo me alertaba de que nos pasábamos de estación. Salte de mi asiento para comprobar que era cierto y saltamos del tren segundos antes de que las puertas se cerrasen entre risas y un fuerte golpe en mi espinilla. Las risas acabaron en cuanto, justo cuando el tren comenzaba a rodar por la vía, que no llevábamos todo el equipaje. Faltaban una bolsa y una de las tiendas de campaña, la mía. Perseguimos al vagón por el andén golpeando la ventanilla con inútil resultado.

El jefe de estación, ante nuestras súplicas nos dijo que no había nada que hacer, que el había dado aviso y que, si algún pasajero lo entregaba al revisor, podríamos intentar probar suerte en la oficina de objetos perdidos de la estación de Sans.

Malhumorado e impotente Santi intento animarme. La bolsa tenía en general ropa sucia, pero la tienda de campaña era de las caras, y me había costado un buen dinero. Santi me aseguro que, seguro que al día siguiente, al llegar a Barcelona, mi tienda estaría esperándome allí, que hoy, podía dormir con ellos en su tienda, la cual, era verdad, era enorme.

Aún no muy convencido decidí dejarme llevar y no estropear con mi mal humor el final de lo que estaban siendo unas maravillosas vacaciones.

Tardamos un buen rato en llegar a la playa de la que hablaba Santi, caminando un buen trecho sobre rocas puntiagudas y pequeños acantilados típicos de la costa  Tarraconense.

Al llegar, el cansancio y el cabreo se esfumaron de golpe, el sitio era un paraíso. Un bosquecillos de coníferas acababa justo en la arena de una playa de arena fina en la que el agua, ausente totalmente de oleaje por la distribución de las rocas que tanto habían entorpecido nuestra llegada, lamia dócilmente la orilla.

Soltamos los dos los bultos y corrimos como posesos quitándonos la ropa a la carrera para lanzarnos como dos críos al agua, mientras la novia de Santi, lánguida y parsimoniosa como siempre, arrastraba los bultos hacia el bosquecillo ajena al alboroto que nosotros formábamos.

Si las vacaciones habían sido perfectas, aquel día fue la guinda apropiada. Hicimos una fogata donde cocinamos unas salchichas y butifarras que habíamos comprado y dimos buena cuenta, sobre todo Santi, del resto de bebidas alcohólicas que llevábamos, las cuales representaban un sustancioso porcentaje de nuestro equipaje. Durante un buen rato se nos unió un grupo de tres chicas, a una de las cuales estuve tentando de que se quedara a dormir con nosotros pero que, al recordar que tenía que compartir tienda, no insistí mucho. Poco a poco fue cayendo la tarde y la playa fue vaciándose de las pocas personas que la habían habitado durante el día, inclusive nuestras amigas que demoraron todo lo posible su partida pero que decidieron irse antes de que la oscuridad que empezaba a llegar les hiciera peligroso el tortuoso camino de regreso.

Me senté en la arena satisfecho contemplando el precioso ocaso cuando se sentó Santi a mi lado con una de las borracheras más legendarias que he visto jamás, entre palabras inconexas llegue a entender que me quería y algo de unos elefantes, a lo cual sólo pude contestarle con risas y un abrazo.

-Vayámonos a dormir!- ordenó como un general ebrio a lo que le conteste que de acuerdo, que fuese entrando a la tienda que yo quería quedarme un rato más. La verdad es que estaba genial, hacia mucho calor como para apetecerme entrar en la tienda, así que me encendí un cigarro tras otro esperando allí en la arena que el sueño, esquivo me atrapara.

Pero, entre el calor reinante y los sonoros ronquidos de Santi que salían de la tienda el sueño no llegó. Pasado un buen rato oí la cremallera de la tienda y la voz de la novia de Santi que me preguntaba si no podía dormir, le dije que no y ella me contesto un -y quien si!- moviendo la cabeza hacia la tienda en el momento en el que un nuevo ronquido de nuestra marsopa particular nos arropaba. Le contesté con una sonrisa y avive inútilmente el fuego que empezaba a querer irse a dormir.

Se sentó junto a mi observando el crepitar de las llamas languideciendo sin decir absolutamente nada durante un buen rato en el que me subí en mis pensamientos.

De pronto, cuando la hoguera no era ya más que unos pocos rescoldos calientes, se puso de pie de un salto y diciendo para nadie en particular un- no aguanto este calor- se despojó de la camiseta que llevaba puesta y salió a paso rápido hacia la orilla. Estuve tentado de seguirla, pero la verdad, me encontraba muy a gusto y la pereza pudo más que el calor.

Volvió un buen rato después, la vi acercarse a la luz de una luna gigante de agosto que iluminaba toda la playa y pude comprobar de nuevo que, como había observado durante aquellas vacaciones, tenía un cuerpo muy bonito, el cual había escondido siempre tras una forma de vestir muy poco sugerente. Caminaba hacia mi estrujando el agua de pelo mientras movía muy marcadamente las caderas al andar, el bikini blanco brillaba incandescente a la azulada luz de la luna y enmarcaba aún más lo atractivo de su silueta.

Llegando al campamento me grito un- el agua estaba buenísima, tendrías que haber venido – a lo que conteste con evasivas. Fue hasta un árbol donde habíamos tendido las toallas y descolgó una con un feo y poco conseguido dibujo de un supuesto lugar paradisíaco y, para mi sorpresa, sin ningún pudor se quitó resueltamente el bikini y después de colgarlo en las ramas empezó a secarse el cuerpo frente a mi.

Volvió a colgar la toalla una vez concluida su labor y camino, totalmente desnuda y sin ninguna cortapisa hasta donde había dejado su camiseta, pasando por encima de mis piernas para llegar a ella. En vez de ponérsela, la estiro en la arena junto a mi y se arrodilló sobre ella, tiró hacia arriba de mi barbilla mientras exclamaba un – cierra la boca, chico, que te va a entrar un bicho- pícaro.

Yo no salía de mi estupor y la contemplaba con los ojos como platos, de repente agarró con fuerza el bulto que me era imposible disimular en mi bañador y me dijo mimosa: -mmm, esto es por mi?

Di un respingo e intenté alejarme de ella, pero me tenia acorralado, yo balbuceaba tontas quejas mientras reptaba hacia atrás como un cangrejo, ella gateaba hacia mi y cuando no pude retroceder más por la tienda de campaña me alcanzó y metió su lengua en mi boca sin mediar palabra.

La agarre fuerte por lo hombros y con bastante esfuerzo la aparte de mi -tu estas loca!… Santi…- le dije bajando la voz -tranquilo, ese no se despierta ni con una bomba-

Como para corroborar sus palabras mi amigo subió el tono de sus ronquidos.

Intente en vano mantenerla separada de mi, pero al parecer su voluntad era mucho más fuerte que la mía, la cual empezaba a flaquear ante la visión de aquellos pechos tan apetecibles.

Volvió a besarme apasionadamente mientras sus manos liberan mi miembro del bañador. Note una sonrisa de triunfo cuando, la subir y bajar ella la piel se me escapó un gemido entre dientes. Y así estuvo, masturbándome de una manera muy experta hasta que el último resquicio de voluntad escapo de mi y me deje llevar, respondiendo a sus besos y correspondiendo a sus caricias.

Se subió a horcajadas sobre mi y me coloco en puertas, note la humedad de sus labios que rodearon la punta de mi glande inmediatamente. Me miro a los ojos y se dejó caer entrando totalmente dentro de ella. A medida que mi pene desapareció en su palpitante entrepierna, puso los ojos en blanco, echó la cabeza para atrás y gritó.

No gimió, si suspiro, dio un grito de puro placer. Mi corazón dio un vuelco pensando en mi amigo que dormía tras una fina lona a menos de un metro de nosotros, pero aparte de el sonido de algún pájaro que alzó el vuelo asustado lo único que recibimos por respuesta fueron la cansina cadencia de sus ronquidos.

Me agarro la cara para ponerla frente a la suya y exclamando un -Joder, que ganas tenia de follarte- empezó a subir y bajar sobre mí mientras gritaba como una posesa. Era un espectáculo, gritaba, chillaba, aullaba y soltaba las más increíbles obscenidades mientras yo, precavido al principio termina dejándome llevar para terminar echando el mejor polvo de mi vida. No hubo postura que no ejecutáramos, no hubo orificio de ella que no fuese explorado por mi. Fue puro sexo, húmedo, salvaje, desatado e increíble sexo. Cuando Yo creía desfallecer su boca o sus manos volvían a implantar el deseo en mi cuerpo. Y mientras tanto Santi continuo roncando ajeno a los alaridos y obscenidades que su novia gritaba a la luna con cada uno de mis envites. Acabe agotado, con mi pene en carne viva, irritado por el titánico esfuerzo al que acababa de someterle, cuando el sol ya despuntaba al alba. No se cuantas veces termine eyaculando, de ella ya habíamos perdido la cuenta hacia horas. Nuestros cuerpos estaban exhaustos, llenos de morados y arañazos causados por el desenfreno que nos había poseído durante toda la noche. Nos vestimos con la playa ya iluminada por el sol y nos sentemos a contemplar el amanecer.

Un rato después Santi salio de la tienda, hizo un gesto de desagrado cuando el sol le dio en la cara y bostezando exageradamente nos pregunto- ¿no habéis pegado ojo en toda la noche?, ya os vale- y soltando un sonoro pedo como punto y final a su sentencia, se alejo ranqueante hacia el bosquecillo buscando orinar.

Horas después llegamos a Barcelona, y después de dejar a la novia de Santi en su casa, la cual se despidió con su ya típico y escueto, adiós, no encaminamos cansados hacia nuestro barrio.

Reímos durante el trayecto recordando las múltiples anécdotas que nos habían acontecido y en un momento dado de la conversación Santi me soltó: -Y no te quejaras, tu has follado!- mi corazón dio un vuelco- anda que no estaba buena aquella que te ligaste en Águilas! – Solté el aire aliviado- bueno, tu tampoco podrás quejarte, tenias a tu novia- le conteste- uy, que va, tío. No me ha dejado que lenfolle ni una sola vez en todos estos días, me decía que le daba corte que nos escucharas tu desde la otra tienda…

Mariló

Mariló era una verdadera belleza, con poco más de 17 años era alta, delgada, de pecho firme y generoso y una larga melena rizada. Extremada en el vestir y de educación exquisita era una rareza de la que cualquier chico como yo, se enamoraría.

Estaba además en ese momento de la vida en el que una chica es una especie de doctor Jeckill y Míster Hide, por un lado estaba la educación conservadora que sus padres, un matrimonio de empresarios textiles acomodados, habían dado a su única hija y por otro la olla a presión en la que las hormonas de la pubertad convertían su cuerpo.Resumiendo, era de las que, para llegar a primera base había que convencerla con lisonjas durante un buen rato pero que, una vez metida en faena, era un volcán.

Nuestros episodios amatorios se basaban en “nuestro rincón” del parque del Molinet de Santa Coloma, cerca de donde vivía, en el cual, sentados en un banco apartado y protegido por las sombras, se convertía en nuestro nido de amor adolescente, donde empezábamos con besos y caricias con los cuales yo iba adentrándose más y más en los distintos recovecos de su cuerpo sin quitarle jamás una prenda, que era todo un arte, dar rienda suelta a la lujuria que pugnaba por salir de aquel volcán durmiente y a la vez mantener un mínimo de ilusión de decoro….

Un día los astros o las ganas se pusieron de nuestra parte, los padres de Mariló se marchaban un fin de semana y dejaron a su formal hija sola en casa, así que preparamos un encuentro más intimo y privado que el que nuestro rincón del parque nos permitia. Aunque la intención era clara, esta no se mostraba explícitamente, cosas del código de los amantes noveles de aquella época. El plan oficial era ver una película juntos y nada más, que ella no estaba segura, yo la respetaba por ello, no era el lugar y esas tonterías que parecen tan lógicas entonces y que ahora, echando la vista atrás,

El caso es que quede con ella en nuestro punto de encuentro habitual, para comprar los dos algo de picar y beber y después a casa. Ella se me presento aun más espectacular de lo que era normalmente, unos vaqueros ajustados que dibujaban una silueta que hacía parar el corazón a cualquiera, botas altas de tacón, suéter de cuello alto blanco, ceñido al cuerpo y aquella melena rizada que me traía loco. La bese realmente enamorado y la agarre por la cintura dando a entender, en el idioma secreto de los amantes adolescentes, te comería ahora mismo, ella se aparto pizpireta y con un deje de rubor.

Patatas, cortezas, cocacola, olivas una mantita y una estufa catalítica. De munición para el vídeo un par de películas malas, una de acción serie B, una comedia romántica, y mi arma secreta: una copia pirata de 9 semanas y media que me habían dejado y que yo había traído “para ver que tal”. Si, se lo patético de esa película, ahora que puede llegar a haber mas sexo en un capitulo de Cuentame, pero en aquel momento era lo mas.

Ella empezó a enseñarme la casa nerviosa, caminando excitada de aquí para allá, poniendo música, enseñándome fotos, llamando a una amiga, posponiendo el momento de sentarse a mi lado mientras yo, la miraba ir de un lado a otro, sentado recogido en el sofá, contestando a sus preguntas con monosílabos y tan nervioso o más que ella. Saben ustedes ese típico perro adiestrado al que su dueño pone una golosina a su alcance pero el espera paciente hasta que obtiene el permiso para devorarla con ansia? Pues ya saben cual era mi expresión.

Al final se sentó junto a mi en el sofá y empezamos a ver la película romántica, mala hasta para ella, decidimos cambiarla por la de ciencia ficción, aún peor, habíamos apagado la luz y bajado la persiana para dar más intimidad y la estufa catalítica nos bombardeaba convirtiendo el ambiente en algo sofocante. Propuse poner la película ” para ver que tal” y ella se hizo un ovillo a mi lado. El calor, las ganas, la situación y ver a Kim Basinguer retozando bajo la lluvia hizo lo demás.

Mis dedos dejaron de caracolear con su pelo para empezar a acariciarle suavemente, primero el cuello, la cara, ella empezó a pasar sus dedos por mi brazo, poniendo la piel de gallina, colé mi mano bajo el jersey para rozar su cintura, ella metió la suya bajo mi camiseta y me hizo dar un respingo de puro placer, me incliné sobre ella, nos besamos, primero tímidos, cariñosos, tentando, después con hambre, con ganas, con lujuria. Mis manos encontraron sus pechos y se aferraron a ellos para recibir a cambio un quejido placentero de su boca en mi oído, desabroche diestro el sujetador y la guíe, sin mucho esfuerzo para que se pusiera a horcajadas sobre mi. Apretaba su pelvis contra la mía cuando levante el suéter dejando al aire sus pechos. Me quede contemplando extasiado.
He estado con algunas mujeres en mi vida, algunas muy bellas y esculturales, pero aquellos pechos eran los más perfectos que he visto nunca, y aunque los había tocado, estrujado, besado e incluso mordido en múltiples ocasiones, jamás se me habían mostrado tan abiertamente.

Continuaba rozándose sobre el monstruo que pugnaba por escapar de mi entrepierna mientras mi boca y mis manos se concentraron en sus pechos, envalentonado hice el amago de quitarle completamente el suéter y ella lo bajó inmediatamente con una expresión en su cara de “no te pases”. Asentí y volví a levantarlo para liberar sus pechos, asumiendo las fronteras que para ella tenían lógica.

Siguiendo con el guión habitual de nuestros encuentros, la cosa se calentó lo suficiente para que, viendo yo las señales que ya conocía, ella me permitiera desabrochar el pantalón para acariciarla mientras sus movimientos se aceleraban y sus gemidos perdían pudor pero esta vez cambie la rutina y la tumbe boca arriba en el sofá, besé y mordí su pecho mientras mi mano se colaba diestra dentro de su pantalón para encontrarse con aquella mata de pelo que escondía una humedad palpitante que me recibió como a quien llega tarde, mis dedos se hundieron el ella sin ninguna resistencia mientras ella gemía y se retorcía de placer, sus dedos estirando de mi pelo, mi boca saboreando su sudor, yo acelerando mis caricias, ella subiendo sus caderas, los gemidos, el calor, el placer.

Su mano se posó en mi entrepierna y empezó a acariciarla torpemente mientras mi boca empezó a bajar por su vientre hasta llegar a la mínima parte de su pubis que quedaba a la vista por el pantalón desabrochado, empecé a pasar mi lengua por aquella frontera de tela para notar como se retorcía de puro deseo levantando las caderas ofrecida. En una de esas veces que su culo se separaba del sofá me envalentone azuzado por el calentón y con un diestro tirón baje el ceñido pantalón y la braguita de algodón hasta las rodillas, ella dio un respingo de sorpresa y a punto estuvo de parar aquello pero inmediatamente, con una destreza mitad suerte, mitad instinto, todo pasión, mi cabeza se hundió entre sus piernas y mi lengua encontró inmediatamente aquella humedad palpitante y salada. Ella aulló literalmente, levantó la pelvis al cielo, abrió las piernas todo lo que el pantalón a medio bajar le permitía, agarró con fuerza produciéndose dolor mi pelo y aullo a la lámpara del techo mientras obligaba a mi cabeza a hundirse mas y mas entre sus piernas. La humedad se desbordó, inundando mi boca, mojando mi barbilla, mi cara y el sofá mientras Marilo perdía el poco pudor que le quedaba y se retorcía mientras se corría una y otra vez. Baje mas los pantalones buscando que ella pudiera abrir más las piernas pero mi ración de suerte y destreza se había acabado por aquel día, si dejar de lamer y chupar tire torpemente de ellos para, sin quitarle las botas, dejar como mucho el estrecho pantalón vuelto del revés sobre ellas.

Seguí un buen rato regalándome placer hasta que decidí, valiente ir más allá. Me desabroche yo mismo el pantalón, y abandone su entrepierna para que mi lengua subiera reptando por su vientre, ella se quejó brevemente de mi interrupción a su primitivo placer pero se dejó hacer, repte sobre ella apretando mi sexo contra su piel, intentando llegar a mi destino, cuando ella me detuvo, me empujó apartándose y me musitó un “no, no puedo” mientras se incorporaba en el sofá y me empujaba para que me apartara de ella, me puse en pie asumiendo que hasta aquí habíamos llegado, cuando para mi sorpresa se quedó sentada frente a mi acariciando el bulto que deformaba mis calzoncillos. Lo miraba curiosa mientras recorría con la mano la forma de dibujaba en la tela. Metió un dedo bajo la tela y di un respingo. Alzó la vista con una expresión de pura travesura en su rostro y me miró fijamente a los ojos mientras estiraba del elástico hacia abajo liberando mi sexo frente a su cara. Lo agarro firmemente y lo observo detenidamente mientras mi corazón se paraba en mi pecho.
Le dio un pequeño beso, tímido, sopesando el sabor, volvió a besarlo esta vez más valientemente mientras yo la miraba con los ojos como platos y la boca abierta como un tonto. Alzó la vista de nuevo y se recreo en mi expresión durante un momento y entonces se la metió en la boca. Empezó a chuparla torpemente, de esa forma entre asco y torpeza que cualquier chica usa en su primera vez, pero que a mi me pareció el cielo. El placer me inundó como una corriente eléctrica, naciendo de mi bajo vientre y expandiéndose rápidamente erizando hasta el último vello de mi piel.
Empezó a acelerar sus movimientos mientras yo luchaba porque mis rodillas siguieran sosteniendome. El placer era insoportable, casi doloroso, y parecía no tener límite, crecía en intensidad más allá de lo que hubiera podido imaginar o experimentar en mi soledad.

Y entonces se encendió la luz, gire la vista para comprobar que los padres de Mariló entraban por la puerta cargados de enseres y bolsas de viaje. Mariló chillo, la madre de Mariló chillo, el padre de Mariló chillo soltando las bolsas, y yo, yo me corrí.
No pude evitarlo, fue algo incontrolable, el placer que había estado experimentando mas el susto hicieron que me corriera con un gemido ahogado vaciando sobre la cara de mi chica todo lo que tenía acumulado dentro de mi, con la generosidad para esos temas que tienen los chicos a esa edad.
Empezó a chillar presa del asco, la sorpresa y el susto poniéndose de pie, pero los pantalones, hechos un nudo alrededor de sus botas le impedían caminar mientras, frente a sus padres y con el jersey enrollado en el cuello, intentaba chillar sin abrir la boca para evitar que, la semilla de mi amor que le resbalaba por su cara, le entrara en la boca.

Así estuvimos durante unos segundos eternos, ella de pie y desnuda con una generosa cantidad de semen sobre su cara, yo a su lado con los pantalones bajados y mi miembro, goteando y palpitante señalando a unos padres que, con la boca abierta se mantenían sin saber que hacer o que reaccionar frente a nosotros mientras Mikey Rouke bombeaba por detrás a la rubia Basinguer al ritmo de Annie Lennox. Así estuvimos durante lo que pareció una eternidad hasta que yo, llevado por algún tipo de proceso mental que aun no logro entender, me subí torpemente el pantalón sin llegar a cubrir del todo mi erecto miembro y ofrecí mi mano a la boquiabierta madre con un cordial “Hola, soy Juanma, por fin nos conocemos. Es todo un placer”

Mis amantes

A estas alturas de mi vida, si echo la vista atrás y hago balance de las mujeres a las que he amado o a las pocas que me han amado a mí puedo darme por satisfecho o echar en falta tantas cosas. Algunas me amaron sólo una noche y a algunas las ame toda una vida: me case con una chica bajita por todo lo alto, amé a una bibliotecaria que le gustaba gritar en la cama, a una pacifista que me pegaba y a una Argentina con la que faltaba comunicación, salí un tiempo con una policía que me robó el corazón, con una anoréxica que me la comía muy bien, con una rubia que no tenía un pelo de tonta y con una casada que no se quería comprometer. Hubo una rubia de bote que me pedía sinceridad, una gótica que me hacía ver el arco iris y una feminista marimacho, hubo una telefonista que me dejó colgado, una peluquera que me dio un corte y una frigida vendedora de helados. Recuerdo a una tímida lanzada, una gallega friolera, una cubana de derechas y una coja a la que le gustaba hacerlo de pie, hubo una jefa despiadada que era muy sumisa en la cama, una Noruega quemada por el sol, una francesa depilada y una política que nunca decía que no. Las ha habido altas, bajas, guapas y menos agraciadas, morenas, rubias y una pelirroja en asuntos pendientes. Dos hermanas que me compartían, una divorciada que jamás me habló de su ex, una canaria que siempre llegaba tarde y una modelo que vestía fatal. Hubo una rockera que le gustaba Pablo Alboran, una gourmet que comía de todo y alguna que otra más.

 

Y también estaba ella…

Ágata

Ágata era morena, delgada, de rasgos felinos, con una de esas miradas capaces de desmontarte completamente. La conocí en internet, primero de una forma amistosa hasta que nuestras conversaciones fueron calentándose más y más. Intercambiamos fotos cada vez más subidas de tono hasta que, al final quedamos para conocernos. Una tarde me invito a su casa, un piso en una céntrica calle del eixample barcelonés, con intenciones, aunque no expresadas abiertamente, más que claras para los dos.

Llegue a la hora convenida, bueno, admito que mi deseo y mis ganas me hicieron aparecer casi dos horas antes en la dirección indicada, así que tuve que hacer tiempo en un bar cercano hasta que llegó el momento. Me abrió el portal nada más llame al interfono y subí por el ascensor hecho un manojo de nervios. La casa era oscura, muy desordenada, pero acogedora. Ella estaba bellísima, arreglada para la ocasión, descaradamente sexy y deseable.

-Pasa, pasa, estás en tu casa- me dijo- quieres tomar algo?- y se adentró en el piso delante de mí.

La seguí por un largo pasillo hasta que ella giro para dirigirse a la cocina, dejándome a la vista el resto del corredor, descubriendo al final de este a un gato persa de frondoso pelo blanco que me observaba al final.

-Vaya, tienes un gato- le comente

-Sí, es Kitty- me contesto mientras cacharreaba con vasos y armarios- es la reina de la casa.

-Es preciosa- conteste mientras me disponía a acercarme y acariciarla, pero inmediatamente el animal se escabullo alejándose de mí, se adentró en la estancia que parecía una sala de estar y de un salto se encaramo a un mueble bajo desde el que se quedó observándome de nuevo.

Ágata salió de la cocina con dos copas de vino y nos sentamos en el sofá a charlas durante un rato. Una conversación intranscendente que nos sirvió para acercarnos el uno al otro cada vez más hasta que, de una forma natural y nada forzada, pese a las ganas que ambos estábamos experimentando, acabamos besándonos, primero tímidamente, como pidiéndonos permiso, para después abandonarnos a una pasión que nos estaba carcomiendo por dentro. Mi mano se perdió bajo la ropa de ella y note como su piel se erizaba con mi contacto, ella respondió con más pasión aun subiéndose a horcajadas sobre mi sin dejar de besarme. Nos moríamos de deseo, nos invadía una lujuria y unas ganas difíciles de controlar, nos abandonábamos el uno en el otro en una orgia de besos, caricias y roces. Ella bajo de mi regazo y se arrodillo en el suelo entre mis piernas, me desabrocho la camisa mirándome fijamente a los ojos con un brillo de deseo y una expresión picara. Su lengua empezo a recorrer mi pecho en dirección a mi vientre mientras sus manos desabrochaban mi pantalón. Inundado de placer me deje hacer hasta que abrí los ojos y me encontré, frente a mí, subida aun en el bajo mueble jalado de cajones, a aquella bola de pelo blanca mirándome sin parpadear con expresión inquisidora. Sé que puede que fuese imaginación mía pero sus ojos se clavaban en los míos llenos de desagrado y odio. Me quede absorto mirándola, hipnotizado, perplejo. Me encantan los animales, sobre todo los gatos, siempre me ha maravillado la sutil inteligencia y la serenidad que insufla la mirada felina, pero aquel animal era diferente, en sus ojos no podía ver el mínimo atisbo de cordialidad, de docilidad. Su mirada era inquisidora, desafiante, maligna. Tan absorto estaba en aquel duelo de miradas que me había olvidado por completo de Ágata, que diestramente me había despojado de mi pantalón y con su boca intentaba reanimar una pasión que aquellos ojos amarillos habían hecho desaparecer por completo. Decepcionada se rindió y abandono mi entrepierna para besarme en la boca.

-Ocurre algo?-me pregunto- no te gusto?

Aquel beso y aquella pregunta me sacaron de mi trance y volví a la realidad encontrándome los preciosos ojos de la chica, con un mohín de disgusto clavados en mí.

-Perdona- le conteste agarrando con mis manos su preciosa cara y basándola tiernamente- es tu gato, me mira raro…

-Kitty?- respondió mientras se levantaba de un salto, coqueta, y cogía al animal en brazos, el cual respondió al abrazo con un cariñoso gesto de cariño hacia su dueña para inmediatamente volver a clavar su mirada en mi tornando su expresión de nuevo en aquella diabólica mascara.- Pero si es un amor!… verdad que eres la cosa más bonita del mundo?!-Le dijo al animal con una entonación infantil mientras hundía su nariz en el denso pelaje. El gato se dejó hacer sin apartar sus ojos de mí.

-No, si es preciosa- conteste- solo que… me mira raro… como si fuese a atacarme…

-Kitty? Imposible… si es un amor, no extraña a nadie, ya verás cómo en un rato estará sobre ti buscando mimos…

Aquella posibilidad hizo que un escalofrió recorriese mi espalda. Sé que seguramente lo imagine, pero al notar aquel estremecimiento me pareció intuir una maléfica sonrisa de triunfo en el animal.

-Al final voy a pensar que te gusta más ella que yo- me dijo Ágata con un retintín pícaro en su voz- pero eso lo arreglo yo- y dicho esto dejo al animal amorosamente de nuevo sobre la cajonera, el cual se sentó de nuevo a mirarme fijamente, y con un gesto rápido pero tremendamente sensual se despojó completamente de la ropa mostrándose ante mi totalmente desnuda. Tenía un cuerpo precioso, delgado, fibroso, con un vientre terso y plano, unos pechos medianos y turgentes que desafiaban a la gravedad señalándome, unas caderas apetecibles y, al girarse para perderse en un dormitorio que había tras de sí, pude contemplar un culo duro y respingón que me invitaba a seguirla.

Aquella visión me hizo olvidarme totalmente del pérfido animal, aunque he de reconocer que instintivamente, al pasar a su lado camino del edén que representaba para mi aquella habitación, me pegue a lado contrario del dintel de la puerta intentando alejarme lo más posible de aquella bola de pelo blanco salida del infierno.

Ágata me esperaba tumbada sobre la cama, totalmente desnuda, ofrecida, con las piernas abiertas mientras sus manos recorrían su cuerpo invitándome a sustituirlas, sus labios entreabiertos suspiraban de puro deseo. Me despoje de toda mi ropa y me introduje entre aquellas piernas que se me antojaban la entrada del mismísimo cielo. Note el calor que emanaba de su piel, el suave tacto de melocotón, encontré sus pechos y los bese con lujuria, notando la reacción de ella que arqueo su espalda para pegar su cuerpo no las posible al mío. Mis labios jugaron con aquellos pezones de salobre sabor arrancando algún gemido de la muchacha mientras mis manos la recorrían ansiosas por descubrir cada escondido rincón de su piel. Abandone los duros pezones para comenzar una ruta ardiente de besos y lametones a través de su vientre en dirección a su entrepierna. Al llegar a mi destino su sexo me recibió con una mezcla de calor, humedad y aromas de deseo que me excitaron hasta límites insospechados. Mi lengua se hundió dentro de ella llenándose de sabores ocres y deliciosos. Note como la humedad crecía con las caricias de mi boca tornando sus suspiros en sinceros gemidos de placer. Sus dedos se enredaron en mi pelo obligándome a hundirme más en sus caderas que se elevaban ansiosas de placer. Su sabor cambio, su humedad creció y los jadeos se tornaron gritos de placer que anunciaban el inminente clímax que ella estaba a punto de alcanzar. Imaginándome su cara de placer abrí los ojos buscando deleitarme con la visión de su cuerpo a mi merced, encontrándome en cambio los inquisidores ojos del gato clavados en mí, sentado acusador en la cama junto a las caderas de su dueña. No puede evitar gritar de puro terror, saltando hacia atrás de la cama golpeándome aparatosamente la espalda con una traicionera estantería que había tras de mí. Una ola de dolor insoportable me recorrió el cuerpo cegando mi vista e inundando de oscuridad el mundo. Varios objetos cayeron de la estantería al suelo y sobre mí con un ensordecedor estruendo y una pesada figura de porcelana, un caballo rampante, quiero recordar, me golpeo en la cabeza sumando más dolor, a mi estado. Abrí los ojos y con la mirada turbia pude ver a la chica con puro terror en la mirada que se encogía en el cabecero de la cama intentando entender que pasaba. Note un fluido espeso y caliente que manaba de mi cabeza y lamia mi cara, era sangre, al parecer el caballo había hecho más daño del que parecía en un primer momento.

Mi primera, y ultima lo admito, cita con Ágata acabo en una sala de urgencias del Hospital Clinic de Barcelona, donde evite contar la historia completa de como se había producido aquel extraño accidente, con 6 puntos de sutura y una promesa no cumplida de que me volvería a llamar. La chica, una vez recuperada del susto fue muy amable y atenta, me dio un paño con el que taponar la herida intentando parar aquel escandaloso reguero de sangre que inundaba mi rostro, me ayudo a vestirme y me acompaño al hospital. Todo eso acompañados por la mirada inquisidora del gato persa blanco que nos observó sin parpadear todo el tiempo hasta que salimos por la puerta. Antes de abandonar la casa de Ágata eche un último vistazo al largo pasillo desde el que me observaba Kitty, y os puedo asegurar, no es imaginación mía, sonreía ampliamente llena de satisfacción.

Mercedes

Durante una época me tocó ser presidente de la comunidad de vecinos donde vivía. Un cargo rotativo y nada agradable por el tiempo que me robaba y lo peculiar de los vecinos que residían en aquel inmueble. En aquel tiempo tuve que lidiar con disputas entre vecinos, reuniones de comunidad eternas y, sobre todo, con Mercedes.

Mercedes era la vecina del entresuelo, una mujer de cuarenta y pocos, de muy buen ver, alta, delgada, muy atractiva. De pecho generoso y caderas marcadas, de larga y rizada cabellera morena y unos ojos enormes pero con un carácter que hacía que perdiese todo su atractivo. Según las habladurías de sus vecinos, aquel carácter amargado era debido a su divorcio. No sé si aquella era la verdadera razón, pero para mí y para el resto de la comunidad, era todo un incordio. Estaba todo el tiempo quejándose, si no era por los ruidos de algún vecino era por la ropa tendida, o por el ascensor, o por el acceso a la terraza o por cualquier otra cosa. Además sus quejas eran exigentes y en un tono despótico y desagradable. Eternizaba las reuniones de vecinos con su actitud negativa y sus exigencias y quejas.

Durante mi “mandato” una famosa cadena de supermercados se proponía montar uno de sus establecimientos en los bajos de nuestro edificio. La propuesta era interesante ya que darían un uso a los locales vacíos del bloque que no eran más que un nido de suciedad y bichos y, a cambio del permiso de los vecinos, se encargarían de remodelar la fachada y el terrado que tanta falta nos hacía y llevábamos años posponiendo debido a la cuantiosa derrama que suponía. Pero como me temía, en la reunión de vecinos en la que se trató el tema el único escollo fue la dichosa señora Mercedes. He de reconocer que cuando llegó a la reunión estaba imponente. Vestida con un ligero vestido veraniego que dejaba imaginar un cuerpo de escándalo se contorneo por el descansillo donde se celebraba la reunión provocando el silencio y las miradas de todos los presentes. Aquel hechizo se desvaneció en cuanto abrió la boca. Todo fueron peros, quejas, reproches y trabas. Incluso consiguió poner de su parte a un número suficiente de vecinos para hacer peligrar la aprobación de la propuesta que tan beneficiosa era para la comunidad.

Por suerte a la reunión asistió un representante de la cadena de supermercados que, una por una, fue desmontando todas sus quejas con propuestas de solución acertadas. Se notaba que no era la primera vez que lidiaba con una comunidad de vecinos hostil y supo salir airoso de todos y cada unos de los escollos que Mercedes le ponía delante ganándose la aprobación de los vecinos.

La queja más importante, la que consiguió el apoyo de más vecinos y, he de reconocer, hasta de mi, era el tema del ruido.

No solo el sonido del quehacer diario del establecimiento, si no que en los bajos del patio interior se iban a instalar los motores de refrigeración de las cámaras donde se guardarían los alimentos perecederos. Sin embargo en representante de la empresa nos explicó, con todo lujo de detalles e incluso algunas fotos que el local estaría totalmente insonorizado y que los motores de las cámaras frigoríficas estarían recubiertos de un material de última tecnología que anulaba cualquier ruido, vibración o molestia, invitándonos incluso a llamar al presidente de otra comunidad de vecinos donde otro de sus establecimientos llevaba funcionando unos meses para que corroboraran sus palabras.

Ante aquellas propuestas, no sin antes discutir una y otra vez con la señora Mercedes, finalmente la propuesta se aprobó con un número suficiente de votos.

Las obras no tardaron en comenzar y durante todo su periplo la señora Mercedes hizo de mi vida, de la del capataz de obra y de todos y cada uno de los obreros, un infierno. Se quejó sistemáticamente de todo, de absolutamente todo. Por suerte durante los meses que duró la reforma tuve el apoyo y la comprensión de Pedro, el jefe de obra que entendía perfectamente mi situación e intentaba dar una solución a las distintas quejas de la señora Mercedes.

Una vez terminada la obra pensé que tendría un tiempo de tregua en el espacio de dos o tres semanas que pasarían desde el término de la reforma y cuando empezarán a colocar el género para la apertura. Nada más lejos de la realidad.

Una mañana temprano, muy temprano, me arranco de mi sueño el insistente ruido de alguien que tocaba frenéticamente el timbre de mi puerta.

Me levanté somnoliento para encontrarme frente a mi puerta a una airada mercedes vestida solo con un sugerente camisón y una bata abierta. Tal era su ira que no se había dado cuenta de lo poco que tapaba aquel atuendo y de lo mucho que sugería. Reconozco que, debido a mi estado somnoliento y a aquella visión tarde en reaccionar quedándome embelesado en la visión de aquellas curvas que se intuían bajo la fina tela de satén. Me entretuve contemplando cómo la luz del rellano transparentaba el atuendo dejando a la vista aquella silueta divina. Al final una voz airada y desagradable me sacó de mi trance.

-…ruido, de las máquinas..

-que?-atine a decir

-que en mi habitación se escucha el ruido de las máquinas, me he despertado porque se escucha perfectamente, ya sabía yo que esto iba a ocurrir, nos hemos dejado engañar, te has dejado engañar y ahora yo tengo que pagar el pato… exijo que lo soluciones inmediatamente!

Yo no salía de mi estupor, aún no me había despertado del todo y solo logré balbucear una promesa de encargarme lo antes posible, aquella mañana mismo concrete ante su insistencia, del tema en cuestión. Confieso que me quede unos segundos en el dintel de la puerta viendo el contoneo de sus caderas alejarse en el rellano.

Llamé a Pedro, el jefe de obra, del cual tenía su teléfono personal. Como ya dije era bastante colaborador y comprendía mi situación ante aquel incordio de persona, además, me constaba que tenía orden de evitar cualquier contratiempo que diese problemas para inaugurar el supermercado en la fecha prevista. Pedro estaba tan estupefacto como lo estaba yo, era imposible que la dichosa Mercedes oyera ningún ruido y, mucho menos de los motores de las cámaras frigoríficas, entre otras cosas, me confirmó, porque estaban parados hasta que iniciarán los trabajos de inauguración.

Me prometió presentarse a solucionar el problema en, como mucho, una hora. Se lo agradecí de todo corazón y me dispuse a desayunar y vestirme rezando para que hasta entonces, la señora Mercedes me dejase en paz.

Tal y como prometió en apenas cuarenta minutos estaba llamando a mi puerta y no venía solo. Junto a él, el capataz de la obra, otro representante de la empresa de supermercado, el encargado de la empresa que había instalado las cámaras frigoríficas y dos técnicos por si había que hacer alguna modificación. Antes de llamar a mi puerta habían entrado en el local y confirmado que los motores sospechosos estaban totalmente parados. Con esta tropa y esos datos baje al piso de Mercedes y llamé a su puerta. El atuendo nocturno había desaparecido dando paso a un informal vestido de verano no menos sugerente que lo que llevaba puesto aquella mañana, lo que no había desaparecido era su cara de pocos amigos y aquella actitud soberbia que me exasperaba.

-ya era hora- nos experto como único saludo, el ruido no ha parado en todo el rato

-Hola Mercedes- saludo Pedro- mira, no sé qué ruido dices oír pero todas las máquinas de la tienda están par..

-se oye claramente el ruido de los motores- le cortó- me estás llamando mentirosa?

– no Mercedes- continuó- pero ya te digo que…

-pasar vosotros mismo y lo comprobais! Ahora va a resultar que estoy loca!

Abrió la puerta de par en par y se dirigió por el pasillo al fondo de la vivienda.

Nos miramos durante un segundo, dudando, y entramos en el piso tras el camino que había seguido su dueña.

La estancia era el dormitorio, una habitación amplia y bien iluminada. Con una decoración sobria y elegante presidida por una enorme cama frente a un armario de cuatro puertas forrado de espejos que hacían la estancia aún más amplia.

-se oyen los motores o no se oyen?- nos soltó, y la verdad es que si se oían, y bastante, en el silencio que las 6 personas que abarrotabamos la estancia nos impusimos se oía claramente el inconfundible ruido de una vibración, un traqueteo uniforme y molesto que casi podía notar en el aire. Ante la cara de asombro que todo el séquito pusimos Pedro se acercó a las paredes, la ventana, el suelo intentando descubrir el punto exacto por el que se filtraba aquel, de por sí, imposible traqueteo, lanzando una mirada de reproche al encargado de las cámaras frigoríficas ante la expresión de triunfo de Mercedes.

En su exploración auditiva Pedro se fue acercando a la pared del cabezal de la cama, pegó primero la mano y después la oreja a la blanca superficie para separarse extrañado. Se agachó de rodillas tanteando la pared hasta que posó la mano en la mesita de noche. La apartó de la pared con una mirada de permiso a Mercedes y palpó el trozo de pared que había quedado al descubierto. Entonces volvió a palpar la mesita, por encima, por detrás, la devolvió de un empujón a su sitio y apoyó el oído sobre ella. Su expresión cambió y, dudando un segundo, abrió el cajón superior para descubrir en su interior, junto algunos objetos típicos de un cajón de mesita de noche, un enorme, brillante y pulido vibrador que empuñó como un trofeo ante todos los presentes.

No sé si fue fruto de mi imaginación, pero en el momento exacto en el que el jefe de obra giró la base del artefacto deteniendo la vibración, ya bastante mermada al no tener la resonancia de la madera del cajón, pero audible perfectamente, la estancia se iluminó de un tornasolado color rojizo que nacía de la cara de Mercedes, la cual se había encendido como un semáforo en plena noche con los ojos abiertos como platos y la boca de par en par dispuesta a decir alguna palabra que jamás salió de sus labios. Con un diestro y teatral movimiento Pedro volvió a meter el aparato en el cajón, lo cerró y, sacudiendo las manos espetó un: – misterio resuelto!- y se dirigió a la salida con una amplia sonrisa en su boca invitando a todos los presentes a abandonar la vivienda.

Fui el último en salir, me permití un último vistazo a la insufrible Mercedes, que permanecía allí, quieta, sin encontrar las palabras, roja como un tomate y me percate de lo atractivo de su cuerpo control dado en la transparencia del vestido que el contraluz del ventanal provocaba.

Estuve de presidente varios meses más, y participe en varias reuniones de vecinos, pero en ninguna de ellas, la insufrible Mercedes dijo esta boca es mía…